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Relatos maravillosos
Ouro Preto
La mayor y más romántica leyenda brasileña
Susana Dillon

Ouro Preto es la ciudad que genera leyendas desde la época del siglo XVIII. Por esos tiempos los aventureros probaban allí fortuna, era el corazón del imperio lusitano. Los brasileños de hoy lo siguen explotando: ahora son el turismo y las leyendas. Lugar donde los que buscan historias de tesoros tienen para darse el gusto. Visitar Minas Gerais (el estado más rico de nuestro vecino país) es ir a meterse en el túnel del tiempo. Una cita con la historia y el misterio de los socavones y los garimpeiros[1]

 

La Historia de Chico Rey. Un esclavo que liberó a su pueblo

 

Alto, fornido, hercúleo, en la plenitud de su vigor, negro satinado como la noche africana, era Galanga Muyinga, el rey de aquella tribu del Congo, allá por los años en que los negros andaban cazados como animales para traerlos a las minas de oro del Brasil, que entonces era de Portugal. Los tratantes de esclavos venidos en barcos construidos para tal fin, amontonaban a esa doliente carga humana para hacer los viajes parecidos al infierno. En eso competían ingleses, portugueses y holandeses aprovechando ese negocio infame.

 

Galanga cayó en la trampa tendida, como se hacía con los tigres; con él cazaron también a su mujer, su hijo y a una niña. Toda la tribu fue hecha prisionera, engrillada y atada con cadenas al banco donde pasarían el viaje. Allí dormirían, comerían y harían sus necesidades. El olor se sentía a varias millas de distancia.

 

Los traficantes marcaban a los negros con hierros al rojo con sus propias iniciales, a veces los cristianaban: a los hombres los llamaban Francisco y a las mujeres María. En esas condiciones, con mala comida, poca agua y latigazos, se cruzaba el Atlántico. Lo único que pudieron traer consigo fueron los recuerdos, hasta tuvieron que olvidarse de sus dioses, pero no se olvidaron de sus cantos y de sus bai­les.

 

A mitad de ruta, el barco comenzó a inundarse por exceso de peso. El negrero dispuso, por ser menos valiosas, arrojar las mujeres al mar, así se tragó el agua al resto de sus familias: la ganancia y la codicia pudieron más que la razón y las lágrimas. Así supieron los hombres cómo vendría lo demás. El destino pintaba cruel, imprevisible. Llegaron a Río de Janeiro 112 negros cubiertos de sus propios excrementos acumulados durante el viaje. Hubo que bañarlos, curarles las heridas producidas por las cadenas y los grillos, para luego prepararlos con una friega de aceite, de manera que luciera mejor la mercadería a subastar en la plaza mayor, frente a la iglesia.

 

Previa cuarentena, para saber si estaban sanos, los compradores se arremolinaron alrededor del gigante de ébano y sus compañeros en desgracia. Le examinaron dientes, ojos, los poderosos músculos. Eran jóvenes negros, vigorosos, bien plantados, con alto sentido de su amor propio, pero Galanga les aconsejaba prudencia; había visto matar a latigazos a los que se rebelaban. Los compradores hacían cálculos de lo que iban a gastar con tan buen lote. Uno de los que se detuvo más tiempo en revisarlos fue el mayor Augusto, venido de Villa Rica de Ouro Preto, donde tenía una mina de oro de poca importancia.

 

Después de tironear el precio de los elegidos, compró a Galanga, a su hijo y a treinta de los más saludables de la tribu.

 

Fue largo el camino desde Río de Janeiro hasta Villa Rica por montañas, arenales, selvas y pantanos. Llegaron heridos, sangrantes y hambreados a la mina del mayor Augusto, que era un socavón donde era breve la vida de los que la poblaban. Los negros de las tierras cálidas se encontraban con otra geografía, fría, húmeda, donde las nubes los rodeaban en la altura. -¿Podrían  sobrevivir en esas condiciones y maltratados como se hacía con los que eran considerados sólo carbón humano?.

 

Galanga, como rey, sabía decirles a sus compañeros en desgracia: "Hasta aquí hemos salvado la vida, ahora habrá que conservarla, tener paciencia y aguzar la vista para saber dónde están las vetas de oro. Allí está dormida nuestra suerte, habrá que despertarla".

 

Para el mayor Augusto, la tropa de negros recién adquirida era una esperanza de mejor suerte; estaba sumido en deudas y aspiraba a mejorar su destino. Se decía que esa mina estaba agotada, hasta sus vecinos se lo recordaban.

 

Los súbditos de Galanga seguían obedeciendo a su rey, ahora era su líder. Para mejor, el mayor Augusto había observado que donde trabajaba Galanga salía más oro y cuándo eso pasaba los negros a su lado cantaban las canciones de su tierra africana. Cuanto más hondo cavaban más oro salía y aquello ponía de excelente humor al dueño, a quién, paso a paso, se le iba ablandando el corazón... Como el negro ahora se llamaba Francisco, le comenzó a decir Chico, que es una abreviatura afectuosa. Y de los cantos pasó a los bailes y de allí a la mejor comida. Cada día el liderazgo del gigantesco negro crecía, como prosperaba la mina.

 

Un buen día, en vista de que las cosas mejoraban, patrón y esclavo conversaron del futuro:- Si me haces rico con lo que sacas te daré la libertad. Y si quieres trabajar los domingos, eso será para ustedes. Chico estaba radiante, esta nueva posibilidad hizo que los esclavos redoblaran el esfuerzo, para tener ellos el primer paso en mejorar su suerte.

 

Chico revisaba las vetas con ojos de águila. Dando vuelta el cascajo encontró una enorme pepita de oro y se la llevó a su patrón, quien lo recompensó dándole la libertad, pero él siguió trabajando como empleado de confianza. Su experiencia, su sagacidad, su vista privilegiada y su inteligencia fueron valoradas no sólo por el Mayor sino por todos los mineradores y garimpeiros que estaban en el negocio. Chico logró comprar una mina abandonada con lo que ganó trabajando en equipo los domingos. Con lo que sacó pudo liberar a su hijo y a su gente. 

 

Nadie compraba minas sin la opinión de Chico, con él las vetas no tenían secretos. Las miraba con su farol, siempre encendido, y comenzaba a dar vueltas por los socavones hasta que encontraba el hilo, la chispa, la oculta pepita que asomaba misteriosamente entre las grietas, y su enorme mano acariciaba las piedras como pidiéndoles permiso para despertar a la suerte que lo estaba esperando. Luego del asombro y la maravilla, los mineros cantaban las viejas canciones africanas. Chico hacía cantar hasta a las piedras y el trabajo no era cosa de esclavos, sino de gente libre.

 

Y ya que "estaba de buenas", a los 47 años se volvió a casar, recuperando su antiguo título de rey. Fue coronado en la Iglesia de Santa Efigenia, la santa negra protectora de su raza.

 

Pero todavía ambicionaba algo más solidario para su gente. Su tarea era hacer ahora un fondo común con lo que se extraía los domingos para las ancianas y ancianos que por débiles y enfermos ninguna patronal quería en sus minas.

Todos los años, a partir del 6 del enero de 1747, en la Iglesia del Rosario, se reunían los negros de la tribu de Chico y sus simpatizantes a dar las gracias y a repartir dinero para los ancianos ya retirados del trabajo, aunque eran muy pocos los que llegaban a esa condición.

 

Se hacían procesiones  hasta la Iglesia de Santa ingenia, cantando, bailando, comiendo y bebiendo en honor de Chico, que era el que los sostenía. Chico rey, con su traje de corte, al Igual que su tribu, impusieron esta costumbre que hoy se festeja con el carnaval. El gigante lucía su peluca empolvada y sobre ella la gran corona de plata cuajada de amatistas, topacios y brillantes; al son de los tambores y sonajas recorrían las calles enfiestadas para llegarse hasta la cárcel, donde la nueva reina repartía regalos y ayuda a los presos. Luego pasaban a los patios, donde servían un gran almuerzo y se comía a voluntad, todo a cuenta de Chico.

 

La posteridad lo ha premiado con el recuerdo permanente y cariñoso. Los días de carnaval y de algunos santos salen a las calles a festejar la época en que se despertaron las entrañas de la tierra para que un rey salvaje diera el ejemplo que no dieron los cristianísimos reyes blancos. Ellos prefirieron imponer la esclavitud y aniquilar pueblos enteros para satisfacer su codicia.

 

El pueblo brasileño, que tiene buena memoria, no olvida al rey que hicieron esclavo y al esclavo que se ganó un reino: el cariño de su gente.

 

El estado de Minas Gerais es considerado el más rico de todo el país, no sólo por sus minas de oro y canteras de piedras preciosas, también de hierro a cielo abierto. Pero en lo que no hay discusión es que de allí salen los políticos más notables, los hombres de ciencia y los poetas que relatan sus historias de maravillas.

 

Quien quiera viajar para conocer a nuestro gigantesco vecino, que se deje unos días de vacaciones para meterse en el túnel del tiempo a recorrer sus ciudades coloniales, son un tesoro de cultura brindado por "o mais grande do mundo"

[1] Garimpeíros: buscadores de oro.

 

Susana Dillon

Relatos maravillosos 
Diario Puntal

12 de abril de 2009

 

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