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Tuve que aprender a soportar
la mandrágora
de tu ausencia,
enredadera
que se apodera de mi cuerpo.
Aprendí
a escuchar tus palabras
en el silencio,
ahí, en ese lugar
carente de espacio
y de tiempo.
Ahí, donde las sombras me abrazan
y desaparecen.
Y aquí quedo yo,
a la espera
de un reencuentro
en el terreno ambiguo de los sueños.
Que no perezca la palabra,
ni el canto, ni el grito,
que no se aniquile la flor,
ni la risa, ni el llanto…
Que no muera la Vida.
Poseída por el fantasma
de tu ausencia,
camino
por un lóbrego túnel.
Me enfrento
a un nuevo día sin ti.
Tu ausencia
es como la muerte,
me hace libre,
rompe ataduras viscerales,
aniquila prejuicios milenarios.
Miro caer
la tarde mustia
y una infinita
congoja
encuentra asidero en mi alma.
Un huracán
de ultratumba
se apodera de mis huesos,
mi carne olvidada
se estremece
con tus caricias,
gélidas como témpanos de hielo,
resquebrajándolas
hasta hacerla añicos.
Voy en pos
de una quimera,
de una mariposa,
o del Bolero de Ravel.
Pero siempre
me quedo acá,
aprisionada por la tristeza. |