Cuando los gauchos tomaban te
Susana Dillon

No bien llegados a la Argentina, a mediados del siglo pasado, nutridos contingentes de irlandeses comenzaron a colonizar tierras en lo mas fértil de la pampa húmeda. El lugar elegido por aquellos campesinos, por tradición, fue el norte de la Provincia de Buenos Aires, como punto de partida. De allí se irían estableciendo en la medida que los campos fueran aptos para la cría de ganado, en especial ovejas, ya que eran pastores en su verde y pintoresca isla natal. "Tierra de pastores poetas y santos", reza ahora la promoción turística en aquel paraíso europeo abonado por la sangre de ochocientos años de lucha con sus vecinos: los ingleses.

Habían cambiado de paisaje geográfico, pero seguían siendo fieles a las tareas rurales, a sus costumbres heredadas, a la conservación del idioma, a usos y costumbres, habían trocado el verdor de las colinas por el inmenso verdear de las pampas y en lugar de aquella isla, que se extiende en 500 km. de costa a costa, de mar a mar, se dieron con un mar de trebolares sólo limitados por un horizonte en que la mirada no podía abarcar sus limites así se cabalgara días y semanas.

***

El matrimonio de Emma Rossiter y Miguel Gardiner se afincó en una colonia ovejera de Capitán Sarmiento, construyeron su hogar y comenzaron a llegar los hijos.

La explotación iba cambiando el panorama a fuerza de sudores dedicación y perseverancia.

Pero habiendo cumplido tres meses el último bebé de la familia, una enfermedad sorpresiva se llevó a Miguel, quedando la joven viuda a cargo de la familia, el campo y las ovejas.

No contaba Emmma más que con la ayuda de algún peón criollo y de sus vecinos y compatriotas, cada quien con sus problemas. Los allegados a la familia le plantearon a la joven Emma la necesidad de irse a Buenos Aires, al reparo de algunos familiares, ella, tras mucho darle vueltas al asunto de separarse de sus hijas, optó por mandar a las mayorcitas a un colegio de monjas para su educación, quedándose en el campo a seguir produciendo para solventar los estudios.

Muchos vecinos vinieron a prevenirla de lo duro que era tal proyecto, ya que no pocos inmigrantes habían perdido sus tierras y sus créditos en aventuras inmobiliarias y en la cría de ganado.

Pero ningún argumento hizo cambiar el rumbo de su destino de viuda con siete niños.

Empleó a gauchos para que la ayudaran en lo más pesado del trabajo, no conociendo otro descanso que el tiempo dado a sus oraciones y a los oficios religiosos mientras fueron creciendo sus hijos y aumentando su rebaño a 7000 cabezas, pasó el tiempo y llegó el momento en que el campo quedó chico para la majada y como se vendiera un predio colindante, arriesgó las ganancias obtenidas en esos años comprando el lote de sus sueños. Allí se veía pastando a miles de ovejas refinadas, moteadas aquí y allá por vacunos y yeguarizos. Irlanda se le salía por los ojos al contemplarse. En su ilusión pactó con el intermediario, entregó la seña según el boleto, esperando que transcurriera el tiempo convenido para escriturar contra la entrega del resto del dinero.

Quince días antes de la fecha convenida comenzó a llover hasta estrujar las nubes y rebalsar todos los ríos y arroyos de la región. Llegado el día de escriturar, en que debía cumplir como un gentleman, Emma no pudo cruzar el río Arrecifes que se había salido de madre.

Cuando bajaron las aguas, empuñó las riendas del breaque rumbo a Cap. Sarmiento. Llegó nerviosa y sonrosada como nunca, con su cartera llena de billetes, a la casa del intermediario. Este y el vendedor, con gesto bilioso, la esperaban frotándose las manos para espetarle cariacontecidos: -Mrs. Gardiner Ud. ha perdido el negocio por no respetar la fecha. Emma dio un manotón a su cartera, llamó a los dos peones que la acompañaban y sin más vueltas se subió al breaque enfilando hacia el ferrocarril que la llevaría a Buenos Aires. No le faltaban relaciones solidarias en la capital, siempre había un cura para remediar los males del espíritu y un abogado para los pleitos de dinero que proveía la colectividad.

Los O' Farrell fueron los letrados que encontraron la cláusula salvadora en la redacción del boleto que consignaba la dichosa fecha y a continuación el párrafo "salvo fuerza mayor" -¿Es que una inundación no era fuerza suficiente?-

Desandó Emma el camino y cayó con sus abogados como el rayo ante los dos comerciantes que se equivocaron de víctima. Pese a los malos augurios, la novel propietaria recobró sus tierras y siguió criando más ovejas.

Aquella majada de miles de cabezas producía una lana privilegiada que se esquilaba no bien los primeros calores hacían sudar a los animales. Junto a Emma los prácticos vecinos irlandeses enseñaban a los gauchos el secreto de quitarles el poncho a los bichos sin un rasguño para que saliera entero y sin problemas.

Era de rigor, que al final de aquella zafra se realizaba un festejo que quedó en la memoria de los lugareños. Como cada peón recibía una lata o chapita por cada oveja esquilada, que era cambiada por su valor en dinero el día en que finalizaba la esquila, se organizaba una reunión con merienda bajo los árboles del patio de la casa principal, rodeada también de galpones y tinglados, construcciones que almacenaban lo producido para aquel evento. Emma, ataviada con su mejor traje, sentada en la cabecera de la larga mesa donde cabían todos los esquiladores, sobre mantel blanco y juego de porcelana, la dama servía su té con scons a los homenajeados,

Aquellos rudos hombres domadores de pampas, vendavales y escarchas, unas fieras para el cuchillo o el talero compartían el clásico "five o'clock tea" como si fueran cumplidos caballeros reverenciando a su lady.

Luego, cada hombre cobraba sus patacones que guardaban prolijamente en los tiradores y cada uno saludaba a Emma Gardiner convertida en una castellana de las pampas, como lo habrían hecho en la verde Erín las ladies de otros siglos. Mucho nos puede asombrar o emocionar esta dama que no sólo conservó su tierra en años en que todo estaba por hacerse, sino que la acrecentó dando altos ejemplos a sus coterráneos cuando fueron pobladas las tierras vírgenes de la Provincia de Buenos Aires, hacerles tomar el té a gauchos "tan entrañudos, con más espinas que un tala", sigue siendo la gran hazaña de Emma Gardiner.

Relatado por Maggie Ryan, su nieta, en Río Cuarto.

Susana Dillon
De "Los hijos de Irlanda en Argentina"

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