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Hostel
Cuento de Pablo Dema

Sutiles historias en llagares de paso

 

Este cuento integra el libro Hoteles, del cual María Teresa Andruetto dijo: "Pequeñas escenas cuyos núcleos se devanan en leves movimientos, imperceptibles capas, escenas en hoteles y otros lugares de paso, fantasmas que despiertan sin que nadie los convoque, y nosotros viviendo en la impresión de haber visto ya estas cosas, en permanente déjá vu." Hoteles se presenta el próximo sábado 21, a las 20.30hs., en la Sala Mascaviento (Av. Marconi 727).

Coordina Diego Fornía. Diagramación y fotomontaje: Germán Sayago

Jóstel, jóstel, decía, pronunciaba la hija, la del medio, rodeada de varias amigas más. No, boluda, allá está todo el mundo de rata, cero money, cero hotel, sólo jóstelin. Las otras tres acostadas, desparramadas, el codo en el suelo y la mejilla en la palma, de costado, entrecerrando los ojos una, con la vista oculta por los lentes de sol inmensos, casi enmascaradas, las otras dos. En malla todas, y la hija del medio diciendo, además el jóstelin tiene toda la onda, es cosmo, es cool, pura freedom, ¿no? Acá hotel, pero allá jóstel, lo más. Suecos, alemanes, franceses, hasta un chino o japonés, no me acuerdo, toda Europa en un cuarto. Copado mal, ¿no?, seguía la hija, la del medio. Pese al repiqueteo metálico que viene de la habitación contigua, la mayor duerme la siesta en el cuarto más fresco de la planta alta. La chiquita, detrás de los ligustros, en la caballeriza, dándole agua y azúcar en la boca a Terrón, su yegua. La bautizó así porque es negra pero entre los ojos tiene una manchita blanca, casi cuadrada, como un terroncito de azúcar. La del medio sigue hablando, sentada en la reposera es una mancha dorada junto al riñón turquesa que destella y apenas tiembla en la siesta. No se bañan, no, se queman junto a la piscina, se encreman, charlan del viaje, de los jóstelins. Rodeando el perímetro del terreno, pasando por detrás de la casa y enmarcando el parque en cuyo centro se enclava el riñón turquesa, la ligustrina. Detrás de la ligustrina, un camino que se abre y conduce, si uno dobla hacia la derecha, hacia las canchas de tenis, y si uno dobla hacia la izquierda y camina unos cincuenta metros, a la caballeriza. En la ligustrina, podándola, Roque.

 

La hija del medio está diciendo, ay Roque bajá un cambio querés, ¿no podés dejarlo para más tarde? Roque deja de cegar la ligustrina, baja la tijera de podar y se va para la pieza de las herramientas ubicada junto a la caballeriza. No es un filólogo Roque, no, ni un lexicógrafo. Ni si quiera un aficionado a las etimologías, puesto que ni siquiera sabe lo que es una etimología. Le llaman la atención, sin embargo, las palabras. Al menos no pasan para él desapercibidas. Como en general son los otros los que hablan, y como en general los otros hablan entre ellos y no con él, él puede perder el hilo de las conversaciones y capturar en su red de semidesatención alguna palabra que después paladea en la mente. Recuerda que en la infancia ya jugaba a desmenuzar las palabras. Hay una imagen de la que fue, tal vez, la primera vez que lo hizo. En la siesta obligatoria la madre los ha acostado a todos, son seis hermanos en una pieza con camas cuchetas. El duerme debajo de su hermano Damián, de cinco años, dos menos que él. Roque pone los pies hacia arriba, empuja un poco y repite el nombre del hermanito. Damiandamiandamiandamian- damianda miandamianda mian da mian da mi anda mi anda me anda me anda meando meando me ando meando me ando meando ando ando anda andadamian meando andadamianmeándome anda damián meándome. Así quedaban las palabras cuando se las repetía, cuando se las volvía un revoltijo loco de sonidos capaces de mutar. El juego era inquietante porque desnudaba la fragilidad de los nombres y el descontrol latente en todas las cosas, ¿qué pasaría si todos comenzáramos a jugar, para siempre, a ese juego y olvidáramos de dónde partimos? ¿Cómo volveríamos a encontrar el verdadero nombre de las cosas? Así es que su juego siempre tuvo algo de sacrilego, como si se tratara del conocimiento de un interruptor para apagar el orden del mundo y él tuviera que mantenerlo escondido. Ahora va rumbo a la pieza de las herramientas amasando en la lengua esa palabrita que ha oído, esa palabra tan, a su parecer, exótica, tan sensual con la j ligera como un gemido que precede a la o. Y ese final que en sus sentidos habla de algo pequeñito, íntimo: "bulm", piensa, y a continuación se le viene a la cabeza, "nido" y, mejor, "nidito". Jóstelin, va diciendo, mientras ve a la hija con las amigas en unas camitas, en un cuarto con las paredes empapeladas de rosa y cortinitas blancas en el que tal vez haya lugar para él. Hotel, piensa, y ve el lujo, vidrios, una torre; piensa, hostal, y ve una casona baja pero amplia en un lugar serrano; hostería, se dice, y ve una especie de conventillo atestado; hospedaje, dice ahora, inquilinato, conventillo, y ve una familia llegando con una valija, no de vacaciones sino a quedarse por varias semanas porque el hombre tiene que trabajar en ese lugar; motel, dice luego, y le aparece la entrada del cine, un cartel de neón fucsia, "motel", una pareja de amantes fugitivos, él maneja, van en un cadillac descapotable, ella fuma, recoge el humo en la boca y se lo pasa a él que lo sorbe de sus labios, los pelos rubios de ella vuelan al viento y le tapan un segundo la cara a él cuando se besan, entonces él se afloja un poco más porque llegan al motel y están a salvo. En el maletero, la maleta con el millón de dólares. Eso es un motel en la cabeza de Roque.

 

Telo, dice ahora, y se abre una puertita allá en el fondo. Desde la negrura un humito dorado comienza a filtrarse hacia su conciencia, hacia su presente, mientras se va formando una carita que amenaza con salir. Siente un pinchazo, alcanza a verla fugazmente pero cierra los ojos y da la vuelta, se inclina ante la puerta de chapa de la pieza de las herramientas y pone la llavecita en el candado. Otra vez todo es luz, calor, el puro presente de su cuerpo sudado y trabajando en la finca de descanso de los patrones. Todo bien, se dice Roque, vamos a juntar el pasto que quedó cortado de esta mañana, no hay porqué hacer ruido.

 

Ahora Roque mete el pasto en unas bolsas de arpillera y las deja en el medio del parque. Primero llevará las herramientas que ha ido usando a lo largo del día. Es ordenado Roque, si no guarda algo es porque lo puede precisar más o menos enseguida. En su mano derecha, un rastrillo de alambre, en la izquierda, la bolsa abierta. Va empujando el pasto amontonado dentro de la bolsa. Cada tanto levanta la bolsa con las dos manos y la sacude para que la maleza se aplaste y entre más todavía. Parece mentira pero en un par de bolsas de arpillera ha puesto el pasto cortado de todo el sector que va de la pileta hasta la ligustrina, unos diez metros cuadrados. Claro que no todo, dice Roque, pero sí lo más grande. En la carretilla van las dos bolsas repletas, va también la tijera de podar la ligustrina y el rastrillo de alambre; queda, olvidada, una horquilla de seis dientes de acero que Roque había sacado con la intención de usarla para amontonar después la paja de los fardos desarmados en la caballeriza. A veces el caballo queda suelto y cuando se demoran para darle de comer el animal rompe los fardos y come de ahí. Le da trabajo comer así, además seguramente los alambres de los fardos entorpecen la tarea. Pero el hambre de un animal, cualquiera sea, no es fácil de detener. Una vez, en un campo cercano, unos chanchos se comieron a un cuidador que se desmayó en el chiquero. Roque recuerda eso y recuerda también que olvidó la horquilla cuando, llegando a la pieza de las herramientas, ve salir a la más chica montada en el pelo de Terrón. El animal arquea la cabeza y mordisquea el freno mal puesto. Roque, dice ella, en un saludo que es también pedido de auxilio. Roque suelta la carretilla y levanta la mano izquierda. Terrón, manso, se le acerca porque conoce la docilidad de esas manos. Al principio la yegua no deja de morder el freno pero Roque la disuade presionando con el pulgar y el índice en el nacimiento de la dentadura de arriba. Ella abre la boca y él le acomoda el freno. Después asegura las hebillas de la cabezada y tira de la muserola para hacerla bajar unos centímetros. Te tiene que quedar más lugar acá, entre el fierrito y la boca, dice Roque. La chica, nueve años de fragilidad subrayada por la piel blanca de las piernas en shorts sobre la pelambre negra, siguió los movimientos con atención; su silencio es el precio que paga por aventurarse sola a ensillar a Terrón, el mismo silencio expresa su ánimo repentinamente contrito. Roque lo advierte y le sonríe mientras acaricia la frente del animal, tan pacífico como si estuviera a punto de dormirse de pie. No es nada, dice, pero otra vez avísame. Ella asiente y ya sonríe mientras besuquea el aire para que Terrón se ponga en marcha. Otra vez la mirada de Roque se crispa y ella, pícara, dice: al paso nomás, al paso, ya sé.

 

Han llegado un par de amigos de la mayor y también una amiga. Ahora son cuatro, los varones toman cerveza en la mesa de jardín, bajo la galería. Ellas preparan una comida rápida en la cocina. Después del paseo, la más chica se fue en un taxi a la casa de la abuela; la del medio despide a sus amigas. Su voz y el relato de su viaje ha mantenido el reinado por sobre los demás discursos. Cuando se ponen de pie se lo cruzan a Roque que, con la horquilla en la mano, pasa rumbo a la pieza de las herramientas. Los hombres que toman cerveza alcanzan a oír, en la voz chillona de la del medio, un reclamo para ellos ininteligible desde esa distancia. Lo que sí entienden, nítido, es el "ay, Roque..que reprende ya por costumbre, como un latiguillo, como el volquete en el que se deposita el fastidio por el calor o los mosquitos. Pero la del medio lo dice y sigue, dándole la espalda a Roque y volviendo a los ademanes estrafalarios y al relato del viaje. Los que toman cerveza, circunstanciales convidados en la casa, miran cómo Roque se para en seco y luego se queda mirando la espalda desnuda de la del medio, la que le hizo una recriminación al pasar que parece dictada por la costumbre. Roque apoya la orquilla en el piso y con un movimiento la tira hacia arriba verticalmente y la empuña en la mitad del cabo. Roque, en cuero y con el torso sudado bajo el sol, con la orquilla de dientes curvos y brillantes, es un guerrero que no parece conocer la duda. Los dos hombres lo ven inclinarse hacia atrás, arquear levemente la espalda ya con la orquilla alzada y puesta paralelamente al suelo aunque levemente inclinada hacia arriba. Así permanece el cuerpo fuerte y fofo, acostumbrado al pan y al vino, a las cuantiosas pastas y al asado pero también al ejercicio permanente, a las tareas duras del jardinero en un lugar con tanto parque y montes frutales. Luego de unos segundos de tensión, el cuerpo de Roque, que parecía el perfil de un lanzador de garrocha bañado en la luz del verano, se relaja, baja la horquilla y la asienta en el piso.

 

Los dos convidados circunstanciales se miran, confirman sus sospechas, sueltan el aire y sienten, al unísono, en el fondo, un resto de decepción.

Pablo Dema
La ciudad ficcional
Diario Puntal de Río Cuarto
15 de agosto de 2010

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