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Desarrollo del pensamiento filosófico y especificidades de su positivismo evolucionista

Dra. Rosa Idalia Guajardo Bernal

Justo Sierra no hizo filosofía por regodeo intelectualista ni interés propiamente academicista, sino apremiado por la contradictoria realidad mexicana en sus varias esferas: política, educativa, cultural, social, etc. Como liberal humanista siente las necesidades de México como propias, y a ellas dirige su profundo discurso. En filosofía lo acompañan sus credos positivistas, pero no de tipo comtiano, sino spenceriano, pues encontró en éste mayores posibilidades para dar realidad a sus programas políticos, educacionales, y culturales, en fin[1].

Las ideas de la evolución creadora de Spencer no sólo influyen en Bergson, sino en muchos filósofos e  intelectuales del mundo, incluyendo a Justo Sierra. Particularmente impresiona sus ideas en torno a su programa, al que llama sistema de filosofía sintética. Spencer fue estudiando las diferentes formas de manifestarse la evolución en la biología, la psicología, la sociología y la ética. En el terreno de la política y la moral, Spencer, que consideraba que los principios de la ética tienen una base biológica (tesis que estará en la base de las concepciones del darwinismo social), defendió una forma extrema de liberalismo , y sostenía que el ser humano, producto más perfecto de la evolución biológica, cultural y espiritual, está organizado en sociedades cuya evolución superorgánica conduce necesariamente al individualismo, que es manifestación de una cualidad moral superior y, en dicho proceso evolutivo, la intervención del Estado es perturbadora, razón por la cual aboga por dejar la sociedad a la espontaneidad que rige su evolución, ya que el Estado, en cuanto que no tiene conciencia propia, no es realmente un producto fiel al proceso evolutivo. En una sociedad más desarrollada, sustentada en el individualismo, habrá una perfecta concordancia entre egoísmo y altruismo, ya que la evolución moral hace coincidir, cada vez más, la satisfacción del individuo con el bienestar de los demás. Las verdades que consideramos a priori, tales como las leyes matemáticas y lógicas, las nociones de espacio, tiempo o causalidad, por ejemplo, así como los valores morales, son fruto de una herencia transmitida por nuestros antepasados, herencia de la especie que va mejorando en el curso de la evolución[2].

Por supuesto, Justo Sierra no asume una teoría evolucionista tan radical, pero la idea de la evolución moral, de los valores, la herencia como continuidad en desarrollo que conduce al progreso, le entusiasman y trata de aplicarlo a su programa. Pero se opone a ver la evolución moral sólo como un proceso biológico, que excluya los momentos socioculturales.

En su visión del mundo cree como Spencer, y a diferencia del positivismo comtiano, que no hay contradicción entre ciencia, filosofía y religión, ya que ésta, en última instancia, se limita a afirmar que la existencia del mundo y todo lo que nos rodea es un misterio que siempre necesita ser interpretado (…), su misión es la de manifestar el carácter inescrutable de lo absoluto. Si la tarea de la ciencia es el conocimiento de los aspectos concretos de las diversas formas de la evolución (conocimiento parcialmente unificado), la de la filosofía es el conocimiento sintético de esta evolución.

Como hombre de acción política y proyección filosófica, en esta investigación el pensamiento de Justo Sierra es analizado desde el prisma filosófico cultural,  y se toman primordialmente como base las obras suyas y algunos de sus escritos periodísticos, se busca antes que todo, conocer otra de las facetas de este gran pensador de fines del siglo XIX y constructor de la modernidad en México.

Ante la serie de desaciertos de la vida pública y en particular del gobierno en turno, funda el periódico El Bien Público (1876), desde donde va a desarrollar sus ideas sobre la vida pública y la acción del gobierno y las cámaras y en general sobre acontecimientos que van marcando y perfilando el desarrollo y sistematización de su pensamiento filosófico.

Desde su primer artículo en este diario, lanza sus principios constitucionales que tienden a combatir la reelección de Lerdo de Tejada y la decisión de las cámaras de otorgarle facultades extraordinarias; pero lo más interesante viene cuando invoca los principios liberales para rechazar esta tendencia impuesta desde el Gobierno y en concreto desde el capricho reeleccionista presidencial. Sierra inicia denunciando ante la opinión ciudadana el contubernio entre los diputados y el presidente Lerdo; y sostiene que éste debe recordar que es depositario de los principios constitucionales y que si no se cumplen será un dictador “dueño de vidas y haciendas” de los ciudadanos.[3]

El Bien Público, periódico que sirve para generar opinión pública en defensa de la Constitución de 1857 y contra los desvíos del poder gubernamental, estuvo redactado por José María Castillo Velasco, Francisco G. Cosmes, Eduardo Garay, Jorge Hammenken Mexia, Justo y Santiago Sierra y Francisco Sosa. Estos escritores toman el concepto de opinión pública y lo convierten en el mecanismo necesario para combatir desde la tribuna y con la palabra, la razón y el texto las injusticias que comete el gobierno o cualquiera de los poderes establecidos. En este aspecto Sierra y sus colaboradores utilizan estas armas y no los fusiles o pistolas como hizo la anterior generación de liberales.

Estos liberales son más que nada civilistas y no militares, están contra la violencia armada y se dedican a disuadir a la opinión pública de la importancia que tienen la Constitución y las leyes establecidas, la importancia de mantener las instituciones y el gobierno para todos.

En este período es derrocado Sebastián lerdo de Tejada, como se mencionó antes, e intenta asumir la presidencia José Ma. Iglesias, quien es derrotado y todo se trastoca; huyen todos los miembros del periódico y Sierra deja de escribir hasta que funda otro medio impreso.

Si bien desde El Federalista y el Bien Público Sierra ya desarrolla con agudeza  los asuntos de coyuntura, que son eminentemente políticos, el año que se retira de la actividad periodística le permite reflexionar sobre su acción como escritor público.

Emerge con doble presencia, como escritor y como político e incursiona en el ámbito filosófico como hombre de acción o de toma de decisiones para usar un término acuñado en la sociología política de Max Weber. Su experiencia personal lo lleva a decidir su acción, tanto en el diarismo como en su carrera de abogado, y en las instituciones establecidas. Es a partir de 1878 que surge con esta doble presencia en el ámbito de la élite política del período en que Díaz se hace de la actividad directiva del estado por medio de las armas.

Junto a viejos y nuevos amigos funda La Libertad, diario Liberal conservador. Lo acompañan en esta empresa Francisco G. Cosmes, Eduardo Garay, Telésforo García y Santiago Sierra. Si en el periódico El Bien Público se dedicó a atacar a la reelección de Sebastián Lerdo de Tejada y presentó las tesis constitucionales contra el presidente y el Poder Legislativo que aceptó la propuesta presidencial; tomó la decisión de afiliarse al partido de Iglesias, y después de que fueron combatidos y derrotados, tras un período de un año regresó con nuevas ideas, lo cual indica una radicalización se su pensamiento, fundamentalmente enfilado sobre las cosas públicas.

Es en La Libertad donde descarga paulatinamente durante dos años y en diferentes artículos sus convicciones civiles y su nueva ideología política, apegada a la doctrina liberal; pero con ciertos cambios evidentes en sus textos. Se dedica principalmente al análisis de coyuntura, tanto política como sociofilosófica y económica, aspectos que aparecen en sus escritos como un nuevo campo de acción pública, que los conduce y ejecuta a través del periodismo.

En este quehacer político y filosófico, misión y oficio se articulan como procesos alternativos y recíprocos y en su concepción del mundo y de la vida, la historia es tratada de diferentes formas. Sus nuevas convicciones están en la esfera del pensamiento científico y filosófico, porque ha bebido y aplicado con creatividad y renovada agudeza gran parte de la obra humana que en este campo del conocimiento y el saber le ha antecedido. La sistematización creadora de su pensamiento filosófico da cuenta de ello. Su obra refleja coherencia lógica y actitud crítica ante diversas corrientes de pensamiento y doctrinas.

Podemos mencionar, sin temor a equivocarnos, que con el periodismo, Sierra empieza a perfilar su pensamiento positivista liberal, pero que no se queda ahí, sino, todo lo contrario, evoluciona: primero y, sobre todo, en el terreno político y luego hacia la racionalidad filosófica. Entre sus escritos encontramos varias evidencias de su nueva intención[4]. Nuevos conceptos, con matices distintos aparecen en su obra periodística.

Hasta aquí se ha presentado el análisis sobre los motivos que llevan a Sierra a fundar dos periódicos, de suma importancia para la formación de la opinión entre los miembros de la sociedad de entonces, pero dirigidos principalmente a lo que conocemos hoy como clase política y su definición filosófica. Además, el segundo de ellos es de suma importancia en los inicios del sistema político fundado por Díaz, y donde este actor juega preponderantemente un papel de escritor, pero más como político.

La Libertad sirve, pues, al grupo de Sierra para presentarse nuevamente ante la opinión pública con nuevas ideas sobre la esfera pública en México, le interesa sobre todo recuperar la tendencia liberal y democrática que los movió un año antes a criticar al régimen de la revolución tuxtepecana. En el primer párrafo del texto inaugural, llamado “Programa” (5 de enero de 1878), expone su credo político y la nueva orientación en sus ideas que sustentará hasta la muerte.[5]

La radicalización del pensamiento sociofilosófico y político de Justo Sierra, encuentra expresión en sus propias palabras: "Hace más de un año que abandonamos la arena periodística. Entronizada la revolución en el poder (La batalla de Tecoac que dio el triunfo a Díaz en 1877), rota la barca de la libertad, erigido en sistema el capricho más tiránico, el periódico fundado entonces (El Bien Público 1876) con el fin de combatir la revuelta asentada en los escaños del gobierno y en los campos de batalla (refiere a la decisión de los diputados de aceptar la reelección de Sebastián Lerdo de Tejada y el respectivo alzamiento de Porfirio Díaz), terminó su nobilísima misión bien quisto de todos los hombres que entre nosotros aman sinceramente las instituciones democráticas…”[6]

 La lucha, que después siguió en otro terreno, para derrocar casi sin esfuerzo a un poder perdido indefectiblemente ante la opinión general, puso frente a frente a las dos entidades que, si un sentimiento común se habían opuesto al reinado de las arbitrariedades. Divergían, no obstante, respecto a la forma que debiera revestir el poder público. Al respecto declara “Nuestro campo en tal situación estaba bien determinado: debíamos hallarnos y nos hallábamos desde luego al lado del hombre, que la Constitución llamaba a la presidencia de la República (José Ma. Iglesias). “(…) Los sucesos que han venido después (…) nuestro vencimiento en el terreno de los hechos, la situación que se ha ido creando poco a poco y que tiene toda la importancia de un acto histórico indeleble, el asentimiento, en fin, de la nación a lo realizado en la esfera pública desde el 20 de noviembre del año pasado (1877) hasta hoy ( 5 de enero de 1878), es algo categórico que se nos ha impuesto , en buena parte contra nuestra voluntad “(…) La derrota no ha podido producirnos ningún despecho, porque no teníamos por punto de mira el medro personal, y podíamos, como podemos desde luego, tomar fríamente la actitud, no más conforme con nuestros deseos, sino con los grandes intereses nacionales que están por encima de todo estrecho propósito”.[7]

Como podemos apreciar, su resumen de los hechos es más de coyuntura política, que  relatos históricos; lo que aquí nos trae es el método como Sierra introduce su “nueva orientación política”, dentro de este artículo que estamos reseñando al respecto, el conocido lema del régimen encabezado por Porfirio Díaz: “Orden y progreso”, es similar al último párrafo leído, que deja constancia de la nueva militancia de Sierra en la filosofía positivista, por eso a lo largo de la vida del diario también su lema de “liberal conservador” es similar en su estructura y sentido.

En este proceso la creación del diario La Libertad, obedece a una estrategia política que Sierra y su equipo desarrollan para acercarse al público, para formar opinión favorable al régimen de facto. Invocan los principios de la ciencia y explican “su verdad” como irrefutable ante los hechos sociales e históricos. Al respecto escribió en uno de los artículos que conforman el Programa de la Libertad: “(…) fuera de que la carta fundamental ha sido hasta ahora un verdadero capuz mortuum en manos de todos los gobiernos anteriores; fuera de que dadas nuestras instituciones democráticas, sitien la legalidad es un principio incuestionable y necesario, en cambio la legitimidad, tal cual quieren comprenderla algunos de sus partidarios, es una negación completa de la soberanía nacional, el gobierno nacido de la revolución iniciada en Tuxtepec, de este suelo, seco por la pólvora que hemos quemado (…) “Nosotros reconocemos terminantemente este hecho y nos apercibimos a seguir la conducta enunciada (…) “¿Vamos, no obstante, a poner nuestras ideas y nuestros esfuerzos al servicio del poder? No: vamos a procurar que la paz se conserve durante los años que nos faltan para prepararnos, a que salga del sufragio una legalidad sin tacha…[8]

El Programa, de corte liberal positivista para decirlo en forma sintética, menciona el principio de la conciliación nacional a partir de la organización de los partidos políticos; de la elección para puestos públicos de personas aptas y honradas; de superar los males nacionales como la corrupción y la  arbitrariedad. Sin duda alguna su proyecto está claramente manifiesto en este  artículo que viene a presentar un nuevo pensamiento político liberal de corte civilista, contrario a la vieja guardia de combatientes. El punto final es extraordinario, veamos su redacción: “(…) nosotros llegamos hoy a poner nuestro humilde contingente al servicio de la libertad, del orden, del derecho, que son la verdadera base conservadora de un estado social admitido por la razón…”[9]

En el mismo diario, reafirmando su credo positivista evolucionista, el 3 de septiembre de 1879, publica lo siguiente: “Es para mí, fuera de duda que la sociedad es un organismo, que aunque distinto de los demás, por lo que Spencer le llama “superorganismo”, tiene sus analogías innegables con todos los organismos vivos (…) Lo que ya está fuera de debate (…) es que la sociedad, como todo organismo, está sujeto a las leyes necesarias de la evolución (…) Es decir, que en todo cuerpo, que en todo organismo, a medida que se unifica o se integra más, sus partes más se diferencian, más se especializan, y en este doble movimiento consiste el perfeccionamiento del organismo, lo que en las sociedades se llama progreso (…)[10] En ese aspecto, Sierra considera al estado como un Leviatán[11] que debe estar dotado de todas las armas para imponer el orden necesario para proteger la libertad de los individuos.

Los redactores del periódico ponen toda su experiencia en la formación del interés público y llevan a los lectores, en general, a debatir con ellos sus propuestas que siempre están en función de legitimar su credo liberal y positivo. Ellos crearon un nuevo concepto de espacio público en torno a la discusión política de los intereses del régimen, su acción fue más que literaria política, buscaron, antes que nada, generar sentido positivo a favor de la tiranía vuelta gobierno, su instrumento principal fue el análisis de coyuntura.

En la coyuntura, fabricada por ellos en sus textos, introducen nuevos elementos para la concepción de la realidad como lo cotidiano, se busca la formación del presente como un “hecho natural y asimilado” por los miembros de la sociedad sin buscar más allá del significado propuesto, se apegan más al plano de la inmediatez, contrario al determinista y tajante de los hechos históricos; estos últimos, explicados desde la percepción científica de la sociedad y su régimen de gobierno.

La presentación de los hechos fue algo novedosa, casi noticiosa, sobre la vida del organismo social, muy influenciado por Spencer, que presentó Sierra y su equipo en las páginas de La Libertad. Sobre todo buscaron previsión y medición de consecuencias sobre su acción política, más que periodística. A la acción ejecutada en el pensamiento de Sierra, le corresponde una decisión introducida en la secuencia de relaciones históricas, justificadas desde la teoría del valor personal, o bien desde la coyuntura. Por eso su pensamiento en esta etapa de su vida pública es antes que nada político; su acción sirve para decantar los nuevos valores del régimen político que ellos ayudaron a construir.

Por eso la insistencia de los redactores de La Libertad en mantener en boca de la sociedad los conceptos gobierno, bien público, instituciones, legitimidad, legalidad, soberanía y todo el aparato conceptual que el régimen requería para presentarse ante el pueblo, más que acción política de gobierno, deviene potencialmente, al decir de Antonio Gramsci, aprehensión teórico-práctica de la realidad viviente.

Esta actividad de Sierra y sus grupos, es eminentemente político-filosófica; y sin ser un partido, ni agrupación política, tuvieron la clara conciencia de formar una nueva cultura política en México desde 1880, hecho que perdura hasta el día de hoy. Por eso, antes de concluir, junto con uno de sus biógrafos, Agustín Yáñez, podemos afirmar que Sierra traza “(…) Rumbos nuevos: con la política científica. En la cátedra, en la historia y, sobre todo, está claro su pensamiento riguroso…”[12] Aunque, con el mismo autor, debemos decir que Justo Sierra y su grupo: “Lléganse al Presidente Díaz, le hablan de sus proyectos y se comprometen a ayudarlo contra las empresas revolucionarias que, tratando de prorrogar la endemia de trastornos públicos, impidan el adelanto de México…”[13]

En su amplia hoja de servicios se destacan hitos importantes, pero de acuerdo a nuestro objeto de estudio, nos interesa resaltar su elan filosófico, donde no podemos perder de vista que pronuncia significativas palabras en relación a la filosofía. En ellas puede advertirse, ya, la evolución de su pensamiento, la lejanía en relación a los postulados ortodoxos comtianos y la influencia spenceriana: “Una figura de implorante vaga hace tiempo en derredor de los templa serena de nuestra enseñanza oficial: la filosofía; nada más respetable ni más bello (...) La verdad es que en el plano de la enseñanza positiva la serie científica constituye una filosofía fundamental (...) Las lucubraciones metafísicas que responden a un invencible anhelo del espíritu una suerte de religión en el orden ideal, no pueden ser materia de ciencia; son supremas síntesis que se ciernen sobre ella y que frecuentemente pierden con ella el contacto...”[14]

Añade que en la Escuela de Altos Estudios una sección tratará de la filosofía, de la historia, “empezando por las doctrinas modernas (...) hasta los días de Bergson y William James. Y dejaremos libre, completamente libre el campo de la metafísica (...) al monismo por manera igual que el pluralismo (...) mientras perseguimos la visión pura de esas ideas eternas que aparecen y reaparecen sin cesar en la corriente de la vida mental: un Dios distinto del universo, un Dios inmanente en el universo, un universo sin Dios”. Sin embargo, afirma que no se desea que en la Universidad “se adore a una Atenea sin ojos para la humanidad y sin corazón para el pueblo (...) queremos (...) adorar a Atenea promakos, a la ciencia que defienda a la patria”.[15]

Ya desde 1889, en México social y político puede advertirse en Sierra ciertas tonalidades al interior de su pensamiento. El liberal, que nunca murió en él, resurge a momentos, ¿acaso no vuelve, a veces, al concepto “abstracto” de justicia y de derechos del hombre? La influencia de Spencer, S. Mill y del liberalismo tradicional aparecen en su discurso político en una sabia combinación (…,) discurso, por otra parte, pleno de sinceridad en el que a momentos se hace patente una angustiosa autoacusación en el plano político. Recordemos la alocución presentada en la Cámara de Diputados el 12 de diciembre de 1893.

En ella, recordando la frase evangélica afirma: (...) el pueblo mexicano tiene hambre y sed de justicia (...) todo aquel que tenga el honor de disponer de una pluma, de una tribuna o de una cátedra, tiene la obligación de consultar la salud de la sociedad en que vive; y yo cumpliendo con este deber, en esta sociedad que tiene en su base una masa pasiva, que tiene en su cima un grupo de ambiciosos y de inquietos en el bueno y en el mal sentido de la palabra, he creído que podría resumirse su mal íntimo en estas palabras tomadas del predicador de la montaña hambre y sed de justicia (...) la maravillosa máquina preparada con tantos años de labor y de lágrimas y de sacrificios, si ha podido producir el progreso, no ha podido producir la felicidad (...) Pertenezco señores, a un grupo que no sabe, que no puede, que no debe eludir responsabilidades.[16]

En el prólogo a Peregrinaciones aconseja a Rubén Darío que vuelva a la humanidad, a su padre, el pueblo. "Los poetas -le dice- deben servirse de su lira para civilizar, para dominar monstruos, para llevarlos en pos suya hasta la cima de la montaña santa en que se adora el Ideal.”[17] De 1905 a 1911 desempeña la cartera de Instrucción Pública en el gabinete del general Díaz, a quien sirve sin contradecir su estirpe ideológica seguro de sus metas, sacrificando lo pasajero a lo permanente. Inaugura la Universidad Nacional en 1910. El discurso que en esa ocasión pronuncia es el más perfecto de sus discursos, no sólo por el contenido y por la forma, sino por la emoción humana y patriótica que lo ilumina. La Universidad ha de investigar, pero no a espaldas del pueblo, ha de crear profesionistas, pero con sentido humano y con responsabilidad colectiva. Crear el espíritu de sacrificio en favor de los intereses de la vida social, no sólo producir ciencia, tal es la función de la Universidad, dijo.

“No se concibe en los tiempos nuestros -agregó- que un organismo creado por una sociedad que aspira a tomar parte cada vez más activa en el concierto humano, se sienta desprendido del vínculo que lo uniera a las entrañas maternas para formar parte de una patria ideal de almas sin patria; no será la Universidad una persona destinada a no separar los ojos del telescopio o del microscopio, aunque en torno de ella una nación se desorganice”[18].

Su positivismo evolucionista se hace sui géneris y práctico, principalmente por sus ideales patrióticos y su magisterio humanista. Quiere y lucha incansablemente por el desarrollo de México y su pueblo. Hay una concepción de la historia, de la ciencia y de la cultura misma, con espíritu evolucionista, pero desde la praxis y el humanismo. Desde el momento en que se marca la preponderancia de una fracción de la especie humana sobre las otras, dar a aquella el primer papel y consagrar a éstas una atención proporcionada a su importancia... La ciencia de la historia consiste en la investigación de los hechos humanos que se han sucedido en el curso de los siglos y de las leyes generales que los rigen... La historia es una de las ciencias sociológicas en vía de formación... para construir el edificio de la ciencia, es indispensable la investigación constante de las causas de los hechos, es decir, buscar cuáles sean los hechos generales que comprendan las relaciones de los fenómenos entre sí. Esto es, llegando a ciertas generalizaciones superiores, lo que se ha llamado filosofía de las ciencias... En la historia estas generalizaciones superiores pueden reducirse a la ley del progreso y a la de la evolución”[19] .

Nótese con claridad cómo la filosofía de  Spencer y Darwin palpitan en la visión del mundo y el hombre de Justo Sierra, pero con sus diferencias y  especificidades, por el sentido cultural que le impregna. Por eso, la jerarquía católica no estaba de acuerdo con las ideas y acciones de Sierra.

“El grupo católico mexicano al no aceptar los planteamientos de carácter darwinista y spenceriano, realizados por Sierra en sus primeros pliegos, ejerció tal presión que Sierra corrigió y suprimió, al parecer, algunas de sus afirmaciones, aunque siguió en su línea evolucionista.  Sierra propuso siempre el laicismo en la enseñanza, advirtiendo que el concepto de “laicismo” debía entenderse como “neutralidad” ante cualquier credo religioso. Su crítica a la enseñanza religiosa-escolástica y al poder de la Iglesia está presente en su obra:”[20].

Por eso  afirma: “...ahora la Iglesia reclama lo que se ha perdido; este monopolio que quisiera para ella, cuando no lo puede obtener por entero, lo quiere partir con el Estado... los miembros del partido ultramontano... que quiere y lo está consiguiendo, deprimir la enseñanza científica para levantar sobre ella la enseñanza eclesiástica; en una palabra, quiere destruir el Estado laico y obtener en la escuela el campo que ha perdido en el mundo de la acción En el apartado “1. La creación”, se refiere a “Las hipótesis científicas sobre el origen del universo, que respetables conocedores creen conciliables con el Génesis, se deben principalmente a Kant, a Herschel y, sobre todo a Laplace”, continúa afirmando, “Darwin y sus discípulos sostienen que la explicación científica del origen del hombre, estriba en lo que se llama la transformación de las especies”.”[21]

Naturalmente, no se trata de una visión atea, sino de una comprensión  donde considera necesaria la educación laica. Sencillamente: “En el pensamiento de Sierra puede descubrirse a momentos una inquietud y un cierto romanticismo al relacionar la ciencia con la religión. En su Discurso “Apología de la ciencia”, pronunciado en la Escuela Nacional Preparatoria, el 8 de septiembre de 1877, después de realizar un panegírico de la ciencia y de su tarea precisa, lanza esta acusación[22]:

“Impíos los que la llamáis irreligiosa (a la ciencia) ¡no la habéis comprendido!. A medida que avanza, a medida que crece, se ensancha en torno suyo el misterio supremo de la vida, sustancia íntima de la religión... Allí, incognoscible, pero real lo absoluto, sin el cual lo relativo sería la nada... si lo llamáis Dios, convenid conmigo en que el cielo narra la gloria de Dios del salmista hebreo, jamás ha sido más solemne que cuando al salir de los labios de la ciencia, ha tenido por eco el infinito”[23]

El  positivismo evolucionista se manifiesta  con fuerza también  en su pensamiento político. Si ciertamente defiende la filosofía, ahora absolutiza lo relativo en detrimento de lo absoluto y abstracto. “ ...para mí – enfatiza - no hay nada sino lo esencialmente relativo; yo declaro que no entiendo lo que quisieron decir los diputados al Congreso Constituyente cuando en alguno de los artículos de la Constitución dijeron, por ejemplo: ‘Todo hombre es libre para abrazar la profesión que le acomode’...Yo creo que los derechos de la sociedad y los derechos del individuo son dos fases de la ley de la necesidad que precede al desenvolvimiento del organismo social...Yo creo que no es la libertad ese querubín bíblico que baja de los cielos en medio de los truenos y de los rayos y sobre cuyas alas se para Jehová por en medio del firmamento estremecido”[24]

Las ideas generales del positivismo están presentes en el discurso de Justo Sierra, independientemente  de sus especificidades evolucionistas, y su sui géneris aprehensión, pues el «espíritu positivo» es fiel a unos principios orientativos o reglas, que se mantienen en todas las filosofías positivas de las diversas épocas: la regla ontológica del fenomenismo, según el cual la realidad se manifiesta en los fenómenos, obliga a rechazar cualquier concepción de una esencia oculta más allá de los fenómenos; la regla del nominalismo, según la cual el saber abstracto no es saber de cosas en sí o universales, sino de meras cosas individuales generalizadas; la regla que obliga a renunciar a juicios de valor y a enunciados normativos, en cuanto carentes de sentido cognoscitivo y, finalmente, la regla de la unidad del método de la ciencia, según la cual cabe pensar en un solo ámbito del saber, reducible a la observación y a la experiencia. Así con acento spenceriano fuerte, señala en el “El Programa de La Libertad  en relación al hombre y su evolución en la sociedad:Si el hombre no puede tener derechos absolutos, sí tiene que conformarse y de hecho se conforma, a pesar de todas las declamaciones de los metafísicos, a las necesidades del medio social en que vive, en cambio, su evolución a través de la historia ha tenido estos dos caracteres: la tendencia de la sociedad a organizarse mejor, la tendencia del individuo a ensanchar su actividad: estos dos movimientos coinciden tan íntimamente que son como dos fases de uno solo. La una fase es lo que llamamos los evolucionistas la integración, la otra es la diferenciación”[25]

Otra da cuenta de su visión positivista en general, y evolucionista de corte spenceriano, en particular: “En 1878, señala que “la Constitución de 57 es una generosa utopía liberal, pero destinada, por la prodigiosa dosis de lirismo político que encierra, a no poderse realizar sino lenta y dolorosamente”[26] En ella se había actuado a ciegas aceptando “más o menos conscientemente la absurda teoría del contrato social”. Respondiendo a la acusación de reaccionarios que El Monitor había lanzado a su grupo, responde con cierta ironía, “si quiere saber el colega por qué somos reaccionarios, se lo diremos... Porque habiendo el pueblo mexicano avanzado tanto en el camino de la democracia y de la libertad como la Constitución de 57 lo indica, nosotros queremos hacerlo retroceder a las ideas de orden. ¡Orden: como si eso no fuera mentar la soga en casa del ahorcado” [27].  

Con razón justificada la investigadora  María del Carmen Rovira[28], especialista en el Maestro Sierra escribe: “La oposición a la Constitución del 57 y en general al régimen liberal, la realiza desde una posición spenceriana. “...marcha en el sentido del individualismo en constante y creciente armonía con la sociedad... Es para mi fuera de duda que la sociedad es un organismo, que aunque distintos de los demás, por lo que Spencer le llama un superorganismo, tiene sus analogías innegables con todos los órganos vivos. “Yo encuentro, señala Sierra,  que el sistema de Spencer, que equipara la industria, el comercio y el gobierno, a los órganos de nutrición, de circulación y de relación con los animales superiores, es verdadero... Lo que ya está fuera de debate... es que la sociedad, como todo organismo, está sujeta a las leyes necesarias de la evolución; que éstas en su parte esencial consisten en un doble movimiento de integración y de diferenciación, en una marcha de lo homogéneo a lo heterogéneo, de lo incoherente a lo coherente, de lo indefinido a lo definido. Es decir, que en todo cuerpo, que en todo organismo, a medida que se unifica o se integra más, sus partes más se diferencian, más se especializan, y en este doble movimiento consiste el perfeccionamiento del organismo, lo que en las sociedades se llama progreso”[29] .

Para lograr “el perfeccionamiento del organismo, lo que en las sociedades se llama progreso”, según la visión positivista evolucionista de Sierra, se requería un centro fuerte de dirección que logre la unidad del pueblo mexicano. Esta concepción – búsqueda de la cohesión social - lo  conduce a apoyar a Porfirio Díaz,  “porque, concluye Sierra, de lo contrario la incoherencia se pronunciará cada día más, y el organismo no se integrará, y esta sociedad será un aborto” (Ibíd.: 239). Este centro de poder, de autoridad, absolutamente necesario para lograr el desarrollo de lo heterogéneo, de lo individual, no era otro sino el poder y el gobierno de Porfirio Díaz. Si no se alcanzaba ese centro de poder y con él la homogeneidad, “estamos expuestos, afirma Sierra, a ser una prueba de la teoría de Darwin, y en la lucha por la existencia tenemos contra nosotros todas las probabilidades”[30] .

En su intelección era necesaria la homogeneidad, así como lograr la unión de la libertad y el orden para ascender al progreso, y a ello se dirige con fuerza persuasiva; “Sin embargo, no quiere esto decir que Sierra no defendiera los derechos del individuo, sobre todo los de la individualidad burguesa. Recordemos que en el positivismo comtiano el individuo quedaba subordinado a los intereses de la sociedad y del Estado; por el contrario Spencer y Stuart Mill defendían abiertamente y apoyaban el desarrollo económico de la clase burguesa. Por ello mismo y por el concepto de sociedad como organismo sujeto a la evolución, Sierra se inclinaba a la línea spenceriana[31].

Por otra parte Sierra en su proyecto social le concede al hombre un importante papel. El hombre es, por excelencia, un animal político y la educación tiene la tarea de orientarlo para que dé sus mejores frutos. En su obra Evolución política del pueblo mexicano después de un acertado análisis de la situación mexicana indica la necesidad de que el mexicano sea capaz de lograr una evolución social y política. “Sierra recurre al modelo de Estados Unidos, allí si había, según su opinión, una organización, una concentración: el partido republicano; logrado esto podía darse una evolución, tal como lo señalaba Spencer, dada esta circunstancia sí era posible[32]

Por eso enfatiza Justo Sierra: “mermar la intrusión del centro en la esfera de acción de los individuos... que el Estado pierda todas sus funciones, ajenas a la protección de todos, es decir a la justicia, y que el orden resulte del consensus de todos; aquí hay ese consensus, pero es preciso que haya orden”[33]

En fin, se trata de personificar la doctrina que considera al progreso como la evolución del orden, es decir, su credo positivista evolucionista como núcleo estructurador para salvar a México y a los mexicanos. “Preocupado – señala María del Carmen Rovira-  por la situación política y económica mexicana, ante el temor a revueltas, que ya se estaban dando, alteradoras del orden, defiende la necesidad de un gobierno fuerte y por lo mismo la continuidad de Díaz en el poder[34] (…)  Llevado por su intuición en la política se dirigía a los liberales, “a los hombres de razón que forman parte del partido liberal”, aconsejándoles “la transformación de la libertad y del derecho verbales en el derecho y la libertad positiva”. Sin embargo, concluye, “¿seremos oídos? Es seguro que no; nuestras palabras están completamente desautorizadas para los veteranos del liberalismo, empedernidos en el error, como pecadores viejos; pero ellos son los que se van; hay otros que vienen”[35]

Una década después, Sierra somete a crítica al porfiriato en “México social y político”, obra de profunda madurez política y filosófica. Plantea ciertos lineamientos políticos que más tarde, en 1892, conformarían el programa político del nuevo partido “Unión Liberal”, al que más tarde se le llamaría, en un sentido burlón el “partido de los Científicos”. Más tarde cansado y defraudado con la realidad mexicana, pero sin dejar de luchar por su ideal, aboga por un partido conservador. En su criterio,… es necesario, si queremos que el gobierno parlamentario sea un hecho, aumentar las atribuciones legales del Ejecutivo en la Constitución, para que no las busque en la práctica, aún fuera de la Constitución. Pero es preciso pensar en que este gobierno legalmente fuerte no se cambie en tiranía, y en que encuentre límites infranqueables. Uno de ellos debe ser el Poder Legislativo, si es éste un producto cada vez más genuino del sufragio... La instrucción obligatoria y el voto obligatorio son dos necesidades magnas de las democracias hispano-americanas[36]

En fin, su filosofía, toda una obra humana en pos de la justicia de México y el pueblo mexicano, estuvo siempre presente en el Maestro de América, como certeramente lo llamase José Martí.

“...el pueblo mexicano tiene hambre y sed de justicia... todo aquel que tenga el honor de disponer de una pluma, de una tribuna o de una cátedra, tiene la obligación de consultar la salud de la sociedad en que vive; y yo cumpliendo con este deber, en esta sociedad que tiene en su base una masa pasiva, que tiene en su cima un grupo de ambiciosos y de inquietos en el bueno y en el mal sentido de la palabra, he creído que podría resumirse su mal íntimo en estas palabras tomadas del predicador de la montaña hambre y sed de justicia... la maravillosa máquina preparada con tantos años de labor y de lágrimas y de sacrificios, si ha podido producir el progreso, no ha podido producir la felicidad... Pertenezco señores, a un grupo que no sabe, que no puede, que no debe eludir responsabilidades”[37]

La condición humana, lo esencialmente humano fue siempre un imperativo en el pensamiento de Sierra; nos lo confirman, una vez más, sus anteriores palabras[38]. Condición humana que siempre será el baluarte de su filosofía de la educación.

” Triunfante la Revolución, Madero lo nombra ministro de México en España. Como se mencionó anteriormente, murió en Madrid, el 13 de septiembre de 1912. Sus restos fueron traídos a México y se le tributaron los honores correspondientes a su rango. Madero y Pino Suárez presidieron sus funerales, rubricando de ese modo el esfuerzo del patriota que persistió en su tarea, no obstante el medio en que hubo de cumplirla.

En síntesis, Justo Sierra Méndez, desempeñó importantes puestos políticos, educativos y culturales, donde se pone de manifiesto la sistematización creadora de su pensamiento filosófico y sus determinaciones concretas. Un pensamiento rico en aristas nuevas, que sin dejar de ser positivista evolucionista, le imprimió su espíritu. Fue diputado al Congreso de la Unión, Magistrado de la Suprema Corte de Justicia, Subsecretario de Instrucción Pública y Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes de 1905 a 1911, años claves para la cultura y la filosofía en México, ya que en 1910 participó en la fundación de la Universidad Nacional. Nombrado Ministro plenipotenciario en España, falleció en Madrid en el año de 1912[39], pero su pensamiento con su accionar formativo, continúa bregando, porque es de raíz humana y lo humano siempre tiene horizontes orientadores.

Referencias:

[1] Por supuesto, no se puede perder de vista que “Sierra se identificó inmediatamente con la tesis de estimular en la individualidad y en la personalidad los fermentos creativos de una nueva sociedad. En esa búsqueda Justo Sierra intenta encontrar en la filosofía de corte positivista una visión renovadora. Algunas ideas de Justo Sierra evidenciaban su plena identificación con el positivismo, y la argumentación del por qué al final de su vida este se retractó del positivismo y  se orientó hacia otras  posturas filosóficas”. Guadarrama, P. Positivismo y antipositivismo en América Latina. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2004, p. 52.

[2] Ver Dicc.  de filosofía en CD-ROM. Copyright © 1996-99. Empresa Editorial Herder S.A., Barcelona.

[3] Sierra, J, Obras, Vol. V.  p.84

[4] Hasta lo que llamaría un filósofo mis primeros principios, y que ha obligado a abandonar, hastiado y fatigado, la vieja envoltura de los sistemas metafísicos, en que se desarrollaban mis ideas’; también se ha superado… (Obras, p. 63).

[5] Existe como un hecho innegable, a pesar de toda la liturgia constitucional “(…) Reconocer, pues, racionalmente este hecho; procurar que sus consecuencias favorezcan nuestro progreso; indicar con ánimo recto la conducta que deben seguir los hombres que lo encabezan, si no queremos abandonar cobardemente el porvenir de la nación, es algo más justificable que tomar un fusil y echarse al campo a extraer y disipar la última gota savia”.

[6] Justo Sierra. Obras, “Programa” 5 de enero de 1878.

[7]  La Libertad, 5 de enero de 1878

[8] Ibídem.

[9] Ibídem.

[10] Ibídem

[11] Sierra  conoció la obra de Hobbes y la estudió a profundidad con fines aplicativos a la realidad de México. Como todos sabemos, Hobbes,  partiendo de un análisis casi psicológico y antropológico de la naturaleza humana, su contenido evoluciona para culminar con un estudio del poder político. En Leviatán, Hobbes expuso su teoría acerca de la institución del Estado bajo el concepto de contrato social, más tarde criticado y readaptado por Jean-Jacques Rousseau. Estas ideas son asumidas creadoramente por Sierra, en función del desarrollo del Estado mexicano.

[12] A. Yáñez, 1950 p. 63.

[13] A. Yáñez, p. 64.

[14] Sierra, J. Obras completas. Vol. V: 459 UNAM. México, 1977.

[15] Sierra, J. Obras completas. Vol. V: Ibíd.: 169-170.

[16] Sierra, J. Obras completas. Vol. V: Ibíd.: 169-170. 

[17] Ibídem.

[18] Ibídem

[19]Sierra,  J. Compendio de historia de la antigüedad.  Vol. X,  México, 1977,  p. 15

[20] Rovira Gaspar, Ma. del Carmen.  Justo Sierra ante la condición humana Facultad de Filosofía y Letras/UNAM, Julio 2006. http.

[21] Sierra, 1977; Vol. V: 31.

[22] Rovira Gaspar, Ma. del Carmen.  Justo Sierra ante la condición humana Facultad de Filosofía y Letras/UNAM, Julio 2006. http.

[23] Sierra, 1977; Vol. V: 19.

[24] Ibídem, p. 31.

[25] Sierra, 1977; Vol. IV: 182.

[26] Sierra, 1977; Vol. IV: 143).

[27] Ibídem, p. 203

[28] Ver Rovira Gaspar, Ma. del Carmen.  Justo Sierra ante la condición humana Facultad de Filosofía y Letras/UNAM, Julio 2006. http.

[29] Sierra, 1977; Vol. IV: 238 – 239.

[30] Ibídem, p. 240.

[31] El subrayado es mío. R. I.

[32] Rovira Gaspar, Ma. del Carmen.  Justo Sierra ante la condición humana Facultad de Filosofía y Letras/UNAM, Julio 2006. http.

[33]  Sierra, 1977; Vol. IV: 240.  

[34] Rovira Gaspar, Ma. del Carmen.  Justo Sierra ante la condición humana Facultad de Filosofía y Letras/UNAM, Julio 2006. http.

[35]   Sierra, 1977; Vol. IV: 228.

[36] Sierra, Evolución política del pueblo mexicano. Vol. IX: 167. En su lucha por la democracia, tal y como él la entendía, procuró la independencia del Poder Judicial; años después sigue insistiendo en ello, “si logramos efectivamente que el Poder Judicial sea independiente y que ocupe el lugar majestuoso que le corresponde. Ese día, señores diputados, nuestra democracia estaría hecha, nuestra democracia tendría una garantía... no constituiríamos una dictadura togada, constituiríamos la única dictadura normal que la Constitución quiere, la dictadura de la ley y de la justicia” (Ibíd., Vol. V: 173).

[37] Ibídem, pp. 167 – 170.

[38] Rovira Gaspar, Ma. del Carmen.  Justo Sierra ante la condición humana Facultad de Filosofía y Letras/UNAM, Julio 2006. http.

[39] Ver anexo no. 1

Dra. Rosa Idalia Guajardo Bernal

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