Amigos protectores de Letras-Uruguay

 

Si quiere apoyar a Letras- Uruguay, done por PayPal, gracias!!

 

Francisco Cenamor y Luis Luna: dos poetas españoles

por Lic. Miguel Fajardo Korea
Académico en la Universidad Nacional de Costa Rica
minalusa-dra56@hotmail.com
twitter: @Mifajak

 
 

La poesía sigue siendo una ventana para mirar al mundo desde todas las fronteras.  La creación es un compromiso ético y estético de hondo significado para hacer dable el milagro de la concienciación, en aras del mejoramiento.  La poesía es un oficio del alma, mediante el cual es posible crear mundos para agrandar la perspectiva holista del universo humano.  Es por medio del arte que el ser se rehumaniza, en busca de nuevos derroteros que posibiliten otros ojos para entender la cotidianeidad desde la aldea global que nos ha correspondido vivir. La poesía es un espacio para el crecimiento interior del ser humano.  Un ámbito de señales para divisar el horizonte de los días y las horas, a fin de meditar sobre los avatares del ser humano de siempre.  Nuestros parabienes a sus voces poéticas de caminos convergentes.

1. Francisco Cenamor, voz intensa en la asamblea poética

 

He leído  tres libros del poeta Francisco Cenamor (Madrid, 1965), quien ha dado a conocer sus textos en Ediciones Talasa y Vitrubio, donde ha publicado: “Amando nubes”, 1999; “Ángeles sin cielo”, 2003 y “Asamblea de palabras”, 2007. En proceso “El libro de Raquel”, que publicará Ediciones Amargord.  Es uno de los difusores culturales referentes de España.  Coeditor del Blog de escritores, uno de los sitios electrónicos más visitados en español. Junto con el poeta Luis Luna, coordina las labores de  jóvenes poetas en Madrid.

 

Expondré un acercamiento sobre sus tres poemarios, como una visión de conjunto, a partir de la asamblea abierta que conforma su palabra poética. La poesía de Cenamor apunta una relación con las coordenadas del fuego, porque “hoy se ha cerrado otra puerta”.  Asimismo, hay una apuesta para enfrentar los dolores de la cotidianeidad “qué largas/ son las escaleras del sufrimiento”.  Sabemos que, cada instante, el dolor es un habitante del ser humano en diversos estadios y condiciones.

Francisco Cenamor

 

Muchas veces, la lucha es denodada, sin embargo, el hablante expresa “cómo apostamos en la vida todo/ cómo a veces sentimos que nos queda nada” (…) “nosotros más que nadie/perdimos esa batalla/ y murió la esperanza/ lo demás es solo fe”.  Es importante, en un mundo de descreídos con máscaras de cínicos, que exista la fe, una especie de mástil desde donde podemos aferrarnos contra la maledicencia que se incrusta en las más intensas fibras del ser humano, pues “siempre hay alguien/ al otro lado/ que sabe del mundo”.

 

En otro ámbito endiña “nos salvamos tantas veces/ de la soledad de nuestro propio destino”. Cada quien debe forjar su propio sino, pero no siempre podemos alcanzarlo, a causa de los disvalores  que increpan con saña los mejores comportamientos del ser.  Por ello, con gran categoría y mérito aduce: “hoy voy a salir sin armas/sólo con mi pecho y mi esperanza”. La desnudez como signo de pureza se enquista con gran propiedad en este acento lírico del poeta madrileño.

 

Cenamor increpa y denuncia los sitios arrinconados contra el ser humano “le golpeaban duro eternamente/mientras le tenían atado de impotencia”.  Es increíble como asedian al factor humanidad, por ello, cuando estalla “con la rebeldía se aprende a vivir”. La rebeldía puede convertirse en una salida, pero debe haber razones de mejoramiento tanto individual como social.  No es ser rebelde como un pasatiempo, sino con un fuerte compromiso y conciencia social.

 

Junto con esa condición de encerramiento, la pobreza emerge como otro golpe bajo a la condición de nuestra especie, la cual “está cubierta del polvo que da la pobreza/ de la suciedad de un tiempo que no le pertenece”. El gran problema de hoy es que la pobreza solo se ha convertido en una fría estadística de informes globales, vacíos y deshumanizados, donde únicamente falta que se asevere otra sentencia: “el sediento sea culpable de su sed”. La pobreza es una condición de millones de seres que apuestan a sobrevivir, porque eso ya es precaria ganancia cada día de la tierra.

 

La vida y la muerte, como temas eternos, precisan un juego de ser o no ser. Se preanuncia lo ineludible.  Es una verdad irrefutable “nuestra muerte/ está prevista en una encuesta/ donde vivo”.  Por ello, a pesar de lo inescrutable, hay una aceptación de la cotidianeidad “me conformo con comer a la misma mesa que vosotros/ y aún así/ millones de personas seguirán muriendo de hambre”. O bien, “no veis que si almuerzo yo cada mañana/ otro ha soñado por la noche un pan”. Se refleja una especie de nivelación, a partir de elementos que deberían ser esenciales, como el derecho a la alimentación cotidiana. El mundo tiene hambre; la padece, pero no la sacia con plenitud. “Me canso tanto aquí dentro últimamente/ que ya solo tengo una esperanza”.  Este sustantivo es vital en el espacio lírico de Francisco Cenamor.  Es una apuesta hacia la reivindicación humana. Tiene convicción de equilibrio en su palabra-poema.

 

 

Es importante que los poetas expresen las preocupaciones geopolíticas y socioideológicas  en un mundo desangelado, frío e inconcluso: “qué extraño/ nunca publican fotos de hijos abrazando madres muertas/ las madres también mueren en las guerras”. El ser humano contabiliza más de 15 000 guerras y aún no aprendemos la insania de sus efectos sinfín.  ”Tanto conducir un pueblo a la desesperación siempre ocasiona una trayectoria de efecto bumerán”, a pesar de ello, hay optimismo dentro de la imagen global, porque “mi amor piensa que la solidaridad es la ternura de los pueblos”.

 

El yo lírico  expresa su más fino sentimiento en la corporalidad “la libertad de tu pecho (…) / me dicen que caer contigo será volar”.  Su registro es radiante “hoy es el día de vivir sin que el mañana nos añore”, es decir, fija un espacio tempo-espacial con la finalidad de su defensa “Vivo la soledad/ déjate invadir por las palabras/ por las palabras que dejan huella”.  Es claro, entonces, que para el hablante, la palabra es un vector semiótico de salvación, de respuesta ante los trazos oscuros de la vida.

 

En síntesis, las voces poéticas triádicas de Francisco Cenamor (España, 1965) refuerzan la importancia de la palabra en un orbe desangelado.  Cenamor precisa un acento de gran denuncia contra  las vicisitudes de los seres humanos, en cualquier parte del mundo. Acercarnos a su poesía ha sido un encuentro con una voz intensa en la asamblea poética de su universo, personal y de conciencia, en aras de proponer cambios sustantivos a favor del ser, sin distingos de nacionalidades, porque los pasaportes son inventos en las fronteras mentales y políticas que han establecido los países, pero  el ser humano es universal, desde las más frías estadísticas hasta las más iluminadas palabras que Francisco Cenamor ha revalidado, en busca de aliento espiritual para todos.

 

 

Luis Luna

2. Luis Luna y la memoria de la esencialidad

 

Luis Luna (Madrid, 1975) es una de las voces poéticas más prominentes de la nueva poesía española. He tenido la feliz ocasión de leer tres libros suyos, a saber: “Territorio en penumbra”, “Cuaderno del guardabosque” y “El viaje (Al-rihla).

 

Junto con Francisco Cenamor  conforma un dúo que dinamiza las relaciones multipoéticas desde España.  Ambos son animadores de la poesía escrita en nuestro idioma, y ese es un valor agregado a su importancia, con gran ventaja, entre quienes escriben la nueva poesía española.

 

Me propongo, ahora, deslindar su acercamiento interpretativo en relación con su obra poética, en el entendido que su creación está en un cernido proceso de crecimiento, de modo que tendremos que esperar de Luis Luna, una obra mayor, sin lugar a dudas.

 

En su obra “Territorios en penumbra”, compuesta de 96 textos, campea una denuncia contra los estados del ser humano en soledad “Hay zonas, sin embargo, adonde nadie acude./ Territorios vacíos donde el signo pervive”.

En su orbe, existe una apuesta por la rotundidad de la negación “Cierra la puerta. / La mirada/ del ciego está adentro y afuera”.  En otro orden, precisa “Que la quietud no sea/ excusa del vacío/ y el vacío/ esté dentro”. En esa marcada provocación, “la oscuridad completa teme. / La de adentro”.  Sus símbolos bisémicos y equiparados ahondan una marcación, la de adentro, en una búsqueda de étimo espiritual.

 

En su poesía se establece un cuadro dialógico entre lo inanimado y la temporalidad, en una especie de zona misteriosa “Más allá de la piedra y su estructura. / Tan lejos. Todavía”.  A veces, da la impresión de que lo inmaterial se ofrece como estera para corporeizar  “esta blanca columna donde inscribes/ las cifras y los nombres”, para formular una especie de sistema recolectivo, de hondo significado en la anulación “Lo oscuro/ lo que queda enterrado/ tras el muro”. El aislamiento (…) provoca la caída”.

 

Todos los muros son lamentos, insanias, agresiones, límite de los cuerpos, encerramientos, desgracias. Ante esa condición, la voz del hablante endiña “Golpea cada muro como un pájaro (…) La llave es el dolor”.  Ese dolor intenso es un arma de salvación, porque crea un proceso de concienciación.

 

Luis Luna establece un corpus donde los pájaros cumplen un papel de vector semiótico de alta intensidad “se aferra un pájaro/ que también aguarda a que amanezca/ y tiembla, y no alza vuelo”.  Su significación es válida, toda vez que los designios de la verdad esperan otros amaneceres para ofrendar con certitud, ya que “el azar disemina/ sobre el labio de nadie”, tanto es así que “todo aquello que aún no tiene nombre/ y que le espera” es la semilla donde brotará la esperanza, sin mordedura.

 

No es ajeno, tampoco, un interés por lo pequeño, dado que ello encierra grandeza de propósitos.  “Escucha lo pequeño. /Lo que existe dispuesto al sacrificio”.

 

La poesía de Luis Luna es, de alguna manera, una recomposición, donde la extensa simbología acuerpa significados dobles, por ejemplo, el espejo cumple la función de desdoblar, ya que “devuelve el dogal y la brida”, asimismo, “la belleza también posee lo oscuro, lo que queda/ escrito  de algún modo/ en la ceniza”.

 

Además, se advierte una especie de ritualización enumerativa, donde lo importante es lo no dicho, toda vez que su inferencialidad completa su perspectiva desde ámbitos plurales “El hierro.  El círculo.  La aldaba.” O, si se desea, la introspección “La memoria. /Centro, eje/ donde giran/ el hallazgo y la sed”, aunque en esas dualidades se poetiza “No la desolación sino el exilio”, con gran profundidad.

 

El símbolo de la sed aumenta la impresión de un contexto situacional de excepción, donde la sed aún es símbolo de vida en la palabra “Todo ha desaparecido excepto tú. / La sed.”.  Es decir, la mujer adquiere una connotación esencial, como una memoria de la palabra que salva “Cuánto hay de ti cuando te nombran (…) Cuánto de ti en tu desaparición. / Esa última posibilidad del discurso”.

 

El logo patriarcal revalúa la condición femenina y establece una equiparación, donde, más bien, la figura masculina asume una especie de mea culpa histórica “Callaremos. / Tal vez así nuestro silencio te redima”.  Luego reafirma “La lengua una raíz/ que se interna hacia el centro/ en búsqueda de voz./ En el cántaro de la tierra.  La dicotomía mujer-tierra, con todas sus asociaciones se  ve reforzada en estos versos que  emanan gran respeto hacia la figura de la mujer integral en cualquier parte de la aldea global donde se encuentre empeñada en su lucha fervorosa a favor de la vida.

 

En “Cuaderno del guardabosque”, publicado por Ediciones Amargord, con un acertadísimo y señalizador prólogo del escritor José Luis Puerto, el poeta español Luis Luna se convierte en abanderado de la esencia ecológica.  Nuevamente, los pájaros adquieren una centralidad poética.  El mismo poeta aspira a ser una de esas aves, con toda la imbricación expresiva que implica su existencia “Ensayo en cada pájaro mi vuelo”.  El ser humano siempre ha aspirado a ese vuelo supremo marcheniano.

 

La simbolización de “Los pájaros caídos/ como una falsa piel sobre la tierra”,  da a entender la fragilidad, lo inane de la condición humana figura, porque  “Más allá de sí misma/ la muerte permanece”, como una forma de acabamiento que, al igual que el pájaro,  alza el vuelo, sin saber los alcances de su destino como incógnita.

El autor español interioriza el estado de dichas aves y habla desde su conciencia animal para increpar acremente “Me  visto con la piel de mi verdugo/ sus ojos son los ojos de mi miedo”.  Y los pájaros insisten “el verdugo me espera (…) de tan larga alambrada”.  El tópico del cazador y la presa se revalida con gran mérito textual.

Al igual que las aves, el ser humano anda en una incesante búsqueda, porque se sabe un ser incompleto, por ello, el proceso de completitud es un camino ineludible “Lo vital es saberse/ tan cerca uno del otro”, o bien, “Sentir que no está lejos aquel que me da alcance”.  La visualización de su espacio pide compañía “¿A quién preguntaré si tú te marchas? ¿A quién la incertidumbre? A quién si mi vacío / es la geometría de tu ausencia”.  Es claro, entonces, que el mensaje de la otredad, de mi ser junto con el otro es una propuesta de hondo espíritu rehumanizador.

 

En el poemario “El viaje” (Al-rihla) el autor español extiende el alcance de su universo discursivo, poetiza sobre la cultura de Siria y lo hace con una clara conciencia a lo largo de sus 70 textos. “Disemino semillas/ para que permanezca mi memoria”, asimismo,  añade “Y en su escisión./ Juntura”.

 

Ahora, la memoria funciona como el símbolo eje sobre el cual operacionaliza “hacia el origen/ y me salgo al encuentro”.  Es interesante no que le salgan al encuentro, sino que el hablante se plantea su propio conocimiento, por ello afirma “Alguien de todos los que soy/ no se marchó (…) edifica una casa / para cuando retorne”, donde se afirma la individualización, en una especie de ser bifurcado,  aquí,  “el agua/ fluye/ bajo el desierto. / Como yo mismo/ debajo de mí mismo”. Búsqueda interior plena, sin duda.

 

Igual de importante es el círculo “Palabras en círculo extendidas./ A la espera de aquel que arda con ellas”. El círculo es una figura de completitud.  El círculo nos da la sensación del eterno retorno “De repente la luz/ narra una historia”. ¿La tuya?

 

En este poemario hay un verso extraordinario “La arena que ahora toco/ otorga identidad.  Sobran los índices interpretativos por la cobertura integral de su exégesis semántica y  porque “la piedra recita su plegaria”.

 

Para concluir, el autor español retoma el tópico del muro para darnos una aseveración que reconceptualiza lo poetizado “el muro/ no es lugar/ sino un estado/ nacido en la ceguera”.  Igualmente, cualquier comentario es redundante, dado que el poema se defiende a sí mismo.

 

La poesía de Luis Luna es un  documento en relieve de la contemporaneidad  en la que se inscribe la poesía española.  Su riqueza conceptual y simbólica teje un discurso que acentúa la mirada en el vacío, en los golpes de la lejanía, en las heridas  contra la naturaleza, en la pequeñez de la figura humana, en la respuesta de los animales contra sus depredadores y sus verdugos.

 

La obra de Luis signa un acendrado compromiso, porque se sabe vecino del mundo, de lo que no divide, sino pronuncia.  De las palabras plenas, contra la incertidumbre. Su poesía es un documento que recorre la sangre, su plegaria en el retorno, la memoria del hallazgo, la ceniza de adentro, las posibilidades inmensas del ser humano desde el centro de la arena, para arrodillar al exilio, a los muros. 

 

Luis Luna sabe que su palabra es actual, ya que retoma los filones del pasado para dignificarlos en el presente, desde todas las angustias que asedian los presupuestos éticos y estéticos de la condición humana, de ahí, entonces, su certitud histórica, su compromiso inmanente, tanto con la palabra como con el ser sin fronteras.

 

por Lic. Miguel Fajardo Korea
Académico en la Universidad Nacional de Costa Rica
minalusa-dra56@hotmail.com
twitter:
@Mifajak

 

Ir a índice de ensayo

Ir a índice de Fajardo Korea, Miguel

Ir a página inicio

Ir a índice de autores