Amigos protectores de Letras-Uruguay

Gombrowiczidas

Witold Gombrowicz y la comida vegetariana
Juan Carlos Gómez

Gombrowicz le daba cierta importancia a las comidas y a las ceremonias concomitantes, a veces le daba tanta que dejaba de lado otros asuntos. En efecto, cuando se encuentra con Sabato en Vence en noviembre de 1967 sólo nos habla de comidas y bebidas a pesar de que eran otros asuntos los más importantes. “Viejo, ando ¡reloco! Ya no sé qué hacer primero (...)” 

“Mañana llega Arnesto con su mujer por un día, o dos, yendo de París a Roma. Le daremos 1º Crevettes salsa mayonesa, vino blanco 2º gansa con confitura 3º una taza de caldo 4º quesos 5º Bomba de creme, chocolat 6º café, cognac. Ando mejor de salud (...) Viejo aquí a cada rato alguien llega, estuvo Arnesto con Matilde y estaban despavoridos porque Rita dijo que yo bebía champaña el día de la muerte del Che”

La comida se había convertido en Vence en uno de los pocos placeres que le quedaban, a través de la comida se le despertaba la nostalgia de su infancia y de Polonia desde donde una familia amiga le mandaba saches de bortsch. En su último otoño que transcurre en Vence tuvo una época ascética, comía carne asada a la parrilla con pan y no comía ninguna otra cosa.

Las comidas de por acá las hacíamos generalmente en el “Sorrento”, pero cuando Gombrowicz tenía ganas de comer un buen bife a la parrilla, una comida que le gustaba mucho, íbamos a “La Churrasquita” o a “El Palacio de la Papa Frita”. Gombrowicz intenta explicarle a los polacos qué cosa es un asado, la comida tradicional de la Argentina.

“¿Qué es un asado? Se hace un fuego, se asan unos enormes pedazos de carne, por ejemplo de ternera, a fuego lento mientras la grasa gotea; aparte se prepara una montaña de rebanadas de pan y una batería de botellas de vino tinto; luego, cada uno cuchillo en mano, se acerca de un salto, corta el mejor trozo que encuentra y lo devora sobre el pan al tiempo que va echando tragos de vino”

Mientras Gombrowicz estaba sacando la conclusión de que el argentino es carnívoro, observa el comportamiento de los comensales de una fiesta de casamiento que se daba en una casa de campo a la que había sido invitado especialmente, celebrada con un asado pantagruélico, un comportamiento que no tiene nada que ver con la expansiva hospitalidad polaca.

La moderación que mostraba el argentino en las fiestas le resultaba tediosa. Hay tres cosas en el mundo entero que salvan del bostezo en estas reuniones: el baile, el alcohol y las mujeres. “Sin embargo, aquí, en la Argentina, se bebe poco, de modo que el baile tampoco es embriagador, no es más que un pálido y rítmico movimiento al son de la música de un gramófono (...)” 

“Puesto que no hay ni borrachera ni baile, los flirteos también se dejan para otra ocasión, más íntima”. Durante los veinte años que ya llevaba de exilio en la Argentina Gombrowicz soñaba de vez en cuando con la comida polaca, pensaba que la cocina de Polonia era una de las mejores del mundo, era sin duda una cocina aristocrática. En la Argentina el obrero come más o menos lo mismo que el dueño de la fábrica. 

En esto la cocina polaca pobre no se puede comparar con la argentina, pero la refinada es una arte con el que no puede soñar la mesa argentina, pues la mesa argentina carece de imaginación y no siempre es hospitalaria y bien surtida. Gombrowicz anda buscando cuánto le pueden decir las comidas sobre el carácter nacional y empieza por excluir las diferencias originadas en el clima. 

El frío obliga a los polacos a las comidas espesas y grasosas que contrastan con la ligera moderación latina. Reconoce que, como en tantas otras cosas, en la manera de comer polaca existe un elemento de locura viciosa, consecuencia de la actitud enfermiza y demoníaca que tienen los polacos frente al placer. Una pequeña cantidad de bebida y de comida le proporciona a los polacos un verdadero deleite. 

Por esta razón deciden beber y comer diez veces más para disfrutar. Hay en esto una buena dosis de narcisismo y romanticismo, puesto que como devorador el polaco se gusta más a sí mismo, se hace devorador para no ser moderado. El argentino no se deja engañar por estas ilusiones, tiene una actitud fría frente a los placeres, mientras el polaco cae víctima de sus ideales y hace realidad una locura.

“El argentino sostiene que el placer está hecho para él y no él para el placer. Por esa misma razón, su cocina no será en ningún sentido imponente, ni especialmente refinada, ni exquisita, ni lujosa, será una comida sencilla para saciar el apetito. América en general es el continente de la mediocridad, hecho a la medida humana y no sobrehumana, aquí no hay nada heroico, nada magnífico, nada extraordinario (...)” 

“Me parece que en cuanto a la comida, en la Polonia proletaria se debería tender precisamente a una solución semejante a la argentina: la misma comida para todos y sin pretensiones. Sólo que... ¿cuándo el proletario polaco tendrá al menos una vez al día un bistec como ocurre en la Argentina?” Sea como fuere las comidas de Gombrowicz son más o menos normales, las de Sartre en cambio son un tanto extrañas. 

Para Sartre la cualidad material de un objeto que queremos poseer –la fluidez del agua, la densidad de una piedra, la viscosidad de una crema–, son distintas maneras simbólicas de representar el ser. El hombre no es lo que come, como dice Feuerbach, sino ya es lo que quiere comer. Cada una de las comidas nos presenta un tipo específico de existencia.

“De ningún modo resulta indiferente gustar de las ostras... o de los caracoles, o de los camarones, por poco que sepamos extraer de la significación existencial de los alimentos. De manera general, no existen gustos o inclinaciones irreductibles. Todos ellos representan una cierta elección apropiativa del ser. Cuando comemos una cucharada de miel o melaza, lo dulce expresa la viscosidad (...)” 

“Esto ocurre de la misma manera como una función analítica expresa una curva geométrica. Si como una torta rosada, el gusto es rosado; el suave perfume dulce y la untuosidad de la crema de mantequilla son rosados”. Sartre se rompe la cabeza buscando la forma de dar carácter objetivo a una intuición subjetiva como lo es la de la viscosidad recurriendo a la fenomenología.

“Lo viscoso es la revancha del ser-en-sí... Tocar lo viscoso significa arriesgarse a diluirse en la viscosidad. Esta absorción es horrible, porque es la dilución del ser-para-sí en el ser-en-sí”. Sartre pinta a la viscosidad con los colores más desagradables. En sus novelas los besos se dan entre ataques de diarrea, y el amor se hace entre vómitos, al punto que sus novelas tiene un no sé qué de excrementalismo. 

En “La nausea” Sartre refleja la disminución de la fluidez de nuestra libertad, la solidificación de nuestra conciencia, nuestra lenta degradación hacia lo suave, lo informe de una naturaleza inanimada y caótica. En la absorción del ser-para-sí por el ser-en-sí característica de la viscosidad, Sartre descubre la simbolización y la representación del anti-valor.

La victoria de la viscosidad es exactamente la reversión del proyecto del hombre de poseer el mundo y llegar a ser Dios, porque la viscosidad es el hombre poseído por el mundo. La victoria de la viscosidad simboliza necesariamente un valor negativo absoluto, así como la posesión del mundo simboliza un valor positivo absoluto. El hombre es un ciudadano de dos mundos.

Por un lado, el mundo de la conciencia y la libertad, y por otro lado, el de la cosidad y el determinismo. Ésta es la razón por la que el hombre tiene que luchar siempre para impedir que la parte más alta de su existencia sea absorbida y tragada por la parte inferior. Sartre se anima y se pone al frente de una corriente de pensamiento que nos previene de la viscosidad. 

La viscosidad es la pérdida de la dignidad humana, el rebajamiento del hombre a la cosidad. Pero aún si el proyecto humano de llegar a ser Dios por la posesión del mundo no se viera frustrado por la viscosidad, el proyecto estaría igualmente condenado al fracaso porque la idea de Dios es contradictoria, y el hombre es una pasión fracasada. La actitud de Gombrowicz frente a la comida es más mundana que la de Sartre. 

Dio pocas recepciones en la Argentina, no tenía medios para darlas, pero la cumbre como anfitrión la alcanzó en el Club Americano, en una cena en honor de los amigos polacos que tenían la costumbre de invitarlo. Henryk Gruber, un polaco muy rico y snob se hizo cargo de todos los gastos del Club Americano: –No entiendo por qué eres amigo del señor Gruber, un hombre tan distante y antipático.

“Los trajes del señor presidente (lo había sido del Banco Polaco antes de Nowinski) me viene de maravilla. No molestes a mi protector y está a la altura de las circunstancias pues el señor presidente usa ahora un impermeable inglés muy elegante que espero vestir en un futuro próximo”. Distendido, rejuvenecido, se paseaba por aquel decorado de tapices orientales. 

Mesas recubiertas de manteles bordados, cubiertos ingleses de plata, velas y flores. Un rostro radiante de propietario efímero pero soberano de todo aquel lujo. Para Gombrowicz era un ejercicio con la forma, fiestas a la antigua con la hospitalidad y el gusto por recibir que le venían de las tradiciones familiares. El restaurante Sorrento, donde acostumbraba a comer, se convirtió en un santuario gastronómico. 

Allí recibí enseñanzas sobre los modales de la mesa: el cuchillo sólo se utiliza si no se puede prescindir de él, nunca para una omelette, una tarta, con el tenedor alcanza; la cuchara debe ingresar de costado a la boca, nunca de punta. El caldo se debe absorber en silencio; no se deben tomar los alimentos con las manos; lo que ingresa a la boca no puede salir por la boca:

¿Y los carozos y las espinas?; –Arréglese, hay que sacarlos antes; jamás usar mondadientes y mucho menos llevarse una mano a la boca para ocultar las maniobras que se hacen con él. Basta decir que Gombrowicz violaba una por una todas estas prohibiciones. ¿Qué hace, Gombrowicz?; –Vea, Gómez, una vez que se sabe, está permitido. 

Y es el Sorrento el que le da una idea sobre la que escribe un pasaje célebre en las páginas de los diarios en el que convierte a la comida en un mecanismo que baila al son de una música metafísica. “A derecha e izquierda, burguesía. Las mujeres se meten en sus orificios bucales trozos de carne mortecina y mueven la bocacha. Esta carne les pasa al esófago y después al aparato digestivo (...)” 

“Todo ello con cara de sacrificio, y de nuevo abren el orificio para llenarlo... Los hombres se valen de cuchillo y tenedor; entre otras cosas, sus pantorrillas embutidas en las perneras se nutren aprovechando el trabajo de los órganos digestivos..., ¿sería francamente extraño abordar la actividad de la gente aquí reunida como la nutrición de las pantorrillas...? (...)”

“Pero el mecanismo de sus movimientos está fijado en los más mínimos detalles, todas estas operaciones están definidas y formadas desde hace siglos: alargar la mano para alcanzar el limón, untar los trocitos de pan, conversar entre dos tragos, llenar los vasos o servir los platos al margen de una conversación, con una sonrisa oblicua, una uniformidad de movimientos casi como en los conciertos de Brandeburgo (...)”

“Se ve aquí la humanidad que se repite a sí misma sin descanso. La sala, rebosante de comilona, se manifiesta en una infinidad de variantes, como una figura de vals repetida por los bailarines; y la cara de esta sala concentrada en su eterna función era la cara de un pensador”.

“El festín de la condesa Kotlubaj” es una de las cuatro novelas cortas que Gombrowicz escribió en el año 1929, unos años después de la novela del contable. En “Crimen premeditado” se nota la relación entre el asunto de la novela y su práctica de pasante con un juez de instrucción en un Tribunal de Varsovia, en “La virginidad” asistimos a la confusión del erotismo más refinado con la obscenidad total.

En “El festín de la condesa Kotlubaj” la cuestión es otra. Gombrowicz cuenta como unos personajes aristócratas organizan comilonas aparentemente vegetarianas con el fin de cultivar la sublimación y las sutilezas del espíritu. Pero en realidad asistimos a un banquete en el que se sirve una comida muy sabrosa preparada con trozos de un pequeño muchacho. 

Es una narración absurda y cruel, construida con elementos sacados de la vida, un absurdo monstruoso que, sin embargo, es una caricatura de la realidad. Esta novela le trajo a Gombrowicz algunos problemas con una familia Kotlubaj de Lituania que casi termina en un asunto de honor, lo retaron a duelo. Sin embargo, la fuente verdadera de su inspiración había sido Marta Krasinska.

Esa mujer era parienta directa del conde Zygmunt Krasinski, famosa por sus hazañas filantrópicas y estéticas. Ese plasma oscuro de la conciencia de Gombrowicz esta vez se le dispara hacia el lado de la crueldad, está preparando el próximo banquete de los aristócratas antropófagos en el rostro infantil de un pequeño enfermizo que observa por la ventana lo que ocurre en el interior del palacio en medio de la lluvia. 

La honestidad burguesa de Mann resulta chocante y vacía en nuestros tiempos pero la perversidad de Gombrowicz nos fascina. El protagonista y la condesa Kotlubaj eran amigos, era la amistad de un joven de un medio burgués y una aristócrata de pura raza. Había conquistado la simpatía de la condesa gracias a su altivez, a su agudeza intelectual y a su tendencia al idealismo. 

Su espíritu romántico y ligeramente anacrónico le allanaron el camino para asistir por primera vez a los célebres almuerzos vegetarianos de los viernes que daba la condesa Kotlubaj. La condesa maldecía la carne y los olores que despedían las personas que la comían. Era heredera de los ilustres Krasinski y tenía la convicción de que bastaba que un salón fuera aristocrático para que sus altos propósitos quedaran garantizados. 

Un príncipe había aceptado el papel de intelectual y filósofo, una baronesa animaba las reuniones con su canto, era impresionante ver inclinarse a las más grandes fortunas sobre un plato de achicoria en un mundo cruelmente carnívoro. Los tomates rellenos con arroz poseían un sabor inigualable en esas comidas espirituales, las tortillas de espárragos tenían reputación mundial. 

Los camareros trajeron una gigantesca coliflor cubierta de mantequilla fresca deliciosamente horneada. Conversaban en forma animada del amor, de la belleza y de la piedad, de que la piedad era más bella que el amor pero que no había que descuidar los modales. ¡Deliciosa coliflor!, exclamó el barón; sí, dijo la condesa mirando el plato con sospechas mientras ordenaba que lo llamaran al cocinero.

Comían la coliflor con una glotonería atroz, sin ningún tipo de modales, el protagonista no pudo contenerse más, estornudó y se levantó de la mesa para ir a buscar un pañuelo, no podía comprender por qué habían perdido tan abruptamente la elegancia y la delicadeza. Volvió al comedor, la enorme bandeja de plata tenía restos de la coliflor, la panza de la condesa parecía la de una mujer en el séptimo mes de embarazo. 

El barón hundía la nariz en el plato mientras la marquesa rumiaba moviendo las mandíbulas como una vaca. ¡Divino, maravilloso, efervescente manjar!, exclamaban. El protagonista no comprendía lo que había pasado, entonces empezaron unas aclaraciones que le parecían momento a momento cada vez más extrañas. Se levantaron de la mesa y condujeron sus enormes abdómenes al dorado saloncito Luis XVI. 

La alegría de los comensales se alimentaba del desconcierto del protagonista que jamás había presenciado semejante comportamiento. El barón cantaba arias canallescas de opereta. Nosotros, los de la aristocracia, le murmuró al oído la marquesa, adoramos la más completa libertad de las costumbres, somos capaces de emplear expresiones vulgares, sabemos ser frívolos y, en algunas ocasiones, plebeyos. 

El barón exclama con aire de superioridad que no eran terroríficos como parecía a primera vista aunque su grosería apareciera como menos aceptable que su elegancia, y la condesa grazna que, claro, no habían cometido ningún delito, que no eran caníbales y que no se habían comido a nadie, con excepción de... Y todos soltaron una gran carcajada lanzando los cojines al aire. 

Estos aristócratas no eran los mismos de la sopa de calabaza, una metamorfosis increíble los había hundido en la hostilidad, el sarcasmo y en una mofa ardiente que sostenían con una altivez y un desprecio que le impedían cualquier manifestación de confianza. Después de soportar un largo rato su propio silencio el joven le recordó a la condesa que le había prometido un ejemplar dedicado de los “Efluvios de mi espíritu”. 

La condesa tomó un pequeño volumen encuadernado, le escribió unas palabras y firmó: Condesa Podlubaj, una palabra que quiere decir húrgame la nariz. Cuando el protagonista le señala la equivocación le responde que era distraída y estalla en una risa a mandíbula batiente con todos los demás. Afuera diluviaba con una lluvia de ráfagas de un viento cortante que azotaba los ventanales.

La condesa le preguntó por qué tenía esa expresión de terror, mientras los otros lo acusaban de que estaba escandalizado porque en su ambiente nadie se divertía con tanta imaginación, que ellos cultivaban maneras infinitamente mejores que la de los salvajes aristócratas. Empezaron a fingir que estaban temerosos del juicio del protagonista y se acusaban en público fingiendo arrepentimiento. 

Desvanecido, sin saber a qué santo encomendarse o hacia dónde huir, se dirigió suplicante a la marquesa que había hablado con tanta piedad de los niños raquíticos, y le pidió piedad suponiendo que si era capaz de sacrificarse por esos pobres desgraciados podría consolarlo. La marquesa se enjugó las lágrimas de risa que tenía en los ojos y miró al joven desventurado.

Le dijo que cuando los veía caer y levantarse sobre sus piernecitas a esos pobres niños enclenques todavía se sentía fuerte como una encina. Ahora era demasiado tarde para montar a caballo así que cabalgaba alegremente sobre sus pequeños paralíticos. De pronto intentó mostrarle sus piernas viejas aunque rectas, sanas y todavía fuertes, el protagonista hizo un gesto de espanto. 

¿Y el amor, la piedad, la belleza, los presos, los inválidos y las maestras jubiladas? Nos acordamos de todos ellos, le decían en medio de estruendosas risotadas. Entonces el protagonista empezó a temblar espasmódicamente, finalmente, aunque demasiado tarde, había comprendido dónde se hallaba mientras la lluvia seguía azotando los cristales de las ventanas. 

¡De cualquier manera el Señor existe!, balbuceó el pobre tratando desesperadamente de agarrarse de algo, y el barón le respondió que por supuesto que existe, el Señor existe y sale a pasear con la Señora. La marquesa se sentó al piano mientras el barón y la condesa empezaron a bailotear con elegancia, buen gusto y finura. Ahora sabía de qué se trataba... se lo habían hecho comprender con violencia. 

¡Era un baile de caníbales! Faltaba sólo la presencia del pequeño tótem, el monstruillo negro de cabeza cuadrada, labios prominentes y nariz chata que desde algún lugar patrocinaba esas bacanales. Dirigió la mirada hacia la ventana y vio algo espeluznante... un pequeño rostro infantil, un rostro febril y enfermizo que observaba lo que ocurría en el interior con una mezcla de idiotez y de éxtasis celestial. 

A la madrugada el protagonista logró salir del palacio y se aventuró en la lluvia, vio bajo la ventana un cuerpo exangüe. Era el cadáver de un muchachito de ocho años, de cabellos rubios y pies descalzos, flaco al punto que... parecía haber sido completamente devorado. En eso había terminado el pobre Bolek Coliflor, fascinado por la luminosidad de las ventanas, visibles desde lejos en medio de campos inundados. 

Mientras corría hacia el portón apareció Felipe, el cocinero, vestido de punta en blanco con una distinción de maestro en el arte culinario: “Se inclinó, me miró de reojo y dijo en tono servil: –¡Espero que el señor haya disfrutado nuestra comida vegetariana!”

ver La identificación de los apodos y de la actividad

Juan Carlos Gómez

Ir a índice de América

Ir a índice de Gómez, Juan Carlos

Ir a página inicio

Ir a mapa del sitio