Leyendas del Sur de Irlanda

La mujer foca
Susana Dillon

Cuando la gente se reúne a contar viejas consejas, tanto sea al amor del fuego como ante un vaso de cerveza en algún concurrido pub, se reproduce la siempre contada historia de la mujer-foca. Ésa que salía del cuero de unos de estos animales de negra piel y satinado aspecto, de ojos oscuros y aterciopelados que miran profundamente, tal vez haciendo recordar a lo hondo del mar que les da vida.

 

Aquella foca se distinguía de las otras por ser la más ágil y graciosa. Así la encontró Thommie, el pescador, muchacho que amaba la soledad de las costas donde soñaba aventuras y amores. La pasaba recorriendo los riscos, las playas y los acantilados siempre en busca de lo que las olas, caprichosamente abandonaban en la orilla: una vez un viejo y carcomido timón, otras, algún madero finamente tallado o algún cacharro o parte del velamen de algún hundido velero.

 

Thommie, en ésas encontró, ya no la foca negra sino a una mujer que salió perezosa del satinado cuero. Y como se apasionaba por las cosas que la resaca abandonaba, también se enamoró de la mujer emergida del cuero. La llevó a su casa, la presentó a su familia y terminó casándose con ella. Al cuero lo guardó como recuerdo en una viga del techo de la vivienda.

 

La mujer era bella, de negros y relucientes cabellos que contrastaban con los rizos dorados y los ojos azules de la familia del muchacho: los Connelly.

A pesar de las diferencias y de lo extraño de su origen, los Connelly aceptaron a la mujer que había enamorado al primogénito aunque sus extravagancias los tenían intrigados.

 

La Selkie, que así llamaban a la muchacha, tanto -se la pasaba chapoteando por horas entre los acantilados en lo más crudo del invierno, como asoleándose por días en la playa, como trayendo peces que cazaba con las manos, ajena por completo a las tareas de las demás mujeres.

 

Sin embargo Thommie y su Selkie eran felices. Tuvieron varios niños, todos con el negro y brillante cabello de la madre y los ojos celestes del padre.

 

Los años hicieron aún más bella a la mujer y más aventurero e inventor al joven. Con los maderos arrojados por el mar construía muebles. El más hermoso: una cuna en forma de barca, donde se criaron los hijos del matrimonio feliz.

 

Un día, la mayor de las hijas de estos Connelly encontró el cuero de la foca en el horcón del techo de la casa del pescador y como era tan suave y lustrosa pensó que quedaría muy bien como cobertor en su cama. Por supuesto que se la pidió a su madre.

 

Al ver su viejo envoltorio, la Selkie se lo arrebató, se cubrió con él y salió caminando hacia el mar. Nunca más regresó.

 

Dice la gente de la costa, que cuando una Selkie recupera su primitiva piel, ningún poder la detiene, ningún llamado humano la hace volver.

 

Es más fuerte el bramido del mar que las voces que le ruegan desde la orilla. Sus ancestros la llaman y ni el amor de su compañero ni el llanto de sus hijos la devuelve a los suyos.

 

Por eso en las costas donde habitan desde hace centurias, los Connelly nacen niños de cabellos negros como el azabache, suaves y lustrosos. Son los genes de la Selkie.

 

Por otra parte en aquella región nadie, nadie, mata a las focas.

 

Las gaviotas, que no son otra cosa que las almas de los pescadores tragados por el mar, vigilan para que nadie quebrante esta ley.

Susana Dillon
Los viejos cuentos de la tía Maggie
(Una irlandesa anida en la pampa)
Editor: Universidad Nacional de Río Cuarto
Córdoba, 1997

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