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Cara a cara con Cristina
Jorge Fernández Díaz 
LA NACIÓN

El fantasma de mi padre visitaba la casa de mi hermana. Había encendido alguna vez una luz del quincho, y se quedaba acodado en la pared del cuarto de mi sobrina a vigilar su sueño sereno mientras el perro lo miraba hipnotizado. En mi familia no creen en fantasmas, y mi padre murió hace cinco años después de 33 días de agonía. Marcial está en un nicho de la Chacarita, y yo me he resistido durante todo este tiempo a visitar ese lugar frío e impersonal donde sé que ya no queda nada de aquel millonario sin plata, aquel hombre inefable y valiente que me rompió el corazón yéndose temprano por culpa de una maldita enfermedad pulmonar contraída durante 1945 en los túneles ferroviarios de España. Sin embargo, su viuda lo visita con frecuencia y no está tan convencida de que los espectros no deambulen a su antojo por este mundo. Al enterarse de que las luces se encendían solas y también de que soñaban con que mi padre se acodaba en aquella pared, Carmen se vistió rápido, compró unas flores y se dirigió al cementerio. Cambió el agua del florero, colocó las clavellinas, rezó un Padrenuestro y dijo ante la lápida: "Viejo, no molestes más a los chicos, quedate aquí tranquilo". Y a partir de ese momento, los fenómenos paranormales cesaron. Es que mi padre jamás resistió un reto de mi madre. Tampoco yo he podido resistirlo a lo largo de tantas décadas en este difícil oficio de hijo y de biógrafo. Socialista española de toda la vida, nunca le cayó bien la prepotencia de los Kirchner, y me pedía hasta hace poco una y otra vez que denunciara sus atropellos. En la última Feria del Libro, Carmen se enojó porque un grupo de kirchneristas exaltados y agresivos armaban un tremendo barullo en el pasillo y tapaban las voces de quienes presentábamos un humilde volumen de relatos. El ruido era tal que las palabras de Nelson Castro apenas se oían en la sala llena. Cuando me tocó el turno de hablar, vi con espanto que Carmen se levantaba de su asiento y encaraba hacia la puerta. Por suerte, mi hijo iba tras ella para salvarla de una trifulca. Mi madre salió al pasillo y pidió a los manifestantes un poco de respeto. Como no lo obtuvo y la destrataron, les gritó una cosa original: "¡Cállense, fascistas de izquierda!". Al final se callaron. Le dio en el hígado que boicotearan el 82% móvil para los jubilados y criticó mis artículos históricos y culturales. Para ella, escribir era escribir sobre los Kirchner. Pero en Mar del Plata, mientras caminaba con unas amigas, se tropezó con un acto partidario a horas de la muerte de Néstor. Allí estaba Cristina, transida de dolor y hablando para un público nutrido. La Presidenta bajó de repente y comenzó a saludar a la gente que se encontraba a su paso. En ese camino, se topó con mi madre, que la miró a los ojos y le estrechó la mano. Fue un momento espeluznante, porque Carmen añoraba día y noche que alguna vez el destino le permitiera verla cara a cara para cantarle las cuarenta. "Pero no pude, no pude -me dijo-. Estaba delgadita y demacrada, tenía un gran pesar encima." Mi madre le sonrió con tristeza y se quedó allí parada, junto al fantasma de Marcial, viendo como siempre que la historia les pasaba de largo. © La Nación

Jorge Fernández Díaz 
jdiaz@lanacion.com.ar
16 de noviembre 2010
Autorizado por el autor

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