Gombrowiczidas 

Witold Gombrowicz y James Joyce
Juan Carlos Gómez

El Mentecato y el Maestro Ciruela han destacado mi competencia en los asuntos gombrowiczidas de una manera singular vinculándome a James Joyce.

“Milita, decile a Gómez que sus libros ya están en una lista sublime: al lado del libro de Jacques Mercanton sobre Joyce, al lado del libro de Attick sobrer Beckett, al lado del libro de Adolfo de Obieta sobre Macedonio y dos o tres más que no nombro para no aburrirte con nombres pero que son tan sublimes como el de Juan Carlos Gómez. Es realmente un milagro cuando un escritor encuentra a otro escritor”

Son palabras del Mentecato, pero las palabras del Maestro Ciruela no le van en zaga.

“Dicho de otra manera, ‘Gombrowicz, y todo lo demás’ me hizo acordar a esas famosas ‘guías’ interpretativas de, digamos, las obras de Joyce o de Lowry (...)”

“No se trata, claro está, de un manual de ayuda, sino de un texto que ilumina a los textos de Witold Gombrowicz. A mí me resulta un libro muy atinado, medido, inteligente y exhaustivo como no conozco otro en nuestro idioma respecto del maestro”

En cambio el mismísimo Gombrowicz se refiere a Joyce de una manera despectiva y altanera siguiendo los dictados de sus propios instintos.

James Joyce

“La elección que haré está vinculada con el lugar que ocupo en el mapa literario mundial (...) Estoy en el punto donde se desencadena la lucha por defender el Yo, donde ese Yo tiende a afirmarse e intensificarse, en busca de la Inmortalidad (...) Como ustedes habrán advertido ya: aquí no están Proust ni Joyce ni Kafka ni nada de lo que se está haciendo ahora. Me apoyo en autores que los precedieron porque ellos medían al hombre con una vara más alta”

En el año 1934 Gombrowicz ignoraba la existencia de Joyce y de Kafka, conocía muy poco del surrealismo y tenía unas nociones vagas sobre Freud, captaba lo que estaba en el aire, en las conversaciones y hasta en los chistes. El aparato formal que había puesto en movimiento era pues, en buena parte, de su propia cosecha.

A pesar de que en la Argentina no lo tenían en cuenta, Gombrowicz fue conocido en París de la mano de la versión española de “Ferdydurke”, una traducción que se hizo en el café Rex y que se volvió legendaria en el mundo entero: –Joyce dispuso de una sola persona para traducir su Ulises, yo dispuse de veinte para traducir mi “Ferdydurke”.

La primera y más grande dificultad que enfrentaba Gombrowicz cuando leía “Ulises” era el aburrimiento que le producía la impotencia de Joyce para verse cara a cara con la realidad.

La impotencia ante la realidad caracteriza de manera contundente el estilo y la postura de los poetas, pero el hombre que huye de la realidad no encuentra apoyo en nada y se convierte en un juguete de los elementos. La metáfora privada de cualquier freno se desencadenó hasta tal punto que hoy en los versos no hay más que metáforas. 

Esta postura religiosa también ha hecho estragos en la prosa, la eminencia y la grandeza de obras como “Ulises” se realiza en el vacío, son libros que nos resultan lejanos, inaccesibles y fríos puesto que fueron escritos con el pensamiento puesto en el arte y no en el lector. Es una prosa nacida del mismo espíritu que ilumina a los poetas y, por su esencia, es una prosa poética que produce un gran aburrimiento del que Gombrowicz había empezado a defenderse en “Ferdydurke”.

El aburrimiento en Gombrowicz es un sentimiento que tiene mucha im-portancia, pues el aburrimiento y la diversión formaban parte de un par dialéctico siempre presente en su vida y en su obra. A menudo repetía que nunca había terminado de leer un libro porque se aburría, que la relación sexual con la mujer le resultaba tediosa, que el peor género literario era el aburrido. 

El aburrimiento para Pascal, de igual modo que la nada para Sartre, es un sentimiento fundamental que nos remite al Ser, pues ese talante del ánimo no tiene un objeto singular y preciso; cuando estamos aburridos, no estamos aburridos de esto o de aquello, estamos aburridos de todo.

Pero el aburrimiento de Gombrowicz era un acontecimiento social más que metafísico, un acontecimiento que él combatía con el humor, la diversión y la risa. 

Los personajes de sus novelas se hacían cargo del aburrimiento cuando se presentaba amasando bolitas de pan o mirándose los zapatos, y él mismo, en la vida real, se las arreglaba echando mano a recursos diversos. A veces en el Rex, especialmente cuando estaba a solas con el Alemán, la conversación se les agotaba y empezaban a aburrirse. En una situación normal y entre personas normales, este problema se hubiera podido resolver fácilmente dándose las buenas noches y despidiéndose hasta el día siguiente. Pero Gombrowicz no se retiraba, porque todavía no había llegado la medianoche y, además, porque esperaba que la llegada de algún otro contertulio rompiera el maleficio. El Alemán se quedaba porque era fiel y muy vergonzoso, le parecía inmoral dejar al amigo solo. En más de una ocasión Gombrowicz me llamó por teléfono a casa para que lo auxiliara, urgiéndome para que fuera al Rex y lo ayudara a resolver esa situación tan incómoda.

El aburrimiento en la literatura era indigerible para Gombrowicz. Hacía esfuerzos repetidos para leer “El proceso” de Kafka y el “Ulises” de Joyce, reconocía el valor de sus metáforas geniales pero eran libros que le resultaban terriblemente tediosos, superaban sus fuerzas. Gombrowicz tenía presentimientos proféticos y auguraba que iba a llegar un día en que la historia nos explicaría por qué esos libros tan aburridos y no leídos han pesado tanto en la literatura del siglo XX. 

Por seguir los santos dictados del principio de jerarquía Gombrowicz había tenido que leer e interrumpir la lectura de libros que le producían un tedio mortal, obras que nacían carentes del sex appeal artístico. Las inspiraciones que, a su juicio, podían romper este círculo vicioso en el que el valor tomaba su savia vital del aburrimiento había que buscarlas en la inmadurez, el infantilismo y en la mezcla de las clases sociales. 

En este último punto Gombrowicz se ponía en línea con el marxismo, un pensamiento que proponía modificar la condición del escritor sometiéndolo al proletariado. Es un proyecto que los comunistas intentaron llevar adelante por la vía de una teoría seca y burocrática de la que finalmente surgió la literatura más aburrida de la historia. 

Ese plan de batalla para apartar el aburrimiento de las bellas artes, una alocución mediante la cual convoca a los artistas a enamorarse de la inferioridad, es, ni más ni menos, el programa que desarrolla en “Ferdydurke”. El aburrimiento en la vida pública y la evolución psíquica de los polacos seguían un rumbo totalmente distinto del que él había elegido. La seriedad de una generación que aspiraba a cubrir sus necesidades elementales se contraponía dramáticamente con su physique du rol. 

Gombrowicz era un exponente del lujo y de la diversión, y otra vez su elan profético lo hacía sentir puesto ya en un futuro en el que la diversión se iba a convertir en una necesidad elemental. Tanto en el arte como en la vida el humor y la risa eran las armas con las que había que combatir las circunstancias dolorosas entre las cuales se encontraba también el aburrimiento. 

La ligereza debería convertirse en una energía capaz de liberar al hombre de sí mismo y de salvarlo. Para los polacos esta receta tenía que atender a una situación catastrófica: la risa no podía ser espontánea, tenía que ser premeditada, el humor tenía que aplicarse con toda seriedad y fríamente a la naturaleza de la tragedia polaca, y tanto el humor como la risa debían dar cuenta del mundo hostil, de lo más querido, y de uno mismo.

Gombrowicz consideraba a la escuela, a los colegios, a las universidades y a sus productos, es decir, a los profesionales y sus mujeres, como una fuente inagotable de aburrimiento. 

Hombres autosuficientes, de un nivel desastroso, especialmente los ingenieros y jóvenes convertidos en cretinos por una fabricación seriada, tediosos a más no poder después de que les llenaban la cabeza con pseudo conocimientos, operación mediante la cual perdían irremediablemente el carácter, la razón, la poesía y la gracia. 

Cuando se ponía él mismo en tren de educador les advertía a sus alumnos que no se fiaran demasiado de él, podía mentirles o burlarse de ellos, de sus propias enseñanzas y de sí mismo.

En medio de cierta angustia producida por los días finales antes de su partida de la Argentina, cuando apresuradamente se despedía de las personas y de las cosas, también trataba de divertirse. Desde que lo conocí, en el año 1956, hasta que se fue, en el año 1963, la fama y la gloria de Gombrowicz fueron creciendo en forma paulatina, a punto tal que se podría decir que cuando dejó la Argentina tenía más de la mitad del camino hecho, pero en Europa. 

Mientras que en París, Roma, Berlín y Londres, el cuadrilátero de la cultura, publicaban sus obras y empezaban a considerarlo como uno de los fenómenos más singulares e importantes de la literatura moderna, la intelligentsia de Buenos Aires no sólo no reconocía sus méritos sino que ni siquiera estaba enterada de lo que pasaba en el cuadrilátero. 

Cuando Gombrowicz hacía algún inten-to desganado para que se supiera algo de lo que estaba ocurriendo con él en Europa, la intelligentsia pensaba que mentía. Sin embargo, hacia el final del periplo argentino algo se había filtrado y empezaban a aparecer algunas notas en las que se hablaba del deslumbramiento europeo.

Yo creo que Gombrowicz hacía mucho que esperaba ese momento, había llegado el tiempo de la venganza; sabía que llegaría a ser alguien para la Argentina, tenía la seguridad de que esos veinticuatro años empezarían a volverse interesantes para un conjunto de intelectuales nacidos y por nacer de este lado del océano, y que su vida y su obra, con el transcurso del tiempo, crecerían finalmente en el corazón de estos argentinos esquivos. 

Mientras ese momento llegaba, Gombrowicz se divertía y estimulaba a un periodista amigo para que publicara una nota destacando su condición estrafalaria y situándolo en algún balneario brasileño de moda seduciendo a Zsa Zsa Gabor, la famosa estrella de cine. 

“Me olvidé del asunto de Berlín. Todo anunciaba una diversión formidable, tal como a mí me gusta, desconcertante, de ésas que te hacen perder el equilibrio, a medio hacer”

Yo creo que Gombrowicz se fue de la Argentina por un exceso de aburrimiento. Frente a la perspectiva europea luminosa que le abría la invitación de la Fundación Ford, quizás presintió algo parecido al esplendor, un esplendor que, sin embargo, estaba marcado por la muerte.

“Si vos vieses el esplendor de los Alpes Marítimos, de la vegetación, bosques, prados, sol, brillo, aire, mar, rutas magníficas, castillos, burgadas medievales, torres, palacios, Nice, Cannes, Antibes, lujo, hoteles, salones, comida, vino, cultura y civilización... Viejo, no hay nada que decir. ¡Es el salón del mundo!” 

Y la Argentina, frente a esta visión utópica aunque peligrosa, asunto del que Gombrowicz tenía plena conciencia, de un día para otro le pareció aburrida. De un solo golpe la posibilidad del tiempo futuro se le agotó, y sus recuerdos se le asociaron de repente con el taedium vitae. 

“¿A-caso era posible prolongar indefinidamente ese jueguito nuestro en la Fragata?” 

No hay forma más clara de expresar una perspectiva de aburrimiento que la que utiliza Gombrowicz para hacernos saber por qué no regresaba a la Argentina.

Gombrowicz se me aparece un poco como ese pasaje de “Transatlántico” donde le aconsejan que se presente a la embajada, y que no se presente, que vaya a la guerra, y que no vaya. Se fue de Buenos Aires habiendo tomado la decisión de no volver a la Argentina. En Berlín cambió de decisión y empezó a prepararse para volver a la Argentina. Pero en Vence otra vez tomó la decisión de no volver a la Argentina. Algunas personas piensan que Gombrowicz era un hombre que tomaba decisiones firmes y muy bien meditadas. Sí, puede ser que sea así, ma non troppo.

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Juan Carlos Gómez

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