–Clara fue el motor de esta novela. Yo descubrí a Clara en un libro sobre Franco y los nazis, en aquella época en la que leía sobre Franco y cualquier cosa: Franco y las matemáticas, Franco y el dólar… Lo primero que me impresionó de Clara fue que viviera en Galileo 14, tan cerca de mi casa, y la cantidad de veces que yo pasé por delante de la suya. Luego empecé a buscar información sobre ella y ya se apoderó de mí. Como personaje, es un tesoro. No es nada fácil de definir, tiene muchas capas, muchas dimensiones: es una mala que tiene luces.  

–No es una mala tosca.

–No. Y es una mala con sentimientos, aunque sus sentimientos vayan dirigidos a gente de lo peor. Esa especie de ambigüedad moral del personaje es fascinante.  Ella fue la fundadora de la Sección Femenina de la Falange, que fue el organismo que decidió la vida de las mujeres españolas durante la dictadura. Ella nació en España, se fue a dar el bachiller a Alemania, se hizo nazi, volvió a España cuando se proclamó la República; entonces ella se hizo a sí misma gracias a las libertades republicanas. Y lo primero que hizo cuando Franco ganó la guerra fue prohibir a todas las mujeres españolas la condición que a ella la había convertido en lo que era. Me llama la atención su eficacia, porque su trabajo lo hizo muy bien. Aunque trabajó para la flor y nata del mal, los criminales nazis, fue una mujer tremendamente abnegada, sacrificada, entregada a su causa. Para los nazis de toda Europa, Clara Stauffer era un nombre mítico, como una hada madrina. Me parece que para que los malos funcionen bien en una novela tienen que tener luces. Y Clara traía las luces de fábrica.

–Un tema que la sensibiliza es la historia de los republicanos en el exilio y sus empresas locas o sus intentos vanos de tratar de volver o de infiltrarse en alguna organización. 

–En España, hay mucha gente que cree que los exiliados se exiliaron para exiliarse. Muchos no pararon de maquinar y de intentar por todos los medios que la ONU no admitiera a Franco. Y lo consiguieron hasta los 60. Cuando (Dwight) Eisenhower le abrió los brazos a Franco, ya no hubo nada que hacer. Pero intentaron que hubiera sanciones, que no admitieran a España en los organismos internacionales. Estuvieron haciendo esa guerra que parecía que estaba perdida durante muchos años. Los españoles no somos conscientes de lo que significa decir Luis Buñuel, cineasta español, Luis Cernuda, poeta español, Max Aub, narrador español. A lo largo del siglo XX, exilios mucho más cortos que el español han acabado con la nacionalización instantánea de los exiliados. Pero los exiliados republicanos fueron pesadísimos y ellos fueron españoles hasta el final. Murieran adentro o murieran afuera, ellos murieron como españoles. La riqueza que representa eso para los españoles es descomunal. Yo creo que la democracia española nunca ha agradecido, ni los españoles son conscientes de lo que significa eso. ¡Claro que me enternece el exilio, cómo no me va a enternecer! Una periodista argentina, a lo mejor fuiste tú, cuando vine a presentar Inés y la alegría me preguntó: “¿no vas a escribir nada sobre los reemigrados?” ¿Reemigrados? ¿Qué son los reemigrados? “Que hubo muchos republicanos que hicieron su vida aquí y se tuvieron que volver a España con el golpe de Videla”, me dijo esa periodista. Es una realidad que, desde España, no la había pensado. Y eso que el exilio me enternece. Entonces empecé a pensar en tratar el tema seriamente. En medio de mi intento de darles un futuro feliz a mis personajes, a Manolo se lo doy pero regular porque tiene que volver a su país con las manos vacías. Pero me apetecía contar esa historia por la ternura que me dan los exiliados y también para contar la historia del cónsul que no sabe qué hacer con Manolo porque los exiliados no salían en la casilla. 

–La ventaja para ese cónsul es que Franco ya está muerto.

–Si. Y los diplomáticos del PSOE ya están en las embajadas. En esta novela se ve muy bien también lo que fue el exilio interior. Guillermo es un ejemplo perfecto del exilio interior: no se exilia porque no pudo, porque sólo pudo intentar exiliarse la gente que estaba cerca de las fronteras. Guillermo tiene que vivir como exiliado en su propio país durante toda la dictadura. Él encuentra un camino para reunirse consigo mismo cuando puede volver a trabajar como médico para el partido comunista de España. Esa es otra historia que me gustaba mucho contar: la del estado paralelo que montó el PC en España durante la dictadura.

–Son las vidas clandestinas adentro y afuera, ¿no?    

–Sí, es lo mismo: el exilio y la clandestinidad adentro y afuera. Manolo y Guillermo son compañeros de viaje, pero no son militantes, no tienen un partido detrás que les proteja porque Manolo es diplomático y los diplomáticos no se pueden afiliar a ningún partido. Guillermo es médico y en la guerra está tan obsesionado cortando piernas que tampoco se moviliza porque bastante tiene con lo que tiene. Me gustaba contar cómo dos compañeros de viaje, o sea dos republicanos sin partido, son capaces de comprometerse hasta el final y se convierten en héroes accidentales, héroes por azar. Lo que les lleva a afrontar peligros y riesgos que algunos héroes profesionales quizá no habrían afrontado es el tipo de cosas que nos lleva a la gente normal a comprometernos, porque tú en la vida te involucras siempre por amistad, por lealtad, por gratitud, por cariño, y eso es lo que hace que ellos se metan en un laberinto considerable del que salen bien de milagro, pero no enteros por completo… No vamos a hacer espoiler, pero tienen que hacer cosas que luego les marcarán toda la vida… Me gustaba escribir una novela de espías que no pertenecen a ningún organismo oficial, que no tienen detrás ninguna estructura.

–El abanico temporal de la novela, desde la Guerra Civil hasta la dictadura cívico militar, muestra también algo que sucedió: cómo personas de izquierda en general, republicanos en el caso de la novela, huyen de una dictadura para después, a la larga, terminar cayendo en otra.

–¡Tuviste que ser tú la de los reemigrados! (risas). En España decimos salir de Málaga para caer en Malagón. Para los españoles lo que pasó es que después de la Guerra Mundial los aliados decidieron que Franco les gustaba más que los demócratas españoles. Entonces los que vivían afuera se quedaron completamente desprotegidos y a merced de los vaivenes de la historia. Los nazis perdieron la guerra, pero ganaron la posguerra y convencieron a los aliados de que se habían equivocado de enemigo y de que ellos podían ayudarles a luchar contra Stalin. El abandono de España en manos de Franco en el 45 es el principio de la Guerra Fría. Los golpes de Estado de las dictaduras Latinoamericanas de los 70 son el final de la Guerra Fría; son el principio y el final de lo mismo. Los republicanos españoles que vinieron a Argentina están al principio y al final de una goma que se tensa y se destensa. Y al final se rompe, ¿no? Una cosa que me gustaba meter de la figura de Manolo como reemigrado es que nosotros los españoles cuando miramos para atrás las dictaduras de los 70 nos espeluznan mucho porque nos recuerdan al golpe de Estado del 36, porque hay ahí una especie de parentesco que algunos dictadores latinoamericanos reconocieron abiertamente. Pinochet decía que Franco era su ídolo. (Juan María) Bordaberry se definía como franquista. Y luego está la parte hipersiniestra de la represión, de la que España fue pionera, y es repugnante decirlo. Lo de concentrar a gente en estadios en España. En la Guerra Civil, las concentraban en las Plazas de Toros. Lo de robar niños a las presas es una especialidad española cien por cien. Es una especie de bucle de horror: no solamente nos une el idioma y la cultura, sino también el terror.