Algunas ideas sobre lo narrativo en la poesía

(A propósito de “Ceremonial del moroso” de Tomás Segovia)

ensayo de José María Espinasa

Es frecuente que, al considerar el poema extenso como una reflexión, se nos pierda otra cualidad de su práctica textual: la morosidad. El curso narrativo del texto —por ejemplo en “Muerte sin fin”, “Canto a un Dios mineral” y “Piedra de Sol”— es recibido por el lector como un ir hacia adelante, impulso en un solo sentido, progresión histórica así se proponga con la circularidad del poema de Octavio Paz. Las ideas no tienen boleto de regreso y un teorema no puede reconstruirse salvo si se acepta convertirlo en laberinto. El hilo de Ariadna está hecho de vida, es un ardid de la piel no de la inteligencia.

En otro poema extenso de Paz —“Pasado en claro”— esa progresión, primero se contiene y luego se demora, busca un impulso distinto al de la historicidad de la idea, para poner en relación vida y mito, lo cotidiano y lo trascendente. La memoria no se contrapone al futuro, simplemente le cambia el lugar, lo pone antes y no después. Ya no se sabe —dice Borges— contar una historia en verso ni a la manera de Homero en La Iliada ni del genio de la lengua en El cantar del mió Cid, tampoco como Dante o como Hugo. El romanticismo afortunadamente inventó la memoria y se olvidó de la épica al interiorizarla.

En la mayoría de los poemas extensos que dibujan el mapa de nuestra modernidad a partir de Mallarmé —de “La tierra baldía” a “Anábasis”, de “Las elegías de Duino y Altazor” a “Espacio”— se puede encontrar como rastro antropológico —como fósil incluso— ese gene épico, transformado por el tiempo en aventura de la palabra más allá de quien la dice. Pero si los dioses se volvieron gramática no hay más que empezar a hablar para que esa suprema abstracción adquiera una voz no sólo concreta sino reconocible, personal.

Hay palabras que se atraen sin otro motivo que su existencia fónica, esa que la poesía ha vuelto sentido y recurso en la aliteración y en la rima. En esa “razón auditiva” la demora no es un retardo sino una morada (ya Pellicer había convertido esa atracción en uno de sus fulgurantes hallazgos visuales), y más que detener o desacelerar el tiempo —el transcurso— lo sitúa en otro nivel: quien se demora goza esa escansión del instante que ya no se eleva a la eternidad sino que se precipita en lo continuo. De allí el rasgo narrativo de un texto como “Ceremonial del moroso” de Tomás Segovia.

La poesía le pone una casa de palabras a la vida. Diría que es imposible encontrar un poema moderno que no se interrogue sobre la relación de lo vivido con lo escrito, diría incluso que, a partir de Hólderlin, toda escritura moderna es por necesidad autobiográfica; por eso también la lectura ha devenido un acto personal y no social o civil. Poner el pasado en claro es abrirse a la posibilidad de un futuro habitado por la luz.

Hay que aprender a vivir en el gozo de esa demora, así sea en ocasiones dolorosa, encontrar el ritmo —el tiempo, como se dice en música— del nombre o el instrumento, esperar a la maduración del fruto, y que el gesto de la mordida sea el bautismo de la sensación ya vivida y aún sin palabras para ser dicha sea ya lenguaje.

¿La maduración del fruto? ¿Qué jardinero experto sabe señalarle a cada quien su huerta y su sabor? La inquietante y hermosa película El sol del membrillo de Víctor Erice, y la pintura de Antonio López que le sirve de inspiración, y entre nosotros la de Arturo Rivera, tienen esta pregunta en el horizonte. La morosidad es una cualidad que pertenece más al orbe de lo pictórico o lo musical, la espera del que observa o escucha se transforma en una inminencia de su sentido. El lenguaje común lo dice perfectamente: lo veía venir, lo escuché llegar.

La demora de la poesía pertenece (a pesar de todo) al reino de la acción, salvo en esa caligrafía que tanto envidia Occidente a los poetas orientales. Esa morosidad que Segovia propone como ceremonia tiene un sentido muy claro: el gozo de esa inminencia. Es frecuente en el campo oír la lluvia antes de sentirla caer, agua que es música antes de ser evidencia física. En cierto sentido la morosidad sólo se puede dar en una experiencia ya vivida, recreada —el amor, por ejemplo— y transformada por la espera de aquello que ya viene, se le oye llegar y ya es (existe) antes de que ocurra. Ese es el manantial de la retórica en el mejor sentido.

El tiempo cíclico es el de la morosidad, en el sentido más literal del término: las estaciones, los días, los meses, los climas, las generaciones. El poema como el año empieza con una posposición que sin embargo no deja de ser ya principio: “Por no empezar empiezo”, y en esa espera que es acción está contenida toda la violencia futura del lenguaje (y de la historia), el poema va hacia adelante sin que exista el lugar de ese movimiento:

 

Empiezo no empezando en cero

Empiezo por un ritmo

Por tener verso antes de tener tema

Como el tiempo que no tiene principio porque empieza en cualquier momento, y el poema habla en esa permanente (pero no eterna) posposición, no obligada sino elegida: por eso es morosa, hogar a cuestas, morada, el instante como casa. Por eso la poesía de Segovia se asoma al dolor y al silencio, los vive y los asume, pero no se queda muda.

Un texto de Segovia muy cercano formalmente a “Ceremonial del moroso”, pero diametralmente opuesto en su sentido, es Cantata a solas. Poema-lamento, quiere ir hacia adelante para romper la circularidad que le promete —y le cumple— el regreso del desamor. En él no puede haber una progresión neutra, al contrario, gesticula por necesidad en ese histrionismo inherente a la queja, se refugia en su historicidad gracias al entramado gestual, a lo que en otra ocasión califiqué como teatralidad. En Tomás Segovia la experiencia de la Guerra Civil española en su niñez y el exilio posterior han encontrado una sublimación o catarsis en esa vocación nómada, aquel que tiene el viaje por patria y que arraiga en el movimiento (sentimiento evidente en las películas de Wim Wenders). El nómada no busca llegar a ningún lado, eso sería aceptar que se tiene que marchar de allí, es el camino lo que da sentido, lo que es sentido.

Muchos exiliados, en especial los de la diáspora republicana, vivieron ese hecho como una posposición de la vida, justamente lo contrario de una demora, nunca salieron de España y nunca arraigaron en la palabra que los acogió “en otra parte” (sea México u otro país). La poesía de Segovia es la bitácora de esa casa construida en el lenguaje, y por eso no sorprende que “Ceremonial del moroso” sea uno de sus grandes textos de madurez, en un momento en el cual la poesía mexicana se pierde entre el apresuramiento y la inmovilidad (forma de la impaciencia).

Antes, en libros como Anagnórisis y el ya mencionado Cantata a solas, se han compartido las búsquedas de otros poetas mexicanos, como Lizalde en Cada cosa es Babel o Bañuelos en No consta en actas, pero su coincidencia en “ceremonial” es mayor con el ya mencionado Pasado en claro y con Esquemas para una oda tropical de Pellicer y “Simbad el varado” de Gilberto Owen.

El poema resulta una de las formulaciones estéticas más claras de Segovia: “Cuidadosa hasta el ñn de no robarle nada/ Al natural tamaño del momento”. Reúne muchas de las virtudes de su obra anterior, como el matiz que aparece en la repetición de una palabra modificada por su uso (como en una cinta de Moebius), y el juego de espejos en que se contiene una imagen a la otra (recuérdese: “Quién desteje el amor/ Ese es quien me desteje” o “en la gruta/ había una mujer/ en la mujer/ había una gruta...”). En la demora el laberinto escheriano no es una pesadilla sino una alfombra mágica y cómoda, en el que el afuera es el adentro de otro afuera. El “ceremonial” no se interrumpe fascinado por sus hallazgos sino que prosigue para conservarlos en esa inminencia (y aquí habría que acordarse de “Besos” o de “Al poeta en su cumpleaños”).

La magia de ese ritmo tan fluido a la vez que concentrado lo consigue en una curiosa alternancia de síntesis verbal con expansión descriptiva:

Por eso voy despacio pero sin detenerme

Entre la luz los árboles las flores

Que sin rencor embalsan unos tranquilos muros

La experiencia narrativa en el poema, ya muy presente desde Terceto a principios de los setenta, encuentra aquí pleno sentido: buscar es esperar y buscar es encontrar, sólo se va hacia lo que ya viene, y hasta la huida nos lleva hacia alguien (véase otra vez Cantata a solas).

Ya hacia el final del poema escribe “Nada he nombrado en nombre del nombrar/ Sino ceremonialmente en nombre del llamado”. El poema adánico que nombra-bautiza al mundo queda en otra parte del discurso poético. El llamado previo al que se está siempre abierto, es a la vez un estatuto del lenguaje (del nombre) y su anticipación, lo que es antes de ser porque ya está y lo que se anticipa es la demora. En Segovia el poema tiene algo de respuesta, continuación (y continuidad) de un diálogo, surge de ese pedido inaudible que se escucha implícito en la respuesta: el poema no es una sombra, un eco o un espejo, es la manifestación objetiva del ser:

La súbita salida milagrosa

De cada ser recóndito

A la gran plaza expuesta del encuentro

 

ensayo de José María Espinasa

Originalmente en Periódico de Poesía - Nueva época Nº 12 Invierno 95 /96

Periódico de Poesía es una publicación editada por la Universidad Nacional Autónoma de México

Link del Nº 12 Invierno 95 /96: http://www.archivopdp.unam.mx/images/stories/pdf-impresos/pdp-12-campos.pdf

 

Ver, además: Tomás Segovia - Situando la ruta del Nómada, por Alberto Espinosa (México) c/videos

 

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