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Siempre fui más apegado a la ternura de mi
madre que al cariño de mi padre. Ella, mujer hacendosa, limpia, alegre,
despertaba al día trovando canciones y dando gracias a Dios por
proveernos de todo lo indispensable, para que nuestro modesto hogar no
sufriese ausencias materiales, inmateriales o humanas. Así, la Señora de
la casa, iniciaba sus actividades cotidianas y aquella vivienda de un
sólo piso enmarcado por las paredes, reflejaba espejo de limpieza. El
desayuno, frugal, así como el almuerzo, dispuestos en la mesa del
comedor y, en la noche, la apetecible cena.
Mi padre, herrero, acostumbrado al recio fuego de la fragua, a los
lingotes de acero, al remache contra el yunque, en ese trabajo recio que
el sudor se olvida de lágrimas y el músculo advierte energía solar,
silbaba gozoso sus canciones.
Siempre serio, mi padre, daba a nuestros alimentos la bendición del
honrado trabajo. Nunca hubo quejas que dañasen sentimientos. La pobreza,
vestida de lujo. El corazón, compartido en mieles de cariño. Sin
embargo, jamás mi padre acostumbró demostrarme su apego, lo manifestaba
en consejos, en narraciones de cuentos, y en dibujos de imágenes
sorprendentes que llenaban mi ánimo de felicidad.
El tiempo transcurrió. Todo principio tiene su fin. La mañana se
convierte en la tarde y el crepúsculo anuncia advenimiento de sombras.
Mi padre, enfermó repentinamente. Sus fuerzas fueron desvaneciéndose. La
cama en la que soñaba, fue acurrucándolo segundo a segundo. Lo vi morir
poco a poco, al igual que lo vió mi madre fingiendo resignación ante mi
presencia. Me pidió ayudarla para vestirlo con la ropa que parecía hecha
para un viaje. Al levantar el cuerpo moribundo, ayudé a la autora de mis
días, para sentar en la cama, la presencia de un hombre dándole adiós a
la vida. En esos momentos, al vestirle la camisa, sus brazos los posé
sobre mis hombros. ¡Era la primera vez y la ultima que me abrazaba!
Lágrimas mezcladas de alegría resbalaron por mis mejillas hasta tocar…,
las puertas de mi corazón. |