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La leyenda del quirquincho
Susana Dillon

Cuentan los paisanos que una vez hubo un tejedor de ponchos y chalinas que mantenía a su familia con lo que producía su telar. Un mal día se levantó con el pensamiento de que sería bueno tejerse uno para él, por supuesto que sería su obra maestra, un primor de colores y de guardas. Después lo luciré en algún baile que haya en este pago. ¡Qué tanto trabajar para los demás!, ya es hora de que piense en lucirme yo también —se dijo—. 

Dejó de lado todas las prendas que tenía comenzadas y se puso a tejer el suyo. Inició el trabajo con las mejores lanas y muy prolijo, pero cayó un amigo a visitarlo y a invitarlo al próximo baile. Se fueron al boliche a festejar el encuentro.

Con el forastero cada vez que se encontraban soñaban con aquel baile. La familia comenzó a pasar hambre porque no cumplía con los pedidos. Él estaba ajeno a todo.

Como la fecha de la fiesta se le venía encima, el poncho, tan prolijo al principio, se hizo rápida y desprolijamente. Las guardas salían torcidas, desflecadas y los colores mal combinados.

Llegó la noche del baile y el paisano se vistió de gaucho: sombrero alón, bombachas, botas lustrosas, rastra y espuelas de plata, encima el poncho mal tejido y a las apuradas.

Iba por el camino que era angosto y un ave nocturna le asustó el caballo. Tuvo su buen revolcón, aturdido por el golpe, comenzó a sentir que algo lo apretaba por todas partes, era el poncho convertido en dura caparazón que lo cubrió todo. Cuando se pudo mover, se vio reducido a un animal. Y como animal buscó un agujero donde guarecerse, presa de terribles remordimientos.

Se había convertido en el quirquincho, animalito que tiene el poncho desprolijamente terminado.

Como tiene mucha vergüenza se anda escondiendo por los campos.

 

Susana Dillon
De "Ranquelito"

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