Entre el deber ser y el ser del hombre contemporáneo. Dilemas del mundo actual
por Dra. Zoila María Fajardo Estrada
zoila@ffh.uh.cu

 

Uno de los problemas que enfrenta el hombre contemporáneo es el divorcio entre los deberes que embargan al mundo moral y las acciones que constituyen su vida. Comprender el vínculo necesario entre el decir y el hacer es una premisa para el hombre moderno. Alrededor de tal perspectiva se encierran disímiles formas de conexión que recurren a patrones paradigmáticos en la existencia del hombre.

Con frecuencia es posible encontrar en un mismo individuo la repetición de normas que se han establecido de por siglos como máximas para la convivencia ética humana. Se constituyen éstas en sistemas de orientación global en tanto son enunciados de universal validez. Los mundos singulares establecen puntos de mira sobre ellos y alrededor de estos construyen su propia interpretación de las máximas. En la medida en que erigen su vida, los hombres se ven abocados ante la disyuntiva del respeto a las máximas y el dilema de las circunstancias en que viven que propone una versión diferente de disquisición del mundo moral.

La modernidad hizo posible el nacimiento de un hombre con características afines a su propuesta social. Se trata de un individuo que se percibe a sí mismo como sujeto único en medio de la polaridad que encierra ser un ente de doble dimensión, poseedor de derechos políticos y de derechos económicos. Su status político se percibe desde sí mismo y desde el otro, quien otorga ingredientes activos al imaginario de relaciones sociales. Vales en tanto puedes. Y el signo de poder pasa nuevamente por la posesión de bienes materiales y políticos. Tal condición establece rutas en torno a que entender como la mejor vida, incluyendo dentro de este término la vida moral.

Se trata para el hombre común de subordinar las máximas morales a interpretaciones que se asocien a la vida particular en la que la realidad establece rutas. Si bien esto no es un pensamiento originado de la modernidad, los rumbos de separación que se han determinado a partir de un discurso axiológico separado del discurso social o político toman fuerza a partir de los períodos que suceden esta época histórica.

Así, en la antigüedad se encuentran las premisas para un pensamiento ético de amplia carga antropológica. Si el hombre es la medida de todas las cosas, es posible entender que en dependencia de él y de su asociación societal se crean los hilos lógicos para un entendimiento diferenciado de los absolutos éticos. De esta manera, los 10 mandamientos que como criterio generalizado cuentan con aceptación universal, en nuestros días alcanzan los niveles de relatividad moral propios de la vida de estos tiempos. Los mandamientos rezan así:

Amarás a Dios sobre todas las cosas.
No tomarás el nombre de Dios en vano.
Santificarás las fiestas.
Honrarás a tu padre y a tu madre.
No matarás.
No cometerás actos impuros.
No robarás.
No dirás falso testimonio ni mentirás.
No consentirás pensamientos ni deseos impuros.
No codiciarás los bienes ajenos.

En su lugar cada uno de ellos aparece condicionado por la interpretación de la muerte, de la vida, del pensamiento, de la codicia, de Dios o de la creencia afín. Lo que estructura el sistema de valores en dependencia de la cultura, del sistema político, del sistema social.

Las formas de interiorizar las máximas o imperativos morales se constituyen en recursos de apelación para justificar nuestras conductas. En el camino de la concientización como asimilación interna para posteriormente convertirla en conducta o acción moral, intervienen la búsqueda de caminos personales sobre la base de las significaciones que crecen en el imaginario social. Se trata del sentido perceptivo que a nivel social establece combinaciones de matices para el ser humano entre lo que debe entender y lo que es necesario entender.

Si “no dirás falso testimonio ni mentirás” es un imperativo que quiere decir mandato o norma de obligatorio cumplimiento en tanto es universal, al adquirir carácter singular se postula en dependencia de las condiciones específicas en que se desarrolla la acción a enjuiciar. Si no se cumple en nombre de la protección de un pueblo, como secreto de Estado, como recurso de protección a un enfermo terminal, entre otras razones, la percepción del asunto cambia ante el imaginario social.

En igual medida sucede ante la presencia del relativismo cultural. El castigo para algunas culturas del pecado puede parecernos bárbaro pero sin embargo, utilizamos similares recursos por ejemplo la pena de muerte o el ostracismo en respuesta a determinados delitos y nos parecen medios civilizados y adecuados comparados con otros usados por otras culturas.

El relativismo ético enuncia una concepción cuyos ejes medulares se contraponen al absolutismo ético. Se trata de una reflexión de las normas, principios, acciones morales que adquieren  primacía de cumplimiento en dependencia de determinada condición y en este sentido son singulares.

En su sentido de singularidad interviene el imaginario social, la necesidad y potencialidad que ante el sujeto se presentan. Las versiones públicas que a manera de diversidad escondida descansan detrás de la uniformidad.

Para América Latina influyen múltiples factores en la conformación de una interpretación relativista de los móviles morales de la conducta de los habitantes de estos lares. Un análisis contextualizado de la región nos conduce a establecer determinadas generalizaciones. La asimilación de modelos de vida creados en otras experiencias históricas (los modelos sociales españoles, portugueses), la imposición de conductas morales lejanas y a través de la violencia, la violación del ethos indígena, la llegada de otros principios de conducta venidos de manera violenta y en posición sumisa, la instauración de un imaginario social de amplia divulgación en el que la representación de ser humano indígena se sitúa en posición de inferioridad y con esto los nacidos en estas tierras, la aceptación de normas jurídicas que se avienen a otras sociedades y que se consideran desarrolladas entre otros muchos factores.

Alrededor de todo esto interpretaciones que de manera general se avienen a dos modelos culturales básicos. El europeo racional ilustrado y el latinoamericano simbólico dramático. Cada uno de ellos aporta el acervo explicativo que vincula las consiguientes interpretaciones éticas elementos fundantes del relativismo ético.

El racional ilustrado establece vínculo directo con una interpretación de la vida social donde ciertos factores resultan determinantes. La noción positivista del mundo, al entender lo positivo como lo real en oposición a lo quimérico, lo útil, lo cierto y no lo indeciso, lo preciso, riguroso, estricto, lo constatable y por lo tanto relativo en tanto lo absoluto es inconstatable. De ahí queda la referencia de que lo positivo es lo constatable.

Esta cosmovisión se establece en un sentido instrumental es decir, es recurso de interpretación y de asimilación de realidades en la que interviene el mundo moral. En tanto este posee características propias, al vincular como primer medio el mundo interior sancionable sólo por el mismo individuo pero que posee arbitrios en forma de mediaciones para la interpretación de su realidad. Es decir, su mundo interior, su conducta, actuación se justifica por las formas de apropiación de la realidad. Estas se consolidan en modelos éticos, estéticos, morales, científicos entre otros que hacen posible que un mismo individuo posea nociones generales en forma de imperativos aceptados de por siglos, y se comporte de acuerdo a reglas que exigen los patrones morales de su época y cultura, por ejemplo positivistas.

Otra forma de interpretación del contexto latinoamericano y al hombre en el inserto, se deriva del modelo simbólico dramático. A su favor una visión que escoge las tradiciones, costumbres y formas de vida propias de las comunidades autóctonas como esencias de explicación y de vinculación del pasado con el presente. En otro sentido es una rememorización de las cualidades de estas comunidades en vista a un posible futuro desde las raíces. Se apela para ello a imágenes, representaciones dramáticas, ritos en requerimiento a la sensibilidad humana.

En ambas interpretaciones la reflexión ética se fundamenta en la influencia que se ejerce en la manera en cómo la gente se ve a sí misma y como actuar a partir de una lectura o recepción que no es necesariamente acrítica y pasiva. Establecen versiones públicas del cómo actuar moralmente.

En medio del todo, las asimilaciones reflexivas de la filosofía europea, los mitos, leyendas y comportamientos de los llamados originarios del continente y el hombre común inmerso en la enajenación propia de un mundo que dícese brindarle los argumentos de un pensar- actuar independiente, y una realidad que lo encadena al aquí y ahora como señal de éxito.

La angustia por realizar su vida, realización que es un elemento más dentro del verse a sí mismo y el consentimiento del otro. Y la inquietud de ser, un ser moral tal como señala la propuesta prescriptiva, el deber ser. Ante este dilema para algunos triunfa el reino de la necesidad, entre las que se incluyen las necesidades comunes. Sobre esta base construyen su edificio de valores aun en antagonismo con su creencia, su moral, su interpretación ética. El ser, expresión de la forma de vida entra en antagonismo con el deber ser y sobre esta base el dilema de difícil solución que acusa al hombre contemporáneo.

 

Zoila María Fajardo Estrada
zoila@ffh.uh.cu

 

En Letras-Uruguay ingresado el presente trabajo el día 10 de abril de 2013

 

Editado por el editor de Letras Uruguay

Email: echinope@gmail.com

Twitter: https://twitter.com/echinope

Facebook: https://www.facebook.com/letrasuruguay/  o   https://www.facebook.com/carlos.echinopearce

Linkedin: https://www.linkedin.com/in/carlos-echinope-arce-1a628a35/ 

Círculos Google: https://plus.google.com/u/0/+CarlosEchinopeLetrasUruguay

 

Métodos para apoyar la labor cultural de Letras-Uruguay

 

Ir a índice de Ensayo

Ir a índice de Zoila María Fajardo Estrada

Ir a página inicio

Ir a índice de autores