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Inmigrantes
en novelas argentinas Lic. María González Rouco |
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La
llegada de los inmigrantes a suelo argentino significó una transformación
de gran importancia. El porteño se encontró conviviendo con extranjeros
de diversas nacionalidades y esa realidad se vio reflejada en la
literatura. Las novelas sobre la inmigración son una constante en la
literatura argentina, y han sido objeto de serios estudios. En
La inmigración en la literatura
argentina (1880-1910) (1), Gladys Onega se propone “analizar el
reflejo del fenómeno inmigratorio en la literatura”. En la década del
80, “frente a la masa cosmopolita que poblaba Buenos Aires, Miguel Cané
reaccionaba aconsejando a los de su clase cerrar el círculo y velar las
armas. El curso de estas transformaciones y su incorporación a la
literatura son los que este libro registra, a través de la narrativa y el
ensayo positivista (de Cambaceres a Martel y de Ramos Mejía a Bunge), de
la reacción nacionalista del Centenario (Rojas, González y Lugones) y de
la perspectiva más comprensiva de hombres que, como Sánchez, Payró y
Fray Mocho, no sentían la amenaza extranjera de un hipotético legado
nacional”. Años
más tarde, se publica Aspectos del
inmigrante en la narrativa argentina (2), de Hemilce Cárrega, otra
estudiosa de esta temática, quien sostiene que nuestra literatura “tal
vez como pocas, abunda en páginas pobladas por figuras representativas de
inmigrantes. Así como estos incorporaron rasgos peculiares en nuestra
sociedad, del mismo modo lograron estampar –sin saberlo ellos mismos- un
sello distintivo en los temas, motivos, tipos y caracteres presentes en
obras de muchos escritores nuestros. Una singular realidad de la vida vernácula
pública tiene, de esta manera, su versión en las letras, con mayores o
menores logros estético-literarios, según los casos, pero casi siempre
con una proyección documental interesante” . En
este trabajo reúno muchas de las novelas en las que aparecen inmigrantes.
Algunas
obras, como Hacer la Amèrica,
de Pedro Orgambide, reflejan a la inmigración de varios países; en otras
novelas, en cambio, la evocación se restringe a una nacionalidad, aunque
se hace referencia a otras comunidades. Notas 1.
Onega, Gladys: La inmigraciòn en la literatura argentina (1880-1910).
Santa Fe, Universidad del Litoral, 1965. 2.
Cárrega, Hemilce: Aspectos
del inmigrante en la narrativa argentina. Buenos Aires, El Francotirador,
1997. Alemanes
Jorge
Isaac escribió Una ciudad junto al
rìo (1), novela en la que señala: “Los
alemanes –que también suelen arribar en grupos familiares- ofrecen un
marcado contraste con aquellos. Hablan lo indispensable y se mueven con
marcada compostura. Nunca cantan. Las diferencias físicas, se advierten
con más claridad en las mujeres y en los niños, rubios y de cutis rosado
éstos cuya belleza despierta siempre admiración”. El
viajero de Agartha (2), de Abel Posse, fue distinguida con el Premio
Internacional de Novela Novedades y Diana 1988-1989 en México. Transcribo
un resumen de su argumento: “En 1943, cuando el curso de la Segunda
Guerra Mundial se vuelve contra Alemania, Hitler ordena a un oficial de su
confianza emprender una importante misión secreta. Deberá iniciar un
viaje solitario a través de Asia Central con el objetivo de descubrir, en
algún lugar oculto de la India o del Tibet, la mítica Agartha, Ciudad de
los Poderes. Irá con la falsa identidad de un arqueólogo británico
ejecutado por la Gestapo. Esta aventura a través de la geografía exótica
se va transformando en un viaje hacia el universo esotérico de las
mitologías paganas, en las que el nazismo fundamentó su ‘Teología de
la violencia’. Retomando el tema de Los
demonios ocultos, esta gran novela de Abel Posse es, en definitiva,
una metáfora reveladora del fracaso de la ideología nazi” (26). En
la nota que abre el volumen, Posse se refiere a los nazis y a la forma en
que surgió esta novela: “Conocí algunos nazis refugiados en la
Argentina de mis años de estudiante. Desde entonces se instaló en mí la
pregunta: ¿Qué convicción oculta, inexplicable, llevó a estos hombres
a optar por la muerte, el sacrificio sangriento y la autodestrucción
individual y nacional? ¿Qué fuerza secreta los hizo saltar del
previsible surco de la burguesía alemana y de su encomiable cultura? Sin
duda un dios tan sediento de sangre como el dios de los mexicas tuvo que
haberlos impulsado. Este texto nació en torno de aquella pregunta. El
tema, todavía hoy, ha sido escamoteado con entusiasmo por los autores
alemanes, pero está ligado a la esencia del autoritarismo y de la locura
de este siglo que expira. Es por lo tanto un tema universal, un tema
profundamente americano” (3). En
Frontera Sur, Horacio Vázquez-Rial
escribe, acerca del alemán Frisch: “Todos vieron alejarse al hombre
alto y rubio que durante la travesía de Montevideo a Buenos Aires había
tocado aires tristes en ese instrumento nuevo, el bandoneón. Ni le
mareaba el barco, ni deslucían su aspecto las infames acrobacias del
traslado a la costa. Había plantado cara a las autoridades de inmigración,
y eludido la barraca en que los más aceptaban asilo provisional. Llevaba
sus bienes –prendas escasas, libros, y aún su rara caja de música-
atados a una improvisada carretilla: dos varas de madera nudosa
clavadas a un travesaño, que iban a dar a los lados del eje de una única
rueda” (4). En
Secretos de familia (5),
Graciela Cabal describe al vecino alemán: “Don Oscar, que es el padre
de mi novio, es alto y colorado. ‘Porque es alemán’, dice mi mamá.
Pero éste no es maldito como los alemanes de Punta Mogotes y los que
hacen la guerra: es alemán nomás, y arregla los barcos que se rompen”. En
1999 se publica Hotel Edén (6),
novela en la que Luis Gusmán escribe: “En el frente del edificio, el águila
imperial había dominado el valle hasta que a comienzos del 45 Argentina
declaró la guerra a Alemania. Seguramente todo el pueblo asistió a la
demolición del águila, símbolo de un poder que se extinguía en el
mundo. Posiblemente también ese mismo día destruyeron la antena de onda
corta que estaba en la torre y permitía que se comunicaran
clandestinamente con Alemania. (...) Observó el hueco que el águila había
dejado y después localizó la fecha borrosa de la fundación del Edén.
De inmediato vino a su mente el nombre de los primeros propietarios sobre
los que caía, desde tiempos remotos, una leyenda negra”. Notas 1.
Isaac, Jorge: Una ciudad
junto al río. Buenos Aires, Marymar, 1986. 2.
Posse, Abel: El viajero de
Agartha. Buenos Aires, Emecé, 1989. 3.
S/F: en Posse, Abel: El
viajero de Agartha. Buenos Aires, Emecé, 1989. 4.
Vázquez Rial, Horacio: Frontera
sur. Barcelona, Ediciones B, 1998. 5.
Cabal, Graciela Beatriz: Secretos de familia. Buenos Aires, Sudamericana, 2003. 280
pp. 6.
Gusmán, Luis: Hotel Eden. Buenos Aires, Norma, 1999. Arabes En
Barrio Gris, de Joaquín Gómez
Bas, una genovesa se enamora de un árabe, abandonando a su marido
napolitano: “La susodicha desapareció de su casa, del barrio y sus
contornos, embaucada por el meloso palabrerío de un ambulante vendedor de
puntillas, un árabe enamoradizo que alborotó el corazón y la sangre de
la genovesa con su prestancia de caudillo picaflor” (1). En
1988, durante la Feria del Libro, el doctor Renè Baròn entregò
personalmente a Jorge Isaac el premio que lleva su nombre, distinguiendo a
Una ciudad junto al rìo (2)
como la mejor novela editada durante los años 1986 y 1987. El jurado que
lo otorgò -designado por la Sociedad
Argentina de Escritores- estuvo integrado por Luis Ricardo Furlàn,
Raùl Larra y Juan Josè Manauta. La
novela fue presentada en la Uniòn Arabe por el profesor Elio C. Leyes
-”escritor y presidente de la Universidad Popular, autor de Voz
telùrica de Gerchunoff, editado por el Ateneo Judeo Argentino ‘19
de abril’ de Rosario”, quien “señalò que el libro bien podìa
llamarse ‘Los gauchos àrabes’, en justo parangòn –según dijo-con
la celebrada obra de Gerchunoff, en la cual no debe haber escritor que
haya profundizado tanto como èl” (3). El
Gobierno de Entre Rìos la declarò, por iniciativa del Consejo General de
Educaciòn, de lectura complementaria en las escuelas superiores de la
provincia, a partir del sèptimo grado, recomendando su utilizaciòn en la
enseñanza. La
obra està dedicada “a los inmigrantes àrabes –sirios y libaneses- y,
por natural extensiòn, a españoles, italianos, alemanes, judìos,
suizos, rusos, polacos, yugoslavos, y de cuanto otro origen y procedencia
màs, que se lanzaron un dìa por los riesgosos caminos del mar a la
aventura de ‘hacer la Amèrica’ “.Partiendo de su propia etnia, la
mirada de Isaac se vuelve abarcadora, hasta incluir a hombres de diversa
procedencia, cuya gesta
evoca. Notas 1.
Gómez Bas, Joaquín: Barrio Gris.
Buenos Aires, Compañía General Fabril Editora, 1963. 2.
Issac, Jorge E.: Una ciudad
junto al río. Buenos Aires, Marymar, 1986. 3.
S/F en: González Rouco, María: “Jorge Isaac, novelista de la inmigración
árabe”, en La Capital,
Rosario, 24 de julio de 1988. Armenios
Eduardo
Bedrossian es el autor de una trilogìa acerca de La Cuestiòn Armenia,
integrada por la novela Hayrig Detrás
del silencio de un millón y medio de voces (1) –distinguida con la
Faja Nacional de Honor 1993, por la Asociación de Escritores Argentinos-,
el ensayo Hayrig II y la novela Memorias
para no olvidar (2). En
esta última novela, un inmigrante relata: “-Estábamos
en el barco. Sí... a los pocos días comencé a sentirme mal. No eran
solamente los mareos. Sentía sobre mí una carga aplastante que iba
creciendo. Mis compañeros creían que se debía a la alimentación y
hasta me daban parte de sus escasas raciones. Yo no tenía apetito. Es
sorprendente comprobar cómo las desventuras nos quitan hasta las ganas de
comer y qué corta es la distancia entre el bienestar y las miserias. Yo
escapaba mientras los míos quizás estaban muertos o muriendo, en el
momento que más se necesita la compañía de los seres queridos. Pues,
allí no estaba yo. Los muertos eran mejores que yo. Me di muchas
respuestas que no sirvieron para aliviarme. Nacía en mí un sentimiento
de culpa, pero la peor de todas, la más difícil de soportar: la culpa de
sobrevivir a una tragedia familiar. Los otros polizones también
escapaban, pero ninguno con mis cargas”. En
2004, a ochenta y nueve años del genocidio armenio, el autor dedica Morir
en Marash (3), su nueva novela, prologada por el Embajador Leandro
Despouy, “A los armenios de Marash. Al millón y medio de niños,
mujeres y hombres masacrados en el primer genocidio del siglo XX. A sus
descendientes, a sus familias. A la Nación Argentina y a todos los países
que los acogieron con generosidad. A cada hombre y a cada mujer que lucha
honestamente para sobrevivir en un mundo envilecido por los poderosos de
turno”. Notas 1.
Bedrossian, Eduardo: Hayrig
Detrás del silencio de un millón y medio de voces.
Buenos Aires, 1991. 2.
Bedrossian,
Eduardo:
Memorias para no olvidar.
Buenos Aires, 1998. 3.
Bedrossian, Eduardo: Morir
en Marras. Buenos
Aires, 2004. 448 pp. Belgas
Eugenio
Juan Zappietro escribió De aquì
hasta el alba (1), novela en la que narra lo acontecido a colonos,
soldados e indios durante la Conquista del Desierto, en el año 1879. Dos
europeos son presentados como figuras antitèticas, encarnaciones del bien
y del mal. Se trata de un cirujano belga y de un comerciante flamenco, los
cuales, como dos caras de una misma moneda, muestran que la vida de un ser
humano responde a los principios morales que lo orientan, y no a las
circunstancias en que se encuentra. En una misma situaciòn, el belga se
muestra probo una vez màs, mientras que el flamenco vuelve a evidenciar
su egoìsmo criminal. Leroy
“había asistido a un Napoleón y a varios príncipes de Europa en su clínica
de París. Había asimilado las enseñanzas de la escuela de Viena y
seguido las doctrinas de Semmelweiss, como el más aplicado cirujano de su
época. Pensó en Crimea, operando al paso de las cargas de las brigadas
inglesas. Habían sido buenos tiempos. Tiempos dignos necesariamente de un
final de escena más brillante que morir a manos de un muchacho indio, en
un continente todavía virgen. Siguió costosamente el hilo de sus
recuerdos y las mujeres que había amado comenzaron a reír, mostrando sus
dientes delgados, que se clavaban en su piel, en tanto un vals de Viena
nacía en un costado de su herida, la piedad de unas, el ardor de otras,
todo aquello mezclado en su viaje al norte de sí mismo, buscando huir,
como el cazador de la nada”. Debió
dejar Francia, pues durante una operaciòn matò intencionalmente a un
ministro asesino: “Decidiò matar a Desquerres cuando extirpò las tres
cuartas partes de su hìgado. (...) Cuando Francia descubriò el crimen,
Hubert Leroy estaba ya en Amèrica”. De Buenos Aires, donde se habìa
establecido, debe huir tambièn, ya que se ha conocido su pasado y eso
sirve para la extorsiòn. La opciòn era partir o morir, y èl escoge
marchar hacia el sur: “Bajo una lluvia incoherente, Leroy divisò el
carruaje, con un auriga inmòvil, al modo de una estatua. Tambièn
presintiò un arma en la pretina del pantalòn de su visitante. La situaciòn
no le encolerizò; lo poseyò una desagradable sensaciòn de frialdad,
como si estuviese presenciando la decapitaciòn de un extraño”. Gabriel
Báñez se refiere en Virgen (2),
novela finalista del Concurso Editorial Planeta 1997,.a
la inmigración de un belga y su hija, quienes llegan “a un país de
tanos y gallegos y de rusos y turcos, y todo lo que no entrara en el dos
por cuatro de esa conclusión elemental era una rareza de apellido pero
nunca de nacionalidad”. “La
Ensenada mìtica de los años cuarenta es el escenario de la historia de
amor entre un cura y una chica belga, judìa y milagrosa. Novela de la
Anunciaciòn y el Descenso y poderosa convergencia de fuerzas narrativas,
Virgen revela en un presente audaz –la escritura de las cartas que
intercambian el protagonista y su amada- una memoria negada que nos
avasalla y nos conmueve, vaticina el fin de los tiempos y devela el
estigma polìtico de un secreto y su traiciòn: el del hijo del mariscal
Tito de Yugoslavia y de Evita Broz.
Virgen, que es también ‘la parte más rota y verdadera del
lenguaje’, nos convierte en lectores plenos del tiempo tatuado sobre la
letra. Gabriel Báñez, el autor de El
curandero del cuarto oscuro, celebra en Virgen
secretas nupcias entre lo real y lo imaginario y, haciendo gala de enorme
poder evocativo y de una prosa a la vez precisa y mágica, produce una
novela maravillosa” (3). Notas 1.
Zappietro,
Eugenio Juan: De aquì hasta el alba.
Barcelona, Planeta, 1971. 2.
Bañez,
Gabriel:
Virgen. Buenos Aires, Sudamericana, 1998. 3.
S/F:
Bañez, Gabriel:
Virgen. Buenos Aires, Sudamericana, 1998. Bielorrusos
Manuela
Fingueret es la autora de Hija del
silencio (1), obra en la que la hija de una sobreviviente del
Holocausto recuerda, durante su prisión en la ESMA, el padecimiento de su
madre y de otros prisioneros en Terezín y Auschwitz, la llegada a la
Argentina de la madre y su vida en la nueva tierra. A
la madre y los abuelos de la joven argentina les advertían el peligro, en
Minsk, en 1941: “a Tínkele le asombra comprobar que gran parte de esos
jóvenes vestidos a la usanza gentil son los primeros en hablar de las
desgracias que sobrevendrán a los judíos si no huyen a tiempo hacia
Palestina o América. Los religiosos oran y esperan pasivos el destino que
Dios les depara. Esto la subleva porque sus padres oscilan entre ambos y
ella, naturalmente opuesta a la generalidad, intuye que los que están en
contacto con el mundo exterior pueden analizar mejor el futuro. Los padres
de Leie también creen que hay que emigrar, pero no les es fácil
movilizarse con una familia tan grande y sin dinero”. Notas 1.
Fingueret, Manuela: Hija
del silencio. Buenos Aires, Planeta, 1999. Checoslovacos
Complot,
de Perla Suez, es la historia de “Bruno Edels y ‘el inglés’ a
comienzos de siglo en la provincia de Entre Ríos. Edels es un judío que
escapó de Praga luego de que asesinaran a sus padres, y que –con el
tiempo y a fuerza de muchas privaciones- logró convertirse en un
hacendado poderoso, y casarse con una mujer más joven. Hacia los años
treinta, Edels comienza a recibir ofrecimientos de negocios oscuros por
parte del inglés, un personaje sin escrúpulos vinculado al trazado de
ferrocarriles, al contrabando de jóvenes norteñas con destino a los
burdeles de Buenos Aires y a la exportación de carnes en el marco del
pacto Roca-Runciman. El inglés se convierte además en amante de Elsa.
Pero es Mora, la hija del capataz de la hacienda, quién contará esta
historia” (1). Notas 1.
Suez, Perla: Complot, en Trilogía de Entre Ríos. Buenos
Aires, Editorial Norma, 2006. (Colección La otra orilla). S/F: “Complot, de Perla Suez”, en www.perlasuez.com.ar. |
Egipcios
En
su novela Un noviazgo, Bernardo
Verbitsky se refiere a la ocupación de un egipcio. El protagonista
“conoció asimismo a don Alí. Era un individuo de unos 40 años, de
cara oscura, nariz aguileña, con mejor humor de lo que dejaba suponer
cierta expresión torva de su cara. Sabía reír con ganas. Decían que
era egipcio, aunque las mujeres lo designaban entre sí como ‘el
Turco’. Venía de otro cabaret y se había propuesto traer con él a las
mujeres más lindas, y las fue hablando una a una, para lo cual le servía
su perfecto dominio de varios idiomas. Alternaba el inglés y un francés
al parecer correctos con un castellano aporteñado de indudable
naturalidad. ‘Vas a estar mejor que allá –decía persuasivamente-.
Dejáte de embromar, dáte una vuelta por acá. Veníte bien bañada, eso
sí. Y a portarse bien, que el nuevo empleo lo vale. Hay que andar
derechas, que si no les corto una teta’. ‘Don Alí es el mejor gerente
que hemos tenido’, decían todas convencidas” (1). Notas 1.
Verbitsky, Bernardo: Un noviazgo.
Buenos Aires, Planeta, 1994. Escoceses
En
Fuegia, Eduardo Belgrano Rawson evoca el oficio de los escoceses en
Tierra del Fuego: “Cuando les resultó evidente que habían echado mano
a los mejores campos del mundo, los criadores de toda la isla resolvieron
cruzar sus mediocres ovejas con padrillos europeos. Para entonces ya nadie
soñaba con transformar a los lugareños en sus pastores perfectos. En
realidad, a los parrikens les sobraban condiciones para el puesto: corrían
treinta kilómetros de un tirón, podían dormir al sereno en invierno y
resistían sin probar bocado como el más bruto de los galeses. Pero nada
aborrecían más en el mundo que el trabajo de ovejeros, de modo que los
criadores olvidaron por fin el asunto y junto con los padrillos importaron
pastores de Escocia, quienes trajeron hasta los perros” (1). Notas 1.
Belgrano
Rawson, Eduardo: Fuegia. Buenos Aires, Sudamericana, 1991. Españoles
Andaluces
En
El juguete rabioso, de Roberto
Arlt, relata el protagonista: “Cuando tenía catorce años me inició en
los deleites y afanes de la literatura bandoleresca un viejo zapatero
andaluz que tenía su comercio de remendón junto a una ferretería de
fachada verde y blanca, en el zaguán de una casa antigua en la calle
Rivadavia entre Sud América y Bolivia” (1). Eugenio
Juan Zappietro narra, en De aquì
hasta el alba (2), la historia de un irlandés que llegó al desierto
en 1866, y el socio granadino que lo traicionó. La posta en la que vivían
los Bary había sido construida por O’Flaherty, quien “juraba que
Argentina era el país del futuro. No se equivocó por mucho en cuanto a
la tierra; se equivocó de hombres, pero una lanza araucana había
terminado con él para evitarle la amargura de comprobarlo”. Belén
Gache es la autora de Lunas eléctricas
para las noches sin luna (3). En esa obra, relata la protagonista:
“En 1890 mis abuelos llegaron a ese puerto, provenientes también de
Sevilla. Junto con ellos traían a sus dos jóvenes hijas, que se habían
pasado todo el viaje encerradas en sus camarotes vomitando. Venían a
Buenos Aires porque mi abuelo, que trabajaba en el Banco de España, había
sido transferido a esta sucursal del fin del mundo”. A
través de sus ojos, asombrados e intensos, vemos la Buenos Aires que se
prepara para los festejos del Centenario. Una Buenos Aires cosmopolita,
que evidencia un marcado rechazo hacia los extranjeros, quienes son vistos
como una fuerza nociva que es necesario devolver a su tierra de origen. La
visita de la Infanta exacerbará los sentimientos patrióticos de los
hispanos afincados en la Argentina, y los sentimientos xenófobos de
quienes se agrupan en la misteriosa Brigada del Nandú”. “Editorial
Losada publicó Mientras la luz se
va, novela de Noemí Cohen (216 pp). Esta es la historia de Elena, una
joven sefardí que viaja desde Alepo a la Argentina, a principios del
siglo XX, para encontrarse con su futuro y desconocido esposo. Pero es
también la parábola de Setti, a quien Elena conoce en el interminable
viaje hacia América y que se ha embarcado para restañar la herida de
haber sido repudiada por su marido y haber perdido contacto con su única
hija. Y es, además, la peripecia de Amparo, una andaluza alegre pero
sumida en la desgracia de un novio muerto por amor a la anarquía en el
sur argentino. Y es, entre otras, la historia de Elenita, la nieta adorada
de Elena que, víctima de la última dictadura militar argentina, repite
el camino de exilio de su abuela. Noemí Cohen ha creado, con esta novela
admirable, un delicado tapiz donde se traman los destinos de un puñado de
mujeres de ayer y de hoy. Las separan la edad, la lengua, la cultura o la
religión, pero las une sutilmente una similar voluntad de conocimiento,
de libertad, de belleza y de justicia” (4). Notas 1.
Arlt, Roberto: El juguete rabioso.
Buenos Aires, CEAL, 1981. Prólogo de Jorge Lafforgue. Pág. 5. (Capítulo). 2.
Zappietro, Eugenio Juan: De aquì
hasta el alba. Barcelona, Hyspamèrica, 1971. 3.
Gache, Belén: Lunas eléctricas
para las noches sin luna. Buenos Aires, Sudamericana, 2004. 4.
S/F: “Novela
de Noemí Cohen en Losada”, en Raíces,
www.revista-raíces.com. Noviembre de 2005. 216 pp. Aragoneses
Manuel
Gálvez presenta, en Nacha Regules,
a un aragonés encargado de un conventillo: “El encargado era un aragonés
testarudo, insolente y entrometido. Su pequeña cabeza desgonzábase sobre
un cogote interminable. El tronco, angosto en los hombros, ensanchábase
hasta las caderas, cuya anchura contrastaba ridículamente con la longitud
de las flacas piernas, movedizas y simiescas. La expresión adusta del
semblante y la nariz de perro, caricaturizábanle aún más. Reía
explosivamente, empalmando la agonía de una carcajada con el brusco
estallido de otra, lleno de gesticulaciones, agitándose íntegro, dando
al cuerpo la línea oblícua y caídos los brazos que temblequeaban
chocando contra los flancos y subían y bajaban sin ritmo, como émbolos
descompuestos. Gustaba hacerse el gracioso, hablando a lo andaluz” (1). Notas 1.
Gálvez,
Manuel: Nacha Regules. Citado en
Páez, Jorge: El conventillo.
Buenos Aires, CEAL, 1970. Asturianos
En
Hermana y sombra, de Bernardo
Verbitsky, aparece una sirvienta asturiana. Narra el protagonista, un niño
hijo de rusos: “Otra clase de confidencias inició una tarde, al
referirse al reciente casamiento de Rosario quien seguía sirviendo allí
y compartía ahora con su marido la misma habitación que antes ocupaba
sola, pegada a la de él, que aplicaba el oído a la puerta que las
separaba. Creyó al principio que se divertiría con lo que imaginó sólo
podían ser cómicas parodiasde amor, pero lo que oía no lo hizo reír
precisamente sino que lo indujo a inevitables y manuales desahogos,
terminando por sentir miedo a la propia actuación de excitado testigo
invisible, que lo perturbaba intensamente, y aún más allá de su papel
de escucha pues ahora, le confesó, miraba con otros ojos las piernas
blancas como la leche de la asturiana” (1). En
Las libres del Sur, de María
Rosa Lojo, dice Victoria Ocampo, refiréndose a Fani, la empleada nacida
en Oviedo: “me trata como a una menor de edad. Pero como su tiranía es
útil, protesto un poco y la dejo hacer su voluntad. Igual que los pueblos
cómodos, como el nuestro” (2). Notas 1.
Verbitsky,
Bernardo: Hermana y Sombra.
Buenos Aires, Editorial Planeta Argentina, 1977. 2.
Lojo,
María Rosa: Las libres del Sur Una
novela sobre Victoria Ocampo. Buenos Aires, Sudamericana, 2004. Castellanos Rubén
Benítez escribió una novela sobre la inmigración española, además de
una biografía y algunos cuentos. En esa novela, La
pradera de los asfódelos (1), plantea la pregunta acerca de lo
trascendente: ¿Cuàl es la pradera de los asfòdelos? ¿Dònde podemos
encontrarla? Algo debe permanecer en este agitado mundo, en medio de tanto
caos. Quizàs lo trascendente sea la memoria y la misma sangre que,
evolucionada o involucionada, aparece de generaciòn en generaciòn, en
una aldeana española y en un universitario patagònico. La sangre es, en
definitiva, lo que une a seres que ya no tienen nada en comùn, pues el
progreso mal entendido los ha distanciado. Afirmó
el escritor bahiense: “Lo sentì como una necesidad. Tal vez por haber
pertenecido a un nùcleo de inmigrantes que desde la infancia me
transfirieron sus vivencias y sus nostalgias por la tierra lejana. El
tiempo, la muerte de casi todos ellos, incorporò a ese sentimiento
la idea de caducidad que convierte a cada ser humano en un
emigrante de la vida, de este escenario que tambièn ama. Creo que ambas
perspectivas se mezclan y fluyen como temas paralelos” (2). En
la obra, una madre exclama: “No, hermano. Prefiero que lo manden a
Marruecos antes de que escape a la Patagonia. De Marruecos regresan todos,
de la Patagonia no vuelve ninguno”. El
viajero de Agartha (3), de Abel Posse, fue distinguida con el Premio
Internacional de Novela Novedades y Diana 1988-1989 en México. El
protagonista de la novela es Walther Werner, graduado en lenguas
orientales y arqueología, teniente coronel de las fuerzas especiales
nazis, quien se define como “el mensaje de salvación arrojado al mar
enfurecido”. “Soy un SS –afirma-: mi primer mandato es matar o morir
matando esa sucia rémora hija de una cultura pestilente y sentimental: la
nostalgia, la roñosa humanidad y su engendro bastardo, el mentado
‘humanismo’ “. Es justamente esa postura ante la vida la que hace
que se desvincule del hijo que tuvo con una española, que apareció
muerta en Burgos “cuando entraron las fuerzas vencedoras de Franco”.
Recuerda el momento en el que, en Madrid, cortó el débil lazo que lo unía
al niño; entonces aparecen las referencias a la Argentina, país en el
que se cría el pequeño, lejos de su padre. En
Las libres del Sur, Una novela sobre
Victoria Ocampo (4), de María Rosa Lojo,. aparece un castellano. Uno
de los personajes ”no supo decirles nada nuevo, salvo pedirles que
esperasen al patrón, un gallego de Logroño que conocía probablemente a
todos los españoles de la zona”. Notas 1.
Benítez,
Rubén: La
pradera de los asfódelos.
Bahía
Blanca, Siringa, 1989. 2.
González
Rouco, María: “Rubén Benítez: el regreso a la entrañable tierra”,
en El Tiempo, Azul, 10 de
septiembre de 1989. 3.
Posse,
Abel: El viajero de Agartha.
Buenos Aires, Emecé, 1989. 4.
Lojo,
María Rosa: Las libres del Sur, Una
novela sobre Victoria Ocampo. Buenos Aires, Sudamericana, 2004. Catalanes En
la adolescencia, el protagonista de La gran aldea (1), de Lucio V. López, acude a la escuela de dos
maestros.
Uno de estos maestros era inmigrante: “Don Josef era oriundo de Cataluña
y se vanagloriaba de haber nacido en el castillo Monjuich, de haber
salvado la vida a varias personas, de haber presenciado un naufragio y de
haber sido casi víctima del hambre de una tigra mansa; preciábase de
haber conocido a la reina de España, doña Cristina, de haberla visto
comer una olla podrida en un día de toros. Hacía sacrificio de
confesarse descendiente de don Gonzalo de Córdoba, pero no se prestaba a
pregonar mucho el parentesco, y lo repudiaba con majestad, porque no quería
que nadie sospechase que él aprobaba las rendiciones de cuentas de su
poco escrupuloso antepasado. Vivía crónicamente colérico, sin que esto
importe decir que no supiera interrumpir sus accesos para hablar con
fruición, de los tesoros de Potosí y de fortunas colosales como las de
los cuentos de hadas, porque el buen viejo tenía altamente desarrollada
la nota de la codicia”. María
Angélica Scotti evoca,
en Diario de ilusiones y naufragios
(2), la vida de una inmigrante española, desde que, en la infancia, deja
España con su madre; a ellas se unirá un italiano que la mujer conoce a
bordo. “El primer recuerdo que me aparece es el viaje”, dice la
protagonista de la novela que mereció el premio Emecé 1995/6. “En
verdad, es más lo que me contaron que lo que vi con mis propios ojos
–continúa. No sólo porque era muy pequeña sino también porque hice
la travesía encerrada en un camarote muy especial: viajé oculta bajo las
faldas de mamita”, porque “apenas zarpamos de Barcelona, mamita notó
que yo tenía el cuerpo y las mejillas repletos de manchuelas coloradas.
Ella ya había oído decir que a los enfermos los obligaban a bajar en el
primer puerto, y por eso resolvió esconderme” . En
Lunas eléctricas para las noches
sin luna, de Belén Gache (3), la protagonista se refiere a un
canillita de ese origen: “A unos metros, un grupo de muchachos se reúne
alrededor de una caja de zapatos. Son los canillitas. Llevan medias largas
y pantalones cortos y sus cabezas se encuentran cubiertas con boinas.
Cargando pesadas pilas de diarios, se encaraman a los tranvías en
movimiento de forma tan descuidada que, más de una vez, han provocado
accidentes. Ya varias veces he visto cómo los agentes de policía les
llaman la atención. Entre los muchachos, reconozco a Gregorio, un chico
de origen catalán, amigo de Mirko”. El
padre de Gregorio, imprentero, es anarquista: “Hoy por la tarde por fin
me decidí y fui a buscar el reloj de papá a la relojería. Estaba por
llegar al local de Copelius cuando vi que de ahí salía un policía.
Pocos segundos después, salían dos agentes más llevando a la rastra a
don Antonio, el padre de Gregorio, ataviado con su mameluco gris manchado
de tinta”. En
El infierno prometido, de Elsa Drucaroff, Vittorio “salió a
buscar a Julián Soto, el hombre que le había indicado el Catalán. Si,
tal como prometió, el Catalán había enviado un telegrama, los compañeros
tenían que estar aguardándolos” (4). Notas 1.
López,
Lucio V.: La gran aldea. Costumbres
bonaerenses. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo). 2.
Scotti
, María Angélica: Diario de
ilusiones y naufragios. Buenos Aires, Emecé, 1996. 3.
Gache, Belén: Lunas eléctricas
para las noches sin luna. Buenos Aires, Sudamericana, 2004. 4.
Drucaroff, Elsa: El infierno prometido. Una prostituta de la Zwi
Migdal. Buenos Aires, Sudamericana, 2006. 336 pp. (Narrativas históricas).
Pág. 265. Gallegos En
la novela En la sangre (1), de
Eugenio Cambaceres, el protagonista y su madre “se detuvieron frente a
la Universidad en cuya puerta, mostrando un grueso manojo de llaves
colgado de la cintura, estaba de pie el portero, un gallego ñato de nariz
y cuadrado de cabeza”. En
La gran aldea, Lucio V. López
presenta gallegos trabajando junto a los criollos: “daban las cuatro y,
no bien había entrado el gallego cotidiano con las viandas, don Narciso
se engolfaba en los antros profundos de la trastienda”. Lucio V. López
menciona otro gallego relacionado con la tienda: “Caparrosa, el cadete
de Bringas, un galleguito ladino y vivaracho” (2). Escribe
Manuel Gálvez, en Nacha Regules:
“Monsalvat imaginó que sus palabras engendrarían entusiasmo y
agradecimiento. Pero no fue así. Unos torcieron el rostro, otros
cuchichearon. Una vieja se puso a hacer pucheros, y un gallego protestó
contra el abuso de querer echarles de la casa para después subir los
alquileres”. El gallego decía que “Si ellos se encontraban bien, ¿por
qué obligarles a aceptar lo que no pedían? ¿Qué vivían como los
cuerpos? ¡Bah! Acaso vivieron antes de otra manera? Eso que decía el
patrón: la higiene y el aire, era bueno para los ricos. ¡Los pobres
estaban tan conformes sin aire! Y respecto de la higiene, maldita la falta
que les hacía. Además, si la vida de los pobres era dura, no correspondía
a los ricos pretender mejorarla. Y que no les dijeran que sus
ofrecimientos eran desinteresados, porque no lo creerían. Ya conocían
demasiado a los ricos. Todos iguales. Si a veces cedían por un lado, era
para reventarlos por otro. Podía, pues, el patrón marcharse con sus
rebajas de alquiler y la reforma del conventillo. No aceptaban la rebaja,
no. ¡Ellos no se moverían de allí!” (3). En
un conventillo reúne a sus discípulos José Luna, personaje de Megafón,
novela de Leopoldo Marechal: “En la sala única del púgil se juntaban
sin armonizar el comedor, el dormitorio y una cocina de leña, cuyo tiraje
pésimo fue un manantial de humo que, sin embargo, nunca molestó en
adelante ni a José Luna ni a sus tres discípulos, en las discusiones que
mantuvieron sobre las metáforas del Apocalipsis. Los tres discípulos
eran Juan Souto, llamado ‘el gaita’, Vicente Leone, o ‘el tano’, y
Antenor Funes, conocido por ‘el salteño’ “ (4). En
Hacer la
América (5), Pedro Orgambide evoca, entre
otros inmigrantes, a una familia gallega. Manuel
Londeiro junta trabajosamente el dinero para traer de Galicia a su
familia. En la fonda “pide pan y tocino. Después, una sopa con carne,
porotos y papas. Se promete ir al almacén de su primo, y firmar una
letra, un documento, lo que sea a cambio del dinero para los pasajes. Si
comes tanto no podrás ahorrar, dice su primo, si sólo piensas en comer,
si El pan de Manuel Londeiro no llega a la boca. Lo coloca en un pañuelo
y lo anuda. Ya tiene su cena”. Al
fin, reúne el dinero que posibilita tan ansiado encuentro. Su mujer,
Carmen, viajando con los hijos, piensa: “Es como si nunca hubiera tenido
una casa, Manuel. Como si nunca más pudiera pisar la tierra firme y Dios
nos condenara a vagar por el mundo en este barco. No pienses que estoy
loca, Manuel. A otras mujeres que viajan aquí les ocurre lo mismo. Extrañan
el olor de sus cocinas y el calor de sus camas. Una vieja me contó que
todas las noches soñaba con su corral y sus puercos; otra, con un jardín
de Andalucía. En América ¿tú sueñas con la casa, Manuel? Los hombres
se ríen de esos sueños, son cosas de hembras, dicen, haremos otras casas
allí, sembraremos el trigo, cuidaremos las viñas, vamos a trabajar en
los aserraderos, en los muelles... Es que los hombres son más parecidos
al mar, les gusta andar de un lado a otro. Algunos, sin embargo, se asoman
al océano como si trataran de ver o que dejaron. Una les ve las caras de
viudos de la tierra, caras de hombres como tú, Manuel, trabajadas por el
sol y el granizo, por los días de labranza ¿no se extraña la tierra,
Manuel? ¿el olor de la tierra?”. María
Rosa Lojo define a su novela, Canción perdida en Buenos Aires al oeste, como “la historia de
una familia narrada a través de siete personajes, de siete voces: la voz
central es la de Irene, que en sus treinta años rescata ese nudo de vidas
que conforma sus propios orígenes, como quien canta una canción. Una
canción perdida porque es la de la infancia y la adolescencia, la de la
vida tramada por el amor, la dicha, la desdicha, la enfermedad, la muerte,
los extravíos y las recuperaciones que constituyen el tiempo irrestañable
e incorruptible, como el agua fluyente, que la palabra, por un momento,
crea la ilusión de retener” (6). Después
de muchos años de exiliados, los padres de Irene sufrían el mismo
desarraigo que los acompañaría hasta el final de sus días. En su hogar
del oeste,
“era el sol de la casa nativa que iluminaba sus rostros. Los rasgos de
mi madre, silenciosos y bellos, como una estampa antigua; los ojos de mi
padre, tristes de mar, empañados de tiempo recorrido. La mesa del
domingo, cuando comíamos callados y mi padre, sólo mi padre recitaba, tácitamente,
como para sí: ‘Donde yo me he criado...’ Y ya no escuchábamos; lo
demás se perdía en la bruma nebulosa de un mito siempre repetido,
desesperado y patético como una plegaria inútil. La única plegaria que
papá se permitía decir” (7). Horacio
Vázquez-Rial es el autor de Frontera
Sur, novela en la que cuenta
la historia de un gallego y su hijo (8). En abril de 1998, anuncia
una noticia de la agencia Télam: “La novela de Horacio Vázquez Rial,
‘Frontera sur’, finalmente fue elegida –después de cantidad de
lecturas- por el cineasta español Gerardo Herrero para dar vida a una
historia de inmigrantes. ‘La filmación se hará enteramente en la
Argentina; hay muchas locaciones en Luján, donde el 27 de este mes
empieza el rodaje, que durará ocho semanas’, confirmó el autor de
‘El soldado de porcelana’ a Télam. Entre los actores contratados
figuran Federico Luppi, el alemán Peter Lomaier (conocido por su trabajo
en ‘El enigma de Kaspar Hauser’, de Werner Herzog) y Maribel Verdú en
los papeles principales. ‘Pero habrá varias sorpresas más’, dice el
escritor, que prefiere no hacer adelantos. También dice que el guión de
‘Frontera...’ le pertenece: ‘Es una experiencia muy enriquecedora e
intensa. Y es curioso, porque el director tiene un respeto por la novela
mucho mayor que el autor’. ‘Me traiciona cada tres líneas, pero el
resultado me gusta. Y, aunque no participo en el proceso (de producción,
filmación, montaje, etc.), no iría nunca en plan Javier Marías quejándome
porque me cambiaron la novela’, agrega. ‘Es un trabajo de ida y
vuelta. Yo despojé la novela. Gerardo la devolvió. Después hicimos un
trabajo de poda. En fin, agregamos cosas por indicación de los actores.
El cine, en ese sentido, no tiene nada que ver con la literatura: es un
trabajo en común’, dijo el escritor” (9). Graciela
Cabal, en
Secretos de familia (10),
recuerda su aprendizaje de muñeira: “A mi amiga Rodríguez tampoco la
dejan estudiar baile, pero ella igual sabe bailar la muñeira, porque la
muñeira se la enseñó la madre. (La madre de Rodríguez es de un lugar
donde todos saben bailar la muñeira desde que nacen, sin que nadie se la
enseñe). Me da mucha vergüenza, pero igual voy y le digo a la mamá de
Rodríguez si por favor, por favor, me enseña a mí a bailar la muñeira.
La mamá de Rodríguez dice que ella con mucho gusto me enseñaría, pero
hace tanto tiempo que no baila... ’Sea buena, mamita’, le dice Rodríguez
a la madre, y la arrastra al patio. Y entonces la madre empieza a cantar
bajito mmmmm mmmmm
mmmmm y a dar unos pasos. Y después se ve que se anima porque se
pone a cantar fuerte y se mueve rápido y hasta se saca las chancletas y
el delantal, y sigue, sigue, sigue. Y justo llega el papá del trabajo y
primero se asusta y pregunta qué es lo que está pasando en esa casa, y
después se ríe y se pone a bailar enfrente de la madre. Y yo ya no
aguanto y le digo a Rodríguez si quiere bailar, porque algo aprendí, de
mirar. Y todos bailamos, cantamos y nos reímos, hasta la mamá de Rodríguez,
que nunca se ríe. A la mamá de Rodríguez, cuando baila la muñeira ni
se le notan los bigotes”. En
Agua de nadie –novela
distinguida con el Premio “Dr. Alfredo A. Roggiano” de la
Municipalidad de Chivilcoy, 1993-, Mabel Pagano evoca a dos sastres
gallegos: “Porque era muy chico y recién se iniciaba en el oficio junto
a los gallegos López y García, propietarios de un gran taller, no tuvo
ocasión de conocer a don Hipólito, aunque quizás Yrigoyen no hubiera
gastado en un traje lo que él llegó a cobrar, decían que era tan raro
el Peludo... (...) La tarde anterior, los gallegos habían insistido
en su intento de llevarlo a Mar del Plata para la inauguración de
la tan soñada sucursal y nuevamente él rechazó la invitación, hablando
de compromisos impostergables, aunque sin aclarar sobre la naturaleza de
los mismos y tratando de que no se ofendieran, ya que era forzoso que lo
reconociera, él les debía mucho a los dos. Esa noche, cuando estaba a
punto de retirarse del taller, los patrones lo invitaron a comer en un
restaurante de Sarandí, donde había ido varias veces acompañándolos.
Quiso negarse diciendo que estaba muy cansado de la tarea de toda la
semana, cosa que era rigurosamente cierta, pero López insistió, vamos
hombre, nos comemos la paella y regresamos temprano, al mismo tiempo que
García lo palmeaba empujándolo hacia la puerta” (11). En
Latas de cerveza en el Río de la
Plata –novela de Jorge Stamadianos distinguida con el Premio Emecé
1994/95- aparece un padre gallego que oculta a su hijo, desertor en la
Guerra de las Malvinas. Relata el protagonista: “Aunque no podía verle
la cara al gallego porque me había quedado esperando en la planta baja, oía
su voz retumbando a través de la escalera y me imaginaba la vena saltándole
en la frente como una lombriz que no quiere subirse al anzuelo” (12). En
Virgen (13), novela de Gabriel Báñez
que resultó finalista en el premio Planeta, aparece un titiritero
gallego: “Sara lo había encontrado deambulando medio muerto de hambre a
los costados de la aduana, sin documentación y con unas pocas pesetas en
el bolsillo que guardaba como rezago de un viaje de cuarenta días desde
su Pontevedra natal hasta Santos, donde desembarcó. En Brasil se había
dedicado al incipiente negocio de refinar aceite de coco, pero por muy
poco tiempo, ya que en apenas tres meses tuvo la fulminante certeza de que
su arte jamás se adaptaría al portugués. No por él, sino por sus títeres,
que extrañaban horrores el castellano y no se adaptaban a ese idioma
pegajoso y transpirado. Filadelfio Pérez era un trotamundos infatigable,
aunque en su juventud se había dedicado al deporte de los guantes sin
mayor fortuna, (...) Durante las representaciones se hacía llamar Maese Pérez,
y se valía de su arte para desbocar argumentos y acomodarlos a su pasión
republicana con ogros franquistas y brujas de la Falange. Pero las mejores
obras las escribía él, y resultaban de una belleza conmovedora, lo mismo
que sus muñecos, enormes y con ojos siempre idénticos: de foca o de
mujer intensa y húmeda, tristísmos, los más hermosos del mundo”. Guillermo
Saccomanno
es el autor de El buen dolor
–novela distinguida con el Premio Nacional de Literatura en 2002-, obra
en la que escribe sobre su abuela gallega, la que le contaba cuentos de su
tierra: “Aunque
la abuela era madrugadora y de acostarse temprano, sufría de insomnio.
Por la noche ella y vos, acostados en su pieza, en la oscuridad,
escuchaban Radio Porteña, que transmitía desde los teatros. La obra
predilecta de la abuela era La
Malquerida, interpretada por Lola Membrives. Ay,
esa madre, se desgarraba la Membrives en la oscuridad de la pieza. Ay, repetía la abuela. Apenas terminaba la obra, la abuela apagaba
la radio. Y como no podía dormir, te contaba un cuento” (14). En
La fuga, distinguida con el
Premio Emecé 1998/99, Eduardo Mignogna presenta a Adela y Angel Villalba,
una pareja de carboneros que tiene un sobrino en Mendoza: “En la esquina
de Coronel Díaz y la avenida Las Heras había un bar y al lado un corralón
y después una ferretería. El barrio se llamaba, o le decían, Tierra del
Fuego, y en el sitio donde estaba la ferretería había en 1928 una casa
de venta de carbón y leña atendida por un matrimonio mayor de españoles
petisitos y reservados, oriundos del pueblo gallego de Betanzos. El
comercio era angosto y con piso de tierra, y en el aire flotaba
eternamente un polvillo oscuro que emanaba de las bolsas de arpillera”
(15). La
fuga fue una coproducción de Argentina-España, estrenada en el año
2000, “dirigida por Eduardo Mignogna, con Ricardo Darín, Miguel Angel
Solá, Gerardo Romano, Patricio Contreras, Inés Estévez, Facundo Arana,
Arturo Maly, Norma Aleandro”. A
criterio de Juan Sasiain, “Es un lujo para el cine argentino contar con
un narrador de historias cargadas de emoción, poesía y delicadeza de la
talla de Mignogna. Su novela ganó el premio Emecé y su película ganará
sonrisas y lágrimas de los deseosos espectadores. La historia original
toma rasgos de sucesos verídicos acontecidos en nuestro país. ¿Puede
ser verdad todo esto? El autor, identificado con el buen versero que está
ávido de contar camelos, confiesa la verdad de todo gran mentiroso:
"No todo lo que les he contado es falso. Palabra de estafador."
Palabra de artista” (16). Ochoa,
uno de los personajes de Hotel Edén,
de Luis Gusmán, “recuerda entonces la iglesia de San Nicolás de Bari.
La historia de su familia materna está escrita en esa iglesia. Su
abuelos, inmigrantes, primos hermanos casados con primos hermanos,
provienen de Galicia. Ochoa dispone de poca información, y por lo tanto
ignora por qué terminaron viviendo en la calle Carlos Pellegrini. Su
abuelo administraba una casa, que nunca quedó claro si era de
inquilinato, a la que llamaba ‘las oficinas’ “ (17). Jorge
Torres Zavaleta, en La noche que me
quieras, presenta un vasco y un gallego. Este último es evocado como
un trabajador, en su clásica ocupación de dueño de bar, desconfiado
ante los pedidos de sus clientes sin dinero: “era como si todos nosotros
fuéramos miembros de una barra y los mayores solamente aquellos a los que
teníamos que engañar. Como el gallego que nos dará un whisky o un café
a cuenta, mirándonos de reojo por debajo de las cejas pobladas mientras
se ocupa de asuntos serios” (18). En
La logia del umbral, Ricardo
Feierstein recuerda a algunos de los gallegos que vivían en Villa
Pueyrredón, a mediados del siglo pasado: “Cruzando la avenida Mosconi
estaba la farmacia (...) Luego el negocio de medias del gallego Alvarez,
cuya hija sería directora de televisión; (...) Después del bar, ya en
esta vereda, venía mi casa y, siguiendo el recorrido, el almacenero González
(gallego de ley), (...) Por las mañanas, en la escuela pública donde
todos concurríamos, conviví (...) con el galleguito Pérez” (19). La
casa de Myra (20), de Aurora Alonso de Rocha, fue distinguida en 2001
con el Segundo Premio para Autores Inéditos, en el “Concurso organizado
por la Fundación El Libro, en el marco de la 27ª Exposición Feria
Internacional de Buenos Aires ‘El libro del Autor al Lector’ ”. En
esa obra, protagonizada por una gallega tomada cautiva por los indígenas,
narra un personaje: “En unos meses se le puso la piel del color del
cuero sobado, se le hicieron unos manchones del solazo debajo de los ojos
y como no los tiene oscuros como las otras se ven como gemas
transparentes. En lo que se ve del descote es pura mancha y peca y tiene
el pelo cerdoso, enrulado y reseco de tanta agua e intemperie. Igual que
las chinas va mexclada de cristiana y de india: le cuelgan unas ajorcas
pesadas, se ata las clinas con seda trenzada y las botas son las de media
caña, de pata de potro pero finísima, muy retobada (¡Que las quisiera
para mí!), con lazos de colorines y bordados. Por arriba usa un vestidito
de percal que ha de ser el que traía cuando la encontré en el puerto,
según recuerdo, así que va medio disfrazada pero tan cargada de lazos y
joyas como una princesa”. En
Los gallegos, una novela inédita,
Gloria Pampillo evoca la inmigración de sus mayores. El abuelo de Gloria
Pampillo era comerciante, y había elegido el mismo nombre para todos sus
negocios: “Celta, como el nombre que mi abuelo le ponía a cada uno de
los bienes que acá se iba ganando, desde su barco hasta los toros. Un
toro negro, morrudo, que ahora le dibujo en su escudo de comerciante, como
tantos otros dibujaron una espiga en el almacén o en la panadería: La
flor de Galicia”. Gloria
Pampillo recuerda la voluntad de unión de los emigrantes gallegos: “Lo
que van a hacer ahora es lo mismo que hizo mi abuelo cuando llegó a la
Argentina en 1870. Van a agruparse en cofradías. Que esas cofradías
formen un ejército o una Sociedad de Socorros Mutuos, poco importa. Lo
que tienen en común es que lejos de la tierra, ‘da mía terra’, como
dijo una mujer en el seminario con un dolor que me volvió de barro el
corazón, van a buscarse entre ellos”. Guadalupe
Henestrosa ganó en 2002 el V Premio Clarín de novela, con Las
ingratas (21), novela en la que evoca la inmigración de cinco
hermanas españolas y la hija de una de ellas.
Seis gallegas, recién bajadas del barco, llegan a una pensión en la que
la mayor se empleará como cocinera. Allí las asalta la nostalgia: “Esa
noche entre esas paredes húmedas, escuchando las palabrotas que venían
desde el patio, las chicas extrañaron la casa de piedra en las montañas.
Por primera vez desde aquella madrugada cuando dejaron a su padre,
Vicente, solito junto al fogón, se sintieron lejos de todo, perdidas, a
merced de unas gentes desconocidas, con quién sabe qué costumbres. ¿Cómo
encontrar el alma en una tierra donde todas las cosas tenían otro
olor?”. Entrevistada
por Raquel Garzón, afirmó: “Desde hacía años venía pensando en el
tema del desarraigo. Me interesaba especialmente el caso de las mujeres jóvenes,
el testimonio personal, los sentimientos que se tejen en un apuesta vital
tan fuerte. En parte se vincula con la experiencia de mis propias abuelas,
ambas inmigrantes españolas. Una de ellas, Carmen Oliveros, cuyo nombre
usé como seudónimo para el Premio, llegó a los 19 años, sola, en el año
20. Hoy suena sencillo pero en esa época cruzar el mar implicaba casi
irse a otro planeta, no volver a ver a la familia, vivir a una carta por año,
en un contexto de gente prácticamente analfabeta. Y tener que cargar además
con la gran pregunta: irse para qué. Al sentarme a escribir, todo eso
estaba sobre la mesa. (...) María Cruz, mi otra abuela, llegó a la
Argentina con sus hermanas. Ese recuerdo fue el puntapié inicial.”
(22). En
Los jardines del Carmelo,
escribe Ana María Guerra: “El campo se subdividió; la casa y unas
parcelas quedaron en manos de los Ruiz, tres hermanos venidos de Galicia,
que aconsejados por Marga, establecieron un burdel. Las dificultades de
los primeros tiempos fueron incontables; los carros se empantanaban, los
jinetes entraban con barro hasta en las fajas, y apenas caían unas gotas
la gente se acobardaba, quedando el prostíbulo vacío. Finalmente, los
Ruiz decidieron deshacerse de él” (23). En
Amor migrante (24), Stella Maris
Latorre cuenta la historia de una gallega de dieciséis años que ve
partir a su amado hacia América, adonde dirige sus pasos agobiado por la
miseria y la guerra. Ella, sin decírselo, da a luz un hijo del emigrante,
al que crían en Galicia como si fuera un hermano de la adolescente. Pasan
muchos años. Cada uno de los integrantes de esa pareja rehace su vida,
pero ninguno puede volver a sentir el amor que sintiera tiempo atrás.
Luego de la muerte de su mujer y su hija, el indiano vuelve a la aldea a
buscar a su prometida de la juventud. Allí, se da cuenta de que tiene un
hijo, que ignora su verdadera identidad. Los sucesos que se desencadenan a
partir de ese momento, hacen que el indiano vuelva a Buenos Aires,
perdiendo definitivamente la posibilidad de formar una familia. En
esa obra, un empleado del Hotel de Inmigrantes agrede a un gallego. Le
dice: “-Ya te oí, crees que soy sordo gallego sucio, muerto de hambre.
Avelino, Manuel y todos cruzaron sus miradas: ‘Este era el recibimiento
que le hacían los habitantes de ese país que prometía tanto, todos
apretaron los labios y endurecieron sus puños, todos... para no responder
a esa provocación; pero a todos también se les partió el corazón y
quisieron estar en Galicia aunque no encontraran el oro tan prometedor,
pero ya era tarde, ahora había que ser fuerte, apechugar ya estaban en el
tablao, había que zapatear”. En
2004 se editó Las libres del Sur,
Una novela sobre Victoria Ocampo (25), de María Rosa Lojo. En esa
obra, aparecen varios gallegos. Los principales son Carmen Brey Moure y su
hermano Francisco. Acerca de Carmen, escribe: “El casquito de fieltro
con un capullo de gasa, las mejillas redondas, el tailleur
liso y el talle bajo acentuaban su aspecto cándido de colegiala en
vacaciones. Un toque de rouge y
de polvo Arlette sobre la nariz no la cambiaron mucho. Se encontró
ligeramente similar (aunque más delgada, y más joven) a una poetisa de
moda: Alfonsina Storni”. Francisco era “un hombre robusto y curtido,
en quien Carmen fue reconociendo, a medida que se acortaba la distancia, y
como quien despeja las capas superficiales de un palimpsesto, los rasgos
de su hermano”. En
2005 apareció Finisterre, también
de María Rosa Lojo. Rosalind Kildaire Neira, nacida en Galicia, llega a
la Argentina en 1832. Ella recuerda: “Buenos Aires era entonces una
ciudad blanca y baja, quizá sólo atractiva desde la lejanía. Ilusionaba
los ojos a la distancia pero a medida que los barcos iban acercándose a
la entrada del río ancho y playo, donde resultaba imposible fondear, cedía
el encantamiento. (...) Las calles eran irregulares y sucias, pantanosas
de a trechos. Animales muertos y montones de desperdicios se acumulaban en
algunas esquinas” (26). En
El infierno prometido, de Elsa Drucaroff, el Loco va a la pensión
en que vivía Vittorio. “La desconfianza de la dueña se esfumó cuando
el Loco le contó que era periodista de Crítica. Le convidó con
mate, bizcochitos de grasa, y contó con marcado acento gallego que el señor
Comencini no vivía más en esa pensión”. La gallega se entusiasma: “¡Ayudar
a la prensa! (...) anote mi nombre y apellido: María Dolores Pontevedra,
con ve corta. Pensión Pontevedra. ¿Va a venir un fotógrafo?” (27). Notas 1.
Cambaceres,
Eugenio: En la sangre. Buenos
Aires, Plus Ultra, 1968. 2.
López,
Lucio V.: La gran aldea. Costumbres
bonaerenses. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo). 3.
Gálvez,
Manuel: Nacha Regules. Citado en
Páez, Jorge: El conventillo.
Buenos Aires, CEAL, 1970. 4.
Marechal,
Leopoldo: Megafón. Citado en Páez,
Jorge: El conventillo. Buenos
Aires, CEAL, 1970. 5.
Orgambide,
Pedro: Hacer la América. Buenos
Aires, Bruguera, 1984. Pág. 20. 6.
González
Rouco, María: “María
Rosa Lojo: la inmigración gallega”, en El Tiempo, Azul 17 de marzo de 1991. 7.
Lojo,
María Rosa: Canción perdida en
Buenos Aires al oeste. Buenos Aires, Torres Agüero Editor, 1987. 8.
Vázquez-Rial,
Horacio: Frontera sur.
Barcelona, Ediciones B, 1998. 9.
S/F: “ ‘Frontera sur’ llega a la pantalla grande”, en El
Tiempo, Azul, 12 de abril de 1998. 10.
Cabal,
Graciela Beatriz: Secretos de
familia. Buenos Aires, Sudamericana, 2003. 11.
Pagano,
Mabel: Agua de nadie. Buenos
Aires, Editorial Almagesto, 1995. 12.
Stamadianos,
Jorge: Latas de cerveza en el Río
de la Plata. Buenos Aires, Emecé, 1995. 229 pp. 13.
Bañez,
Gabriel: Virgen. Buenos Aires,
Sudamericana, 1998. 14.
Saccomano,
Guillermo: El buen dolor. Buenos
Aires, Planeta, 1999. 15.
Mignogna,
Eduardo: La fuga. Buenos Aires,
Emecé, 1999. 16.
Sasiain,
Juan: “La fuga”, en www.cineismo.com. 17.
Gusmán,
Luis: Hotel Edén. Buenos Aires,
Norma, 1999. 18.
Torres
Zavaleta, Jorge: La noche que me
quieras. Buenos Aires, Emecé, 2000. 19.
Feierstein,
Ricardo: La logia del umbral.
Buenos Aires, Galerna, 2001. 20.
Alonso
de Rocha, Aurora: La casa de Myra. Buenos Aires, Fundación El Libro, 2001. 21.
Henestrosa,
Guadalupe: Las ingratas. Novela Sentimental. Buenos Aires, Clarín-Alfaguara,
2002. 22.
Garzón,
Raquel: “Entrevista con María Guadalupe Henestrosa Bajo el signo del folletín”. (Foto: David Fernández), en Clarín,
Buenos Aires, 19
de noviembre de 2002. 23.
Guerra,
Ana María: Los jardines del Carmelo. Buenos Aires, Corregidor, 2003. 24.
Latorre,
Stella Maris: Amor migrante. Buenos Aires, De los Cuatro Vientos Editorial, 2004.
93 páginas. 25.
Lojo,
María Rosa: Las libres del Sur, Una
novela sobre Victoria Ocampo. Buenos Aires, Sudamericana, 2004. 26.
Lojo,
María Rosa: Finisterre. Buenos
Aires, Sudamericana, 2005. 192 pp. (Narrativas) 27.
Drucaroff, Elsa: El infierno prometido. Una prostituta de la Zwi
Migdal. Buenos Aires, Sudamericana, 2006. 336 pp. (Narrativas históricas).
Pág. 242. Valencianos
En
La canción de las ciudades, Matilde Sánchez evoca la inmigración
alicantina. En esa obra –afirma Juan José Becerra-, “Alicante es un
relato familiar de una familia anterior a la narradora, quien, excluida de
los pormenores del relato paterno (que siempre es un arcano), intenta
ajustarlos a su manera” (1). Una
hija de españoles acompaña a sus padres a visitar su tierra natal. Al
regresar, la joven señala: “Después de un tiempo de descanso en
Barcelona –mamá, siete días para pulir borradores, una semana de
caligrafía china-, todos nos volvimos. Ante sus vecinos, ellos ponderarn
la acelerada modernización de España. Pero yo sabía que su patria no
era ésa sino el piso de la avenida Callao, ese alto contrafrente que los
abstraía de todas las vicisitudes, suspendido en regiones del recuerdo.
España había dejado de pertenecerles. El origen ya era un lugar
desconocido” (2). Notas 1.
Becerra,
Juan José: “Mapa familiar”, en Clarín,
Buenos Aires, 16 de mayo de 1999. 2.
Sánchez,
Matilde: “Alicante, 84”, en La canción de las ciudades. Buenos Aires, Planeta, 1999. Vascos
Pedro
Antón, protagonista de una novela de Julián de Charras, añora cuanto
dejó: “Veía, allá lejos, como en una neblina, las escarpadas
pendientes de los Pirineos, las casetas ruinosas de los montañeses, las
miserables veladas, con pan negro y escaso y luz humeante de candil de
aceite; el padre, con su rostro anguloso y cetrino, en un rincón, con la
barba en la mano, mirando fijamente la pared, como pensando en algo
indefinido; la madre hilando, hilando en la penumbra, diestros los dedos,
aunque fatigada la vista... Y él, rapaz, sin raciocinio, raídas las
ropas, que remendaba la mano materna, al lado del fuego, hurgándose la
nariz, recordando las consejas del oso negro, de las brujas sabáticas,
del ahorcado...” (1). En
Secretos de familia (2),
Graciela Cabal evoca al vasco que les vendía la leche: “El que sí
viene con carro y caballo es el lechero. Cada vez que el carro se para
delante de la ventana, el caballo, que tiene sombrero con claveles y dos
agujeros para las orejas, hace pis. Un chorro que suena más fuerte que
cuando mi papá va al baño. El lechero tiene pelo colorado, usa boina y
nunca hace chistes porque es extranjero. Mi mamá deja la lechera en la
puerta y el lechero, que viene con un tarro grande y un tarro chiquito,
pasa la leche de un tarro al otro y después a la lechera, sin derramar
una gota. Al rato viene mi mamá y derrama todo, porque a ella siempre le
tiemblan las manos, pobre mi mamá”. Jorge
Torres Zavaleta evoca, en La noche que me quieras, a los inmigrantes vascos (3). Notas 1.
Charras,
Julián de: “La historia de Pedro Antón”, en La
novela semanal, Año VII, N° 294, Buenos Aires, 2 de julio de 1923. |