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Secretas alcobas del poder

El dramático final de los Carrera
Juanita o el peligro de ser hermosa
Susana Dillon

Estos fueron tiempos en que los países de la América del Sur estaban prácticamente en conmociones volcánicas. En Chile también se armaron ejércitos para luchar contra los realistas. San Martín y Bernardo de O'Higgins, figuras preponderantes, llegaron al acuerdo de luchar juntos, pero se dieron con el inconveniente de que otra facción se había creado para el mismo fin, aunque con otra manera de luchar. La lideraban tres jóvenes hermanos: los Carrera, provenientes de una familia de alcurnia, descendían de los primeros conquistadores y eran arriesgados, violentos y audaces. No midieron las consecuencias ni aceptaron lo que proponían los que se habían adelantado en la preparación de ejércitos, tácticas y profesionalismo.

Los Carrera querían liderar esta campaña sin escuchar a los más experimentados y prestigiosos. Huyendo de la persecución de los realistas y no pudiendo entenderse con San Martín ni con O'Higgins, llegaron a Cuyo y de allí al sur de Córdoba, donde perpetraron varios actos de violencia contra los pobladores cometiendo atropellos con la gente de los pueblos. Se habían convertido en montoneros y luchaban con sus mismos métodos.


José Miguel, el mayor, que a los 25 años había llegado a tener nombradía en su tierra, arribó a Río Cuarto donde hizo conocer sus dotes de rebelde y su romance con Juanita.

El fin de estos jóvenes fue lamentable, pues contribuyó a esa malquerencia que por muchos años tuvimos con nuestros hermanos y vecinos. Fueron fusilados por orden de San Martín.

La llegada de los hermanos Carrera a Río Cuarto fue precedida de toda suerte de atropellos. Los dos chilenos no hicieron asco en desparramar violencia sobre la ya desatada en las luchas intestinas y que tuvieron como escenario la región central del país, allí donde se unen las coordenadas para marcar la posición geográfica.

Eran tiempos en que estos dos rebeldes, si bien querían la independencia de Chile, no admitían el liderazgo de O'Higgins ni tampoco el de San Martín en la causa que debiera haber sido común y compartida. Los aristócratas chilenos querían la independencia

a su manera y así les fue, pero en estas convulsiones se gestaron las patrias nacidas en 1810. No sólo combatían contra los realistas, también hubo forcejeos de poder y alzamientos arteros, pequeñas miserias corroían las grandes causas. En aquellos entreveros donde los verdaderos objetivos de las luchas se desdibujaban en la polvareda de pasiones, aquellos hombres matizaron con el amor esa tan necesaria presencia femenina entre tanto tiempo y energías dedicadas a tutearse con el peligro y la muerte. La mujer, único y efímero antídoto contra la Parca.

La muchacha se llamaba Juanita Martínez y debió haber sido una belleza, un interesante botín, porque se la disputaron varios de los contendientes. Durante el malón que se perpetró en Salto se la llevó un indiazo a las tolderías de Yanquetruz. Después del malón, las quemazones y el despojo, a los hombres los pasaron a degüello y a las mujeres que buscaron refugio en la iglesia allí mismo las violaron, para luego arrastrarlas con sus hijos a las tolderías. Quedó la desolación, el humo, el silencio y, más tarde, el chillido de las aves de rapiña trazando círculos en un cielo tenebroso.

Juanita ya no tenía más lágrimas que llorar en esos ojos que insistía poner en el horizonte. Así pasó seis meses hasta que la polvareda que venía del desierto le recortó la silueta de una partida de montoneros al mando del general Carrera. Yanquetruz recibía estas visitas en calidad de amigos y los agasajó a la usanza ranquel: carne asada casi cruda, bebida fuerte, mate servido por las chinas de su familia. José Miguel Carrera semblanteó los alrededores y entre un grupo de cautivas vio a Juanita sumida en su tristeza. Se encandiló con la belleza de la mujer que se diferenciaba mucho de las otras y le sacó el tema al cacique para comprársela. Forcejearon por la paga y luego de varias ofertas y contraofertas el precio quedó fijado en veinte vacas y algunas chucherías. "El hombre necesita compañía", dicen que afirmó el indio, tal como lo dispuso Jehová, pero, claro, sin vacas de por medio.

El general Carrera se llevó la prenda, que anduvo de un lado a otro, como era la vida de aquellos aventureros, para ser, en horas de reposo, su compañía y placer. Hubo marchas, combates, tensas vigilias, huidas y saqueos y en esos avatares anduvo Juanita con otras mujeres llevadas por las buenas o las malas por aquellos hombres que tenían precio a sus cabezas. A veces, las apostaban en sus juegos de naipes, o a las patas de sus caballos, o a la suerte de la taba, las prestaban, las vendían, las cambiaban tan desesperadamente como se jugaban la vida. Pero Juanita era diferente, por eso le pertenecía al general.

La muchacha le tenía horror a esa circunstancia, maldecía la suerte que le había tocado porque sabía que en cualquier recodo del camino aparecería una partida con otra gente y cambiaría de mano como las otras. Muchas veces otros hombres feroces la habían mirado con deseo y hasta se le habían atrevido de palabras, pero los había contenido la idea de ir a parar al cepo o rodar junto al paredón con un tiro en la nuca.

En aquella campaña tan disparatada y despareja, los Carrera vinieron a dar a Río Cuarto. El general Morón, de las fuerzas regulares, capturó a las mujeres que iban a la retaguardia de los montoneros. Juanita vio que sus temores se cumplían y se desesperó por su futuro. Los soldados de Morón también comenzaron a espiarla engolosinados. No hacían otra cosa que arrimársele a decirle chistes brutales al son de groseras risotadas. Los pobladores de Río Cuarto no hacían más que comentar los dones de la capturada y ante la evidente admiración masculina, comenzaron a odiarla.

Ya en la comandancia, tanto lloró Juanita que el corazón del capitán Manuel Pueyrredón comenzó a ablandarse, trató de consolarla y, con la autorización del general Morón, la llevó al cuartel para "protegerla". Más habladurías en la villa.

Las peripecias de la guerra hicieron que José Miguel Carrera anduviera de buenas, dio combate en Río Cuarto y, como saliera bien librado, pudo rescatar a Juanita. Tiempo más tarde, Pueyrredón fue capturado y llevado en presencia del chileno. Carrera, caballerosamente, en homenaje de haberse preocupado por la muchacha, le tendió la mano y como premio le otorgó la libertad con tal que desapareciera de la escena. Otra vez en la villa volvieron a estallar los comentarios, cada vez con más pimienta.

Cuarenta años después, Pueyrredón en sus memorias aún recordaba la belleza de Juanita y su romántica historia. Pero ¿cuál hubiera sido el destino final de esta hoja en la tormenta? Sin duda sus huellas se perdieron en la arena de los medanales, una vez que su amante chileno tuviera un dramático final con su alzamiento y posterior derrota.

Aquellas mujeres, como Juanita, fueron más allá de ellas mismas, quedaron sumergidas en la arena, pero dejaron un mensaje de sacrificio anónimo que la historia grande, escrita o mandada a escribir por los mandamases, se negó a registrar.

Bibliografía

Barrionuevo Imposti, Víctor. Historia de Río Cuarto.

Susana Dillon

27 de junio de 2010
Secretas alcobas del poder
Diario Puntal (Córdoba, Arg.)

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