Dormido en sus silencios
Por Alicia Cruceira

El cielo  había adquirido un amenazador color violáceo a medida que las horas  pasaban. La tormenta se preparaba  para desatarse en las primeras horas de la noche. La poca claridad que dejaba la estela solar al marcharse, tras los espesos  nubarrones, no permitía divisar con claridad las formas y las  siluetas del barrio.

 

Las casillas bajas con techos precarios de chapa acanalada, las antenas de televisión, los cables de la luz amarrados débilmente a los postes de palmera, y alguna que otra chimenea humeante de la moribunda fábrica, daban un aspecto más que lúgubre  a ese pequeño sector olvidado de la ciudad.

 

Barrio triste de casas pobres, de perros escuálidos que rompían la poca basura de sus habitantes, de chicos desprotegidos bajo aquel cielo plomizo y etéreo que amenazaba deshacerse en medio de la villa y desangrarse en chaparrones.

 

Pedro caminaba por la calle de tierra mientras arrastraba su carrito fabricado por él mismo con ruedas de bicicleta  rodado veintiséis. Silbaba un tango tristón y nostálgico, y miraba de reojo a un perro negro que caminaba a su lado gruñéndole y mostrándole los dientes.

 

Caminaba despacio, sin apuro por el barrio, a pesar de que los truenos habían comenzado a interpretar la estridente introducción a la sinfonía de gotas, granizo y relámpagos nocturnos. Caminaba sin prisas a la vez que las pocas cosas que había logrado conseguir se bamboleaban al ritmo de los saltos sobre el desparejo camino. Se había levantado el vientito característico de la tormenta y se le intentaron volar los diarios viejos y algunas cajas de cartón.

 

El perro negro lo seguía de cerca y cada tanto Pedro se detenía a levantar una piedra o un palo para amenazar al can hambriento.

 

Se acomodó la campera de lana que llevaba puesta y se afirmó el pañuelo que llevaba atado al cuello a modo de bufanda. Tenía las manos ajadas por el tiempo y la miseria; las uñas percudidas de juntar mugres ajenas que significarían para él, al fin y al cabo, sus únicas riquezas.

 

Caminaba Pedro entre la mugre y los desperdicios que dejaban sus vecinos en las puertas. Con los sonidos del cielo, se entremezclaban en una especie de extraña y descolorida mezcla, los ruidos que salían de las casillas de chapa y de cartón. Las risotadas de algún ebrio, el llanto de algún crío, la música estridente de un mini componente que hacía temblar las chapas de cinc que no habían logrado que su dueño atornillara o clavara al menos sobre los penosos tirantes de madera.

 

Pedro seguía su camino. Le dolían las rodillas y las plantas de los pies llenas de callos. Le tironeaban los músculos de los brazos cansados por el esfuerzo de hacer la vez de burro de carga. Extrañaba a su caballo percherón, el que había ganado hacía muchos años en un juego de cartas. Bicho, le había puesto, y había sido para él en esos años, su único amigo, su única familia.

 

Bicho se había muerto un mes antes de ese día y él no había podido reemplazarlo. No le daban los ojos para las cartas, no le daban los recursos económicos para comprarse otro.

 

La fábrica echaba un humo cargado de olor a cebo derretido y hacía imposible el respirar con facilidad. Oscurecía a cada paso que daba Pedro. El perro negro había decidido salir a perseguir a otro cartonero más bochinchero y amistoso.

 

Pedro seguía su camino a ningún lado. Su casilla se llenaría de agua con la lluvia. El arroyo vomitaría sus aguas en el barrio. El aire con olor a cebo se mezclaba con el de los orines arrojados a la calle, los excrementos de los perros y los cartones de vino barato tirados vacíos a la calle.

 

Pegado en el vidrio de una ventana tan precaria como la estructura que la sostenía, un cartel mal escrito y con birome rezaba los precios de los “servicios” que la dueña de la morada le brindaba a los hombres sedientos de amor ocasional.

 

Pedro sonrió con tristeza. Conocía a la piba desde chica y de haber tenido suerte, podría haber estado trabajando decentemente del otro lado del arroyo y haber tenido quizá otra clase de vida.

 

Honorio estaba borracho como siempre, sentado en el umbral de su casilla, fumaba un cigarrillo casero y maldecía al intendente. Felisa cantaba un chamamé mientras despiojaba a sus tres nietos, los hijos de su hija que se había ido a la capital a buscar suerte, hacía ya tres años y nunca había vuelto ni llamado ni escrito una nota tan siquiera.

 

Pedro recordó su vida de obrero de la fábrica, allá por los setenta. Recordó a sus amigos del barrio, al cura de la capilla y la gente del comedor infantil al que ayudaba con trabajo y con  sus ganas de ser útil. Pensó en sus hijos, ya crecidos y ya hombres. Pensó en su Paulina, la mujer que lo había acompañado y le había dado descendencia.

 

Un relámpago le cortó en dos la cara al cielo. Pedro seguía arrastrando el carro y sus recuerdos. Recordó el día en que levantó su casa, del otro lado de las vías y que había perdido cuando lo embargaron en el  noventa y cinco; cuando compró en el corralón los ladrillos y la arena, el cemento y los chapones para el techo. Recordó con pena cuando el agua le llevó lo que tenía allá por el ochenta, cuando lo echaron de la fábrica a principios del noventa, cuando enfermó Paulina y tuvo que dejarla en la tumba, cuando sus hijos se fueron a otros lados a probar suerte y en ese momento tenía a  dos presos y una lejos de su vida. Pensó en la piba del prostíbulo,¡ si podría ser su nieta! Le dio la razón mentalmente a Honorio. Los políticos eran los culpables de esa mierda.

 

Llegó a su casilla, más siguió de largo. No le daban ganas de entrar a guarecerse de la lluvia que había comenzado sus lamentos y sus acordes iniciales. LA alcantarilla del paso a nivel no había sido parte del presupuesto municipal, y esa noche si llovía lo suficiente para inundar la zona, volvería con seguridad a cobrarse algunas vidas.

 

Caminó hasta la ribera del arroyo y se sentó a esperar la crecida. La lluvia se deslizaba por sus viejas mejillas y se bifurcaba debido a la barba desprolija que llevaba. Le azotaba el rostro que había tenido que poner ante tantas otras adversidades. Le golpeaba los ojos con inusitada fiereza y se le mezclaba con las lágrimas que pujaba por contener y las tragaba a pesar del nudo fuerte que tenía en su garganta.

 

Estaba cansado de la vida, Pedro. Cansado de la pobreza en que estaba sumido, cansado de no tener  a su Paulina que era la única que le daba aliento en medio de la lucha. Cansado de haber perdido su trabajo con el que dignamente llevaba el pan a los suyos. Cansado de haber perdido a sus hijos quienes salieron a buscar un futuro mejor y en forma acelerada y habían terminado delinquiendo. Cansado de querer y no poder, cansado de las promesas vanas de los políticos de turno, cansado de que las pibas como su vecinita, que no tendría más de quince años, tuviera que prostituírse para parar la olla de su casa.

 

Se había cansado Pedro. De llevar de tiro su carrito, de cargar con la mugre de los otros, de tener callos en las manos, de oler a basura y desperdicio. De no tener para remendar su rancho, de no tener un lugar en el mundo, de ser para los otros el viejo borracho, vago, sucio y ciruja de las calles, aunque hiciera años que no probaba el vino...

Se había hartado de que los perros lo chumbasen  y buscaran sus garrones. Recordó con tristeza cuando él era un hombre que llevaba dignamente el pan para su mesa y cubría las necesidades básicas de los suyos.

 

La fábrica había apagado la caldera. Alguien habría derretido cebo para vela, ya que nadie trabaja de firme y estaba abandonada. Aún quedaban dentro de ella los cantos de los obreros y las risas que más tarde se mezclaron con los quejidos y los gritos de los que llevaban a la tortura por pensar diferente, cuando se usaron los galpones para esconder sus miserias los del poder de turno.

 

Se había cansado Pedro, por eso cuando la lluvia le dio abundante agua al arroyo, se dejó llevar por ella, dormido en sus silencios, a otros barrios, otros cielos, sin carritos , sin cartones ni botellas descartables, a otra vida que ojalá valiera la pena transitarla.

Alicia Cruceira

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