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Contagio de locura popular Agenor González Valencia |
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Narran los trovadores en bellas
y armoniosas estrofas recogidas en incunables, que hubo una vez en Oriente
un pueblo feliz que compartió con su monarca el preciado y anhelado bien
de la felicidad. Ese
pueblo, como todos los pueblos en los que las palabras “tuyo” y “mío”
han despojado de sus haberes a la mayoría, vivía la desgracia de la
extrema pobreza: falta de agua potable, falta de salud pública, falta de
escuelas, desempleo, falta de caminos vecinales, falta de esperanzas y,
sobre todo, una aplastante desigualdad social. En ese pequeño reinado el
pueblo satisfacía su sed, del agua contenida en un pozo al servicio de la
comunidad. El Rey y su corte no participaban de ese preciado líquido,
toda vez que en el regio palacio existía una fuente para satisfacer la
sed del monarca y cortesanos. Uno de tantos días llegó de
paso un forastero y pretendió mitigar su sed con el agua del pozo
comunitario, lo que le fue impedido por el egoísmo de algunos vecinos
presentes en el momento en que el visitante intentaba extraer agua del
pozo. Llegada la noche y protegido por las sombras, el forastero
sigilosamente se acercó hasta el brocal del pozo y derramó en su
interior un maléfico elixir que llevaba el hechizo de enloquecer a quien
tomase del agua así contaminada. A la mañana siguiente, con las primeras
luces del alba, los pobladores acudieron al pozo a llenar sus vasijas,
ignorantes del maleficio que a las pocas horas hizo estragos en la población
que enajenada se sintió por vez primera feliz al olvidar sus angustias y
desesperanzas y extrema pobreza. Los únicos al margen de esta locura
popular, eran los habitantes de palacio: el Rey y su corte; aquél, engañado
por éstos, quienes le ocultaron siempre las carencias y desgracias del
pueblo, para poder medrar a su antojo con las palabras “tuyo” y “mío”. El pueblo feliz y enajenado
quiso que su monarca compartiese la felicidad de que gozaban, querían a
su Rey, le obedecían en todo, pero se extrañaban de que no estuviese
presente en la gran fiesta popular. Alguien sospechó de que el Rey y su
corte eran víctimas de algún embrujo. El daño con toda seguridad lo
causaba el agua de la fuente real; por eso, si se quería ver feliz al
Rey, era menester rescatarlo y convidarlo del agua que mitigaba la sed de
la población. Ese día, el pueblo convocado
por una misma emoción se dirigió al palacio a rescatar a su Rey. La
Corte, temerosa de la venganza popular, huyó despavorida, dejando sólo
al monarca, acompañado únicamente de los pocos y leales servidores que
pese al resentimiento, odio y agravios
inferidos por los grupos de interés que medraban en el palacio,
siempre manifestaron a su Rey la verdad y las traiciones de que era
objeto. Ante el reclamo popular el Rey
acompañado de los pocos y leales servidores que lo secundaron, enfrentó
a la multitud, aceptando el afectuoso y limpio llamado del pueblo; bajó
del palacio y, en medio de la algarabía de su gente, confundido con la
muchedumbre, llegó hasta el pozo común y bebió ávidamente del agua
ofrecida por sus gobernados. A partir de ese momento, perdió la razón;
contagiado de la alegría popular, fue el más feliz de los monarcas.
Admirado por su pueblo vivió muchos años en los que la locura colectiva
hizo olvidar agravios, impulsando energías hacia el progreso , con la fe
inquebrantable en las decisiones prudentes y democráticas del monarca. ¡Dichosos los que mandan contagiados de locura popular! |
Dr.
Agenor González Valencia
http://agenortabasco.blogspot.com/
agenor15@hotmail.com
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