Ya que no hay oro, que sean las indias
Susana Dillon

En mis diálogos con las mujeres nativas de nuestro continente he tenido la satisfacción de poder hacerles preguntas aprovechando su confianza, luego de una doméstica charla sobre sus hijos o sus trabajos. Me encanta comprarles sus artesanías o sus comidas o me intereso por la salud de sus niños. Esos temas las complacen. A menudo intercambiamos opiniones, la relación se estrecha cuando les digo que siempre fui maestra, que es un buen puente de comunicación.

 

La mujer nativa es inagotable fuente de sabiduría aunque sean analfabetas. La transmisión oral obra ese milagro, tienen buena memoria para recordar el pasado, sobre todo sus luchas por sobrevivir.

He tenido, con algunas cholas, encuentros poco amistosos cuando me confunden con alguna norteamericana o europea. Cuando les digo que soy argentina, al principio no me creen. Luego me prueban: a ver, cántese un tango, y varias veces les he cantado "Fumando espero" o "A media luz", que son los únicos que me sé completos. No se dan ustedes una idea de lo que este rebusque me depara: entonces, luego de haberme insultado con el clásico ¡Gringa de mierda! me toman de los hombros y exclaman ¡Es argentina! y terminan abrazándome.

 

Así me pude meter en el tema más delicado: lo que se contó sobre su romance con el español, en tiempos lejanos. Para saber cómo fueron aquellos romances fui al Paraguay y allí me pude contactar con los guaraníes.

 

Tal vez por vivir en el trópico los guaraníes son eróticos, amantes de la música, gozadores de la vida, pero también guerreros. Ya había tenido en mis manos las crónicas hispanas que hablan de los amores del conquistador seducido por la nativa, pero la historia que cuenta el pueblo es otra. Por algo se la llamó Asunción, "El Paraíso de Mahoma".

 

Adonde el conquis­tador llegaba buscaba oro o plata; de no ha­berlos se apropiaba de los indígenas que lograba vencer, para luego esclavizar y hacer trabajar en su provecho con el menor gasto posible. Hasta los hacía morir de hambre, pero en Paraguay los indígenas les ofrecieron sus mujeres por las buenas, "así emparentarían con los dioses recién llegados". Entonces a cada español se le otorgó tantas mujeres como quisiera, porque les vino bien aquello de que creyeran que eran dioses, así que intentaron portarse como tales.

 

Las mujeres tuvieron su valor agregado, no sólo eran deleitosas en el lecho, también eran una fuerza de trabajo, ellas cultivaban la tierra, en cuanto los varones se iban a cazar. De modo que las nativas tenían ocupación de día y de noche.

 

Pero hay más información: como el dinero que se trajo de España se acabó debido a los años de incomunicación, las indias fueron material de intercambio o mejor de trueque. Los frailes, hasta ellos estaban metidos en el negocio; por ejemplo: por una capa de paño se podía negociar una india y un puerco (dato obtenido en "La expoliación de América" de Juan D. Vedoya, Editorial La Bastilla) y no sólo tuvieron con ellas problemas sociales, sino también económicos y religio­sos.

 

Domingo Martínez de Irala, conquistador y colonizador, tuvo un verdadero harén, que dejó registrado en su testamento. Al ejemplo de Don Domingo lo siguieron sus tropas y aliados. En Europa, entonces, todos quisieron ponerse en viaje para la Asunción.

 

La india, codiciado botín

 

De la historia oculta de esta América Latina hay un capítulo que se nos ha escamoteado con mayor malicia que lo relacionado con los hechos políticos, militares y religiosos de los pueblos sometidos y exterminados por el invasor. Es el tema de la mujer india en tiempos de la conquista y la posterior colonización. Veremos más adelante, cuando se trate de la emancipación, que también se soslaya el tema o se lo deforma, de acuerdo con los intereses de los poderosos, y se lo manda al silencio, a la sombra de la historia, porque pareciera ser que la epopeya americana sólo la deben escribir los machos y, por supuesto, a su mane­ra.

 

La conquista de América rebasó holgadamente el marco de lo militar e incluso lo po­lítico, para convertirse en un fenómeno virtualmente sociocultural. Fue algo más que una serie de batallas, una guerra de exterminio, en la que se enfrentaban no sólo dos ejércitos, sino dos sociedades con culturas distintas, dos concepciones del universo, dos religiones, dos modos de vivir y de morir. La violencia no estaba enraizada en el choque militar, ya que toda batalla es siempre cruel y despiadada, sino en el choque de las dos culturas, con efectos más terribles y duraderos que los meros enfrentamientos de gue­rra.

 

Las culturas azteca, maya e inca dieron un importante rol social a la mujer, otra valorización muy distinta de la que se le daba a la mujer europea, y más específicamente a la española, sometida durante siglos al machismo represor y a un molde religioso qué la encerró en almenados castillos o en el serrallo moruno.

 

La llegada de Colón a las Antillas, con una tripulación de rudos y reprimidos españoles: gente brava de las cárceles, marginales y unos pocos técnicos navegantes y constructores, no era el material humano más potable para emprender una conquista sin pillaje, excesos y crímenes. Todo lo contrario. Colón escribe como un delirante lo que experimenta al descubrir el paraíso, pues cree ciegamente que ha llegado a sus puertas, y son estas originales misivas a las que García Márquez definirá como primera obra de realismo mágico del Caribe, en las que hace referencia a las primeras mujeres que contempla en las nuevas tierras.

 

"Van desnudos todos, hombres y mujeres, como su madre los parió, verdad es que las mujeres tienen una cosa de algodón solamente, tan grande que les cubre su natura y no más. El busto queda invariablemente al descubierto y esta cosa de algodón se lleva tanto suelta como atada, suelto delante de su natura a discreción del viento. Aquellas bragas de algodón sueltas que ninguna cosa encumbren por poco viento que haya..."

 

Otras y muchas cartas escribió el navegante a su rey y en todas insistía con el tema de desnudeces y de vientecillos indiscretos y -para que no le creyeran exagerado-, también llevó indias a España, aunque la crónica nada nos dice del triste fin que habrán tenido en las heladas tierras de Castilla, ni bajo qué amos.

 

Así las bellas hijas de las tierras nuevas, desnudas y de buen parecer, pasaron con el oro a ser objeto de codicia y de lujuria. Algo que a los indios les impresionó de inmediato fue precisamente la codicia desenfrenada de los conquistadores: codicia de mujeres y afán desmedido de oro y de riquezas. Dice el cronista: "Y también se apoderan y escogen entre las mujeres las blancas, las de piel trigueña, las de trigueño cuerpo. Y algunas mujeres a la hora del saqueo, se untaron de lodo la cara y se pusieron como ropa andrajos. Todos eran harapos los que se vistieron... sin duda inúltimente, para poner distancia ante este frenesí de posesión".

 

Los feroces barbados bajaron de las carabelas, tras tres meses de abstinencia, y a la que se resistía se la partía en dos de una estocada. Sin embargo, los historiadores de todos los tiempos, dejándose llevar por la con­veniencia de halagar a los poderosos, apoyados por románticos defensores de la idea del idilio, metieron en el mismo saco a asesinos y a víctimas, exaltando la ley de la selva con menosprecio de todo valor humano.

 

Y allí estaban las indias jóvenes, temblando ante los barbudos y malolientes seres venidos del océano, cubiertos de hierro, montados sobre esos terribles seres que los aplastaban, tronando sus palos que despedían fuego y atormentados por un enjambre de parásitos que les recorrían el cuerpo... Germán Arciniegas, en América, tierra firme, cita a Brandes: "En toda Europa vivía el hombre (Siglo XVI) rodeado de olores infectos y poseído del demonio de los parásitos. Algunas personas se lavaban, si acaso, una vez por semana y bañarse nadie se bañaba. Todavía en el Siglo XVIII, bajó Luis XV a la tumba sin que a él ni a sus lacayos y camareros se les hubiera ocurrido que al monarca pudiera convenirle un baño general. De aquí debe deducirse, como a través de López de Gomara y Gumilla, en un ensayo sobre la higiene en América, que la introducción de la mugre en este nuevo mundo por los españoles y demás europeos fue una de las causas de epidemia y despoblación del continente.

 

Las indias fueron motejadas de herejes por bañarse deleitosamente en los ríos y baños de vapor, más no por eso las desdeñaron. Estos seres anfibios y ecológicos, ¡cómo pudieron aparearse a los rústicos recién llegados, oliendo a sudores rancios de ajos y cebollas, su tradicional alimento, y hediendo a vino, su única bebida! Eduardo Galeano afirma, y yo lo creo, que Hernán Cortés no sedujo a la india Marina: ¡la desmayó!

 

¡Cuántos gentilhombres nimbados por la gloria bajaron a sus regios sepulcros sin haberse dado un baño con remojo en su cochina vida!

 

Torrentes de tinta se han derramado narrando los amores de indias y conquistadores. Las amantes nativas de Cortés, Pizarro y Alvarado, arrebatadas de sus hogares y entregadas como botín al vencedor, hicieron historia. Pero esa historia fue también mistificada a conveniencia de la política de engaño que implantó el imperio. Y en todas se da un común denominador: de estas uniones llamadas por la novelería romántica "la agreste mancebía", quedaron los mancebos de la tierra. Sus madres, una vez satisfecho el placer o la conveniencia de los hidalgos amantes, fueron dadas en matrimonio a los segundones. Medida harto efectiva para silenciarlas definitivamente. Será por eso que la celebración del 12 de octubre como el Día de la Raza, me deja perpleja: ¿Es el día de la raza conquistadora o el día de la raza india, o simplemente se honra el mestizaje?

Susana Dillon
De "Cazando historias" - Biografías inéditas de audaces mujeres del pasado

Diario Puntal - Córdoba - Argentina

31 de agosto de 2008

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