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Presencia de Maquiavelo |
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1.-
Maquiavelo en La Cuerda Floja Hace algunos años, en el Teatro del Seguro Social, en la ciudad de Villahermosa, escuché por primera vez a Enrique González Pedrero hablar sobre Maquiavelo. Fue una conferencia inolvidable. Allí, el maestro que impartía la clase de ideas políticas modernas en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Nacional Autónoma de México, con sentida emoción habló de este personaje del Renacimiento y de sus dos obras fundamentales: el Príncipe y los Discursos sobre la primera década de Tito Livio.
Y
así tenía que ser, en la actualidad el político tiene la necesidad de
definirse: o se está con Maquiavelo o se está en contra. González
Pedrero, tabasqueño de extracción humilde, estudioso de la política a
la que considera —al igual que Maquivelo— un arte, postgraduado en la
Universidad de París, nos deslumbró aquella noche villahermosina, al
recitar de memoria los consejos que el ilustre florentino da al príncipe.
De complexión recia, estatura regular, la tez blanca, cabello castaño
entrecano, frente despejada, ojos claros, mirada inquisitiva, aguda, de
felino, nariz recta, labios delgados y soberbias maneras de diplomático
medieval, hizo la apología, esa noche, del padre de la política moderna
y de la concepción de estado, tal cual hoy la conocemos. Sus referencias
al capítulo XXII de El Príncipe a la virtud
y a la fortuna, son inolvidables. En
1982, el ayer ideólogo priísta, dio a la imprenta un opúsculo
intitulado La Cuerda Floja, que bajo el patrocinio del Fondo de Cultura
Económica se ofreció al público en las mejores librerías de la República.
La pequeña obra reimpresa, por tercera ocasión en 2006, presenta en la
portada un cable de henequén, tenso, en el que se mantiene al centro, en
equilibrio, una bola, al parecer de plomo, diseño de Carlos Haces y
fotografía de Carlos Franco. El tema se desarrolla en 187 apretadas páginas,
divididas en una introducción y cuatro analíticos capítulos. Introducción.
I. Maquiavelo: realismo político o la necesidad de la virtud o fortuna.
II. El realismo utópico de Tomás Moro. III. Don Vasco Quiroga: utopía y
libertad. IV. ¿Hay reglas del juego? Dedicado in memoriam a Manuel
Pedroso. El
porqué del título: González Pedrero nos hace recordar el espectáculo
en el que, los artistas de circo, deslumbrantemente vestidos con sus
mallas llamativas untadas al cuerpo y sus descollantes hombreras cual
flores artificiales, hacen su aparición en la pista a los acordes
marciales de improvisada banda y después del saludo reverencial al público
se dan a la fascinante tarea de ejercitar equilibrios en la cuerda floja
ante la atónita mirada del público y la prevención de la red protectora
por si acaso el inesperado accidente pudiera provocar la caída del
principiante o la pérdida de equilibrio del viejo artista del hambre.
“Más tarde – nos dice el autor- me he preguntado muchas veces si la
política, la teórica y la práctica, no será como aquel espectáculo
tan peligroso cuando se ejecuta sin red. Y en la política verdadera, en
la Historia, no hay redes protectoras. Me he preguntado si la política no
vendrá a ser, entre todas las actividades del hombre, la que más
participa en la esencia de la vida, esa peripecia azarosa que empezamos un
día, sin saber cómo, trepados e un una cuerda floja”[1].
Sí,
en la cuerda floja, entre el realismo y la imaginación. Entre la verdad
real y la verdad política. Guardando siempre el equilibrio, a veces
sosteniéndose en el pie izquierdo, a
ratos en el derecho, con las infinitas ansias de permanecer en el
centro, ante la mirada atónita del público y el espectro del porvenir
que anuncia, bajo el maquillaje, caras conocidas, en el quehacer divino
del arte circense de la política. 2.-
Maquiavelo y el estado El
3 de mayo de 1469 nace en Florencia, Italia, uno de los escritores más
controvertidos de todos los tiempos: Nicolás Maquiavelo, a quien muchos
consideran el padre de la política moderna. Entre las obras que
han inmortalizado su nombre figuran El Príncipe, Discursos sobre
la primera década de Tito Livio, El Arte de la Guerra, La Historia de
Florencia y La Mandrágora. Además
de escritor, Maquiavelo fue hombre de Estado. En 1498 es designado
canciller del Consejo de los Señores y, posteriormente, secretario de
Estado. Hábil diplomático, en los quince años que duró en el cargo
realizó 23 misiones en el extranjero, desempeñadas con elegante astucia
y extraordinario conocimiento de las reacciones humanas. Enemigo de los Médicis
fue depuesto cuando éstos, en 1512, toman el poder. Pasado algunos años
es amnistiado por el papa León X y vuelve a Florencia, donde muere en
1527.[2] Estamos
en el ocaso de la Edad Media y en los albores de los tiempos modernos en
la vida política europea. El crepúsculo señala en declive la sombra del
Imperio, la amarga derrota de la soberanía papal, la extinción del poderío
de los señores feudales y los rotundos y frescos aires de los reinos
nacionales que, como Inglaterra, Francia o España deslindan su
crecimiento, pregonando a voz en cuello un renovado lenguaje político. Esa
nueva forma de expresión es asimilada por la Italia renacentista del
siglo XV y comienzos del XVI. Aquella península en forma de bota vive
momentos de convulsión interna. En vez de unidad es evidente la
multiplicidad de señoríos y dominaciones. Así, en el Sur, el poder lo
ostenta el reino de Nápoles; en el centro, los Estados Pontificios; en el
Norte, multitud de ciudades, que como lascas del antiguo Reino de Italia
se apiñan en el vasallo recuerdo del emperador: Florencia, Pisa, Génova,
Mantua, Milán y Venecia. Convertida en campo de muerte, Italia es el
centro marcial en el que miden sus fuerzas los partidarios del poderío
papal, del emperador y de los reyes de España y Francia. Aprovechando
el ocaso de los poderes tradicionales, algunas ciudades, lograda su
independencia, surgen como verdaderas repúblicas urbanas. Tales son los
casos de Florencia y de Venecia que brillaron con luces propias en el
comercio, las artes y en la industria e iluminaron el renacimiento
humanista con la aureola de su conquistado poder y de su gloria. Allí,
en Florencia, por primera vez cobra carta de ciudadanía universal una
palabra nueva tendiente a reducir a unidad todo ese abigarrado conjunto de
situaciones políticas: la palabra estado.
Nicolás Maquiavelo en el más alto misterio de su inspiración política
la estampa en las primeras frases del opúsculo intitulado El Príncipe
(1513). En esta pequeña obra, el secretario florentino se propuso
investigar a través del método histórico, apoyado en la observación y
seguido por la astucia y el sentido común, cuál es la esencia de los
principados, cuáles sus diferencias, de qué manera se adquieren, cómo
pueden conservarse y por qué causas se pierden. La
frase inicial ha cobrado celebridad porque en ella se encuentra el origen
moderno de la palabra estado: “Todos los estados, todos los señores que
han tenido y tienen dominación sobre los hombres son estados y son o repúblicas
o principados”. A
partir del siglo XVIII la palabra estado
recibió su fe de bautismo universal, generalizándose tanto en la
literatura científica, como en las leyes y en los documentos políticos,
tanto en sentido amplio para referirse a los Estados federales como
entidades supremas, y en sentido restringido al hacer alusión a los estados
federales.[3] Más
que ningún otro pensador político – expresa George H. Sabine –, fue
Maquiavelo el creador del significado que se ha atribuido al estado en el
pensamiento político moderno.[4]
La difusión de la palabra estado
en los idiomas modernos, para referirse a esa persona colectiva de interés
público, dotada originalmente del poder soberano, se debe en gran parte a
sus escritos. El estado como sistema organizado jurídicamente y que
persigue dentro de un clima internacional igualitario su desarrollo y
engrandecimiento en sus relaciones con otros estados, se ha convertido en
la institución política más poderosa de la sociedad actual. El estado
moderno regula y controla a las demás instituciones sociales y las dirige
dentro de los lineamientos trazados en sus planes de gobierno en aras de
su propio interés. El
papel que el estado así concebido ha desempeñado en la política
moderna, revela en forma admirable, la diafanidad con que Maquiavelo intuyó
en 1513 la tendencia de la evolución política. 3.-
Maquiavelo y el príncipe
Maquiavelo
vive en la etapa de transición entre la Edad Media y el Renacimiento. Él,
indudablemente, es un hombre del Renacimiento. De estatura alta, cuerpo
delgado, modesta elegancia en la manera de vestir y en su conducta diplomática;
cabello severamente peinado hacia atrás; frente amplia; ojos pequeños,
pero incisivos; nariz perfilada; labios delgados; pómulos salientes;
barbilampiño; manos extremadamente cuidadas; dedos delgados, cuyos
movimientos revelan el ejercicio del estilo
en el arte de escribir. En
1494, al implantarse la República en Florencia, fue segundo canciller y
secretario de Los Diez de la Libertad y la Paz, un comité ejecutivo
encargado de asuntos internos, externos y militares. Durante quince años
se desempeñó como funcionario eficaz, cumpliendo a satisfacción y
lealtad, misiones diplomáticas en Francia, Suiza y Alemania.[5] Nicolás
Maquiavelo participa activamente en la vida política de Italia. Agudo en
la percepción, observa con espíritu analítico el sistema de gobierno de
su patria y lo compara con los de otros países de Europa que conoció en
sus misiones diplomáticas, extrayendo de sus observaciones y de los
ejemplos del pasado, el método y carácter de su filosofía política.
Interesado fundamentalmente por las cuestiones de su tiempo, la realidad
del presente mueve los esfuerzos de su penetrante atención; a la luz de
su óptica de laboratorio somete a estudio los hechos y a los hombres,
para obtener las deducciones que apoyarán sus tesis, buscando en los
recuerdos de la historia la comprobación de sus conclusiones.[6] En
las noches florentinas, a la usanza de las reuniones griegas en el Liceo o
en el jardín de Academo, los jóvenes del Renacimiento se reúnen en los
jardines de Berhardo de Rucellai, cuñado de Lorenzo el Magnífico, a
discutir sobre arte, filosofía o política. Allí, en las conversaciones
sale a relucir, como una flor exótica, el pensamiento de Maquiavelo, por
eso, cuando se urde la conjura en contra de los Médicis, el hábil
secretario de Estado no queda libre de la sospecha de haber exaltado con
sus tesis, el ánimo de los conjurados.[7] Sobrevienen
después las series de acontecimientos que habrían de cambiar todo el
sistema de vida de Italia; el poderío de Venecia se derrumba, Julio II se
une a Fernando el Católico, Ravena contempla el desvanecimiento de las
veleidades hegemónicas del monarca Francés, Prato abre las venas del
aniquilamiento de la efímera república de Florencia. Regresan los Médicis,
Pier Soderini, es desterrado y Maquiavelo corre poco después la misma
suerte, cobrándole el gobierno restaurado, con su alejamiento de la
ciudad, la sospecha de conjurado y sus desvaríos de imaginativo escritor
político. Pero
Maquiavelo no se resigna al ocio, a la sosegada paz rural, ni a la sombra
de los árboles a cuyos pies pasaba inadvertidas horas de reflexión,
tramando la estructura de sus discursos sobre los diez primeros libros, de
la república romana, escritos por Tito Livio. Actor en el drama de su
tiempo, quiere retornar a escena. Desea volver a la ciudad, estar presente
en la corte y por ello interrumpe el desarrollo de sus discursos para
escribir su no bien recibido opúsculo, El Príncipe, que zalamera y
cortesanamente dedica a Lorenzo de Médicis, soberbio sobrino de León X. Así,
El Príncipe fue escrito como carta de presentación y sumiso y
desesperado afán de volver a la vida política. Basta leer su descriptiva
y angustiada carta a Francesco Vettori en el invierno de 1513 para darse
cuenta de su estado de ánimo y de la finalidad inmediata: “A
propósito de mi opúsculo, he discutido si convendría hacerlo aparecer o
no; y en caso afirmativo, si convenía que lo llevara yo mismo o que lo
enviase. En la negativa, temo que Julián ni siquiera lo lea, y que
nuestro Ardingheli se atribuya todos los honores de mi trabajo. La
necesidad que me aprieta me empuja a publicarlo pues siento que me consumo
y que esto no puede durar eternamente sin que, a la larga, la pobreza no
haga de mi un ser despreciable; por otra parte, deseo vivamente que los Médicis
se decidan a emplearme así fuera para empujar una roca después de lo
cual si no hubiera hecho algo para ganármelos, me conformaría. En cuanto
a esta obra, si solamente se leyera se vería que los quince años que
dediqué a cuidar los asuntos del estado no los pasé durmiendo ni
jugando, y cualquiera de ellos debería sentirse satisfecho de poder
servirse de un hombre lleno de experiencia que nada les ha costado. Mi
lealtad debería estar al abrigo de toda sospecha pues siempre he sido
respetuoso de la fidelidad y no voy a dejar de serlo ahora. El hombre que
ha servido fielmente y bien durante cuarenta y tres años (que son los que
tengo) no puede cambiar su naturaleza; por otra parte, mi pobreza es el
mejor testimonio de lo que afirmé”.[8] 4.- Maquiavelo: virtud y fortuna
En
el lenguaje filosófico encontramos varias acepciones de la palabra virtud.
Así Aristóteles nos dice “que no basta contentarse con expresar que la
virtud es hábito o modo de ser, sino que hay que decir asimismo en forma
específica cuál es esta manera”. La virtud
podría definirse como aquella cualidad que perfecciona la buena disposición
de una cosa; esto es, su bien, “pero no un bien general – palabras de
Ferrater Mora – y supremo, sino el bien propio e intransferible”. Así,
pues, la virtud es aquello que
hace que una cosa sea lo que es. “Tal noción de virtud
es prontamente trasladada al hombre; virtud
es entonces, por lo pronto, el poder propiamente humano en cuanto se
confunde con el valor, el coraje, el ánimo”. La virtud,
característica del hombre, depende de su libre albedrío y está regulada
por la razón. Para
los griegos, la Fortuna, hija de Océano y de Tetis, era una divinidad
alegórica que presidía los sucesos de la vida, distribuyendo ciegamente
los bienes y los males. Luego devino en lo casual, lo fortuito, la suerte,
el azar, por eso se habla de la “buena” y la “mala” fortuna. Ante
los imponderables de la fortuna, el hombre virtuoso debe estar preparado
para afrontarlos, sólo así podrá permanecer en el justo medio. Cuando
no hay diques de virtud previamente levantados, las aguas negras de la
mala fortuna, incontenibles, arrasan las apacibles llanuras. El
vívere político oscila entre la virtud y la fortuna. Por eso González
Pedrero afirma: “No es otra cosa el arte político que un duelo entre virtú
y fortuna. O en otras palabras, el prodigioso oficio de conciliarlas en el
incierto equilibrio de la cuerda floja”. La
virtud, que es capacidad de obrar, poder, fuerza, decisión, habilidad,
previsión, significaba también para Maquiavelo prudencia sagaz, intuición. “En
general, virtud es la fuerza vital que los hombres desarrollan en la
realización de actos políticos encaminados al engrandecimiento del
estado”. Al fortalecimiento y defensa del sistema – diríamos hoy –
o a su aniquilamiento y cambio. “Pero significa también, esfuerzo,
coraje, valor, audacia. En suma: aquellas cualidades que son
indispensables para forjar a un político”. Así,
la virtud viene a ser una férrea voluntad de participación activa en los
destinos del Estado; una conjunción de astucia y de fuerza —de zorro y
de león— en constante equilibrio, al azar, lo contingente, lo que en
cualquier momento puede ocurrir. La virtud es acción. La fortuna, esperanza. Aquella es impulso creador, ésta, casualidad, anhelo. Para
Maquiavelo las repúblicas o los principados se adquieren por las armas
propias o por las ajenas, por la suerte o por la virtud. El
príncipe que confía ciegamente en la fortuna perece en cuanto ella
cambia. Feliz el que concilia su manera de obrar con la índole de las
circunstancias; desdichado el que no logra armonizar una cosa con la otra. “La
‘causa’ de la buena o mala fortuna es hacer que el propio modo de
proceder concuerde con los tiempos; porque algunos hombres proceden con
apresuramiento, otros, con respeto y cautela, y en el uno o el otro de
esos modos se exceden de los límites correctos, incapaces de observar la
‘verdadera vía’.” Esa “verdadera vía”, es una vía de en medio
en el sentido de combinar los extremos: virtud y fortuna. Por eso, en el
difícil arte de la política se yerra menos, según Maquiavelo, cuando el
político actúa con la acertada habilidad y prudencia de acuerdo con los
tiempos y sabe regular su conducta, procediendo según su propia
naturaleza, cuando ésta coincida con las circunstancias y los hechos del
momento. 5.- Maquiavelo y circe
Estamos
en el crepúsculo de la Edad Media. El hombre no se resigna a su destino.
Al fin se atreve: da el salto mortal del Medioevo al Renacimiento y juega
en la urdimbre de su pensamiento, con los modelos tomados de la antigüedad.
González Pedrero nos dice: “Pensamos en Leonardo, en Maquiavelo. Cada
uno de ellos sentía la angustia de lo nuevo como la sentimos ahora cuando
nos preocupamos por saber qué será de nosotros en el futuro cercano”.[9] Y
agrega en tono premonitorio: “Esa angustia de lo nuevo vibraba en
aquellos personajes que oían por todas partes el crepitar de un fuego
destinado a barrer lo caduco y a dejar el campo libre para nuevas
cosechas”. ¡Espléndido! Es
la época en que la debilidad de los emperadores permite a varias pequeñas
ciudades italianas, independizarse enteramente. Es la época de las
frecuentes guerras intestinas, de los capitanes mercenarios llamados
condottierri, prestos a apoderarse del gobierno de la ciudad que
contrataba sus servicios. Es la época de los pequeños déspotas, de la
confusión general en Europa, de la decadencia política del papado, pero
también la época en que los grandes jugadores del ajedrez político
(Francia, España e Inglaterra), fijan el comienzo de los tiempos
modernos. Época
difícil para pensar con lucidez y moverse con habilidad en la jaula misma
del león. Sobrevivir habría sido una lección para la posteridad. ¿Con
qué ingredientes lo logra Maquiavelo? González
Pedrero lo explica: “Maquiavelo creó esa mezcla compleja de pasiones y
razones, matices, palabras, hipocresía, ideales, dinero, intereses,
acciones dispersas, instintos, olvidos, compromisos, errores, vicio,
suerte, lucha, saber, gloria, prudencia, ingenuidad, conformismo,
imaginación, bajeza, poder; vida viva. En suma: hizo de la imposible vida
lo que parecía imposible, la posibilidad de vivirla, de saber cómo. Hizo
de la política un arte de vivir político: ciencia tal vez”.[10] El
arte tiende a la expresión de lo bello. La ciencia a la explicación
racional, cognoscitiva. Sentir y saber. O mejor dicho: saber sentir en
toda su magnitud la fuerza del poder. Existe
coincidencia entre la acepción vulgar y la científica de la palabra Política:
se dice que es toda actividad referida al Estado. Posada la explica así: “La
política, en su sentido más general, se refiere al Estado, convertido en
objeto de conocimiento”.[11] En
el estudio de la Política, fijamos dos aspectos esenciales: el teórico y
el práctico. A través de la teoría pretendemos obtener un conocimiento
explicativo del Estado. Y, a través de la práctica, el desarrollo de una
apasionada actividad por conquistar el poder y conservarlo. La
belleza es sublime actividad humana. Circe lo sabe y no descansa: prepara
la mezcla hechizante para hacer en su pócima, posible lo imposible, en el
arriesgado, prudente y hábil arte de gobernar. 6.- Maquiavelo en el infierno
Cuando
se habla de Maquiavelo se piensa en una conducta amoral, tortuosa, en la
que el filo de la traición abre sus alas en busca de confiadas víctimas
y se recuerda la famosa frase que nunca dijo: “El fin justifica los
medios”. Sin
embargo, Maurice Joly en su Diálogo
en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu,
escrito en 1864, explica en labios del ilustre florentino, que el
maquiavelismo es anterior a Maquiavelo.[12] Así,
el único pecado de este secretario de Estado, fue el de decir la verdad
tanto a los pueblos como a los reyes. No la verdad moral, sino la verdad
política. No la verdad impoluta que todos quisiéramos saber, sino la
verdad tal cual es, indiferente a cualquiera consideración ética. Por
eso señala que Moisés, Sesostris, Salomón, Lisandro, Filipo y Alejandro
de Macedonia; Agatócles, Rómulo, Tarquino, Julio César y el mismo Nerón;
Carlomagno, Teodorico, Clovodeo, Hugo Capeto, Luis XI, Gonzalo de Córdoba
y César Borgia, son antecesores de su doctrina. Ello, sin mencionar la
larga lista de los que llegaron después de su Tratado
del Príncipe y a quienes nada tuvo que enseñar que no supieran en el
undoso arte del ejercicio del poder. De
Maquiavelo el vulgo sólo conoce el nombre y un prejuicio ciego. Se le
tacha de inmoral, de falso, de traidor. Esta mala reputación ha
traspasado las fronteras del tiempo escarneciendo el prestigio de un hábil
diplomático entregado en su momento al servicio de la República. Por
haber escrito El Príncipe y como resultado de una pésima lectura de esta
inteligente obra, sus detractores lo han hecho responsable de todas las
tiranías y han atraído hacia el autor la maldición de los pueblos,
encarnando según éllos, su escrito, el despotismo que aparentemente
aborrecen, pero que con sus excesos alimentan y anhelan. En su tiempo
emponzoñaron sus últimos días y, en la posteridad se confabularon para
reprobar sus tesis en las que Cratos difiere del parece de Ethos. Mas
Maquiavelo se defiende: “Durante quince años serví a mi patria” –
nos dice –, que era una república; conspiré para mantenerla
independiente y la defendí sin tregua contra Luis XII, los españoles,
Julio II y contra el mismo Borgia, quien sin mí la hubiese sofocado. La
protegí de las sangrientas intrigas que, en todos los sentidos, se
entretejían a su alrededor, combatiendo como diplomático como otro lo
habría hecho con la espada. Trataba, negociaba, anudaba y rompía hilos
de acuerdo con los intereses de la República, aplastada entonces entre
las grandes potencias y que la guerra hacía bambolear como un esquife. Y
no era un gobierno opresor ni aristocrático al que manteníamos en
Florencia; eran instituciones populares. ¿Fui acaso de aquellos que van
cambiando al vaivén de la fortuna? Luego de la caída de Soderini, los
verdugos de los Médicis supieron hallarme. Educado en la libertad sucumbí
con ella; viví proscrito sin que la mirada de príncipe alguno dignara
fijarse en mí. He muerto pobre y olvidado. He aquí mi vida y he aquí
los crímenes que me han valido la ingratitud de mi patria y el odio de la
posteridad. Quizá sea el cielo más justo conmigo”.[13] Allá,
en el ostracismo, en su tranquila y solitaria villa de “L” “Albergaccio”,
cerca de San Casciano, Maquiavelo interrumpe la escritura de los primeros
fragmentos de los Discorsi para
escribir El Príncipe, obra que
fue acogida con menosprecio por Lorenzo de Médicis, quien prefiere al opúsculo
carente de “palabras ampulosas”, los finos lebreles de caza.
Maquiavelo gana con este desdén, otra frustrante
repulsa más.[14] 7.-
Maquiavelo: acto y potencia
“Al
lado del orden preestablecido —afirma González Pedrero— armónico,
que rigen las cosas en el universo, hemos heredado de la naturaleza el
movimiento que también caracteriza al cosmos. Somos inestables; deseamos
el cambio permanentemente. Esta inquietud, ese fluir esencial que
caracteriza a la vida es el origen de muchos de los cataclismos sociales.
Entre la armonía universal y la dinámica humana se inscribe y escribe la
historia”. Los
filósofos griegos fueron los primeros en observar que las cosas se
mueven, fluyen, acontecen de la misma manera. Esto es, que las cosas
tienen cambio, pero que, en el movimiento de la naturaleza hay un orden
superior, un orden no impuesto por los hombres, sino por la naturaleza
misma. Es así como se concibe la idea de un orden cósmico y es así como
en su tiempo, conciben que si hay un orden, debe haber alguien quien lo
ordenó. Apelan, entonces, al concepto de los dioses. Apelan inicialmente
a ese concepto, sobre todo, cuando encuentran leyes, injustas. Así, el
emperador también está sujeto a ese orden superior que le es imposible
rebasar. Poco a poco, a medida que avanzan las luces del alba, el mito,
Rey de las sombras, se desvanece y
ocupa su lugar el concepto de naturaleza. Ella, efectivamente, nos ha
heredado el movimiento, de la misma manera que Prometeo desafiando la cólera
de Zeus nos heredó el fuego. El
hombre se reconcilia (con su ser hombre)
en el movimiento. El movimiento en el hombre se llama acción: praxis,
movimiento autodeterminado o intencional. Para que el hombre pueda
alcanzar su plenitud debe dinamizar todas sus potencialidades. Ya lo decía
el Estagirita: “en la pareja acto—potencia encuentra el ser su aspecto
dinámico”. Y llama acto al
resultado del advenimiento al ser; y llama potencia
a la materia, pero en cuanto va a ser. En
todo niño hay un adulto en potencia. En todo hombre hay un sabio en
potencia. Querer —según el saber popular—
es poder. Santo Tomás de Aquino (1225- 1274) en la Baja Edad Media
comentando a Aristóteles reflexiona sobre la distinción fundamental
entre el acto y la potencia. Los seres —explica— existen realmente,
están en acto, pero evolucionan sin cesar para llegar a ser diferentes,
por lo que estando indeterminados, están en potencia. La simiente existe,
completamente como simiente, es un acto; pero puede dar nacimiento a una
planta, es planta en potencia. El
hombre (acto) para alcanzar su plenitud individual de ser necesita
desarrollar todas sus potencialidades. Para ello, es menester libertad de
movimiento. Así, dentro del orden jurídico sólo se concibe la libertad
si existe posibilidad de acción. Notas:
[1] Enrique, González Pedrero, La Cuerda Floja, Editorial Fondo de Cultura Económica, Tercera reimpresión, México 2006, p. 20. [2]
Diccionario
Enciclopédico abreviado, Espasa Calpe S.A., T.V.P. 604, Madrid, 1957. [3]
Héctor, Uribe
González, Teoría Política, Editorial Purrúa, pp. 148-149, México,
1984. [4]
George, H.
Sabine, Historia de la Teoría Política, Fondo de Cultura Económica,
p. 263, México, 1984. [5] Norberto, Corrella Torres, Una aproximación a Nicolás Maquiavelo, Escuela de Ciencias de la Educación, México 1980, p. 25. [6] Gettel, G, Historia de las Ideas Políticas, T. I, Editorial Nacional, pp. 236-237, México 1959. [7] Federico, Chabod, Opus p. 22 [8] Maquiavelo, carta del 10 de diciembre de 1513, citada por Enrique González Pedrero, La Cuerda Floja, FCE, Méx. 1987. pp. 48-49. [9]
Enrique,González
Pedrero, O. C. pp. 22-23. [10]
Ibidem. p. 22. [11]
Adolfo Posada,
Tratado de Derecho Político, Madrid, Librería general de Victoriano
Suárez, 1935, 5ª edición, cit. por Héctor González Uribe, Teoría
Política, Porrúa, Méx., 1972, p. 23. [12]
Maurice, July,
Diálogo en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu,
Munchninck Editores, pp. 10-13, México, 1976. [13]
Maurice, July, O.C., p.
11. [14] Federico, Chabod, Escritos sobre Maquiavelo, Fondo de Cultura Económicas, p.27, México, 1987. |
Dr.
Agenor González Valencia
http://agenortabasco.blogspot.com/
agenor15@hotmail.com
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