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Fábula del león y la libertad |
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La
jaula está abierta. Es la oportunidad de escapar. Seguramente al
vigilante se le olvidó cerrar, como es costumbre, dando vuelta a la
llave. Solamente un leve empujón con el hocico y ¡zas! la libertad. Él
es un hermoso felino, de presencia arrogante y mirada triste. Los niños
admiran su figura con asombro e ingenuidad. Lo trajeron del África a este
zoológico hace muchos años. No soportaba el cautiverio; allá era el rey
de la selva. Por eso, rugía con odio y desesperación y sus pasos era
interminables dentro del pequeño cuadro de la jaula. De eso, a la fecha,
han pasado muchos años; su pelambre se ha hecho gris, sus garras están
reprimidas y la crueldad que antes brillaba en sus ojos se ha convertido
en tristeza. Ruge con un grito de angustia interminable que los animales
en cautiverio traducen en señal de dolor. Y he aquí, que de pronto, la
ansiada libertad está en la puerta. Pero no… ¿qué le pasa?... Basta
un leve empujón con el hocico… ¿Por qué no lo hace? El rugiente león
se queda pensativo… Allá, en la calle, está la libertad ¿y qué puede
hacer con la libertad un viejo león de garras reprimidas por los años? Sí,
allá está la libertad, pero rondan también el hambre y bestias más
salvajes que las del zoológico. El viejo guardián ha vuelto. Y con una sonrisa de burla, mostrando la llave, dice en tono humillante al hoy sumiso Rey de la selva: “Sabía que no te atreverías a escapar. Yo, como tú, también fui un joven león que amaba la libertad. Ahora, los dos dependemos de esta llave”. ¡Click! |
Dr. Agenor González Valencia
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