Miguel Hernández, semilla fértil

por Diana González

Entre la vida y la muerte

la carta de la suerte

Ramón Sijé

Así murió, tuberculoso, flaco, con la cabeza rasurada y los ojos abiertos, muy abiertos, aferrándose a la vida como un árbol a la tierra. Pero pudo más la muerte “toda llena de agujeros” y se lo llevó, tal vez ahora conocería finalmente a su hijo y dejaría el pequeño de ser huérfano en el otro mundo. Nadie pudo cerrarle sus ojos.

Nadie de su familia, excepto Josefina, su esposa, quiso ver el cadáver, su padre ni siquiera quiso asistir al entierro. Tanto así se sufrió su muerte y no era para menos, treinta y dos años tenía apenas, pero la cárcel se lo había comido entero sin tribulaciones y el franquismo, contra el cual luchaba con todo lo que tenía, había ganado una batalla contra la poesía, así como luchaba contra la libertad del pueblo español.

¿En qué habrá pensado antes de morir? Tal vez en su hijo muerto, tal vez en el hijo con olor a cebolla que dejaba en brazos de su madre. O tal vez pensó en los hijos que dejó en el papel en forma de poesía, en esas hojas que pidió a los vecinos de celda que destruyeran y que de antemano sabía que no iban a cumplir. Quizá pensó en Pepito su gran “amigo hermano” como él solía decirle en sus cartas, por fin se uniría al sujeto que le salvó el pan en varias ocasiones al mandarle dinero a Madrid la primera y fallida vez que fue.

Y es que Miguel había vivido muchas cosas y muy buenas antes de que su cuerpo fuera alimento de amapolas, en efecto estuvo en Madrid dos veces, pero la primera nada más fue para padecer, llegó a las ocho y media y rentó la casa más barata que encontró. La que alquilaba era una mujer aún joven y muy gorda, cuando la vio pensó inmediatamente —¿Por qué todas las huéspedas son gordas? Y le escribió inmediatamente a Ramón Sijé o Pepito, que era el mismo, le escribió justo a las once de la noche antes de intentar dormir, porque fue lo único que hizo el pobre, intentar, el frío y la incertidumbre le negaron entonces aquello que ahora bajo la tierra tiene de sobra y más bien desearía no tener. Ya días antes le había escrito a Juan Ramón Jiménez a quien admiraba y de quien se habla incluso aprendido varios poemas. Le escribió con toda su humildad diciendo cosas como “soy solo un pastor de cabras, creo ser un poco poeta, escribiendo poesía profano el divino arte, etc.” Y esto para pedirle una audiencia en su casa para que leyera su obra, que por cierto ya habla sido publicada en algunos diarios de provincia; pero él decía, y tal vez decía bien, que en provincia nadie lee poesía y quien la lee no la entiende. Y así pues agarró la aventura y con los pobres centavos que le pudieron dar sus padres y los amigos se fue a Madrid una primera vez.

Juan Ramón Jiménez efectivamente lo recibió en su casa y de buena gana, le habló un poco de los literatos de Orihuela y le prometió “sacarlo a flote” con esas palabras exactas; así pues, en el siguiente número de la Estampa 252 saldría una fotografía suya y algo de su obra. Miguel, con todo el entusiasmo, lo primero que hizo fue escribirle a Ramón para contarle todo. Lamentablemente el gozo se quedó en el pozo, el doce de diciembre había escrito esto y escasa la semana ya estaba visitando a la señorita Albornoz para pedirle ayuda y ella a pesar de sus “vehementes deseos” (como él mismo lo dijo) no pudo hacer nada más que sugerirle que le escribiera a Ernesto Giménez Caballero, a quien escribió al día siguiente de su entrevista con Albornoz y le dijo que el dinero se le estaba agotando y que sus amigos ya no podían proporcionarle más, que por favor hiciera él todo lo posible para conseguirle un trabajo de lo que fuera para sustentarse. Así pues, se sentó a esperar que le consiguieran un trabajo, que saliera Estampa y cuando salió por fin la mentada, nada, que en este número no fue posible publicarle, a ver si al siguiente. Las cosas fueron de mal en peor, la soledad, “bendita en parte” como le dijo a Ramón en una carta posterior, le estaba ya agotando y a pesar del impulso que le daba su fertilidad poética pasaba tardes y tardes rompiendo poemas pasados y presentes, hijos que apenas nacieron fueron a dar al cesto de la basura.

Y vaya que fue fértil para la literatura, escribió tanto, tantísimo; pero no era muy conocedor de lo suyo, por no decir seguro de sí mismo, rompía y maltrataba a estos “hijos”; Josefina decía que tenía varias obras metidas en un armario polvoso al que se asomaba de vez en cuando. Ahora se dice que todo lo guardaba con loco afán y que tenía los originales de todo lo que escribía, pero su humildad de pastor no le daba para eso. A veces uno escucha decir que los escritores no escriben para sí mismos, escriben para la gloria, pero yo no lo creo, creo que desean la gloria y no están tan seguros de adquirirla. Miguel quería la gloria, si no para qué irse a Madrid a padecer fríos y hambres, claro que quería la gloria, pero no estaba seguro de todo lo que escribía; más bien sus amigos le daban mucha coba. Además, siendo tan fértil pues, había mucho que publicar, y otro mucho que arrojar al cesto de basura. Y como todo buen poeta, así como todo buen padre, Miguel renegó del arte como si fuera una fiebre de la que hay que curarse, pero ¿quién no lo hace a veces?

Así pues se va la vida, y Miguel en tan pocos, poquititos, años pasó de escribir “ser onda oficio niña es de tu pelo” a aquella mujer de quien se enamoró y que fue su esposa y la madre de sus hijos de carne, a escribir “Es sangre, no granizo, lo que azota mis sienes” en aquellos campos de guerra y de muerte mientras cantaba a sus compañeros la libertad por la que estaban muriendo. Y en el frente recordaba a su Josefina, la recordaba tanto y otro tanto a veces por fría y por cobarde, al parecer no se lo dijo a nadie, yo no lo sé, pero cierto es que Josefina era una mujer muy fría como “una naranja helada”, no podría asegurarlo ya que nunca la conocí, pero a juzgar por sus actitudes parece que hacía las cosas como las olas del mar, por inercia. Claro que siendo hija de un oficial de la guardia civil, pues ¿qué podía ella pensar de que Miguel estuviera en el frente? Y es que Miguel tampoco era un comunista de hueso colorado, esa fiebre le vino después. Aunque no es difícil que un hombre que se crió pobre pastoreando cabras, “carne de yugo nacido” llegue a la conclusión de que la riqueza no está bien repartida. Aunque no era de esperarse con ese padre suyo tan rígido, mucho más rígido que el padre de Josefina, aunque sea esto difícil de creer.

Cuando Miguel era niño y sus hermanos y su madre se sentaban a la mesa, tenían que pedirle el pan a su padre quien lo partía y les repartía el pan, y si se les acababa pues tenían que decir otra vez “pan pa’”, y cómo le daba risa de pequeño esa frase de “pan pa’”, claro que en la mesa no se reían porque entonces el “pa’” les daba “pas”. He pensado mucho en la infancia de Miguel; siendo poeta, y de tan altos vuelos, es raro que sea hijo de un hombre frío “como una naranja helada”, mira que tal vez el soneto era para el padre y no para Josefina, pero bien se dice que uno se casa o con el padre o con la madre. En fin, tal vez por eso Miguel deseaba tanto ser padre, luego pasan esas cosas, uno no tiene al padre perfecto y enseguida uno cree que uno sí puede ser ese padre perfecto. Pero “no quiso ser”, o más bien no pudo aunque sí quiso, claro que quiso. La cárcel no lo dejó ser, ni la tuberculosis. Siempre me he preguntado si Josefina se parecía a la madre de Miguel. Cuando él era niño su madre le daba unas tundas de aquellas por andarse limpiando los mocos en la manga de la camisa, entonces no cambiaban a los niños del diario, había que lavar en el río y salía muy caro y trabajoso andarlos cambiando diario, así que la manga de la camisa de Miguel siempre estaba como almidonada en mocos, y por eso es que su madre, con razón, se enojaba tanto. Pues lo poeta no se lo quitaron con aquella frialdad, pero la seguridad sí que se la quitaron, no era nada seguro de sí, las muchachas decían que no estaba feo, y no lo estaba, pero se pelaba la cabeza de tal manera que pues no lo dejaba ver. Y quién sabe si fue lo feo o lo guapo lo que conquistó a Josefina. Ella trabajaba en un taller de costura y Miguel siempre la veía salir y se sentía mal de verla tan pálida de “tanto trabajar y tan poco comer”, como él mismo decía. Un día se atrevió a hablarle pero al parecer a Josefina se le hizo muy poca cosa porque pasó mucho tiempo hasta que se hicieran novios, y peor cuando Miguel le dijo que él la quería, y valla que la adoraba, pero que no tenía intención de casarse. Ella se enojó tanto que cuando él iba a chiflarle al cuartel, que en esa época le llamaban la casa del paso, ella mandaba a una de sus hermanas, que eran menores, pidiéndole le devolviera todas sus cartas y sus fotos. Se la pasó mal el pobre de Miguel, estaba tan enamorado, hasta la fecha no me explico cómo se pudo enamorar tanto de una mujer como Josefina, pero así es el amor; yo sigo pensando que se enamoró tanto así de ella porque era demasiado inseguro y no creía merecer algo mejor. O tal vez Josefina era todo y más y sólo son figuraciones mías. Al fin y al cabo fue ella la que le dio una de las mayores satisfacciones de su vida, sino es que la más, esa “fue una alegría de una sola vez, de esas que no son nunca más iguales...” y más bien le dio dos de esas alegrías, lamentablemente su primer hijo murió de una serie de diarreas a los diez meses de nacido. No lo vio nacer ni tampoco morir. Estaba editando Viento del Pueblo cuando se enteró de que su primer hijo había nacido. Había cobrado tres mil pesetas y le había comprado al niño unos vestiditos azules, amarillos y rosas, y a las cinco de la tarde el auto se asomó por la calle y su suegra cuando lo vio, exaltada de felicidad, le gritó “has tenido un niño” y él se bajó del auto, subió a su suegra en él y se fue corriendo que porque así llegaría más rápido. Llegó a su casa obviamente después que el auto, pero ya no importaba porque estaba finalmente ahí para ver a su primer hijo. Su hijo había nacido el diecinueve de diciembre y el llegó el mero día de nochebuena. Cuando cargó al niño se lo tuvieron que quitar porque temían que lo tirara en la tembladera que le agarró de la emoción. Temblar de la emoción, creo que eso sólo pasa cuando hay algo que verdaderamente deseas mucho. Y es que Miguel, como buen latino, sentía mucho orgullo y mucha hombría al haber engendrado un hijo, había pues poblado el vientre de Josefina “de amor y sementera”, y entonces cargaba a aquel pedacito suyo que diez meses después le sería arrebatado tan cruelmente así como un par de años antes la vida le habría arrebatado a su amigo hermano Ramón, y entonces sí que “no perdonó a la muerte enamorada ni a la vida desatenta”.

El pobre pequeñito no cumplió con el dicho de que dicen en Cox, “los niños de medio año, el culo en el piso y el pan en la mano”. A los seis meses ya estaba muy enfermo y no se podía sentar solo. Era un niño muy hermoso, muy hombrón y guapo, sus ojos eran como los de Miguel pero negros, con unas pestañas largas, lamentablemente la fotografía que le sacó Josefina a sus seis meses cumplidos no logró captar lo hermoso que era ese niño al que Josefina le dedica su mayor recuerdo. Miguel había hecho todo lo posible por ayudar a su criaturita, mandó traer leche especial, que luego no pudieron renovarle, luego fue con un médico en Callosa que le recomendó unas inyecciones de vitamina lorencini; pero para cuando llegó con ellas encontró al niño amortajado y se sentó sobre las piernas de Josefina a llorarle.

Tal vez ésa es la causa de que Josefina fuera tan fría estando ya él en la cárcel, no es fácil vivir con un artista, uno se vuelve su sombra, su segunda. Además que Miguel no sólo era un artista, era además un luchador social y entonces sí que estaba amolada la pobre Josefina. Y es que con tan poco dinero pues no se podía vivir bien, y tal vez Josefina le reprochaba a Miguel el que su hijo haya muerto, a la falta de capital para curarlo y cuidarlo, tal vez por eso sus reproches tan crueles de que sólo comía pan con cebolla, Josefina debía estar asustada de que su leche no fuera suficientemente nutritiva para alimentar a esta otra criaturita y tal vez moriría también. Y por supuesto que esto no era culpa de Miguel, el luchaba por su tierra, pues en verdad antes de ser hombre fue “niño yuntero” y su pueblo le dolía, bien era su obligación luchar contra el franquismo; pero también es bien normal que Josefina se lo reclamara, aunque tal vez injusto ya que Miguel amaba a sus hijos tanto o más que a su obra, tal vez mucho más.

Desde siempre le gustaron los niños, cuando pretendía a Josefina, él se recargaba en un árbol a leer para esperarla cuando recogía a sus hermanas de la escuela, y ellas le aventaban a Miguel piedritas para que las mirara, y a Miguel eso le gustaba mucho porque los niños le caían bien. Después de acompañar a Josefina a su casa, luego la llevaba al cinegrama a ver a alguno de sus actores favoritos, y mientras paseaban de camino al cinegrama él siempre le contaba esa anécdota de cuando Charlot apareció de incógnito en uno de esos concursos para ver quién se parecía más a él y obtuvo el segundo lugar, se reía tanto de aquello. Y hablaba también de Greta Garbo y Marlene Dietrich y otras más actrices que le gustaban tanto. Luego de eso regresaban a “la casa del paso” y se recargaban en la columna a jugar “veo, veo tú qué vez”, aunque también discutieron mucho en esa misma columna, incluso una vez Miguel le escribió a Josefina desde Madrid preguntándole si aquélla no se había caído de tristeza al haberlos visto pelear.

Y pues así es que su vida fue humilde, frívola, poética, artística, noble y llena de lucha, tan llena de lucha que murió en la cárcel luchando por sus convicciones y por su obra. Eso fue lo que tal vez Josefina no comprendía, que no es que él luchara por el pueblo nada más, siendo faro de la calle y oscuridad de su casa, Miguel luchaba y bien duro por su pueblo, pero “para el hijo será la paz que estoy forjando” decía él, amando a sus hijos y a Josefina más allá de la muerte, pues bien escribió después, “y al fin en un océano de irremediables huesos, tu corazón y el mío naufragarán quedando una mujer y un hombre gastados por los besos”. Y es que pocas de sus obras dejan de mencionar a los hijos, en casi todas están presentes con todo su nombre, y en otras los defiende o los da a entender sin mencionarles, pero en toda su obra habla de los hijos y en todas sus cartas habla de su obra que finalmente es como un hijo para un artista. Es por eso que tengo la imagen de Miguel Hernández como una semilla, siempre lleno de fertilidad y siempre preocupado por los resultados de ésta. Y murió pero no como semilla, murió en árbol y lleno de frutos y de nuevas semillas, porque las obras de un artista son como sus hijos, no por lo mucho que pueda amar su obra, sino por lo mucho que llena los corazones de otros que seguirán sus pasos al leerlas.

 

por Diana González
Publicado, originalmente, en Revista "La Experiencia Literaria" Núm.12-13, junio 2005. México
Facultad de Filosofía y Letras, Colegio de Letras, Universidad Nacional Autónoma de México.

Link del texto: http://ru.ffyl.unam.mx/handle/10391/2086

 

Miguel Hernández en Letras Uruguay

 

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