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Los textos autobiográficos de Darío
 

En busca de la gloria
Graciela Gliemmo

 
 

La autobiografía de Rubén Darío escrita por el mismo, Historia de mis libros, cada uno de los prólogos e introducciones de sus obras, y muchos de sus poemas, muestran la doble construcción de un yo que recuerda para ser recordado, en una lucha sostenida contra la fatal fugacidad de las cosas y el ininterrumpido transcurrir de los años. El acto de escribir y la escritura, como producto en sí, exorciza en Darío el horror frente a la muerte, lo provisorio, el final que se avecina.

Gloria es un término que, junto a los de moda, fama, triunfo y renombre, recorre no sólo sus escritos: reafirmado o negado, atraviesa buena parte de las reflexiones de la época. Por ejemplo Amado Nervo, muestra desdén por conseguir la consagración que otros esperan de París. Dice en un ensayo de El Éxodo y las flores del camino: "Nunca vería mi nombre en la carátula amarilla de un libro de esos que se amontonan en los aparadores: mi esfuerzo y mi vida pasarían ignorados por aquellas gentes. París, "que consagra ", no me consagraría jamás, ni yo haría nada para que me consagrase..."

En cambio, confiesa Darío en sus páginas autobiográficas: "Yo soñaba con París, desde niño. Al punto de que cuando hacía mis oraciones rogaba a Dios que no me dejase morir sin conocer Paris. París era para mí como un paraíso en donde se respirase la esencia de la felicidad sobre la tierra. Era la ciudad del Arte, de la Belleza y de la Gloria: y, sobre todo, era la capital del amor, el reino del Ensueño".

En Darío, la preocupación por el trabajo con la lengua y el empeño por realizar con éxito una ruptura de los cánones imperantes son simultáneos a su afán por alcanzar la reafirmación del nombre propio y conseguir como escritor una buena posición social. Comenta en El canto errante, al referirse a Teodoro Roosevelt: "Ese Presidente de República juzga a los armoniosos portaliras con mucha mejor voluntad que el filósofo Platón. No solamente les corona de rosas: mas sostiene su utilidad para el estado y pide para ellos la pública estimación y reconocimiento nacional. Por eso comprenderéis que el terrible cazador es un varón sensato".

Si bien en sus comienzos Darío admite que se dirige a un público restringido, luego reconsidera estratégicamente a las "muchedumbres". Imagina, incluso, algunos interrogantes que pueden inquietar a un sector más amplio: "¿A qué edad escribí los primeros versos? No lo recuerdo precisamente, pero ello fue harto temprano" o "¿Cuál fue el origen de la novedad? El origen de la novedad fue mi reciente conocimiento de autores franceses del Parnaso, pues a la sazón la lucha simbolista apenas comenzaba en Francia y no era conocida en el extranjero, y menos en nuestra América".

En 1912, a pedido del director de Caras y Caretas, se publica en esa revista su autobiografía junto a consejos útiles, reseñas de acontecimientos históricos o llamativos del momento, fotos truculentas, artículos frívolos y curiosidades de todo tipo. Algo similar ocurre en el mismo año con Historia de mis libros, formado por tres artículos que inicialmente se conocerán a través del diario argentino La Nación.

UNA MEMORIA CONTABLE. Si las autobiografías se ponen al servicio de la memoria, hay una diferencia llamativa en los escritos autobiográficos de Darío: la memoria se coloca al servicio de su proyecto de escritura. Por esta razón, la práctica de recordar siempre adopta la modalidad del balance, la rendición de cuentas. Se trata de autobiografías intelectuales, a veces muy breves, de textos que rescatan la historia de una escritura:

"Si Azul... simboliza el comienzo de mi primavera, y Prosas profanas mi primavera plena. Cantos de vida y esperanza encierra las esencias y savias de mi otoño".

En el "Prólogo" de Abrojos, de modo inaugural, declara el origen de sus poemas, como respuesta a la interpelación implícita de un lector ya constituido. En "Palabras liminares" de Prosas profanas recoloca este nuevo texto junto a Azul y Los raros. La reafirmación de su función como iniciador del modernismo y su negativa a redactar un manifiesto reaparecerán nuevamente en Cantos de vida y esperanza y El canto errante. Estos "cortos puntos de autobiografía literaria", como él los llama en las "Dilucidaciones", manifiestan el derrotero de su memoria, que cumple la función de enlazar uno y otro libro. Al reafirmar las constantes, se rehusa a instituir sus novedades en canon, y resuelve en la imagen de una poética acrática el doble deseo de ser iniciador de una ruptura y ser ejemplo de una originalidad creadora.
Darío aclara, corrige, especifica, completa, y llama la atención sobre aquello que quiere sea guardado como herencia. Traduce la fama, la moda y el renombre en gloria. Los artificios se naturalizan sin dejar de señalar el camino que sería deseable que tomara su obra. Sin embargo, no puede cubrir o resguardar las infinitas direcciones de lectura que tomarán sus textos. Pero no deja librada a los otros ni la comprensión de su obra ni su consagración. Apuesta a la edificación de la gloria en primera persona, y lee, desde esas mismas coordenadas, a los otros poetas. Basta, en este sentido, la anécdota que recuerda en relación con el encuentro que tiene en París con Verlaine: "Yo murmuré en mal francés toda la devoción que me fue posible. Concluí con la palabra gloria...".

Darío evalúa su labor como escritor moderno con mirada ávida sobre la posteridad. Ya en "El porvenir" (1885) expresa: "y queda al héroe antiguo por consuelo/ de sus hazañas la memoria en pago". Una memoria que ratificará su triunfo pero que también lo redimirá de las calumnias e incomprensiones de las que reiteradamente se queja.

Esta inquietud acerca del destino de su producción y de su nombre convoca al mismo tiempo el fantasma de un posible olvido, como puede observarse en los versos finales de la "Epístola (a la señora de Lugones": "Y aquí mi epístola concluye./ Hay un ansia de tiempo que de mi pluma fluye/ a veces, como hay veces de enorme economía./ "Si hay, he dicho, señora, alma clara, es la mía "./ Mírame transparente, con tu marido./ y guárdame lo que tú puedas del olvido ". En una de las estrofas de "Interrogaciones" escribe: "-Aguila que eres la Historia./ ¿dónde vas a hacer tu nido?/¿A los picos de la gloria?... -Sí. ¡En los montes del olvido!"

Rubén Darío sabe que "Es el arte el que vence el espacio y el tiempo" y en su obra completa se jugará la inmortalidad. Sus necrológicas a Poe, Verlaine, Martí, entre otros, todos textos recogidos en Los raros, recuerdan que la muerte se ve detenida en la escritura, ante la glorificación del genio. Darío muestra un afán constante por conjurar los borrones del olvido y la pretensión de que el talento artístico cobre para la Historia la dimensión de los actos más trascendentes llevados a cabo por la humanidad.

 

Graciela Gliemmo

El País Cultural

21 de marzo de 1997

 

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