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Pequeña comedia humana

Pacto de amor en la intemperie
Jorge Fernández Díaz
LA NACIÓN

No puedo prometerte fidelidad, le soltó ella en las lánguidas postrimerías del amor. El estaba acodado en la almohada y simuló que la noticia no le sacudía los cimientos. Se habían conocido hacía un año en una fiesta y entre ellos todo marchaba sobre rieles. Nosotros dábamos por supuesto que se casarían, serían felices y comerían perdices. Despertaban incluso una especie de efusión, un optimismo pueril: "No sólo se van a casar sino que ese matrimonio no tendrá fecha de vencimiento", apostábamos sus amigos.

"No puedo prometerte fidelidad porque no puedo prometer amarte para siempre -añadió ella en aquella noche glacial y secreta-. ¿Quién puede hacerlo sin mentir? Esta tontería sólo es una fórmula que se usa en las iglesias y en los registros civiles, una burocracia, a lo sumo una cándida expresión de deseo. Porque nadie está en capacidad real de prometer amor a futuro. Nadie."

El seguía el razonamiento de ella con la boca abierta. Ella seguía hablando con los ojos cerrados. "Podría entonces prometerte que mientras te ame te seré fiel, pero no pienso de ninguna manera prometer serte fiel aún en el infierno del desamor -aclaró la mujer-. Y creo que vos no podrías pedirme que aunque no te amara permaneciera junto a vos, y que encima renunciara a cualquier otra pasión. Si yo te pidiera eso, estaría convirtiéndote en un eunuco. Fijate lo cruel y estúpida que sería."

El muchacho estaba en estado de shock, pero no quería echarlo todo a perder diciéndole que aspiraba, como cualquier chico de barrio, al amor eterno y a la confianza ciega. Ella era muy moderna, muy francesa, y ese rasgo precisamente lo había enamorado. "Yo tampoco puedo prometerte nada -le respondió él después de un rato de cavilaciones y tratando de hacerse el guapo-. Pero antes de irme con otra me separaría para no tener que engañarte. Solo eso."

Ella respondió desplegando una sonrisa triste y negando con la cabeza, pero sin abrir los ojos: "Esa es una maravillosa mentira, querido, las cosas no funcionan de ese modo. Cuando viene el desánimo aparecen sin pedir permiso los otros amores, se filtran, te arrasan".

Pasaron varios minutos donde sólo se escuchaba la respiración de ella. A él le latía fuerte el corazón, pero la mujer no podía escucharlo, o tal vez fingía no hacerlo. "Ya ves -completó ella-, los dos somos honestos, estaremos juntos no por conveniencia. Estaremos juntos porque nos queremos y deseamos. Y el día que no funcione, buscaremos a otras personas porque no somos santos y porque la carne es débil."

Fue entonces cuando abrió los ojos y se tiró el pelo hacia atrás. "Yo no creo en trabajar una pareja para que se sostenga -agregó-. Yo no creo en el esfuerzo amoroso. Creo que hay amor y deseo, o no hay ."

El tragó saliva: era un trato durísimo, los dejaba a la intemperie. Y no había alternativas porque, al revés que su novio, ella era de convicciones tajantes. Se casaron a los dos años y se mudaron a Neuquén. Vivieron tres décadas queriéndose con pasión porque sabían perfectamente que los acechaba el desánimo y por lo tanto la infidelidad. Jamás fueron infieles. Aunque nunca se jactan conmigo de esa virtud, que para ellos, como el mismísimo amor, es completamente provisional. Jamás conocí a ninguna otra pareja que se amara tanto.

Jorge Fernández Díaz 
jdiaz@lanacion.com.ar
Domingo 13 de febrero de 2011
Autorizado por el autor

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