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Notas sobre los primeros cementerios en Cuba
por Adriel Gómez
adriel@casa.co.cu

 

Durante 300 años, desde la llegada de los españoles a Cuba, la práctica funeraria habitual fue la de enterrar los cuerpos en las iglesias. Esta costumbre religiosa, iniciada en Europa desde mediados del siglo XIII, era dañina en extremo. Las creyentes, casi la totalidad de la población, no sólo se exponían al hedor fétido de los cadáveres dentro de los templos, sino que también esta práctica de enterramiento era foco y expansión de epidemia.  

Se ha planteado que el primer cementerio de Cuba fue aquel conocido como Cementerio de Espada, aunque su verdadera designación era Cementerio General de La Habana. Sin embargo, numerosos fuentes, localizadas en diversos archivos, perecen indicar que uno más modesto, se inauguró en la oriental ciudad de Bayamo. La iniciativa de su fundación, incluso, partió de la isla. El 3 de febrero de 1787, el Capitán General, José de Ezpeleta, emitió una petición a la Corona española, solicitando permiso para crear recintos funerarios independientes. El rey, Carlos III, respondió el 3 de abril de ese mismo año, autorizando la construcción de los cementerios. Pero la apatía cundió entre la población y las autoridades eclesiásticas. Entre los pobladores era muy difícil desprenderse de una tradición en la que el difunto era ubicado lo más cerca posible de la salvación (la iglesia, la Casa de Dios). Las autoridades, por su parte, se apoyaban en las ventajas económicas para justificar la demora. La venta de las sepulturas propiciaba ganancias pues el número de fallecidos superaba el espacio por lo que los precios, oficiales o no, subían constantemente. Estos factores determinaron que el proyecto se retrasara durante once años. 

En 1798, el rey Carlos IV firmó por fin una Real Orden estableciendo la obligación de fundar cementerios lejos de los poblados. El mandato no admitía dilaciones. Fue entonces que, en gesto de disciplina y valentía, el vicario de Bayamo, José Antonio Díaz y Oduardo, inauguró y bendijo un camposanto aledaño a la iglesia de San Juan Evangelista. El lugar facilitaba la tarea del vicario. El recinto se encontraba por aquel entonces lejos del centro de la villa, y sus características arquitectónicas no admitían en su interior muchos sepulcros. Los paisanos, desde antes, se conformaban con ser enterrados alrededor del edificio, mientras que sólo las personas ricas eran sepultadas dentro.

Desde luego, aparte de este, hubo otros proyectos, incluso anteriores, como el de la construcción de un camposanto en Santiago de Cuba, en 1791, pero no llegaron a realizarse. 

Cementerio de Espada

La Habana tuvo su primer cementerio en 1806. Unos años antes (1802) había llegado a Cuba el nuevo obispo Juan José Díaz de Espada y Landa. Espíritu inquieto, que se había movido entre los círculos de la Ilustración española, el obispo sufrió un ataque de fiebre amarilla en cuanto arribó a la isla. Atendido por el capaz médico Don Tomás Romay, pudo sobrevivir. Se ha dicho que este acontecimiento, lo estimuló a hacer votos religiosos y a preocuparse por la salubridad de la isla. Desecó pantanos y ciénagas, apoyó la difusión del novedoso método de la vacuna… y propulsó la construcción de cementerios fuera de las ciudades. El que llevó su nombre prestó servicios hasta el año 1878 y fue demolido en 1901.

El arquitecto a cargo de la obra fue el francés Étiene Sulpice Hallet.

Se sabe que el obispo Espada era un partidario decidido del estilo artístico conocido como neoclásico, a tal punto que ordenó sustituir los altares barrocos de la Catedral de la Haban por los que hoy pueden observase. Este neoclasicismo fue el escogido para el cementerio, especialmente para su capilla y portada. La capilla imitaba un templo etrusco. Estaba pintada de amarillo pálido con franjas negras para imitar el mármol, un procedimiento propio del barroco y del neoclásico, pero hasta entonces desconocido en La Habana. La portada poseía pilastras clásicas y una puerta casi cuadrada. La Ilustración del obispo quedaba representada por paneles rectangulares que reproducían la Religión y la Medicina. Además, encima de la puerta había una inscripción que dedicaba la obra ¨A la Religión, a la Salud Pública¨. Finalmente, un relieve en bronce con las alegorías del Tiempo y la Eternidad mostraba entre ellas un frasco de perfume. Este recipiente indicaba que el tiempo lo destruye todo. Hoy, del cementerio de Espada sólo queda un fragmento de pared en la esquina formada por las calles Vapor y Hospital.

Algunas tumbas famosas que estuvieron en este lugar fueron las del periodista español Gonzalo Castañón, y la del poeta alemán Georg Weerth. La primera es bien célebre en la Historia de Cuba por el proceso amañado seguido contra ocho estudiantes de medicina cubanos, acusados de haber profanado el sepulcro del periodista, y al fin ejecutados de manera sumaria. La otra sepultura guardó los restos de un intelectual alemán, periodista y poeta, amigo de Carlos Marx y Federico Engels. Weerth falleció en La Haban en 1854, víctima de una epidemia.

Al cementerio de Espada siguieron otros, como el Cementerio de los Molinos y Cementerio de la Marina, edificados en 1833, y el Cementerio de Atarés, en 1850. Pero estas fueron construcciones provisionales destinadas a enterrar las numerosas víctimas de epidemias como la fiebre amarilla o la viruela. Precisamente, una de estas pandemias determinaría la erección de una obra clásica de la arquitectura funeraria.

Necrópolis Cristóbal Colón

No podemos dejar de mencionar aquí al cementerio más grande del país, y uno de los más notables del mundo. No nos proponemos en este breve espacio describirlo en detalle pues unas pocas líneas no harían justicia a tan grandioso conjunto monumentario.. A él y a su proyectista, Calixto de Loira y Cardoso dedicaremos otro artículo.

Expondremos tan sólo dos hechos relacionados con su origen.

Los enterramientos en la Necrópolis de Colón comenzaron antes de la fundación oficial de la Institución. Ello se debió a la epidemia de cólera que azotó La Habana en 1868. Ya para entonces comenzaban a agotarse las capacidades en el Cementerio de Espada. La intensidad de la epidemia era tal que se producían víctimas por contagio entre los propios enterradores. Desesperadas, las autoridades decidieron habilitar terrenos en la zona de San Antonio Chiquito, nombre con el que conoció inicialmente la construcción.

Tres años después, en octubre de 1871, se celebraba la ceremonia de colocación de la primera piedra de la necrópolis. La tradición plantea que en una caja de madera, reforzada con plomo, fueron introducidos ejemplares de periódicos del día anterior con el anuncio de la inauguración, un calendario de 1871, una guía y varias monedas de oro y plata, junto con una copia del programa de la ceremonia. La caja, a su vez, fue introducida en un nicho ahuecado en la piedra de la Portada Principal.

Nadie sabe si todavía permanece allí.

 
por Adriel Gómez
adriel@casa.co.cu

Publicado, originalmente, en idioma inglés, en el Portal Cubarte  http://www.cubarte.cult.cu/ el 20 junio de 2008

Autorizado  por el autor, al cual agradecemos.

Ingresado en Letras Uruguay el 5 de junio de 2013

 

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