La vuelta a casa en 80 libros

ensayo de Alejandro Espinosa Fuentes

Llegué a Madrid el 4 de marzo de este año, cuando el coronavirus todavía era una broma de buen gusto. Habían muerto como cuatro personas, octogenarios con patologías previas, cuyos decesos se minimizaban en comparación con otras enfermedades: ¿sabías que el año pasado murieron 6000 personas de gripe? Una semana después, los muertos ya eran casi 500. Comencé a tener síntomas de un resfriado, quizá influenza común o el temido virus, y tuve la suerte de contar con los medios para confinarme. Tres semanas más tarde, la cifra de muertes superó los 8000 y ya nadie se atrevía a bromear con el asunto. Se reforzaron las medidas de restricción, únicamente permitían salir de casa en busca de insumos imprescindibles. Había ciertos vacíos legales, como la compra de tabaco o salir a pasear al perro. Por fin se aceptaba esa dinámica inversa que ya era una realidad desde hacía unos años: los perros sacan a pasear a sus dueños.

Con la llegada del mes de abril, el gobierno español extendió las restricciones y anunció que las medidas se reducirían de forma gradual, una vez que se aplanara la curva de infectados. No me enteré de mucho más. Desde que rebasé la barrera de los 14 días sin que mis síntomas empeoraran, tomé la decisión de no atender a las noticias ni a las redes sociales. Pese a que ha resultado imposible concentrarme en la lectura desde que comenzó el confinamiento, destiné mi memoria e imaginación a pensar en todos esos libros que me han reconfortado en limbos semejantes.

De esta selección mnemotécnica, rechazo aquellos libros que retratan los temas de actualidad (en este caso: pandemias, encierro, enfermedad) y lecturas simplonas que nos distraen pasajeramente del caos (bestsellers, minificción dominguera, novelas informativas, autoayuda); únicamente busco esos “libros habitables”, mundos totales capaces de sumergirnos en una trama paralela, incompatible con la actual pero no del todo ajena a sus conflictos.

¿Qué obras cumplen con estas características? Me vienen a la mente algunos novelistas ingleses del siglo
XX, historias de amor y delirio: El mago de John Fowles, El mar, el mar de Iris Murdoch, El libro de Rachel de Martin Amis. Historias musicales: Alta fidelidad de Nick Hornby, El buda de los suburbios de Hanif Kureishi. Tramas metaliterarias: El loro de Flaubert de Julian Barnes.

En cuanto a literatura estadounidense, qué mejor momento para adentrarse en esas sátiras de excéntricos predicadores, como La sangre sabia de Flannery O’Connor o La conjura de los necios de John Kennedy Toole o Matadero 5 de Kurt Vonnegut. Otra literatura habitable de un corte más hipocondríaco pero igual de incisiva me devuelve a El palacio de la luna de Paul Auster, Zuckerman encadenado de Philip Roth o cualquiera de (y de preferencia todos) los  cuentos de Lucia Berlin.

En Latinoamérica, vuelvo a ciertas obras maestras en formato diario que representan una buena compañía cotidiana. La proliferación de las aves que cruzan por mi ventana me incita a mencionar La novela luminosa de Mario Levrero. Pero el libro de estas características que siempre procuro tener a la mano es La tentación del fracaso, los diarios del peruano Julio Ramón Ribeyro. Tampoco sería un mal momento para revisitar Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, magistral novela de ciencia ficción en la que el chileno se dio a la labor de inventar un mundo en el que la poesía era la cosa más importante del mundo.

Como no puede haber una lista de grandes libros sin hablar de literatura argentina, propondré tres novelas excelentes en la categoría de habitables: Enero de Sara Gallardo, El viajero del siglo de Andrés Neuman y Canto Castrato de César Aira. Como cereza del pastel, un clásico de la literatura brasilera que nunca falla en periodos de encierro: los Cuentos completos de Clarice Lispector.

En cuanto a la literatura mexicana, mis búsquedas se distraen en dos caminos dispares: los libros artefacto a medio trecho entre lo ensayístico y lo narrativo, como El manual del distraído de Alejandro Rossi, El arte de la fuga de Sergio Pitol, Papeles falsos de Valeria Luiselli; y, por otro lado, acudo a esas narrativas suspendidas en el tiempo que tienen la virtud de hipnotizar al lector suprimiendo todas sus preocupaciones anteriores, novelas como Los recuerdos del porvenir de Elena Garro, José Trigo de Fernando del Paso, Balún Canán de Rosario Castellanos o Nadie me verá llorar de Cristina Rivera Garza.

Soy consciente de que en el título hacía referencia a más de 26 libros. Supla el lector los restantes con cualquiera de las 54 novelas que publicó en vida Jules Verne y sumarán 80. Animo al lector lejano a buscar alivio en alguno de estos títulos, y, sobre todo, a no conformarse con distracciones efímeras o exclusivamente insustanciales. Mejor aprovechen para buscar otros mundos que puedan habitar ahora y, tal vez, en unos años, cuando todo este caos se convierta en recuerdo.

El autor:

Alejandro Espinosa Fuentes (Ciudad de México, 1991). Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM, la maestría de Escritura en la Universidad Complutense y el doctorado en Literatura Comparada en la Universidad Autónoma de Madrid. Es autor de Nuestro mismo idioma, Agenbite of inwit y Sonámbulos. Ha sido recibido, entre otros, el Premio Nacional de Cuento “Sergio Pitol”, el Premio Nacional de Novela “José Revueltas” y el Premio Nacional de Cuento Breve “Julio Torri”.

 

ensayo de Alejandro Espinosa Fuentes

 

Publicado, originalmente, en: Punto en Línea  ENSAYO/ abril-junio 2020 / No. 85-86

Link del texto: http://www.puntoenlinea.unam.mx/index.php/1517

Punto en Línea es una publicación bimestral editada por la Universidad Nacional Autónoma de México, a través de la Dirección de Literatura

 

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