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La leyenda del quirquincho |
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Cuentan los paisanos que una vez hubo un tejedor de ponchos y chalinas que mantenía a su familia con lo que producía su telar. Un mal día se levantó con el pensamiento de que sería bueno tejerse uno para él, por supuesto que sería su obra maestra, un primor de colores y de guardas. Después lo luciré en algún baile que haya en este pago. ¡Qué tanto trabajar para los demás!, ya es hora de que piense en lucirme yo también —se dijo—. |
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Dejó
de lado todas las prendas que tenía comenzadas y se puso a tejer el suyo.
Inició el trabajo con las mejores lanas y muy prolijo, pero cayó un
amigo a visitarlo y a invitarlo al próximo baile. Se fueron al boliche a
festejar el encuentro. Con
el forastero cada vez que se encontraban soñaban con aquel baile. La
familia comenzó a pasar hambre porque no cumplía con los pedidos. Él
estaba ajeno a todo. Como
la fecha de la fiesta se le venía encima, el poncho, tan prolijo al
principio, se hizo rápida y desprolijamente. Las guardas salían
torcidas, desflecadas y los colores mal combinados. Llegó
la noche del baile y el paisano se vistió de gaucho: sombrero alón,
bombachas, botas lustrosas, rastra y espuelas de plata, encima el poncho
mal tejido y a las apuradas. Iba
por el camino que era angosto y un ave nocturna le asustó el caballo.
Tuvo su buen revolcón, aturdido por el golpe, comenzó a sentir que algo
lo apretaba por todas partes, era el poncho convertido en dura caparazón
que lo cubrió todo. Cuando se pudo mover, se vio reducido a un animal. Y
como animal buscó un agujero donde guarecerse, presa de terribles
remordimientos. Se
había convertido en el quirquincho, animalito que tiene el poncho
desprolijamente terminado. Como tiene mucha vergüenza se anda escondiendo por los campos. |
Susana
Dillon
De "Ranquelito"
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