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Las cuatro calles del Palacio Púrpura
(Gracias Federico por regalarme el título)

Alicia Cruceira

En un lejano y desconocido lugar de Oriente, hace muchísimos años, vivía un emperador llamado Yen Li, quien era conocido por poseer tremenda sabiduría y conocimiento, pero por sobre todas las cosas por haber hecho construir un extraño y maravilloso palacio de cristal.

Lo había erigido sobre una colina de verdes praderas a su alrededor, encubiertas por un cordón montañoso de picos altos y escarpados y profundos abismos insondables para el ojo humano.

Se decía que  el palacio de cristal, tal y como lo llamaban los pobladores de las regiones cercanas y el poblado bajo su imperio, tenía la particularidad de rotar  para que siempre su sala principal, en donde el Emperador y su familia pasaban la mayor parte del día, pudieran tener contacto con el sol, sobre todo en los duros inviernos de esa lejana región.

De las puertas principales del palacio podían observarse los majestuosos jardines para los que Yen Li había contratado casi un ejército de jardineros y doctores sabios en plantas y flores. Cultivaban las más comunes y las más exóticas traídas de los puntos más lejanos de la Tierra. Todas las flores conocidas y hasta desconocidas para el resto de los mortales porque los hombres del Emperador hacían todo tipo de injertos y mezclas para encontrar cada vez flores más bellas, raras y de perfume sofisticado y atrayente.

Habían sobre todo lotos majestuosos  en medio de lagos construidos especialmente sobre rocas de amatista y lapizlázuli, cuarzos de diferentes colores y gemas de todas clases y en sus aguas, acariciando las bellísimas flores de Loto, peces de colores de todos los tamaños y especies posibles danzaban su danza etérea para beneplácito de quienes se acercaran a observar tamaña belleza y buen gusto. En medio del lago, se erigía imponente una fuente también de cristal de Bacarat que representaba cuatro dioses ancestrales que apuntaban cada uno hacia un punto cardinal distinto. Y si se trazaba una línea imaginaria desde sus dedos hacia la ribera del lago, podía divisarse que partía en línea recta una calle que llevaba hacia el lugar que el dedo indicase.

Por eso habían cuatro calles principales en  los jardines imperiales, una senda que iba hacia el Norte, otra hacia el sur, otra hacia el este y una última hacia el oeste.

Cada senda estaba construida de un mármol especial y de un color diferente. Uno dorado, uno blanco, uno rojo borgoña y uno negro.

Al llegar a los amplios pórticos de entrada, se cortaban en un foso lleno de caimanes y otros reptiles que imponían respeto y terror a la vez al visitante que no era bien recibido por el emperador.

Pero yen Li se caracterizaba por su amabilidad  y buen humor, su profundo amor por la familia y sobre todo por Ian Zen, su bella esposa quien le había dado  sus tres hijos favoritos: Chen Li, Ho Pein, y la pequeña princesita Lam Guam.

Por los jardines se paseaban libremente tigres blancos y dorados, con su ágil y estilizado andar, ciervos, pavos reales, cisnes, patos, y un sin fin de animales y aves exóticas que adornaban y daban misterio y extraordinario encanto al lugar y lo extraño, o tal vez no tanto, ya que Yen Li había contratado domesticadores de animales de la India y Pakistán, era que aún los depredadores no atacaban a los más indefensos, todos podían vivir en armonía y extrema paz.

Yen Li, tenía tal vez un defecto, protegía en demasía a sus tres hijos y los tenía sin que nada en absoluto les faltase dentro de los límites del vasto predio del palacio. “¿Para qué enviarlos al mundo exterior?”, se decía. “Aquí tienen todo lo que necesitan”; lo cual era cierto. Maestros de toda clase, en idiomas, en literatura, en las artes de la guerra y la diplomacia para vivir en paz, médicos, consejeros y un enorme ejército de hombres preparadísimos a pelear hasta la muerte para defender a su señor.

Un buen día el mayor de sus hijos Chen Li, enfermó gravemente de una extraña dolencia que ninguno de los muchos médicos del palacio podía identificar, a pesar de que pasaban largas horas estudiando los antiguos manuscritos de medicina y artes mágicas.

El joven príncipe, quien había cumplido 16 años, había decaído en su espíritu y se sentía en extremo agobiado y deprimido, sin fuerzas para levantarse de la cama, triste y sin ganas de vivir.

Desesperado el Emperador, decidió seguir el consejo de su esposa la bella  Ian Zen y ordenó que trajesen al Palacio a la anciana  que lo  había criado y que siempre lo aconsejaba en los momentos de dificultad.

(Se decía que Chuan Kan, había sido una de las fieles concubinas de aquel famoso emperador que había querido capturar un ruiseñor en una jaula de oro)

Apenas llegar la delicada anciana, saludó como corresponde a las costumbres orientales a su Emperador y se dirigió a los aposentos del príncipe.

Sólo verlo y descubrir su mal fue uno solo. Chuan le preguntó a Yen Li.”¿Has hablado con él de sus responsabilidades como príncipe heredero?”, a lo que el emperador contestó afirmativamente.

”¿Lo has preparado en todos los estudios de los  asuntos que necesita conocer para defender y administrar tus dominios el día que le traspases tu cetro?”, nuevamente Yen Li, asintió con su cabeza.

Una tercera pregunta dejó atónito al emperador:”¿Acaso te has dado cuenta de que tu hijo tiene tan solo 16 años, y que tu padre te confirió las responsabilidades siendo algo mayor y después de que habías salido a transitar las veredas de cada  pueblo de oriente y de occidente?”

“¿Para qué habría de sacar a Chen al mundo exterior con todas sus miserias, hambres, guerras, odios y dificultades, si él reinará en este dominio en donde la paz ha sido protagonista durante siglos y jamás nadie se ha atrevido a irrumpir por la fuerza ni siquiera estamos inscriptos en un mapa y nadie puede desear lo que no conoce?” “No”, afirmó categóricamente, “no haré que mi hijo conozca el dolor y la locura de este mundo que ha  perdido el rumbo y el sentido de lo que corresponde, no voy a exponerlo a los peligros de la vida innecesariamente y no haré que sus días se acorten viendo la desgracia de los demás”, a lo que la anciana contestó con un gesto de su cabeza que indicaba cuánto lamentaba la respuesta de quien había sido  casi su propio hijo.

“Déjame entrar en contacto con mis ancestros y averiguaré el remedio para el joven príncipe, mientras tanto comienza a pensar en la idea de que algún día deberás dejarlo tomar sus propias decisiones y así llegar a ser un verdadero hombre”, dicho esto ,Chuan salió de los aposentos.

 

A la mañana siguiente, la anciana se presentó ante Yen Li y le trajo una lámina antiquísima en donde aparecía una flor de loto de extraño color azul, casi turquesa.

“¿Y esto?-preguntó Yen Li

-“Es la cura para el joven Chen. Será necesario que organices un pequeño ejército, no muy grande apenas una compañía que lo proteja en determinadas circunstancias, no más de 5 o 6 hombres adiestrados en las artes de la guerra, de la paz, el amor y las buenas costumbres. Ellos lo acompañarán  en su búsqueda del loto azul, el que se encuentra en el bello jardín de un extraño palacio de color púrpura, que sólo puede verse en los atardeceres o al comienzo del día, luego se hace invisible al ojo humano. Al hallarlo le devolverá la salud al príncipe, y otra cosa, sólo puede escoger una de las cuatro calles de este  palacio para emprender su viaje y no debería retornar hasta no haber encontrado la flor y el palacio de color púrpura”

-Es una locura, respondió el emperador

-Entonces tu hijo no habrá de heredar tu trono, respondió categóricamente Chuan-

-¿Por qué?- preguntó exaltado el emperador

-Porque morirá antes de cumplir con todas tus exigencias.-

-Ire yo también, dijo el emperador

-¿Y llevarás a toda tu familia y hasta el palacio contigo, los arrastrarás a cumplir un destino que no les pertenece. No, es Chen quien debe ir y solo.

Dicho esto la anciana partió acompañada de su séquito hacia sus habitaciones.

Yen Li caminaba de un lado a otro de la sala sin poder decidirse por la solución de Chuan, pero amaba a su hijo y no deseaba que muriese, pero tampoco quería exponerlo a los peligros del mundo exterior. ¡Si hasta había construido el palacio de cristal para protegerlos! Había traído a sus dominios las bellezas de este mundo , del reino animal, y vegetal, tenía las mujeres más bellas y especialmente educadas y criadas para desposar a sus hijos varones sin necesidad de que tuviesen que salir a buscar afuera del palacio. Incluso ya tenía destinado un consorte para la pequeña Lam  Guam, quien la desposaría apenas tuviese edad de contraer nupcias…

No pudo dormir esa noche. El recuerdo de las palabras de Chuan lo habían dejado sin fuerzas. Debía dejar salir a su hijo puertas afuera del palacio. Él sólo debía elegir una de las cuatro sendas, la blanca, la borgoña, la dorada o la negra. ¿Norte, sur, este u oeste? ¿En qué camino encontraría el loto turquesa de su salvación?

A la mañana siguiente, fue a la habitación del príncipe, apartó el séquito de médicos y sirvientes que lo cuidaban y junto a su madre le comunicó la noticia de que para su curación debía salir al mundo a buscar una extraña flor de loto azul , que se encontraba en los predios de un excepcional palacio de color púrpura , y  que sería acompañado tan solo por media docena de sabios y valientes maestros y custodios de su real majestad .

El emperador esperaba una expresión de mayor angustia aún en la cara del príncipe, pero pareció que un espíritu de profunda paz y alegría habían entrado en él, porque saltó de la cama de inmediato y dijo- ¿Cuándo partimos?

En una especie de ritual, el emperador pidio a los ancestros que protegieran al joven y acto seguido le hizo escoger una senda. De inmediato se inclinó por la dorada, la que lo llevaba al sur de los dominios del emperador y allí comenzó su viaje.

 

Pasaron los días y las semanas, los meses y los años. Cada 15 días una carta del joven era traída a sus padres en donde les contaba de las maravillosas aventuras que vivía y de la estupenda gente que conocía a su paso, pero ni una palabra de hallar la flor de loto azul o el extraño palacio, al menos no estaba en la senda que había escogido.

Pasaron 5 años y el príncipe aún andaba en su búsqueda. Había recorrido los cuatro puntos cardinales y nada había encontrado. Pero su mente se había expandido y había hecho amigos por todas partes, se había enamorado y le habían roto el corazón al igual que él había roto el de alguna joven al partir del lugar, había crecido tanto espiritual, como emocionalmente, y ni hablar de la gran mejoría de su salud y del bello aspecto varonil que había adoptado con el correr de los años.

Lo único que lo entristecía era el no haber hallado la maravillosa flor de loto, pero casi ya no le importaba pues su salud había mejorado notablemente y no quedaban ni rastros del jovencito depresivo, imberbe y flacucho de los tiempos pasados.

Un buen día, a través del correo imperial, y cuando casi su viaje había acabado, pues ya volvían a palacio por el norte, después de haber salido por el sur y recorrido el ancho del mudo de este a oeste, su padre lo mandó a llamar porque ya era tiempo de  presentarlo como el heredero y realizar la ceremonia del traspaso simbólico del cetro real.

Chen y su séquito volvían por la senda del norte cuando metros antes de entrar a los dominios del emperador se encontró con la anciana Chuan.

-¿Has encontrado lo que saliste a buscar?- preguntó la vieja nodriza y consejera?

- Lamentablemente no, -contestó Chen.- Pero sí he recorrido el mundo, he conocido gente maravillosa y otra realmente despreciable, he sufrido y he amado, he llorado por la desgracia ajena y he tratado de ayudar a quien he podido, he comprado y he vendido y traigo mis alforjas llenas de toda clase de recuerdos para entregarles a los míos, he aprendido nuevas lenguas, he conocido lugares exuberantes y distinguidos, y otros paupérrimos y descorazonadores, pero de todo eso he salido fortalecido y siento que estoy preparado para hacerme cargo de las responsabilidades que mi padre me he impuesto desde niño y que yo creía que jamás podría llevar a cabo. Es que ¿sabes, Chuan? Siempre pensé que el rigor con que dichas responsabilidades me eran transmitidas se debían a mi falta de comprensión, aptitud, capacidad, y también a que mi padre no tenía ninguna confianza en mí, pero ahora, he descubierto en estos años cuánto me aman mis progenitores. He visto y comprobado por cada una de sus cartas en qué medida me han extrañado y cuanto me han protegido con sus rezos a los ancestros y sobre todo, al dejarme partir solo, cuanta confianza depositó mi padre en mí. Ahora estoy seguro de que no lo defraudaré ni a él, ni a mi pueblo

-Entonces- dijo la anciana- has encontrado el loto azul.

-No, te he dicho que lamentablemente no lo he hallado…

-¿No?- dijo misteriosamente mientras el sol se ponía sobre el horizonte- Levanta tus ojos y observa el palacio de tu padre, el que pronto será tuyo  y dime que ves

Chen hizo lo que la anciana decía y para su sorpresa observó que el atardecer teñía de color púrpura las paredes de cristal de su hogar. Cuando volvió a mirar a la anciana esta caminaba cansinamente hacia sus aposentos, que estaban fuera de los dominios del palacio,

Chen corrió hasta la puerta principal y allí sus padres y hermanos lo esperaban para abrazarlo y saludarlo emocionado después de tantos años de largo viaje, Chen lloraba de emoción, su viaje, que tanta experiencia de vida le había provisto  había sido solo una excusa de la sabia maestra Chuan , para que el joven príncipe saliera a la vida de este mundo, el palacio púrpura y sus cuatro misteriosas calles siempre habían estado allí, sólo que había que salir de él y desde lejos poder observarlo y descubrir su coloración misteriosa.

Debajo de la ventana del cuarto de Chen, tal y como pudo divisarlo después de un rato de haber arribado a casa y ni siquiera de haber repartido sus regalos y recuerdos de viaje, el príncipe heredero pudo descubrir una extraña flor de loto azul, que siempre había sido su flor protectora, y a la cual él jamás le había prestado atención entre tantas flores que su padre había mandado a plantar en su palacio.

Maduro y fortalecido por su viaje de búsqueda, Chen Li, pudo tomar las responsabilidades de su imperio, sin miedos ni dudas.

Las cuatro calles del palacio púrpura siempre lo llevarían a cumplir su  destino.

Las aventuras que Chen Li, vivió en esos años…son motivo de otra historia.

Alicia Cruceira

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