La guerra civil española

"Buen día, Nostalgia"
Río Cuarto... de donde venimos y como somos
Por Susana Dillon

Aquella guerra tan sangrienta y recordada, tuvo su punto de contacto en nuestra ciudad, podríamos decir, tuvo honda repercusión en toda la América Hispana, pero aquí en forma muy particular. Los españoles de antigua cepa y los inmigrantes luego, no sólo participaban en obtener y comentar las noticias del frente, también se solidarizaron con los parientes, amigos y compatriotas que allá quedaron luchando en ambos frentes.

En nuestro medio, la mayoría de los simpatizantes estuvieron del lado de la república. Su fervor hizo que se nuclearan asistiendo a reuniones, conferencias, funciones de teatro y baile, mucho baile y cante jondo. No sólo vinieron a refugiarse políticos perseguidos por el franquismo, también llegaron artistas admirados hasta el delirio que anclaban por temporadas en Córdoba y de allá para acá, donde nuestros admiradores expresaban sus sentimientos.  

Habiendo tantos españoles en nuestro medio, quisieron hacer un simulacro con apagón y mucho ruido para, si por las dudas, la guerra se extendía, al menos tendríamos algo de experiencia. A todos se les contagió el espíritu guerrero queriendo estar a la altura de las circunstancias, pero claro, sería más bien a la cordobesa.

Tanto influyó el genio taurino y el duende bélico, que fervorosamente recibieron a ilustres exiliados con el mayor de los respetos, proporcionándoles refugio, ayuda material y profunda admiración. Muy cerca nuestro, en Alta Gracia, residió en un dorado exilio el eximio compositor don Manuel de Falla, el autor de la Danza del Fuego, el Sombrero de Tres Picos, El amor brujo y tanta otra obra genial que compuso en nuestras sierras, hasta su muerte. Tampoco se perdieron las obras teatrales de Margarita Xirgu, gran dama de la escena, ni los faraones del cante andaluz, ni las atrevidas canciones de Miguel de Molina. También tuvieron su público fervoroso científicos, literatos, políticos y poetas de la talla de Federico García Lorca. Cuanto hispano anduviera por América tocando castañuelas y denostando al fascismo estaba con los rojos.

Los riocuartenses no quisieron ser menos y hasta se hicieron simulacros de bombardeos y los consiguientes "apagones" por si nos metemos a guapos y nos "colgamos de la guerra", dijeron los fanáticos. Pero no llegó la sangre al río.

Acá el jaleo les dio cuanto tuvieron que buscar quienes se hicieran los heridos y los muertos. Los niños bien no quisieron hacer esos papeles porque se des­merecían, pero unos cordobeses albañiles se anotaron y la pasaron bomba.  

Historias bien nuestras

Fue por los años en que se desató en España la guerra civil. Los intelectuales de Río Cuarto capitaneados por Don Juan Filloy, entre los que se contaban el Dr. Martorelli, el Dr. Héctor Joaquín Bustamante, el Dr. Lucero Kelly, el pintor Arregui Cano y demás figuras del entorno, estaban con los republicanos. A ellos se unían comerciantes y no pocos refugiados. Se leía a García Lorca y cuando vino Margarita Xirgu se llenó el teatro de inflamada militancia.

Salvo el hambre de noticias del frente y su posterior interpretación en los bares y comedores, la cosa no pasó a mayores. Por la tarde, la confitería de los Durisch se poblaba de público que se tomaba el vermouth y hacía los comentarios, la juventud daba la vuelta del perro por la plaza y siempre se atisbaban los posibles romances de la gente del centro.

A través de las mesitas se la veía pasar a la Srta. Adelaida profesora de música del Normal, una agradable y magnífica ejecutante, muy querida docente que con suma modestia traía locos a dos personajes del Imperio: un poeta de mirada afiebrada y melena a lo Gustavo Adolfo Bécquer y el boticario de la misma cuadra.

El poeta, justo en la vereda, cuando la veía pasar a su musa, la esperaba una flor y una esquela que le entregaba haciendo una reverencia, Adelaida recibía el homenaje, se sonreía recatadamente y seguía con las partituras bajo el brazo. El boticario, en tanto, parado en la puerta de su farmacia se acomodaba los escasos pelos de la calva y mordía su amargura mientras se hundía en sus recetas magistrales.

Un día apareció en el diario El Pueblo la no­ticia del compromiso matrimonial del boticario y la dulce dama música.

Ese día el angustiado poeta, más desmelenado que nunca, la abordó a Adelaida por entre las mesitas de la confitería: -Ay! Adelaida, -exclamó retorciéndose los negros y abundantes bucles, -Estos son pelos y no frasquitos!-  

¡La guerra es la guerra! dijeron en el Imperio

En España ardía la guerra, las noticias eran contradictorias y hasta hubo voluntarios que partieron a luchar por los suyos. Aquí, todos se sintieron tocados por los acontecimientos, pero estábamos viviendo "la década infame".

No queriendo nuestras autoridades estar ajenas a los sinsabores del conflicto, se les ocurrió, nada más que por estar a tono, hacer ejercicios de oscurecimiento y salvataje... por si el conflicto se generalizaba.

Como siempre, no estuvieron ausentes las damas locales que se ofrecieron para representar el papel de enfermeras, para lo cual, como primera medida se encargaron a las modistas los trajes de rigor. Las chicas paquetas del Imperio no se querían perder el protagonismo. Ser enfermeras de la Cruz Roja y socorrer a sus héroes, tal como en las películas.

Los intelectuales, que se juntaban a descifrar las noticias contradictorias de la radio se reunían en un comedor que, para estar también a tono, tenía como plato del día "Bifes a la Miaja", en honor al general de la leyenda, consistente en un suculento trozo de carne, colchón de papas fritas y un buen par de huevos.

Llegada la noche del apagón, hicieron falta muertos y heridos por la metralla, como los señores organizadores tuvieron que estar en la dirección de las operaciones y en la conducción de vehículos, casi no consiguieron las víctimas del evento. Los vagos y desocupados de siempre se ofrecieron y también fueron designados algunos negrazones de esos que siempre andan a la pesca de novedades.

No bien sonaron las 21 se produjo un apagón, los fabricados incendios, los ruidos de metralla, el tintineo de las campanillas de los bomberos, sirenas y estentóreo movimiento de vehículos, cascos de caballos asustados y griterío de los presuntos heridos. Un verdadero pandemónium.

A todo esto las noveles enfermeras ataviadas con sus capas y tocas llevaban auxilio a tantos caídos en el combate.

Por aquí y por allá los dolientes, tirados en los adoquines reclamaban el consuelo de las bellas, en tanto las decididas y heroicas damiselas restañaban heridas que sangraban a baldes.

Los negrazones heridos, no bien sienten sobre sus sienes las suaves y linajudas manos, reviven y milagrosamente se prenden de sus salvadoras, las besuquean, las palpan, las pellizcan, las aprietan, las...

Las fervorosas y abnegadas enfermeras nunca han luchado con muertos tan vivos ni tan recalentados. Gritan, piden gracia, algunos se desmayan. Ante tal comportamiento, las tropas, que se han dado cita para controlar el apagón quedan sin saber qué medida tomar para dirigir el simulacro. Un cabo grita en medio del tumulto: -¡Los muertos se han desacatado! ¡Prendan las lucesl ¡Apagón concluido!

Cuando vuelve la luz, las enfermeras han perdido sus tocas, sus capas, el botiquín y hasta algún calzón de fina lingerie. Los negrazones, muertos y heridos se dispersan entre las pocas pero eficaces sombras imperiales. Para ellos, el apagón fue un éxito de campanillas.

Este simulacro de combate, como en la historia grande, no hubo vencedores ni vencidos, pero más de cuatro se quedaron relamiente y contando el cuento.  

Temor a los temblores  

Por la década del '30 se sucedieron varios temblores. El epicentro era Sampacho, lugar al que los comechingones llamaron Sampacha (tierra movediza) y ya se sabe que la localidad fue arrasada por un terremoto que aún se comenta.

Desde las mesitas de la Confitería Durisch la gente tenía motivos de comentarios, no sólo por el movimiento que despertaba curiosidades en la vereda de enfrente en que estaba y siguen estando la policía, sino porque la caballada que se guarecía en los establos, daba muestras de inquietud toda vez que la tierra se estremecía con alguna amenaza.

Era frecuente que al menor indicio de temblor, los caballos, que perciben estos fenómenos con mucha agudeza, cortaran en su espanto las riendas y salieran a la estampida por el portón e irrumpieran localmente por las calles del Imperio.

La gente tomaba esta particular conducta de los equinos como alerta para ponerse a salvo de cualquier sacudón.

A los ocasionales visitantes les llamaba poderosamente la atención el hecho de que en cada casa las luces centrales de los cuartos oscilaran, a veces en forma notoria y alarmante.

Por Susana Dillon
"Buen día, Nostalgia"
Río Cuarto... de donde venimos y como somos

Diario El Puntal (Río Cuarto - Córdoba)

2 de noviembre de 2008

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