He aquí la verdad. Jaime Sabines y la poética del cuaderno
ensayo de Luis Vicente de Aguinaga

Como ha escrito Christina Soto van der Plas, “el cuaderno es un género literario”[1]. En el cuaderno —también llamado, a la francesa, cahier o carnet— hay sitio para el “primer golpe de energía” y “la equivocación”, que idealmente no tendrán lugar en el texto pasado en limpio para ser publicado, apunta la ensayista. En ello, Soto van der Plas coincide con Philippe Met, quien advierte que, “según una premisa implícita, clásica a más no poder, los datos en bruto, los primeros impulsos y los ante-textos […] no pueden ser considerados poéticos en la medida que todo acto creador digno de ese nombre depende, por definición, de un proceso de elaboración secundaria”[2]. En otras palabras, la descripción clásica de los géneros literarios excluye formas como la del cuaderno, pero la descripción moderna repara esa exclusión entendiendo el valor poético de su inestabilidad y hasta de su precariedad textual.

Es legítimo preguntarse, dado lo anterior, si la publicación de un cuaderno traiciona el principio que hizo posible su existencia, ya que fija de forma definitiva una frase, un párrafo, un par de versos que no se avergonzaban de su inestabilidad ni de sus incorrecciones. Lejos de reposar, las palabras garabateadas en un cuaderno se agitan en busca de aquello que las preceda o las amplíe, de aquello que las perfeccione o las oculte. Género literario, el cuaderno lo es a condición de no ser suficiente: no es el texto consumado, sino el deseo de verlo escrito un día, tal vez en el próximo añadido, tal vez en la próxima tachadura.

De los cinco libros que Jaime Sabines publicó entre 1950 y 1961, el quinto, Diario semanario y poemas en prosa (1961), es el más peculiar. Un año después, cuando apareció el Recuento de poemas (1962) y Sabines hizo con él un primer corte de caja de su obra, la sección de Poemas sueltos, que formaba en la práctica un poemario nuevo en la obra del chiapaneco, confirmó el estilo desenvuelto, autobiográfico y hasta humorístico de Diario semanario. Ambas colecciones, a las que con los años vendrían a sumarse los Otros poemas sueltos aparecidos en 1982 (añadidos al Nuevo recuento de poemas en la edición de 1983 y ampliados en el Otro recuento de poemas de 1991 y en el Recuento de poemas de 1997) forman, en mi opinión, una suerte de trilogía en la que Sabines hace un esfuerzo notorio por distanciarse de la literatura, pero no de la escritura. Más aún, diré que la obra de Sabines consta de siete libros formales (Horal, La señal, Adán y Eva, Tarumba, Yuria, Maltiempo y Algo sobre la muerte del mayor Sabines) y dos libros informales (Poemas sueltos y Otros poemas sueltos), eslabonados entre sí por Diario semanario y poemas en prosa.

Miembro de una tradición, la mexicana, que registra muy pocos ejemplos de cuadernos publicados conscientemente como tales en vida de sus autores, apenas los de Tomás Segovia o, en cierto modo, el Cuaderno de escritura de Salvador Elizondo, Sabines encontró la forma de Diario semanario y poemas en prosa cuando —conjeturo— estaba en busca de un modo de composición espontáneo, sin una dispositio que pareciera deliberada, con frecuentes repeticiones y regido, en suma, por un aparente desorden técnico. Observaré, por principio, que, pese al título bimembre, no existe ninguna división interior en el conjunto. Antes bien, se trata de un continuum de textos, todos ellos en prosa, separados unos de otros por un discreto asterisco. Los temas, los espacios y las entonaciones que podrían juzgarse habituales del carnet se congregan en el volumen que, si bien breve, logra presentarse como un retrato de su autor.

Si dos de los primeros libros de Sabines, Horal (1950) y Adán y Eva (1952), comienzan con poemas alusivos al amanecer, Diario semanario y poemas en prosa comienza, como respondiendo a esos dos volúmenes, con un anochecer: “Así, como este anochecer, me siento” (119)
[3]. El poeta escribe acerca de sí mismo y de la libreta en la que va escribiéndose. Escribe sobre la rutina doméstica y el bullicio de los hijos en su departamento, y sobre los habitantes de la ciudad en el día y en la noche. También escribe a propósito de los Estados Unidos y su hostilidad contra la revolución cubana en un apunte que parece más una entrada de diario que un poema, y que puede leerse como si hubiera sido escrito ayer: “Dice el radio que los Estados Unidos le piden explicaciones a México por eso de su apoyo moral a Cuba. Hoy, 8 de julio de 1960” (120).

En un cuaderno, más aún si coquetea con la forma del diario, es preceptivo que dos elementos de la conciencia literaria se hagan explícitos: el yo del escritor, por un lado, y su relación con el tiempo, por el otro. Sabines dice fechas, como la ya referida: “8 de julio de 1960” (120), o bien: “el día 26 del mes” (124); cuenta los días, “El día lunes” (120) o “el martes” (120), “la borrachera de los sábados” (121), “la tarde del domingo” (121); da la hora: “las diez de la mañana” (122), “las doce del día” (122), o la pone en duda: “Ni siquiera es cierto que sean las seis de la tarde” (124); medita en torno a la eternidad: “hay que saber que entre nuestros puños que golpean y el lugar del golpe, allí está la eternidad” (125); piensa en la transición del ayer al mañana: “este viaje suntuoso que hemos emprendido hacia el mañana sin haber amado lo suficiente nuestro ayer” (127). Y, en general, elabora un tejido con los diferentes nombres del tiempo para colocarse en el centro, si bien lo hace maldiciendo su propia impudicia y reprochándose todo lo que ha robado a su propio dolor y a sus propias alegrías para ofrecérselas a sus lectores, entre ingenuo y tramposo: “A ver qué imagen haces de ti mismo” (135).

Importa subrayar la palabra imagen. Sabines entiende que su futura presencia en las páginas de Diario semanario, cuando las hojas de su libreta, “la libreta en que se escribe” (119), se hayan convertido en un libro impreso, no reflejará la identidad que acepta como realmente suya. Entre la idea de sí mismo y la subjetividad poética se abrirá un abismo a fuerza de no haberlo dicho todo, por una parte, y de haber dicho demasiado, por la otra. El yo de su libro, transformado por momentos en un , sólo corresponde gramaticalmente a la primera o la segunda persona del singular. En realidad se trata, como explicaré más adelante, de una cuarta persona del singular, para decirlo con Jean-Michel Maulpoix y Lawrence Ferlinghetti: es una suma de personas, una composición, un hiper-yo y a veces un infra-yo
[4].

Es el hiper-yo del amor desmesurado que cotidianamente da lugar a un odio colosal:

Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día. Te quiero con toda mi alma y con todo mi cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia. Pero a las dos de la tarde, o a las tres, cuando me pongo a pensar en nosotros dos, y tú piensas en la comida o en el trabajo diario, o en las diversiones que no tienes, me pongo a odiarte sordamente, con la mitad del odio que guardo para mí (122).

Es el hiper-yo que se duele por el tiempo que ha muerto ante sus ojos: “A medianoche, a punto de terminar agosto, pienso con tristeza en las hojas que caen de los calendarios incesantemente. Me siento el árbol de los calendarios” (133). Y el que quiere morirse junto con todo ese tiempo: “Quiero dormir un mes, un año, dormirme. Y si hablo dormido no me hagan caso, si digo algún nombre, si me quejo. Quiero que hagan de cuenta que estoy enterrado, y que ustedes no pueden hacer nada hasta el día de la resurrección” (130-131).

Es el infra-yo que, sabiéndose minúsculo ante la escala del tiempo, del mismo tiempo que antes había visto deshojarse, observa que su vida cabe, con las demás vidas humanas, en las horas de un día y una noche: “El día y la noche, no el lunes ni el martes, ni agosto ni septiembre; el día y la noche son la única medida de nuestra duración” (134). Y es el infra-yo que descubre que los tiempos del cosmos están contenidos en la escala microscópica de su propia existencia: “¿Tiene uno, como la naturaleza, sus estaciones, sus ciclos de vida? En el curso de quince o veinte días pasa una primavera y un verano en el fondo del alma, y luego viene un día violento en que nos quedamos sin hojas, y fríos, e inmóviles” (133).

El cuaderno inculca en su lector la sensación de no leer literatura, sino de compartir con su autor la privacidad vital que antecede a lo literario. En este sentido, la intensidad poética del cuaderno es directamente proporcional a la disminución de las formalidades y del aparato literario. Si el texto literario tiene un orden, el cuaderno no lo tiene; si en el texto literario se desechan las repeticiones, los arranques en falso, los apuntes demasiado circunstanciales o las conclusiones poco persuasivas, el cuaderno acumula todos esos rasgos de un modo impúdico; si el texto literario abunda en títulos, epígrafes y dedicatorias, el cuaderno ignora esas costumbres.

El cuaderno es, además, la fábrica de la cuarta persona del singular. Valiéndose de una poderosa intuición poética de Lawrence Ferlinghetti
[5], el escritor y estudioso Jean-Michel Maulpoix elabora la teoría de “un sujeto éxtimo, ya no íntimo”[6] que toma forma en el poema lírico con el propósito irrealizable de “abolir […] la distancia” [7] entre la identidad personal y su expresión verbal, entre lo subjetivo y lo exterior al sujeto: “Esta cuarta persona no es ni el yo biográfico del individuo, ni el dramático del diálogo, ni el él épico o novelesco, sino una persona potencial y contradictoria que estas tres instancias elaboran concertadamente”[8]. Con esto quiero decir que Sabines, al adoptar en Diario semanario y poemas en prosa la forma del cuaderno, y al hacerla extensiva más tarde a otros libros suyos, desarrolló una estrategia que, permitiéndole alejarse de lo literario, le permitía intensificar lo poético, enfatizando la exposición de lo que aparentaba ser su yo más personal cuando se trataba de un yo lírico, según la idea de Maulpoix: no de una primera, sino de una cuarta persona. Echando mano de información procedente de su propia vida —fechas, lugares, parentescos, nombres, enfermedades, estados de ánimo—, Sabines construía un yo de identidad extremadamente robusta y rica en detalles, que además era capaz de observar a todos los individuos de su entorno y penetrar en la esfera psicológica de sus padecimientos y sus placeres.

Poemas sueltos no sólo es un carnet; también es un cajón de sastre, o acaso es una cosa por la otra. De los conjuntos de poemas en que se subdividen el Recuento de 1962, el Nuevo recuento de 1973, el Otro recuento de 1991 y el Recuento de 1997, Poemas sueltos es el más extenso y el más caótico. Muchos de sus poemas, en realidad, son series de poemas que habrían podido conformar secciones en un libro más ordenado. Pienso, por ejemplo, en “Poemas de unas horas místicas”, conjunto de seis textos; en “Rescoldos de Tarumba”, secuencia de doce poemas; en “Julito”, de siete; o en Canciones del pozo sin agua, de cinco. Algunos de los poemas parecen versiones de otros, como sucede con “Tu cuerpo está a mi lado”:

Tu cuerpo está a mi lado
fácil, dulce, callado.
Tu cabeza en mi pecho se arrepiente
con los ojos cerrados
y yo te miro y fumo
y acaricio tu pelo enamorado.
[…]
Miro mi cuerpo, el muslo
en que descansa tu cansancio
[…]
Te digo a media voz
cosas que invento a cada rato
[…]
Tú, sin hablar, me miras
y te aprietas a mí (140-141)

que parece la continuación o el antecedente de “Vamos a guardar este día”:

Tu cabellera en que el humo de mi cigarrillo
flotaba densamente, imantado, como una mano
acariciando.
[…]
La atmósfera pesada de encierro, de amor, de fatiga,
con tu corazón de virgen odiándome y odiándote.
[…]
Tu gesto de mujer de piedra,
última máscara en que a pesar de ti te refugiabas
[…]
Y más tarde tu mano apretando la mía,
cayéndose tu cabeza blandamente en mi pecho,
y mis dedos diciéndole no sé qué cosas a tu cuello (142-143).

Insistente desde Diario semanario, la rutina del tiempo ya es, en Poemas sueltos, insoportable:

Pasa el lunes y pasa el martes
y pasa el miércoles y el jueves y el viernes
y el sábado y el domingo,
y otra vez el lunes y el martes
y la gotera de los días sobre la cama donde se quiere dormir,
la estúpida gota del tiempo cayendo sobre el corazón aturdido,
la vida pasando como estas palabras:
lunes, martes, miércoles,
enero, febrero, diciembre, otro año, otro año, otra vida (190).

El primer poema del conjunto (es difícil decir que se trata de un libro, al menos en el sentido más común de la palabra) comienza prácticamente como un acta: dando fe; fe del clima, del sitio y de la fecha, pero sobre todo de quien escribe, de su existencia trivial pero, al mismo tiempo, necesaria:

He aquí lo que sucede:
es el 11 de octubre en la mañana,
1951, en México.
Frío y sol, pero frío
en viento, agudo, alegre. Frío
por todas partes.
En un tercer piso de la calle de Cuba
vivimos varias gentes
de las que el más importante, ahora, soy yo.
Yo soy.
Yo estoy tirado en mi cama
y yo escribo esto (139).

Cuatro poemas del volumen, separados entre sí, parecen sin embargo hermanos por la simple razón de comenzar los cuatro con la locución “he aquí”: “He aquí lo que sucede”, “He aquí que tú estás sola…”, “He aquí que estamos reunidos” y “He aquí el patrimonio…”, como si al poeta, empeñado en comenzar así un poema, no le preocupara reunir en un mismo volumen distintas ejecuciones de su propósito. Lo anterior, ya de por sí reiterativo, sin contar estrofas de poemas como “El cadáver prestado”,

He aquí que mi pobre alma
se ha refugiado a los pies de la cama
junto a mis zapatos,
y me mira a hurtadillas (176)

o como “Pasa el lunes…”:

He aquí la verdad: hacer las máscaras,
recitar las voces, elaborar los sueños,
ponerse el rostro del enamorado,
la cara del que sufre,
la faz del que sonríe,
el día lunes, y el martes, y el mes de marzo
y el año de la solidaridad humana,
y comer a las horas lo mejor que se pueda,
y dormir y ayuntar,
y seguirse entrenando ocultamente para el evento final
del que no habrá testigos (191).

Los temas y el estilo de Diario semanario y de Poemas sueltos reaparecen en la segunda sección de Yuria (1967), titulada “Juguetería y canciones”. Una vez más, el título bimembre hace sospechar que dos tipos diferentes de textos conformarán la secuencia. Las condiciones meteorológicas, las horas del día, los nombres de los días de la semana y las fechas explícitas encuentran cabida en un solo párrafo, en una sola oración, como si a Sabines le urgiera una vez más aglutinar todas las formas del tiempo en espacios reducidos: “Once y cuarto. Apenas el sol, la música en el radio, el frío en los pies. […] Hoy es 12 de julio, viernes de la semana; mañana es sábado, pasado mañana domingo. ¿Cuándo nos olvidaremos de contar los días, de nombrarlos?” (202).

Algunos textos en prosa conviven con las canciones del título en “Juguetería y canciones”. Poemas con rimas un tanto desaliñadas, a la manera del Sabines de Horal y La señal, combinan su obsesión por el tiempo con el tema de la plenitud amorosa y sexual, de modo que la construcción del yo depende simultáneamente de ambos elementos: “Cada hora deposita en mi corazón un objeto distinto” (206). Es interesante observar que Yuria termina con otra sección, la cuarta, titulada “Vuelo de noche”, en la que sucede, al revés, que los poemas en verso, aunque ya no rimados, preceden a los textos en prosa, con lo que la convivencia de unos con otros parece inevitable.

El título de “Juguetería y canciones” aparecerá de nuevo en Maltiempo (1972), nuevamente asignado, además, a la segunda sección del volumen. En ese mismo libro, la última sección, “Maltiempo”, que da título al poemario, es definitivamente un carnet. Casi no hay en ella textos que pretendan siquiera parecer poemas, como no sea una breve composición en verso que da inicio con estos endecasílabos:

Gira por su ecuador empobrecido
un viento espeluznante, hecho de nada,
acostumbrado a ser sólo silencio,
sólo derrame de una vena seca,
sólo respiración de un pulmón muerto (280).

Sabines, en esas páginas, comparece lleno de miedos y remordimientos, de ira y frustración. Llega incluso a decirle adiós a la escritura: “El vacío está lleno de promesas” (281). El espíritu de los textos que dan cierre a Maltiempo es el de la despedida. El poeta, relativamente joven todavía, se ve a sí mismo al borde de la muerte:

Ahora me pongo lentes para escribir. Es el 3 de Enero de 1970. Próximamente cumpliré 44 años.

Desde hace dos o tres meses, digo: ¿Llegaré a fin de semana? No creo que tenga cáncer ni ninguna otra enfermedad incurable, pero siento que de un momento a otro me voy a desplomar. ¡Veo morir la gente tan fácilmente!

Por lo general no tengo miedo, pero a veces, en la madrugada, hay una eternidad de pesadillas, me alejo de mi cuerpo, estoy al acecho, espero el ¡basta! definitivo. Y me tengo lástima: ¡es tan hermoso todo!, ¡amo tanto!

¡Qué remedio! Por todos lados veo venir mi cadáver, pero se desvanece constantemente. No habrá más que esperar, sentado a la puerta de mi casa… (277).

El vínculo entre la escritura y la exposición de la subjetividad hace del tiempo una carga para Sabines, quien se avergüenza de responder con palabras a la existencia: “Desde la muerte de mi hijo Jaime, de 22 años, no he querido hablar más de la muerte. En esos días escribí un poema de ocho o diez cuartillas, pero lo hice trizas y lo arrojé a la calle. No es posible pasarse la vida hablando de los muertos. Estoy harto. Me da vergüenza” (279). Ese hartazgo y esa vergüenza, dicho sea en un aparte, amenazarán con frustrar la escritura del último libro formal de Sabines, Algo sobre la muerte del mayor Sabines (1973): “Me avergüenzo de mí hasta los pelos/ por tratar de escribir estas cosas./ ¡Maldito el que crea que esto es un poema!” (231).

Negarse a escribir sobre la muerte (da igual si por vergüenza o por hartazgo) vino a significar, para Sabines, abandonar del todo la escritura. Partidario de la sinceridad, al grado de que una breve muestra de su obra se tituló, precisamente, Poesía de la sinceridad (1959), Sabines quiso hacer del cuaderno un espacio para la expresión de su yo más cotidiano. Pero el impuesto cobrado por la cotidianidad —el hastío, el remordimiento, la enfermedad y, en suma, la muerte— resultaba excesivo para un poeta que, como él, no le veía ningún sentido a desterrar de sus poemas la vida diaria. Entre la espada y la pared, Sabines eligió renunciar a la subjetividad paralela que su yo lírico exigía mantener viva y fue guardando silencio como quien ve llegar ese “día violento en que nos quedamos sin hojas, y fríos, e inmóviles”.

Notas:

[1] Christina Soto van der Plas, “Los cuadernos: un género literario”. Se puede leer en el portal de Tierra Adentro.

 

[2] Philippe Met, “Fausses notes: pour une poétique du carnet”, en French Forum, vol. 37, núm. 1-2, 2012, pp. 58-59. La traducción es mía.

 

[3] Los números consignados entre paréntesis remiten a páginas del Nuevo recuento de poemas de Sabines, Joaquín Mortiz, col. Biblioteca Paralela, México, 3ª ed., 1986, 297 pp.

 

[4] Maulpoix caracteriza el sujeto lírico como un hipersujeto o infrasujeto, configurado en el poema lo mismo por sus carencias exageradas que por sus atributos igualmente amplificados (Jean-Michel Maulpoix, “La quatrième personne du singulier: esquisse de portrait du sujet lyrique moderne”, en Figures du sujet lyrique, bajo la dirección de Dominique Rabaté, París: PUF, col. Perspectives littéraires, 1996, p. 147).

 

[5] Ferlinghetti expresó por primera vez la intuición de una cuarta persona del singular en su novela Her (1960), que por añadidura fue traducida como La quatrième personne du singulier (“La cuarta persona del singular”) cuando apareció en Francia (1961). Décadas más tarde, hacia el final de su poema “To The Oracle At Delphi” (“Al oráculo de Delfos”), Ferlinghetti se refirió a “the poet’s voice/ the voice of the fourth person singular/ the voice of the inscrutable future/ the voice of the people mixed/ with a wild soft laughter” (“la voz del poeta/ la voz de la cuarta persona del singular/ la voz del futuro inescrutable/ la voz de la gente mezclada/ con una suave sonrisa salvaje”).

 

[6] Jean-Michel Maulpoix, “La quatrième personne du singulier”, op. cit., p. 156. La traducción, en esta cita y en todas las que hago de Maulpoix, es mía.

 

[7] Jean-Michel Maulpoix, “La quatrième personne du singulier”, op. cit., p. 158.

 

[8] Jean-Michel Maulpoix, “La quatrième personne du singulier”, op. cit., p. 153.

 

ensayo de Luis Vicente de Aguinaga

 

Luis Vicente de Aguinaga Guadalajara, Jalisco, 1971. Poeta, ensayista y traductor. Recibió el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes y el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta en 2003, así como el Premio Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos en 2005 y la Medalla Wikaráame al Mérito Poético en las Lenguas de América 2019. Seis en punto (2025) es su publicación más reciente.

 

Publicado, originalmente, en: Periódico de Poesía Marzo 2026

Periódico de Poesía es una publicación editada por la Universidad Nacional Autónoma de México, a través de la Dirección de Lteratura,

Link del texto:  https://periodicodepoesia.unam.mx/he-aqui-la-verdad-jaime-sabines-y-la-poetica-del-cuaderno/

 

Ver, además:

 

                       Jaime Sabines en Letras Uruguay

 

Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce   

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