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Carta de presentación
 

Rafael Lay Apesteguía: eterno director de la cienfueguera Orquesta Aragón
por Jesús Dueñas Becerra
jesus@infomed.sld.cu

 

Hay artistas, como Rafael Lay, que pasan
a la posteridad por su singular maestría […]
Julio García Espinosa

 

He decidido comenzar esta crónica, dedicada a evocar la vida y la obra del maestro Rafael Lay Apesteguía (1927-1982), director —hasta su lamentable deceso— de la emblemática Orquesta Aragón, con una anécdota de mi niñez que me vincula al talentoso violinista, arreglista y compositor cienfueguero.

En la década de los 50, yo asistía a un programa semanal en vivo, que dicha agrupación charanguera tenía en CMHK, Radio Virgilio, la emisora local del municipio de Cruces (actual provincia de Cienfuegos), de donde son oriundos el maestro Richard Egües,[1] el popular cantante José Antonio Olmos (El «Chino» Olmos, como también se le conocía en el pueblo), y el autor de estas líneas.

Orquesta Aragón

En horas de las mañanas dominicales crucenses, iba a escuchar los acordes inconfundibles de la Orquesta Aragón (todavía carecía del tema musical, el cual fue compuesto —cuando hizo su entrada triunfal a La Habana— por el maestro Enrique Jorrín (1926-1987), quien tuvo la deferencia de escribirlo especialmente para la sureña agrupación y devino su principal carta de presentación dentro de nuestra geografía insular y fuera de ella).

Hoy, a más de sesenta años de la anécdota que estoy relatándoles, no sabría explicar cómo ni por qué, nació en mí la necesidad intelectual y espiritual de aprender violín, instrumento del cual Lay era un verdadero virtuoso, tanto en el campo de la música popular como clásica. De acuerdo con esa naciente vocación hacia dicho instrumento musical, hablé con mi padre, Antonio (1910-1977), y lo convencí para que hablara con Lay con el objetivo de recibir clases particulares de violín. El maestro accedió con sumo gusto, pero con una condición: tenía que trasladarme hasta Cienfuegos; de lo contrario, no podría impartir las lecciones correspondientes.    

En esa época, un pre-adolescente no podía moverse con libertad de un pueblo hasta la ciudad, a 28 km de distancia; y cuando mi madre, María Caridad (1915-2004), supo que yo, su hijo mayor, tendría que viajar solo tres veces a la semana hasta la Perla del Sur para estudiar violín, puso el grito en el cielo… y hasta ahí llegó mi vocación musical.

Lay mostró marcado interés hacia los estudios académicos, los cuales inició desde la más tierna infancia (a los nueve años de edad), en su natal Cienfuegos, y después de la alborada revolucionaria de enero de 1959, decidió continuar estudiando técnica musical en el capitalino Conservatorio García Caturla, donde cursó —con excelentes notas— el nivel superior. Sus premisas fundamentales eran estudiar y trabajar, lo cual hizo hasta que su fructífera existencia terrenal se extinguió para siempre.

Conocí personalmente a Lay el 2 de febrero de 1959, juntamente con los demás estilistas del chachá de aquel entonces, a quienes su director tuvo la deferencia de presentarme:

Richard Egües, Dagoberto González, Pedrito Depestre, José (Pepito) Palma Perelló, Rafael (Felo) Bacallao, Pepe Olmos, Orestes Varona, Joseíto Beltrán, Francisco (Panchito) Arboláez y Guido Sarría (la penúltima vez que lo vi, ya muy entrado en años, fue en el estudio de Radio Progreso, con motivo del cumpleaños setenta de la orquesta Aragón). A esa feliz efeméride, le dediqué una crónica, que salió al aire en la voz del locutor Víctor González Medina, conductor de la Discoteca Popular, dirigida por Carlos Mas.

A partir de ese momento, se estableció entre Lay, Richard y yo, una estrecha relación afectiva que solo Tanatos (la muerte, en lenguaje psicoanalítico ortodoxo), pudo interrumpir pero no arrancar de raíz, como suele hacerlo el huracán, que, al decir martiano, «empuja, sacude, arrebata y destruye».

Si tuviera que caracterizar al maestro con una sola palabra, aceptaría el reto sin vacilar y diría que era un humanista (en toda la extensión y vastedad del término). Por otra parte, era un caballero (con todas las implicaciones y acepciones que tiene ese vocablo), y jamás dejó de pensar ni de volver sus nobles ojos hacia aquellos que le precedieron  y de quienes resultara ser reflejo enriquecido.

Me estoy refiriendo, concretamente, al maestro Orestes Aragón, fundador de esa charanga, quien al diagnosticársele una afección pulmonar crónica, que —al cabo del tiempo— lo llevó a la tumba, le cedió la batuta al joven violinista de apenas 21 años de edad, para que se hiciera cargo del promisorio futuro de la orquesta, que « […] era un pedazo de su vida, [porque] la Aragón fue su vida».[2]

En un desprendido gesto de lealtad y gratitud, el nuevo director, después de distribuir equitativamente entre los integrantes de la orquesta las ganancias que ella obtenía cuando amenizaba los bailes en las sociedades para blancos y negros de la Cuba republicana, separaba una parte del dinero recaudado, para cubrir los gastos médicos generados por la dolencia que padecía Aragón, así como cualquier otra contingencia que se le pudiera presentar en el seno familiar.

Tengo entendido que, después de haber fallecido el fundador de la orquesta Aragón, Lay seguía haciendo exactamente lo mismo con la viuda hasta que ella expiró. Eso solo tiene un nombre: humanismo, elevado a su máxima expresión.

Él era un cubano de pura cepa; razón por la cual concibió y escribió tanto ritmo criollo, porque lo llevaba en la sangre y en el alma. Jamás se dejó tentar por los cantos de sirena procedentes de los enemigos de la Revolución Cubana, y muchísimo menos por los dólares que le ofrecieran en cantidades considerables, para que desertara y se quedara con sus músicos en cualesquiera de los disímiles países, donde la  Aragón cumplía contratos de trabajo. A propósito de esas giras al exterior, los estilistas del chachachá llegaron a presentarse en el moscovita Conservatorio Tchaikovski, donde —por primera vez— lo hacía una orquesta que interpretaba música popular bailable. Los amantes de la buena música y la crítica especializada de la capital de la antigua Unión Soviética disfrutaron de su arte… único e irrepetible.     

La identificación entre ese hombre (con mayúscula), su charanga y el pueblo cubano era total; era fuente nutricia de ética, patriotismo y espiritualidad, de cuya agua pura y cristalina —que corre por los ríos subterráneos del alma humana— se nutría la personalidad básica del cubano.

En la última entrevista realizada por el periodista Omar Vázquez,[3] columnista del periódico Granma, al maestro Rafael Lay, le relató varias anécdotas acerca de las exitosas presentaciones de la orquesta en la hoy República Bolivariana de Venezuela: el Domo de Barquisimeto, el Poliedro, y sobre todo la despedida, en el Hotel Ávila, en la capital de esa hermana nación suramericana, a la que visitaron por primera vez en 1956.

En dicha gira, la Aragón alternó con el popular sonero Oscar D’León (1943) y con el maestro Barbarito Diez (1910-1995) y su orquesta danzonera. Entre otras cosas, le « […] habló entusiasmado de cuando [el también cantante y compositor venezolano] cantó con ellos y lo bien que se acopló a los aragones [así los bautizó el maestro Jesús López Gómez, locutor insignia de la octogenaria Emisora de la Familia Cubana]. Arrancó lágrimas al público que no cesaba de aplaudirlos […]».[4]      

En ese encuentro cara a cara con mi colega de la prensa plana, Lay le explicó que un periodista venezolano le había preguntado «por qué ese empeño cubano de conservar como reliquia un mínimo de interpretación de música, que devela el polvo imposible de sacudir»[5] (se refería —como es obvio— al repertorio clásico de la orquesta). Pregunta a la que contestó sin pensarlo dos veces: «qué cosa mejor que conservar lo de uno […] y más aún cuando eso gusta en el mundo entero […].[6]

La Aragón conserva la tradición «plenamente y con algunas evoluciones, siempre extraídas de los ritmos africanos, que son los que dieron forma a nuestro folklore [y a nuestra música]».[7]

El maestro Rafael Lay Apesteguía era miembro relevante de la Asociación de Músicos de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), y recibió en vida la Distinción por la Cultura Cubana, en reconocimiento a su valiosa labor artístico-profesional e indiscutible aporte al desarrollo de nuestra música popular.

Finalizo con una frase antológica de la laureada poetisa y escritora Nancy Morejón, Premio Nacional de Literatura:

«Es preferible recordarlo así, alto, elegante, pulcro, espléndido y viviente, de pie sobre la tarima de un baile [en el estudio No. 1 de la Onda de la Alegría, en el estelar programa Alegrías de sobremesa, o en los estudios del antiguo Circuito CMQ Televisión, en el espacio audiovisual El Show del Mediodía, por ejemplo), como si allí [siguiera], violín al hombro, mientras el pueblo lo ovaciona […],[8] aún más que ayer, con todas las fuerzas de su ser.

Notas

[1] Dueñas Becerra, Jesús. Richard Egües: flautista insignia de la legendaria orquesta Aragón. www.uneac.org.cu (Columna de Autor).

[2] Évora, José Antonio. Entre su pueblo y para siempre, Rafael Lay. Granma. 18 de agosto de 1982: p. 3 (Nacionales).

[3] Vázquez, Omar. La última entrevista con Rafael Lay. Granma. 17 de agosto de 1982: p. 6 (Culturales).

[4] Ídem.

[5] Ídem.

[6] Ídem.

[7] Ídem.

[8] Morejón, Nancy. El maestro Rafael Lay. Granma. 18 de agosto de 1982: p. 6 (Culturales).

Jesús Dueñas Becerra - psicólogo, crítico y periodista
jesus@infomed.sld.cu
 

Publicado, originalmente, en la web de la Asociación de Cine, Radio y TV de la UNEAC http://www.uneac.org.cu/

 

http://www.uneac.org.cu/index.php?module=columna_autor&act=columna_autor&id=285

 

Imagen tomada de internet
 

En Letras-Uruguay ingresado el presente trabajo el día 12 de mayo de 2013


Autorizado  por el autor, al cual agradecemos.

 

 

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