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En los lindes
por Adriel Gómez
adriel@casa.co.cu

 
 
 

Rita es más joven, pero cada noche tiene la destreza de llevarme a sus años.

Un día, a la sombra de Rita, yo, desnudo en el diván, le dije:

— Cuando te hago el amor, mi cuerpo se disuelve en el tuyo. Nos disolvemos juntos, el maestro y yo –ella me miraba, extendida sobre mí, los codos apoyados en mi pecho—. Y de esta forma me revives y yo te revivo, y cada gesto nuestro repercute como sinfonía del genio —yo hablaba, concentrado en mi entrega. No podía sospechar que ella escuchaba a medias el inventario de mis impresiones. Aún si necesitaras una luz guía, si necesitaras triunfar.

— Yo tuve esa luz. Se llamaba Trémolo.

Me levanté del diván y la miré con los ojos enrojecidos.

—¿Y qué pasó con él? –pregunté algo indispuesto.

 Rita me miró sorprendida

 Bajando la cabeza, murmuró:

— Es un cerdo, un hombre que se anuncia protector de las artes, las letras y los pobres, y se refugia en el prestigio de su genio versátil y sus ollas públicas para olvidarse de una discípula —sus ojos estaban ahogados por la pena-. Mi primer embarazo… ¿comprende?... perdido.

 Y no le dije que aquella luz era un destello que también tenía el poder de enceguecer a otros.

 Trémolo, hábil organizador de espectáculos, hombre con excelentes relaciones… y, desde hacía tres semanas, amante de mi prometida, Arminda.

***

Después de extensos ensayos –mi esposa era actriz-, Arminda traía a casa las vicisitudes y peripecias de sus personajes menos adorados. Se reía de ellos. Lo hacía con una carcajada demencial, prohibida por el respeto (impuesto y no debido) a los dramas de moda. Yo me asustaba, me condolía, pero también disfrutaba aquella parodia oculta a los ojos de quienes pretendían dorar nuestro talento con su poder y su oro. “Nos tienen cogidos por los huevos” –decía yo al cabo, un poco más grave. “Yo no los tengo” –me contestaba Arminda. Yo oía su risotada, rebotando en el lujo halagador de muebles y artes decorativas.

Y yo reía con ella.

Un día Arminda llegó a casa con un personaje a cuestas.

— Me necesitan para interpretar el papel de una hipotética amante de Beethoven —mi silencio fue mi parálisis, y mi parálisis el motivo de que ella continuara hablando, casi a solas—. Dicen que un investigador desempolvó este oscuro personaje de archivos supuestos. Está bien claro para mí que todo es una farsa dirigida a complacer el gusto monárquico –me miró con una extraña fijeza- ¿Tú que crees?

Había pronunciado la pregunta con un tono expectante, ajeno a la manera habitual con que abordaba la cuestión de los contratos. Con al vista clavada en las teclas del piano, contesté que dejara a su sentimiento decidir:

— Estoy decidida.

— ¿Aceptarás?

— Sí.

 Me senté en la banqueta. Entonces puso las manos en mis hombros y la Balada para Elisa no me impidió ver en ellos las señales del transcurso de su tiempo. “Seré bien recompensada” –musitó. Pensé que sus manos intentaban animarme. Oprimían mi escualidez con el compás de un mensaje espontáneo. Yo notaba la ausencia metálica de nuestro compromiso, que ya debía estar en su anular.

—Es un contrato fabuloso —siguió diciendo—. Una obra apócrifa, si entiendes que debes llamarla así; pero su éxito está asegurado de antemano por lo interesante del tema.

— ¿A ti te resulta interesante?

Se despegó de mí como un resorte.

Dio algunos pasos por la sala.

— Por supuesto que no; en cambio, sí que me inquieta mi reputación. Llevo tanto tiempo intentándolo.

— ¿Intentando qué?

— Tú lo sabes, querido. Ser alguien sobre las tablas… Debo agradecer a Trémolo que se fijara en mí para el papel.

— ¿Quién?

— Trémolo… ¡Si pudieras conocerlo! Es un hombre increíble; para muchos casi un Dios —y dos días después yo le estrecharía la mano para convencerme de su médula humana—. Tiene una cultura vastísima, una enciclopedia viviente —yo escucharía impasible su cuestionario poli temático y le respondería con el apoyo de una memoria cimentada en bibliotecas públicas —es elegante, refinado, bondadoso— y miraría con desconfianza sus ademanes bruscos, que dejaban la palabra en la boca, y aquel porte cubierto por toda clase de atuendos: prendas de oro y plata, a imitación de joyería egipcia, tabacos del Caribe, trajes y perfumes parisinos, zapatos ingleses—. Una buena parte del elenco del teatro Metropolitano debe a sus gestiones la conformidad con la carrera escogida… ya que no la consagración —y Arminda me pareció ridícula cuando extendió los brazos mientras miraba al techo. Sacudió la cabeza- ¡Debo agradecerle a Dios que lo haya encontrado! –y por primera vez la vi sonreír desde su arribo mientras miraba por la ventana—. Sus relaciones son tan antiguas como fuertes y ventajosas.

Era una sonrisa rodeada de arrugas.

—¿Cuándo empiezas? —le pregunté.

— La semana próxima. Hay poco tiempo hasta el estreno.

 Y presentí que sería el tiempo el que me obligaría a violar nuestro pacto de auto disfrute del arte, tiempo inhumano e inmisericorde, siempre abstracto, metiéndose como una caña en nuestras proposiciones herméticas y groseras; tiempo que no se deja sacudir y se queda pegado como una costra; días de ensayo en el teatro Metropolitano a los que tenía que ir para conocer a Trémolo, reverenciarlo y estrechar su mano y quedarse sujeto a mí como el propio tiempo.

A veces lo veía venir con paso mayestático, pausado; y otras, era el movimiento de las ocupaciones múltiples, y siempre aquel atuendo para apoyar su caminar: un bastón sable con empuñadura de plata que después supe utilizaba para defender sus noches furtivas, cuando salía en busca de amantes. “Estuviste espléndida” —le oía decir, dirigiéndose a Arminda con la barbilla exageradamente en alto, al concluir las sesiones, y una vez se volvió para contemplarme con ojos de felino “y es usted músico, si no me equivoco”. “Sí, señor”, y Arminda, mirándome como si la respuesta certificara mi valía, y yo la miré para verla contemplar a Trémolo con un sobrecogimiento agradecido. “Es un erudito, un especialista en Beethoven” —me presentaba ella. “¿Ah, sí?”, y Trémolo se ponía en camino, seguido de cerca por mis peroraciones  acerca de la música del genio de Bonn y él, haciendo como que nos oía, atendiendo a los detalles del montaje escenográfico, se detenía para dar una orden lacónica y era entonces que podía ver bajo sus cejas aquel fulgor que interpreté expresión del prejuicio y el recelo; y Arminda, que saltaba a colgarse de su brazo. “Sería maravilloso que extendieses tu protección a los músicos” —dijo, y eran palabras que me asombraron porque yo jamás las hubiera pronunciado para concluir observaciones sobre mi ídolo; y sobre Trémolo, que respondía: “No es mala idea”, sujetando el talle de Arminda, y los senos de ella comprimidos contra su pecho. “Concierto para el Primer Ministro, conciertos para embajadores”…

— No exactamente —lo interrumpí—. Pudiéramos comenzar con esta misma obra —su brazo se separó de Arminda. Ya que se trata de un pasaje de la vida del maestro, pienso que su música contribuirá a fortalecer la representación- lo vi registrar en los bolsillos mientras decía: “muy bien, muy bien”-. No puede biografiarlo sin la presencia de una orquesta —–continué y lo vi sacar un lápiz-. Yo estaría dispuesto, señor, a colaborar con la asesoría musical.

— Su dirección, por favor.

— ¿Cómo?

— Su dirección —repitió él, sin mirarme.

— ¿Para qué?

— Posiblemente necesite localizarlo.

  Arminda y yo cruzamos rápidas miradas. Creí advertir que ella asentía con ligereza.

  Se la dije.

  Trémolo se puso a garabatear en el papel.

— Acérquese —me dijo— ¿Ve esto?

— Más o menos.

  Trémolo sacó otro papel, más blanco y más consistente. Volvió a escribir la dirección. Los trazos eran perfectamente legibles por lo oscuro.

— ¿Se da cuenta, joven? —me dijo—. Yo soy como este lápiz. En unos lugares me desenvuelvo con más firmeza que en otros, según la superficie donde me hagan mover —y guardó sus objetos con gesto triunfal—. Por el momento su propuesta no me es viable —había adquirido de repente una solemnidad de espanto. Y casi de inmediato, sonrió—. Pero lo tendré en cuenta; quizás me ocupe en cuanto me dejen tiempo mis proyectos de teatro, y ladeándose, ordenó-. Arminda, a los ensayos. Y ella dijo sí, me dio un beso en la mejilla, y despareció por un lateral del escenario. Trémolo también se alejó, apretando con fuerza la caña de su bastón.

Esa misma noche volví a pensar de nuevo en el tiempo. Le dije a Arminda lo que pensaba de su inclusión en el proyecto.

Ella abandonó la cama con violencia, y con violencia encendió las luces.

—Mírame —dijo—; mírame bien.

Quería decir que registrara en los pliegues de su piel la presencia de sus años. Vi reproches; que su juventud se le estaba escapando y con ella sus energías; también habló de mí, unas veces con las pupilas; otras, con la boca: “Tú eres joven todavía. A nadie le importa si piensas que tu infancia prodigiosa te consumió los bríos. Búscate de nuevo.

Lo único que falta a tu fuerza es un poco de valor; yo, en cambio, yo”…y el llanto la encorvó en el borde de la cama.

Para aliviarla, decidí poner a su disposición las notas de mi piano, por primera vez, con pleno respeto de un drama. Al concluir, se acercó para rozarme con ojos opacos.

— Veo en ti al maestro y me siento enamorada de él.

— Sí, un cerdo —murmuré.

 Rita terminó de ajustarse el vestido.

— ¿Por qué piensas en él?

— No sólo en él. Pienso en todo. En ti, en el día del estreno y en el día antes del estreno.

  Me intranquilizó verlo venir con aire de victoria después del último ensayo.

  Y oírlo decir: “Tu mujer mejora día a día, pequeño”, no dejó más posibilidades de consuelo que la de un suspiro. Arminda se había dejado crecer las uñas porque así lo exigía el papel de la amante de Beethoven y se la veía radiante entre las estructuras de aquel enorme engaño. Al poco tiempo regresó Trémolo, declarando: “Por supuesto que la obra también tendrá orquesta. No han parado de ensayar en los campos, bien cerca de la naturaleza que tanto inspiró al maestro, ¿verdad?”, y yo contraje los labios antes de preguntar quién era el director, y me contestó: “Van Deer”, y yo me apresuré a decir: “Un inepto”. “Pero más barato que otros” —me sonrió él y se dirigió al escenario gritando: “¡A ver, ese telón!”. Unos minutos después lo vi sentarse en la luneta, cerca de sus grandiosos decorados.

Los estrenos son todos iguales. De reojo veo el unívoco espectáculo de la etiqueta de ocasión, cuidadosamente repartido en las butacas con un mes de anticipo para que los periódicos destaquen sus excelencias, acompañadas o no, excelentísimos señores por la presencia de sus señoras. Puedo oler la misma atmósfera cargante de perfumes franceses y ver en la oscuridad el brillo intermitente de las joyas como tintineos de un rocío a destiempo, artificial y fabricado.

En mi palco, la esposa del alcalde miraba los movimientos de Van Deer con asombro y zozobra. Tuve la impresión de que se asombraba por lo brusco de algunos gestos. La compadecí. Me di cuenta de que la alcaldesa no entendía un ápice de aquel barullo instrumental en los que únicamente destacaba la previsora afinación.

Ni esos lamentos ni esos allegros podían ser los del maestro.

Salí de la terraza del Metropolitano. La obra, larga y aburrida en muchos de sus pasajes, tenía pocas sorpresa  que depararme. Me detuve junto a la baranda. Hacía calor, pero sobre todo…

— Es la música, ¿verdad? —dijo una voz.

Entonces la vi acercarse. Tenía una sonrisa íntegra.

— Sí, sin dudas —balbuceé.

— Van Deer hace su esfuerzo —continuó ella, pero no han escogido bien las piezas ni se han ocupado de elaborar los arreglos a conciencia.

— Eso se nota —dije.

 La miré con detenimiento, a la luz de la luna.

 Su piel tersa parecía de marfil.

— ¿En qué piensa?

— Creo que coincido con usted, señorita…

— Rita, mi nombre es Rita. Soy estudiante de piano.

 Hicimos comentarios insustanciales acerca de la tranquilidad de la noche, observaciones sobre el arte del piano y del violín, que me permitieron captar en ella la agudeza técnica de cursos preliminares —excelentes diría yo—, y por último, una breve referencia a la arquitectura del Metropolitano. Rita me pareció entonces una muchacha inaccesible, muy celosa de su dignidad. El vestido de terciopelo realzaba el volumen de sus carnes, y el volumen de sus carnes contrastaba con la inocencia de su rostro infantil. Encontré interesante aquella combinación.

— ¿Viniste sola?

— No, estoy con mi madre —hizo una pausa—. A menudo me deja andar libre.

— Eres valiente.

  Es posible que entonces notara mi otra mirada.

— Quizás deba regresar —dijo e hizo ademán de alejarse. Instintivamente mi mano se prendió  de su antebrazo.

Su piel, tan agradable al tacto.

 A cada momento, por los ventanales abiertos, nos llegaba la distorsión de la música del genio.

Pero no dijimos nada

Poco a poco, se fue separando de mí.

Dio unos pasos adelante.

— Espero que sea feliz —dijo.

— ¿Quién?

— Ustedes dos…Usted y su esposa…

  Sacudí la cabeza.

— No estoy casado.

— Bueno, para mí es lo mismo, aunque lo demás no lo vean así —ella volvió a mirarme—. Lo sé todo, o casi todo, acerca de usted, maestro. Si la obra tiene éxito será feliz junto a Arminda.

— No es delito… creo.

 Ella miró el escenario a través de los mismos ventanales.

Músicos y actores parecían más cercanos.

— No, de ningún modo —volvió a decir—. Pero, ¿y su éxito?... —se interrumpió— ¿y qué puede ser el éxito para una joven? –volvió a preguntarme, abstraída.

Echó a andar. Giró de pronto sobre sus talones y empinándose, con mano sin compromisos sobre mi pecho, me besó en la mejilla.

Éramos el fondo ideal para aquella música divina. En casa, ya de madrugada, tuve deseos de escuchar lo que se desea de toda persona después de un día de trabajo, o de expectación, o simplemente después de un día. Buenas noches, Felices sueños. Pero Arminda no dijo nada. Su beso en mis labios fue un relámpago de invierno. La habitación más oscura que nunca. El viento helado. Luego la mañana, y otra noche semejante sin la presencia de Rita. Dos, tres noches; el tiempo, un ciclo de murmuraciones críticas, monótonas, desestimulantes.

***

Al concluir la cuarta representación, después de una pálida cena, Arminda me tomó sorpresivamente por la espalda. Quizás fuera esta noche la de los sueños felices, porque era sus senos comprimidos contra mi espalda mientras le sentía los temblores. Recorrí sus muslos. Detuvo mis manos, dispuestas a penetrarla. Aquel sigilo tan extraño a su comportamiento hizo que por fin decenas de Armindas estallaran en mi mente.

Giré de súbito.

Ella tenía los ojos aguados.

— El teatro semi vacío —murmuró—. Un fracaso.

Intenté besarla. Sus labios se unieron a los míos, pero estaban temblando y se disolvían en unas lágrimas tan ardientes como la satisfacción de su deseo. Sus labios tenían sabor a desespero. Entonces la llevé al piano y la obligué a sentarse en la tapa de las teclas. Yo me senté en la banqueta, con el aliento entrecortado, y levanté la extensión de su saya.

—Sí —la oí decir—. Tómame.

Y sus manos, ya en mi nuca, me inclinaron a la abertura de sus piernas. Sentí el olor y el calor, y los besé hasta consumirme en su fuego. Me puse de pie. Comencé a penetrarla con el mismo ímpetu de Van Deer al dirigir su orquesta. Arminda gritaba con placer y la oí reír con locura, como no lo hacía desde su última decisión. Su cintura se movía al son de los ritmos arrabaleros de su adolescencia y sus caderas me comprimían con espasmos salvajes, vaciándome, llenándose.

Finalmente, me dejé caer en la banqueta, mareado por la fatiga y perplejo por el silencio, con la cabeza gacha. A los pocos minutos, otra vez el arrebato y el deseo de volver a esas cadencias. Extendí las manos. Palpé la frialdad de mi piano. Entonces oí martillar el sollozo de Arminda. Estaba parada junto a la ventana.

—Toca —ordenó.

Busqué en la alternancia regular y blanquinegra de los marfiles. Toqué con la misma furia salvaje. Quería ahogar sus lamentos, dichos con un lenguaje desterrado por su capacidad exquisita, acerca de la desesperación de Trémolo y de que Van Deer era un mierda o algo así. Dejé de tocar. Me abalancé sobre ella, besándola donde pudiera como un demente. Hubo un ruido de cristales rotos y una piedra pasó junto  a nosotros, golpeando el retrato de Arminda, colgado en la sala.

Al mirar los cristales intactos y empañados, vimos una figura humana, borrosa, ocultándose en un callejón sin salida al mercado.

Durante la noche, el viento frío entró en nuestra casa.

***

Trémolo, eufórico, sacudió las rejas de la entrada, y vi que detrás de ella, Arminda bajaba del coche con la cara radiante de los primeros días de ensayo, y yo abandoné mi vigilancia sobre los cristaleros que reparaban la ventana para ver qué ocurría y Trémolo me estrechó la mano efusivamente –por primera vez no llevaba su bastón sable- diciéndome “¡qué callado te lo tenías, eh?”, y pasó su brazo sobre mis hombros, hablándome sin parar de una nueva distribución de las piezas musicales y de oportunos arreglos en las partituras que  el mismo Van Deer, impresionado, consideró dignos de encomio, y que todo estuvo tan ajustado al drama que el Teatro Metropolitano ha vuelto a llenarse después de dos representaciones suspendidas y una semana de forzoso receso, todo eso mientras Arminda me enseñaba el periódico con críticas elogiosas a su actuación “ni por debajo ni por encima de la música”, y Trémolo, sonriente, ¡ay de su sonrisa!, encendió uno de sus habanos sin esperar a que yo lo in vitara a entrar, llenándome el portal con sus cenizas, y “¿tus criados?”, y yo respondí que mi renta no alcanzaba para servidumbre. “la necesitas y la tendrás”, y lo vi echar el sobretodo en uno de los butacones, y él se arrojó en el otro “lo sabía, lo sabía, es un buen drama, pero sin música no funciona… buena música”, y sacó del portafolios una partitura para deshacer mi expresión atónita, y al final ,sí, vi mi firma, pero no podía ser la mía porque yo no escribía ni tocaba un pentagrama desde hacía bastante; y mis palabras se las tragó la lengua  de Arminda que se metió en mi boca  con un ardor que también enmudeció a Trémolo y él se puso de pie y “ahora tengo todo dispuesto para que se casen”, y lo miré de nuevo, y “es un deseo de Arminda, pequeño… no, no, no, nada de peros; te lo mereces por habernos salvado. No te preocupes por los gastos que en dos días recuperaremos toda la inversión”, y se carcajadea y su risa me parece de doble fondo.

No dije nada, no pude decir nada, viendo a Arminda correr de un lado al otro, de la sala a la cocina, de la cocina a la despensa, y de nuevo a la cocina y al comedor: “sí, prepara la cena, amor mío, que el señor Trémolo debe sentirse cansado y con hambre” –dijo.

— Estás muy callado, querido

Apenas tuve fuerzas para beber el último trago.

— Es que… todo ha sido tan rápido.

“Salud. Buena digestión”, y una palmada en el hombro. “Excelente trabajo, muchacho”. Yo lo miré por encima de las velas y lo admiré en su falsía. La luz de Trémolo comenzaba a cegarnos, y yo sólo vislumbraba, incluso, mis obsesiones, la obsesión de los besos de Arminda, el anillo en mi anular, en su anular, los brazos entrelazados en el ensayo de un brindis que debía ser. Copa de bacará en la diestra, cristales finos, cristal, cristaleros que disfrutan en casa el pago por su trabajo.

— ¿Quién habrá roto la ventana? —solté de pronto.

— Niños traviesos.

— O un joven.

— Vimos correr a una joven, querida —sentencié, pensando en los ímpetus de mi propia audacia.

Antes de irse, Trémolo pidió que lo acompañara al coche. Con un pie en la portezuela, me dijo de pronto:

— Hasta para encubrirte tienes buen gusto.

Su sonrisa demostraba cierta picardía. Le di a entender mi incomprensión.

Siguió diciendo:

— Esa muchacha, mediocre ella.... ¿cómo se llama?... Ah, sí Rita.

— ¿La conoce usted, señor?

— ¡Y cómo! —la expresión era de un júbilo chapucero— Ella me llevó tus correcciones.

.— ¿Y qué le dijo a usted?

— Nada, simplemente que tú me las enviabas porque habías captado algunos fallos en el montaje —y se reclinó en la comodidad de su asiento. Antes de que partiera, era sólo su voz— ¡Buena presa, pillo! ¡Felicidades!

***

Otra vez era Rita vestida, sentada en mi mueble más caro.

— ¿Debo confesarlo, maestro?

 Yo le cogí la mano. Se dejó guiar.

—Sí –le dije.

— Yo hice el nuevo plan musical de la obra —dijo con una soltura inesperada; y escribí los arreglos. Yo imité su firma, maestro.

— ¿Por qué?

— Le dije que ustedes serían felices —se interrumpió. Sus ojos no pudieron soportar los míos, y vagaron por los rincones—. Yo quería que usted fuera feliz como hace tiempo, cuando lo aclamaban en la calle como un genio precoz.

— ¿Feliz? ¿Sabes lo que sentí casándome?

Porque a la semana siguiente fue la boda, en el escenario mismo. Odié aquella ceremonia que no había imaginado sino en lo recóndito de un gabinete notarial donde no se escucharan los discursos de Trémolo, anuncio de obras benefactoras que estaba dispuesto a emprender gracias a la sabia (¿oportuna?) colaboración de gentes como Arminda y yo. Quise correr entre las filas de invitados y salir de allí. Pero no. Caminaba, mirando de soslayo las uñas de Arminda sobre mi mano, rígida por el frío de una prolongada espera. Quería oír el rimbombante sonido de mis sinfonías favoritas. Llegó a mis oídos la única música de aquella tarde, la marcha nupcial interpretada por un pianista endeble; y no supe si maldecirla u ocupar su lugar para auto disfrute de unas notas que me preguntaran: “¿Aceptas por esposa a Arminda?”, y luego un crescendo y oír: “Que nadie separe lo que Dios une”.

 

Me separé de Arminda unos momentos para servirme un trago de vino. Estábamos en el camerino, ella, Trémolo y yo. Era una reunión que mis contenidas sospechas  convertiría en la triste parodia de un festejo reservado.

— Cambia esa cara, hombre —me dijo—. Tal parece que el mundo se te viene encima –y al desatarse la corbata alcancé a ver bajo el cuello de su camisa la marca de sutiles arañazos- ¿Quién no se sentiría contento por atrapar semejante preciosidad? —y lo vi mirar las nalgas de Arminda.

Me tomé mi trago.

Me senté cerca de él.

— Trémolo —le dije, aprovechando una ausencia imprevista de mi esposa—. Ayer se presentó en mi casa la muchacha que fue tu alumna: Rita.

Le vi una expresión de sorpresa y solemnidad.

— ¿Y?...

— Me pidió que fuera su maestro.

— Pierdes el tiempo —también él se sirvió un trago—. Le falta pasión.

— Y sin embargo…

— ¿Qué?

 Su estilo fue el de un sesgo imperativo.

 Imaginé y adiviné sus subterfugios: los infinitos diálogos y poses frente a un espejo; la sonrisa , evidentemente estudiada antes de exhibirla para encubrir su mal humor congénito; y al poco tiempo, esas partes de una torpeza ilegible para profanos, me permitieron ver al otro Trémolo, el que escondía sus lances con bailarinas y auxiliares de escena tras telones y cortinajes, o el que entraba de improviso en los camerinos para sorprender actrices semidesnudas…

Y vi la sombra de Rita cabalgando mi fama, tan espectacular como efímera.

—No, nada —dije—. Parece que estamos borrachos, señor Trémolo.

 Unos cuantos billetes; he aquí lo que iba a prolongar hasta el amanecer la trivialidad del diálogo, las miradas chispeantes centradas en la anatomía de mi esposa y aquellos chistes verdes que, mezclados con vino no debían tener tan mal sabor.

Trémolo había llamado a un empleado del teatro para enviarlo a buscar más bebida. Yo me ofrecí. Afuera, un rayo iluminó la inconstancia de una llovizna.

Cogí el abrigo y salí. Me guiaban pensamientos poco agradables ligados a la sensación de una libertad merecida. Después de comprar el licor fui vagabundo por media hora. Hacía tiempo que no andaba con tales contradicciones, tenía la impresión de estar solo, sin capacidad ni fuerzas para pedir ayuda. A mi alrededor todos parecían andar dándome la espalda; y al mismo tiempo una seguridad que emanaba en cada metro superado. Eran las mismas calles que soportaron la firmeza de mis pasos y me recibieron con respetuoso silencio al terminar un concierto, una charla musical. Entonces Arminda se colgaba de mi brazo y llevaba el dichoso rejuego del drama y de la sátira. Ahora eran calles heridas por el bastón sable de Trémolo y su dolor se reflejaba en la tarde de mi boda, en la muerte prematura de su puesta de sol. Anochecía. El cielo súbitamente gris. Los vi salir del teatro, y alejarse. Iban cogidos de la mano. Buscaba refugio. Pero  el cielo se precipitó en cascadas sólo cuando los vi besarse.

En esos momentos quise subir a la altura de Trémolo, escalar los peldaños de su experiencia y humedecer con ellos los labios de Arminda.. La imagen de aquel tutor, junto con la de todas sus obras, la algarabía de las gentes, panegírica, laudatoria y el bastón en su mano, mientras las uñas lo arañaban, hicieron que olvidara las calles sin involucrar el nombre de Rita.

 

Yo, con barba de tres días, acostado en la cama. Arminda, a mi lado, aguantando el pañuelo con cataplasma para mis fiebres. Sus uñas seguían siendo largas, y su maquillaje seguía trayéndome los espacios del Metropolitano. Más allá, Trémolo no alcanzaba a disfrazar la verdadera intención de aquella mueca; por eso repetía: “¿vas mejorando?”; y siempre la respuesta era la voz de Arminda:

— Un resfriado demasiado fuerte —se interrumpía—. Pero saldrá de esto —agregaba y su mano estrujaba el pañuelo y su mirada me arrugaba la frente.

— Trémolo —dije con tono agónico. Lo vi acercarse,  tapándose la nariz. No soportaba el olor de mis medicinas—. Perdone que lo tutee, pero me siento morir… Quisiera, quisiera…—un delirio enrejado: esos eran mis pensamientos “Hijo de puta. Difícilmente sepas lo que es despertar en esa mujer un arranque pasional; se necesita abandonar el fantasma del maestro en las teclas”.

— ¿Sí? ¿Qué quieres?

— Tal vez una última voluntad.

— ¡Ah!. No digas eso. No exageres…

“¡Hijo de perra!”

— Quiero hacerle una propuesta, señor Trémolo —lo vi echarse hacia atrás, con un movimiento brusco, evitando el brote espontáneo de mis carraspeos y estornudos—. Usted dijo... dijo que podría correr sobre cualquier superficie de acuerdo con quien lo hiciera moverse. Ahora puede moverse solo —su rostro adquirió la solemnidad de aquel día—. Quiero organizar un concurso de piano. Competencia eliminatoria. Tres rondas. Sin cortapisas para los competidores.

— Deliras —dijo Arminda, cruzando una rápida mirada con Trémolo.

“Difícilmente la hayas visto levantarse de mi caro diván con las mejillas henchidas de emoción, y abrazarme, y besarme… sólo yo puedo practicar mi exorcismo”.

— ¿Cuánto habré de sufrir todavía para disfrutarlo? —dije, y enseguida abrí la boca haciendo brotar la tos artificial, concluyente.

Trémolo tenía la misma expresión de unos momentos antes. Pero le descubrí en la cara una seriedad extraordinaria. Su mano se posó en el hombro de Arminda.

—Muy bien —dijo—. El ganador irá al concierto ante el Primer Ministro.

Y ella, con una sonrisa sincera, se volvió a velar por mis ronquidos.

 

Una semana después yo estaba caminando la sala de un extremo a otro escuchando la cuidadosa interpretación que Rita hacía del concierto Emperador. Estábamos lejos del Metropolitano, solos en mi casa, desde donde mi imaginación se expandía a oír las risas de Arminda, a esas horas seguramente en brazos de Trémolo. Recuerdo que apenas tuve que esforzarme por evitar el asomo de cualquier disgusto. Miré a Rita. Me sentí complacido, transportado por una alegría singular. Me atrevería a decir que aprendí a ser feliz aprendiendo a ser alumno. Yo aprendí bajo la instigación de mi propia trampa.

Le enseñé el periódico cuando concluyó. Allí estaba el anuncio del concurso.

— Quiero que participes.

— Voy a ganar —respondió.

Y yo la adiviné magistral en las tres fases del certamen con su despliegue de amor y respeto por el maestro. Quizás cuatro manos (nuestras manos) bastaran para la ilusión de un rápido ascenso; quizás sólo dos (las mías) fueran concientes de la tarea, como dos (las suyas) lo fueran del peso de su triunfo.

Pero en la actuación final, frente al Ministro, ella debía fracasar.

— ¿Por qué? —me preguntó.

Suspiró.

Me había trazado un plan sencillo de complejas repercusiones. Iba a desprestigiar a Trémolo y por eso necesitaba ver el rostro molesto del Ministro cuando escuchara las rechiflas y abucheos de su público acompañante y lo viera levantarse ofendido por los deslices técnicos de una pianista sin inspiración, fría, casi principiante, sentada en un podio reservado a triunfadores; sólo que Rita sí tenía inspiración y talento, y amor. Ella tenía que ayudarme. “Vamos a vengarnos en serio. Las pagará todas juntas”. Su desilusión casi me hizo enloquecer, llevándome a invocar ultrajes de aquel amante sin corazón, sus riquezas empleadas en apariencias filantrópicas, sus traiciones. Era hora de que Rita sobrepasara la suplantación de mi placer robado: “¡Tres semanas!” —dije, y me arrodillé delante de ella— “Han sido días de tortura, Rita”. Ella tenía que comprender, que ser, sencillamente ser; o sea, verla dotada de un sentido al andar los vacíos de mi casa. “Para algo debe servir mi música, nuestra música, la que está prendida en ti; para algo debe servir ahora que sus expansiones, por la reiterada presencia de la insidia, me descubren lo vano del tiempo”.

— Pobre maestro —dijo—.Usted tuvo su consagración prematura. Ahora debo tener la mía.

— Pero, ¿qué debo hacer? ¿romperte las manos?

Ella cogió el periódico. Tenía ojos de espanto al principio. Luego, inundándolos con una conmiseración humillante, me enseñó el impreso con caracteres góticos dentro de un recuadro formado por flores entrelazadas.

— Ven, ven aquí —me señaló entre las bases un acápite en el que resaltaba una edad límite para los futuros concursantes—. Estoy en los lindes —añadió Rita—. Yo tengo esa edad.

— ¡Maldito! —grité, reprimiendo el acuerdo entre sollozos—. Le dije que no pusiera cortapisas.

Rita acarició mis cabellos.

— No me abandones —le dije—. Si triunfas tú, triunfa Trémolo.

Ella puso el calor de sus dedos en mis mejillas. Sentí una ligera presión y me dejé guiar. Yo miraba sus ojos cuando dijo:

— El que esté libre de pecados, que tire la primera piedra.

Y ahora la veo, al fin consagrándose. Estoy allí, con ella en el escenario, guiándole el movimiento de las manos. La digitación de Rita tiene la marca acompasada de mi magisterio. Pero antes de tomar esa vanagloria como reserva de mi ánimo preferiría ver un destello circular y metálico parpadeando en su mano izquierda, reiterándose en las pausas del concierto en do menor, haciéndome guiños desde nuestra complicidad con el maestro.

 

FIN

2001

 
por Adriel Gómez
adriel@casa.co.cu

Ingresado en Letras Uruguay el 13 de junio de 2013

 

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