La leyenda de la peperina
Susana Dillon

Hace casi quinientos años vinieron gente blanca a poblar nuestras tierras, ya que los indios, sus verdaderos dueños, habían sido tan maltratados por los invasores que o se morían de tristeza y trabajos forzados o huían a lo más alto de las cumbres o se escondían en los valles más apartados, ahí donde la codicia de los blancos no pudiera esclavizarlos.

 

Entre los españoles conquistadores también vinieron gentes de trabajo, al servicio de los que portaban armas y malas intenciones.

 

Fueron carpinteros, herreros, albañiles, talabarteros, sastres, costureras y tejedoras cuya presencia era necesaria para levantar pueblos y ciudades, atendiendo las urgencias de los nuevos pobladores.

 

Entre ellos vino Pepe, el hijo del carpintero y Rina, la hija de la tejedora al telar.

 

Como eran muy niños cuando llegaron a estos parajes, primero fueron compañeros de juegos y más tarde, grandes amigos. Recorrían las sierras cuidando sus majaditas y alguna vaca que criaban, juntaban leña, buscaban agua de los ríos para el uso doméstico. Jugaban en la limpia corriente de los arroyos que saltaban de piedra en piedra. En fin, trabajaban y disfrutaban del paisaje que el fundador de Córdoba, don Jerónimo Luis de Cabrera encontró parecido a su Córdoba hispana.

Volvían a sus casas al atardecer con grandes atados de leña, lienzos con berros y hierbas olorosas de las sierras que por todas partes las había.

 

La madre de Rina, no solamente era una hábil tejedora, también era entendida en remedios caseros ya que no había médicos en aquellos tiempos sino algún sangrador que casi siempre era el barbero o quien amputara una pierna a algún quebrado o herido en la guerra. Los que enfermaban eran atendidos por la buena voluntad de mujeres que hacían de la observación y la memoria su ciencia elemental. La hábil tejedora enseñaba a la niña a diferenciar las hierbas y a cosecharlas para luego aplicarlas en cataplasmas, infusiones y sahumerios que resultaban bastante efectivos para los males que atacaban a aquellos colonizadores tan alejados de ciencias y médicos.

 

Los nuevos pobladores veían pasar las tropas que se dirigían a los lugares donde se suponía todavía quedaban indios sin encomendar, es decir, sin reducir a la esclavitud y tal actividad guerrera les producía mucho temor, pues sus compatriotas no tenían clemencia cuando se trataba de escarmentar a los que huían o se rebelaban.

 

En sus recorridas por los campos, los dos niños se habían relacionado con una anciana comechingona que se guarecía en una cueva, manteniéndose con los frutos del algarrobo y del chañar, raíces comestibles y peces que pacientemente pescaba en los ríos.

 

La sabia anciana había simpatizado con los niños aportándoles conocimientos en la búsqueda de las plantas que les interesaban. Al fin, ella, por sus años y experiencia sabía más que nadie de estas cosas. Volvían, pues, cargados no solamente con nuevas especies sino con el consejo de cómo utilizarlas. La madre de Rina se lo agradecía trocando los yuyos con alguna golosina elaborada en su cocina. Madre e hija habían comenzado la práctica de la medicina indígena que era muy superior a la traída por los blancos. Así, la tejedora, ya no sólo practicaba su viejo oficio de vestir a sus paisanos, sino que acrecentaba su buena fama en el arte de curar en forma sencilla y natural.

 

Pero la violencia por la posesión de tierras y títulos que significaban poder, la obsesión por encontrar oro que se suponía ocultaban los indios de las sierras, hizo que no solamente hubiera guerras entre indios y españoles, sino que también estallara la discordia entre los mismos conquistadores. Hubo combates, asesinatos y traiciones.

 

—¿Qué remedio habrá para curar tanto mal  entendido, tanta guerra y tantas ambiciones? —se preguntaban los padres de los niños que siempre temían ser llevados como soldados a los combates. Había estallado fieramente la lucha por el poder entre los Abreu y los Cabrera.

 

Rina y Pepe se llegaron a la cueva donde vivía la anciana comechingona y le plantearon el problema.

 

La oscura y sabia viejecita mucho caviló. Al fin dijo: —Hay una planta que cura muchos males, pero por sobre todo apacigua y da buen humor, lava el estómago y los ríñones y le quita al hombre la fiereza. Es ésta -y les dio una brazada de ramas marcándoles el lugar donde encontrarla.

 

A los pocos días cayeron las tropas de los Abreu a llevarse a los trabajadores como soldados para que combatieran contra los Cabrera. Mataron a los pocos indios que quedaban por los alrededores para que no se unieran a sus enemigos, entre ellos también a la anciana de la cueva.

 

Huyeron los niños despavoridos por las sierras desparramando las semillas y las ramas de la yerba milagrosa.

 

—¡¡Pepe-Rina -gritaba la madre de la niña, enloquecida de dolor ante el extravío de los niños. ¡Pepe-rina! se llamó la planta que creció en abundancia por donde pasaron huyendo los dos muchachitos en la Córdoba aromática y docta.

Susana Dillon
De "Ranquelito"

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