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Gombrowiczidas

Witold Gombrowicz y París
Juan Carlos Gómez

“Después me ha parecido recordar que, efectivamente, tantos años atrás, mientras navegaba a bordo del Chrobry rumbo a la Argentina, una noche, cerca de las Canarias no podía dormir y salí de madrugada a la cubierta a mirar el mar... buscando algo... como hago ahora, a bordo del Federico Costa rumbo a Europa. Pero en seguida he filtrado ese recuerdo de navegación (...)”

“He advertido que lo estaba fabricando ahora por razones, digamos arquitectónicas. Qué manía: fijas la mirada en una bola de cristal o en un vaso de agua, e incluso ahí, de la nada, acaba por brotar algo, una forma... ¡Ante mí, Europa! ¡París! En vísperas de mi llegada a París, cuando debería poseer el brillo, la dureza y la agudeza de una navaja de afeitar, estoy confuso, disperso, desleído (...)” 

“No he estado en París desde 1928. Treinta y cinco años. Vagué entonces por París como un estudiante cualquiera. Hoy es Witold Gombrowicz que llega a París, y eso significa recepciones, entrevistas, charlas, reuniones..., y hay que causar buena impresión, al fin y al cabo voy a París a conquistar. Ya hay bastante gente involucrada en esta batalla, y espera de mí que cause efecto (...)”

Witold Gombrowicz

“En París tendré que ser enemigo de París. Si no les quedo atravesado como un hueso en la garganta, sé que me comerán vivo, no llegaré a existir a menos que me perciban como a un enemigo. Es difícil imaginar un destino más irónico: que ahora, en mi confusión, en mi alejamiento por mar, tenga yo que esculpirme de nuevo a mí mismo, con esta niebla que soy, y transformar en mí la niebla, transformar la bruma en puño (...)” 

“Voy en el Mistral de Cannes a París. Montañas, mar, lagos, el valle del Ródano, el tren corre y retumba, el vagón restaurante. París a la una de la madrugada, los hoteles están llenos, finalmente el taxista me lleva a un pequeño hotel cerca de la Ópera, el Hôtel de l’Opéra. Abro la ventana. Desde el cuarto piso observo con mirada de idiota un callejón, la rue du Helder (...)” 

“Lleno los pulmones del aire que respiré treinta y cinco años atrás, abro la maleta, saco algo de ella, empiezo a desvestirme. La situación es perfectamente fría, un vacío completo absolutamente silencioso y desprovisto de todo. Me acuesto y apago la luz”. Cuando Gombrowicz llegó a París el 23 de abril de 1963 y se hospedó en el Hôtel de l’Opéra tuvo un colapso metafísico. 

En una pared de la habitación colgaba la reproducción de un óleo de Miguel Ángel con un fragmento de la bóveda de la Sixtina en el que Dios, en la forma de un potente anciano, se acerca a Adán para darle vida “¿A quién elegir? ¿A Dios o a Adán? ¿Prefieres los veinte o los sesenta? Al contemplar a Dios y a Adán meditaba en que las obras más ilustres del espíritu, del intelecto y de la técnica pueden resultar insatisfactorias (...)”

“Insatisfactorias por el sólo hecho de ser la expresión de una edad humana que es incapaz de infundir amor o éxtasis..., tendré entonces que rechazarlas en cierto grado, a pesar de mi propio reconocimiento, en aras de una razón más apasionada relacionada con la belleza de la humanidad. Y cometiendo un pequeño sacrilegio rechacé a Dios en el cuadro de Miguel Ángel para tomar partido a favor de Adán”

De los atributos omnímodos que tiene Dios: la omnipotencia, la omnisciencia, la omnipresencia y la omnibenevolencia, hay dos por lo menos con los que se queda Gombrowicz, la omnipotencia, la omnisciencia. Gombrowicz piensa que el hombre quiera afirmarse en su personalidad para ganarle la batalla a los demás, para llegar a ser un hombre eminente. 

El sabe que no lo sabe ni lo puede todo, pero su yo le ha sido impuesto con demasiada brutalidad y lo acompaña siempre. La complexión del pensamiento de Gombrowicz es existencialista, Sartre admite abiertamente que el proyecto fundamental del hombre es el de convertirse en Dios. Estar en el mundo es un proyecto que el hombre tiene para poseer el mundo en su totalidad

Es como aquello que le falta a la existencia, para entrar en algo que lo abarca todo y que es precisamente el ideal, o el valor. Esta idea no ha sido extraída del “Mein Kampf de Hitler, donde encajaría muy bien como el sueño pangermanista de poseer y gobernar el mundo entero, sino de la obra fundamental de Sartre. Dios es el ser que posee el mundo, un proyecto que de igual modo tienen los hombres.

También los hombres quieren poseerlo, pero este proyecto fundamental, así como el del amor, caen en el vacío. Pese a que Sartre proclama el fracaso del proyecto humano de llegar a ser Dios, su filosofía le da finalmente al hombre los atributos de la divinidad. Hay algunas diferencias, sin embargo, en la manera de ver las cosas que tienen Gombrowicz y Sartre, mientras que para el primero la base del ser es el yo, para el segundo es la libertad. 

Pero la diferencia más importante que existe entre ambos es la de Sartre no le da ningún lugar a Adán. Gombrowicz se queda con Adán y con Dios, Sartre solamente se queda con Dios. Si Gombrowicz no se hubiera quedado también con Adán no podrían haber nacido de su pluma cosas como “Ferdydurke”. La primera educación que tuvo Gombrowicz se la proporcionaron la madre y las institutrices francesas

Posiblemente entonces se le empieza a formar su doppelgänger francés, un ectoplasma en el que, como en el “Retrato de Dorian Gray”, va colocando el paso del tiempo, la pérdida de la juventud y la aparición de la vejez. Éste es el origen de su fobia parisina, sabía que esta ciudad tocaba su parte más sensible, la edad, el problema de la edad, y su conflicto con París se debía a que era una ciudad que pasaba de los cuarenta.

Estas ponzoñas se le removieron cuando se fue de la Argentina y volvió a Europa. Recuerda entonces en los diarios a sus institutrices francesas, Mlle Jeanette y Mlle Zwieck, que en la infancia lo habían adiestrado en el idioma francés y en la urbanidad y con las que había empezado a rechazar a la lengua francesa y a París, y también recuerda en los diarios a Ivan Pavlov. 

Ivan Pavlov, el fisiólogo ruso que realizó estudios sobre las glándulas digestivas, los reflejos condicionados, la actividad nerviosa superior y los grandes hemisferios cerebrales les hacía mirar a los perros de su laboratorio unos círculos para asociar sus conductas primarias a elementos abstractos. Un día se le ocurrió ir estirando estos círculos que, poco a poco, fueron adquiriendo la forma de elipses.

Los pobres pichichos, no pudiendo distinguir qué clase de figura estaban viendo, tuvieron trastornos de conducta. Pero no es la locura lo que andaba buscando Gombrowicz, restringe la comparación que hace entre los franceses y Pavlov a la saliva que segregan los perros cuando les crean un reflejo condicionado. Dando vueltas alrededor del artificio, la juventud y la desnudez se encuentra de pronto con los perros de Pavlov. 

Empezó a combatir a París declarándose amante de la Argentina, pues el amor lo hacía sentir joven. Su diatriba contra París lo llevaba de la mano hacia una juventud desnuda, sin embargo, Gombrowicz era una persona mayor y, además, escritor, y como escritor hacía lo que podía por parecer más maduro que los escritores franceses, para que no lo sorprendieran en ninguna ingenuidad.

Esta disonancia le trajo a Gombrowicz más de un contratiempo pues estaban en el mismo cuarto el artificio y la desnudez, una antinomia explosiva. La idea del artificio se le asoció, en una de las entrevistas, con los perros de Pavlov, y desde ese momento la artificialidad de los parisinos se le transformó en un perro pretencioso que dejó oír su aullido en el silencio de la noche.

Zeus estaba enamorado de Europa, una hermosa joven fenicia. Decidió violarla y con tal fin se transformó en un toro blanco que se mezcló con las manadas del padre de Europa. Mientras ella recogía flores cerca de la playa vio al toro, viendo que era manso lo empezó a acariciar y se subió a su lomo. Zeus aprovechó la oportunidad, corrió al mar y nadó con ella montada en su espalda hasta la isla e Creta. 

Entonces reveló su auténtica identidad y Europa se convirtió en la primera reina de Creta. Gombrowicz, igual que Zeus, quiso violar a Europa, pero no pudo. “Yo el travieso, yo el fantasmagórico, yo el bromista, yo el torturado, yo viviendo, yo agonizando. Me atormentaba no haber sido todavía capaz de emprender nada más personal e innovador con respecto a Europa (...)”

La visitaba después de una cuarto de siglo de ausencia, yo el extranjero, yo el argentino, yo el polaco que regresaba. Me daba vergüenza pensar en los países que volvía a ver de un modo ya establecido, mil veces hablado, banalizado, que si la técnica, la ciencia, el aumento del nivel de vida, la motorización, la socialización, la libertad de costumbres... ¿No seré capaz de nada mejor? ¿Qué clase de Colón soy? (...)”

“Me parecía casi ridículo que esa enormidad en la historia, Europa, en lugar de deslumbrarme con su novedad después de los años de no verla, años de pampa, se me convirtiera en un montón de lugares comunes de lo más trillado. Lo peor –pensaba– es que la verdad sobre ella no me interesaba en absoluto. Yo quiero devolverle el frescor y refrescarme con su contacto (...)” 

“¡Y todo para que el tiempo se vuelva rejuvenecedor en lugar de hacernos envejecer a mí y a ella! Por eso debo concebir un pensamiento aún no pensado, destinado a servir no a la verdad, ¡sino a mí! El egoísmo. El artista, es decir, la subordinación de la verdad a la propia vida, la utilización de la verdad con fines personales. Gracias a ‘Ferdydurke’ tenía un papel que cumplir en Europa (...)” 

“Me correspondía decirle a aquella iglesia, a aquellas madonas y a aquel foro romano, a aquellos frescos y a aquellas habitaciones: Sois un atavío del hombre, nada más que un atavío”. La convicción de que lo imperfecto es más creador que lo perfecto y la puerta que le abre a las potencias de la inferioridad son intuiciones primordiales de “Ferdydurke”. Entre medio de los remolinos de Adán, Pavlov y París hace un experimento crucial.

Gombrowicz estaba almorzando en un local muy distinguido a orillas del Sena conversando animadamente con gente del ambiente literario: –¡Quién es ese escritor; –Es un escritor eminente; –Sí, eminente, pero ¿quién es?; –Viene del surrealismo y se pasó al objetivismo; –Muy bien, objetivismo, pero ¿quién es?; –Pertenece al grupo Melpomène; –No tengo nada en contra de Melpomène, pero ¿quién es? 

Una combinación de géneros: el argot con una metafísica de elementos fantásticos; –Sí, la combinación me parece bien, pero ¿quién es?; –Cuatro años atrás le concedieron el Prix St. Eustache..., y tú cómo te consideras; –Yo no soy escritor, ni miembro de nada, ni metafísico ni ensayista, soy yo mismo, libre, independiente, vivo...; –Ah, sí, eres existencialista.

Los contertulios estaban turbados con la mirada ingenua de Gombrowicz que les traspasaba la ropa, y es aquí cuando decide hacer el experimento crucial: se empieza a bajar los pantalones. “Cundió el pánico, salieron rajando por puertas y ventanas. Me quedé solo. El restaurante estaba desierto, hasta los cocineros habían huido... Sólo entonces me di cuenta de lo que estaba haciendo, de lo que pasaba (...)” 

“Me quedé así, hecho un tonto, con una pernera puesta y la otra en la mano”. El Príncipe Bastardo lo ve y entra al restaurante: –¿Qué pasa? ¿Te has vuelto loco?; –Empecé a desvestirme y todo el mundo se dio a la fuga; –Eres un insensato, ¿a quién pensabas asustar con la desnudez? En ningún lugar del mundo encontrarás tanta afición por quitarse la ropa como aquí. 

Te has encontrado con unos conejos, yo te traeré unos leones que aunque bailes en cueros sobre la mesa no moverán una pestaña. Hicieron una apuesta al estilo de los caballero polacos del el siglo diecinueve. Los invitados, imperturbables hasta que llegaron a los postres y Gombrowicz se empezó a quitar los pantalones; –Excúsennos, por favor, la hora, se nos hace tarde. 

Gombrowicz y el Príncipe Bastardo se miraron: –No es posible que se hayan asustado, si es su especialidad. “Observa, la cosa es que esa gente, incluso al desnudarse se viste, y la desnudez sólo significa para ellos unos calzones más. Pero cuando yo me he bajado sin más los pantalones, les ha dado un soponcio, más que nada porque no lo he hecho según Proust, ni a lo Jean Jacques Rousseau, ni según Montaigne o en el sentido del análisis existencial, sino simplemente para quitármelos”

ver La identificación de los apodos y de la actividad

Juan Carlos Gómez

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