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El sueño de Nóren

Agenor González Valencia

Nóren siempre irascible; refunfuñón; violento; impositivo; carácter de pocos amigos. El asombro lo desconcertó: la lectura de un libro que ocupara la noche de insomnio se hizo realidad en su pensamiento.

Esa mañana se levantó muy temprano, después de una noche tormentosa, plena de angustia y ensoñaciones; estiró los brazos, bostezó, dejó la cama y su cuerpo fue refrescado por una agradable ducha. Se vistió con su para él, elegancia. Fue a la cocina a servirse el desayuno: vaso de leche, pan, y un cuarto de pollo frito, del que no sólo saboreó la carne sino además los huesos que trituró con avidez.

Nóren salió a la calle, caminó por la misma ruta de siempre, hasta llegar a la parada de autobuses; en el trayecto se topó con la amenaza de algunos perros que ladraban a su paso, respondiéndoles con palabras resonantes de furia que, inconcebiblemente, acallaban a sus agresores. Malhumorado subió al autobús, hizo el correspondiente pago del transporte, pero al no haber asientos desocupados, la ira se apoderó de nueva cuenta de él y comenzó a murmurar para sí sin darse cuenta que esos murmullos manifestaban no sólo descontento sino, además, gruñidos que no correspondían precisamente a un ser humano.

Nóren bajó del autobús, enfiló sus pasos hacia la oficina donde prestaba sus servicios como empleado de tercera categoría, tras de la ventanilla en la que, al abrirla, recibía quejas del público. Nóren, como siempre, al llegar, se puso en cada brazo los negros cubremangas, se colocó sus lentes al igual que su gorra, abrió la ventanilla ante la que se presentó una ordenada cola de quejosos; Nóren al instante de abrir la ventanilla, frente a esa cola, enseñó los dientes y en forma agresiva y despectiva empezó su diaria tarea de responder a las quejas públicas, con injustificadas y rabiosas razones.

Al terminar su tarea Nóren cerró la ventanilla, se despojó del cubre mangas, de la gorra y tomó rumbo hacia su casa. De nuevo el autobús, de nuevo sus murmullos, de nuevo su amenazadora voz, que ante la indiferencia de los pasajeros, salía como un oscuro lamento de amarguras.

Bajó del autobús, inesperadamente, frente a él, un incontrolable grupo de perros le rodearon, le ladraban amenazadoramente, aterrorizado comenzó a gritar en demanda de auxilio, sin embargo, sus gritos eran similares a ladridos de los perros; angustiado ante esta situación, se sintió totalmente indefenso y de pronto se agachó, tomo la posición de sus agresores y como si tuviera cuatro patas corrió junto a la jauría. 

Abrió los ojos. Todo había sido un sueño.

Dr. Agenor González Valencia
http://agenortabasco.blogspot.com/  
agenor15@hotmail.com  

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