Identidad cultura y “Nuestra América” 
Dra. María de los Milagros Flores Corbelle

“(…) Nacer en América es haber nacido en tierra donde

el corazón, como fuera de él, lucen astros nuevos, arden

Fuegos vírgenes, corren ríos oceánicos”.

 

                                                                                                      José Martí

 

                                                            “Ande por donde ande, yo no dejo de saber a que

                                                            tierra pertenezco si la llevo puesta, si camino con

                                                            ella, si soy ella”. [1]

 

                                                                                                       Eduardo Galeano.

Ofrecer algunas ideas no acabadas pero que permitan una somera reflexión acerca del tema de la Identidad Cultural y sobre todo a partir del ensayo “Nuestra América” de José Martí,  para mostrar la vigencia de su pensamiento resulta una tarea difícil, tanto por el aspecto que aborda, como por la figura y la dimensión que posee, pues significa enfrentarse al poeta, orador, ensayista y revolucionario, es decir, empleando las palabras de Armando Hart Dávalos “Un Genio de la política, de la literatura y del  pensamiento universal” [2]. Por ello la reflexión y estudio es posible desde múltiples aristas, entre las que se encuentran: la histórica, como hombre de letras, poeta, para develar el contenido de su ideario y otras más.

 

En estos marcos la selección se matizó desde el punto de vista de mi formación profesional, y en pensar y repensar acerca de nuestra Identidad Cultural a partir del ensayo del 10 de enero de 1891 “Nuestra América” de José Martí, donde en apretada síntesis se plantea valiosas ideas acerca del tema, no sólo por su carácter sintético sino además, como señala Fernández Retamar en el prólogo a la edición de Casa de las Américas, donde afirma como en lo esencial en primer lugar en:

 

· 1891 (fecha de publicación) se encuentra (en José Martí) “Plenamente formada su concepción de la naturaleza y destinos de nuestros países”

· En Segundo Lugar: es consecuencia de la contraposición de nuestro ámbito histórico en relación a otros, que le permiten destacar con energía los rasgos diferenciadores de Nuestra América

· Tercer lugar: en el ideario martiano los rasgos diferenciadores se producen como proceso hasta llegar a una  conformación madura, plena y profunda de nuestra identidad

· Cuarto lugar: que la concepción y trabajo se inserta en la Declaración de la II Independencia latinoamericana, es decir, el salir del yugo colonial  español y el avizorar la voracidad del Norte y por tanto su esencia su ideario antiimperialismo. [3]

 

Pero por otra parte existen dos valoraciones (quizás un poco extensas, pero que tomamos la licencia de reproducir) acerca de “Nuestra América” que ameritan su trascripción al  develar momentos esenciales que justifican a plenitud el interés de abordar esta vertiente y la urgencia de la misma al afirmarse “Nuestra América como ensayo-resumen de la teoría sociofilosófica de Martí, en torno a la identidad latinoamericana, constituye programa rector del quehacer de nuestros pueblos y al mismo tiempo instrumento desmitificador de conciencia, conceptos y prejuicios obsoletos . De modo elocuente muestra la necesidad de partir de nuestra realidad, de conocerla y asumirla como creación de nuestra base del porvenir, (…) [4] y que el autor con antelación recogerá de la siguiente forma “Precisamente el ensayo Nuestra América”(1891) constituye una síntesis concreta, de la revelación de nuestro ser esencial y sus formas aprehensivas (sentimientos y conciencia históricas). Es un manifiesto programa del ser esencial de nuestra América e incluye sus perspectivas de desarrollo”[5], y caracterizándola como programa científico de lucha, compendio creador de la identidad de nuestros pueblos y las formas y medios para preservarla y enriquecerla y continuando la idea plantea: “Es la autoconciencia de nuestra América mestiza, con sus culturas nacionales, latinoamericana y henchida de vocación de universalidad, que preludia como ideal de la América Nueva”[6].

 

Una vez dejado establecidos estos aspectos podemos señalar que acerca de la Identidad Cultural mucho se escribe, y debate, por el valor que posee en la contemporaneidad, donde el proceso de Globalización reafirma cada vez más su perdida, la imposición de modos de cultura internacionalizados e internalizados por los medios masivos de comunicación, de la educación, de todos los mecanismos políticos e ideológicos que garantizan el estado de cosas existentes, en relación a los intereses  económicos de los países desarrollados, que imponen, venden y extrapolan aquellas maneras de hacer y pensar en correspondencia a su modus vivendi, por eso la necesidad de repensar en la identidad de nuestros pueblos es un imperativo insoslayable y que exige volver a las raíces, manera de comprender cómo el abordar la problemática pasa necesariamente por el análisis de lo universal y lo particular en su unidad dialéctica contradictoria, de la relación en oposición de lo endógeno y exógeno, de lo autónomo en su relación con lo foráneo, en su síntesis. Eso condiciona la reflexión acerca de la Identidad Cultural en general y en particular en la América Latina, y dejar esclarecido qué es lo que  se refleja con dicho concepto, qué rasgos engloba y qué elementos  rechaza, y cuáles son los factores metodológicos que permiten definirlo.

 

El volver a nuestras raíces, no significa  detenerse sólo en el concepto de Identidad Cultural para determinar los rasgos que permiten interpretar aquel sector de la actividad del hombre  que se recoge o el establecimiento de los factores de la producción material y espiritual que se fijan en el término, sino hurgar en la profunda necesidad del rescate, defensa y desarrollo de la identidad de los pueblos latinoamericanos a partir de la interpretación de que el  concepto presupone al dice de Rigoberto Pupo, en “Aprehensión martiana  de Juan Marinello”, una relación de síntesis donde “sustanciando lo propio, lo endógeno, con vocación de universalidad, reclama su existencia independiente, como prerrequisito para  insertarse en la modernidad sin ser eco y sombra de culturas exógenas”. [7], por eso el volver a la lectura de cada una de las obras de José Martí, de sus discursos, ensayos y el análisis de su propia vida y acción, son aportes valederos del papel de la identidad en las luchas de independencia, así como en las formas de proyección de los hombres de la América, de su porvenir, dignidad y decoro como naciones. Dentro de la vasta obra del  apóstol, tal como se ha mostrado, un lugar destacado por su síntesis, lo constituye indiscutiblemente el ensayo “Nuestra América”, donde al proyectar en el plano político la concepción de las formas de gobierno que debían caracterizar nuestras regiones como  programa a cumplir en las luchas por la independencia, se expone con plena claridad los aspectos característicos que adquiere en los más variados planos de la actividad este concepto y la vigencia como arma teórica y práctica para el engrandecimiento de nuestros pueblos. En relación con lo anterior Martí afirma en l ensayo objeto de nuestra atención,  epocalmente determinado, al apuntar: Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser de nuestras repúblicas[8] señalando más adelante que ello es “(…) producto de las peculiaridades de los pueblos americanos” [9].

 

Con esta afirmación se manifiesta el rechazo al mimetismo, a una interpretación vulgar y simplista de la Identidad Cultural, a las concepciones  nacionalistas y chovinistas, así como  a la explicación del fenómeno de forma estática y esquemática como suma mecánica de características presentes en determinada región. En relación al primer aspecto, podemos constatar como Martí afirma “Estos hijos de carpinteros, que se avergüenzan de que sus padres sean “carpinteros” ¡Estos nacidos en América que se avergüenzan, porque llevan delantal indio, de las madre que los crió, y reniegan ¡Bribones!, de la madre enferma y  la deja sola en el lecho de las enfermedades! que sólo ven el valor de las expresiones culturales que nos imponen los países desarrollados  y reniegan de los valores culturales creados por nuestros pueblos”[10], oponiéndose con ello a la mimesis, que conduce de extrapolar formas y costumbres ajenas a nuestra idiosincrasia, hábitos y costumbres que en el mejor de los casos, provocan el desarraigo de los hombres de su tierra,  pero los cuales en última instancia, constituyen factor que permiten el dominio de unos pueblos sobre otros, al  condicionar la sobrevaloración de los exógeno, de los foráneo, lo cual significa la destrucción de aquello que cualifica a una región en relación a otra, la aniquilación de la rica herencia y el desprecio de todo aquello que nos liga  a los hábitos, tradiciones y nos vinculan a nuestros pueblos, no en el sentido estrecho de un pedazo de tierra (lo que no se niega), sino de lo que nos nutre y brinda nuestra forma de ver y asimilar creativamente nuestra realidad a partir de nuestra cultura .

 

En oposición a ello, no es casual que Martí reconociera en relación a la América Latina que “Toda obra nuestra, de nuestra América robusta, tendrá, pues inevitablemente el sello de la civilización conquistadora: pero la mejorará, adelantará y asombrará con la energía y creador empuje de un pueblo en esencia distinto, superior en nobles ambiciones, y si herido, no muerto. ¡Ya revive! “[11], pues si bien todo lo que sea imitación, calco mecánico es rechazado, ello no implica un nihilismo, o una destrucción de lo universal, de lo aportado por otras regiones, sino una asimilación crítica,  enriquecida, matizada y completada por nuestras culturas. Tampoco un desprecio simple de la cultura que se impone a través de la conquista, colonización y con posterioridad neocolonización a que han sido sometidas estas regiones, sino por el contrario el reclamo de lo vivo, de lo universal creado por otros países,  aquello que engrandece el acervo cultural de los pueblos, pero a partir de lo que nos define como cultura, de lo que aporta nuestras costumbres los que en fusión dialéctica habla de una región nueva en principio, en esencia distinta, pues no es sólo la asimilación crítica o mecánica, o la simple suma de culturas (lo que es imposible a partir de la conquista, pues esta significó el intento de destrucción de una cultura no entendida y despreciada por el colonizador, y la que se prohibió, entre otras cosas en nombre de su carácter primitivo y salvaje, ni tampoco la recepción de elementos procedentes de otra cultura, sino un proceso  que implica la formación y transformación de elementos culturales y con ello la creación, recreación de hábitos y nuevas costumbres en donde en fusión nueva se dan elementos de ellas, pero diferentes, distintos, nuevos en esencia.

 

Al destacar como nuestros pueblos, se caracterizan por su mestizaje, lo que apunta a su carácter procesal, no son simplemente la suma de ellos,  o de diferentes razas, pues toda la América, y Cuba como parte de esa América es un producto del proceso de integración, del mestizaje del conquistador español, del indio, y del esclaro africano desarraigado de su tierra. Nuestra América es la confluencia de todas esas culturas conformando algo esencialmente original a consecuencia de la transculturación produciéndose cambios y mutaciones en todos y cada uno de los planos  y formas de actividad y vida, y de cada una de las expresiones culturales que convergen y determinan algo naciente, con características que van dominando la sociedad, ya no el colonizador, ya no el colonizado, no ya el extrapolado o desarraigado de su tierra e inserto en una nueva geografía y nuevas formas culturales, sino un invisible y penetrante proceso de encuentro, confrontación y mezcla de herencias culturales vivas, modificadas y modificables, alteradas, transformadas originalmente.

 

De ahí la enérgica crítica al concepto de raza desarrollada en Martí, por la profunda comprensión de lo que ésta podía significar para nuestros pueblos en general y en especial en Cuba en y durante nuestras guerras por la independencia y que aún en la  contemporaneidad encuentra plena validez,  y que él reflejó en el artículo “Mi raza” al  decir, “Esa de racista está siendo una palabra confusa y hay que ponerla en claro. El hombre no tiene ningún derecho  especial por que pertenezca a una u otra: dígase hombre, y ya se dicen todos los derechos”, y a continuación plantea: “Todo lo que divide a los hombres, todo lo que lo especifica, aparta o acorrala es un pecado contra la humanidad.”  y afirma más adelante “No hay odio de razas, porque no hay razas. Los pensadores canijos, los pensadores de lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería, que el viajero justo y el observador cordial buscan en vano en la justicia de la Naturaleza, donde resalta el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal de los hombres. El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos n forma y color. Peca contra la Humanidad el que fomente y propague la oposición y el  odio de las razas.”[12], destacándose además el concepto de identidad, en la comprensión de la esencia del hombre, no sólo como género, sino como representante de la humanidad.

 

La concepción martiana acerca de La América Nuestra como algo esencialmente distinto, algo más, con características propias, específicas, se encuentra presente en la argumentación en su época de Don Fernando Ortiz [13], cuando afirma que la Identidad Cultural cubana se caracteriza como un ajiaco al plantear: “en todo nuestro pueblo ha tenido como el ajiaco  elementos nuevos y crudos acabados de entrar en la cazuela para cocer en un conglomerado heterogéneo de diversas  razas y culturas, de muchas carnes y  cultivos, que se agitan, se entremezclan y disgregan en un mismo bullir social, y allá en lo hondo del puchero una masa ya pasada, producida  por los elementos que al desintegrarse en el hervor histórico han ido sedimentando sus más tenaces esencias en una mixtura (…) que ya tiene un carácter propio (…) mestizaje de razas, mestizaje de culturas.”[14]

 

De ahí que encontremos en Don Fernando Ortiz [15] como herencia y continuación del pensamiento de su época, un rechazo también al concepto de raza o de racismo, las que entendió como contraproducentes y perjudiciales, ya que en su consideración ellas  conducían a dividir y con ello, cumplen la función de ser elementos disociadores, tanto en el sentido universal, como en las condiciones de nuestras regiones, expresiones de un  múltiple proceso de mestizaje de variados pueblos, razas, por ello señaló, que lo importante, lo que nos pertenece troncalmente, en realidad es una misma cultura, con lo cual plantea la formación de nuestra Identidad Cultural como proceso de transculturación donde se produce la integración de valores culturales, que van a dar origen a una cultura nueva que recoge la herencia de la confluencia de todas ellas, pero expresada de forma cualitativamente diferenciada, y donde junto a la herencia de lo propio, autóctono, encuentra su expresión lo foráneo en su universalidad, pero no de igual forma, sino  matizada, enriquecida, transformada, engrandecida como un profundo proceso, el cual permite comprender nuestra identidad, esa Identidad Cultural que informa de los rasgos comunes, específicos, singulares, propios que caracterizan a un grupo, región o zona del  mundo y que hablan de sus costumbres, hábitos, tradiciones,  comportamiento y de en resumen de las formas de pensar, hacer y crear, así como una peculiar forma de asimilación, lo cual permite su diferenciación con respecto a otros pueblos y regiones del mundo y a la par los identifica.

 

Es el concepto de transculturación, en oposición al empleado en la antropología de aculturación, deculturación o enculturación [16], donde se expresa toda la riqueza de lo que significa la Identidad Cultural. Es importante destacar como este proceso implica pérdida  de elementos de ambas culturas, en ocasiones procesos sincréticos, los que se producen espontánea o concientemente, y en ocasiones supone elementos positivos y negativos, que en su desarrollo se van enraizando eliminando y en específico configurando una cualidad  distinta a las anteriores, en las cuales están presentes todo un conjunto de factores que van desde lo cotidiano a formas ideológicas y políticas, pero todos confluyen en el proceso.

 

Por otra parte, la concepción martiana se encuentra exenta de posiciones chovinistas o un nacionalismo estrecho [17], en la medida de que se pronuncia con plena convicción de la necesidad de la asimilación de lo universal de la cultura de todos los pueblos del mundo (entiéndase  aquí, cultura en su sentido más amplio, como toda creación material y espiritual de los hombres, la humanidad y el proceso de asimilación de los logros de la misma) pero asimilada, no como calco, como copia, no como elementos a imitar acriticamente, sino como proceso crítico bajo el prisma de nuestra nacionalidad; lo mejor creado por la humanidad en interrelación con nuestras costumbres, tradiciones, idiosincrasia, hábitos, en fin nuestra herencia cultural intentada tronchar por el proceso de colonización del pasado y de neocolonización de la contemporaneidad, por ello al decir de Don Fernando Ortiz, de  transculturación, con todas las implicaciones que conlleva esa dominación.

 

Elemento que no escapa al ideario martiano al señalar: “Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura de su sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de nuestra generación”[18].

 

Con ello nos habla de hacia dónde y cómo hacer nuestro futuro, por ello la profunda convicción que mueve al apóstol al decir  “(…) ésta es América, la tierra de los rebeldes, y de los creadores.”[19]

 

Por último a modo de conclusión pero sin agotar el tema (pretensión imposible de lograr) y sin querer poner fin a temática siempre abierta a la reflexión, recurrente e indispensable para la formación de una concepción política, de valores en general, podemos reconocer que la lectura del ensayo “Nuestra América”, el análisis  de la Identidad Cultural como imperativo práctico en su época y en la actualidad, para la integración de culturas, por ello no es casual que afirme como imperativo necesario en nuestras regiones “La América ha de promover todo lo que acerca a los pueblos y de abominar todo lo que los aparte”[20]   y con ello expresa la esencia de la enseñanza que nos lega el ideario martiano, la actualidad manifiesta en constituir una orientación de hacia donde y cómo hacer nuestro futuro, por ello el significado que le concedo a la afirmación del Apóstol [21] al decir, “(…) esta en América, la tierra de los rebeldes, y de los creadores”.


Referencias:

 

[1] Galeano, E. El Tigre Azul y otros relatos. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1991 p. 36.

[2] Hart Dávalos, A. Revista Bohemia. 150 Aniversario 24 de enero 2003. p. 23.

[3] Fernández Retamar, R. Prólogo a la edición Casa de las Américas. Colección Nuestra América, 1974

[4] Pupo Pupo, R. Identidad y subjetividad humanan en Martí. Universidad Popular de  Chontalpa. H. Cárdenas. Tabasco, México 2004. p. 115

[5] Ibíd… al 4. p. 112

[6] Ibíd… al 4. p. 112

[7] Pupo Pupo, Rigoberto. Aprehensión martiana de Juan Marinello. Editorial academia. Serie Tributo. La Habana 1998, p. 76.

[8] Martí J. Nuestra América. Colección Nuestra América, Casa de las Amnésicas, 1974. p. 24.

[9] Ibíd.. p. 24.

[10] Ibíd.. p. 24

[11] Martí, J. Los códigos nuevos. Colección Nuestra América. Casa de las Américas, 1974. p. 347

[12] Martí, J. O.C. Tomo 2. Cuba. Política y Revolución. Editorial Nacional de Cuba. Artículo “:Mi raza” p. 298

[13] Don Fernando Ortiz, prolífero escritor del siglo XX en Etnografía, Historia, Folklore. Una de nuestras máximas figuras.

[14] Iznaga, D. Transculturación en Fernando Ortiz. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1987. p. 51

[15] Ortiz. F. Martí y las razas. Revista Bimestre Cubana, La Habana, 48 julio-diciembre, 1941.

[16] Aunque se emplea preferentemente en la antropología los términos de deculturación, aculturación o enculturación, en los marcos del presente artículo se utiliza el de transculturación formulado por Don Fernando Ortiz ya hace más de cuatro décadas, pues este término denota a nuestro criterio, no la negación de una cultura por otra, ni la fusión mecánica de una con la otra, ni la simple mezcla de ellas sino el proceso dialéctico de transformación donde conservando y negando de ambas se produce la transformación y surgimiento de un nuevo producto, diferente pero que recoge de todas las culturas en su integridad y en todo el proceso en su complejidad.

[17] La nacionalidad, no como estrecha pertenencia a un espacio de tierra, sino como expresión de amor a los valores, tradiciones y culturas, factores psicológicos, aspiraciones, que vinculan a una nación con otra geográficamente, de ahí que se habla de una región más amplia que se constituye en nuestra América, dado en el reconocimiento de lo similar, lo idéntico en su diferencia al unirnos idearios, maneras similares de formación, objetivos comunes, etc, pero por algo más, la creación de nuestra cultura. Tal como afirma R. Pupo “(…) Sin caer en la mediocridad nacionalista que niega los valores universales, Martí, exalta, jerarquiza la necesidad de rescatar, formar y desarrollar la obra propia, autóctona, natural de nuestros pueblos de América. Revelar esta obra, es revelarse a si mismo como pueblo (…)”Pupo, R. Identidad y Subjetividad humana en José Martí. Universidad Popular de Chontalpa  Cárdenas. Tabasco, México 2004 p. 87

[18] Martí, J. Nuestra América Colección Nuestra América. Casa de las Américas, 1974. p. 27.

[19] Martí, J. Nuestra América. Artículo Hispanoamericano. Colección Nuestra América. Casa de las Américas. 1974. p. 101.

[20] Martí, J, Informe ante la Comisión Monetaria Internacional americana en Washington, 30 de marzo 1989. colección Nuestra América. Casa de las Américas, 1974. p. 235.

[21] Marti, J. Artículos Hispanoamericanos. Colección Nuestra América. Casa de las Américas, 1974. p. 101.

María de los Milagros Flores Corbelle
Universidad de La Habana

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