La presencia del Quijote en Antonio Machado

ensayo de Alicia Correa

¿Qué dice don Quijote al siglo nuestro? ¿Qué le dijo a Antonio Machado? ¿Qué me dice hoy Cervantes a través del Quijote? Vayamos por partes.    

Cervantes hace un análisis y una crítica de la existencia y, a través de ella, de los valores de la cultura: la justicia, la libertad, la verdad, el bien, la paz, el amor. Presenta una visión ideal que puede realizarse y de un pasado que debe ser restaurado. Como lo expresa Adolfo Sánchez Vázquez “[...] lo ideal, la edad dorada, deben introducirse ahora y aquí. No se trata de rememorar el pasado, sino de traerlo al presente, reviviéndolo en la realidad, o sea, en estos tiempos detestables de nuestra ‘Edad de Hierro’”[1].

De esta manera, si sigue vigente el idealismo del Quijote, es porque el compromiso con la realidad y el compromiso para cambiar el mundo no deben ser sólo una utopía, sino el campo de acción concreto que la realidad nos exige. ¿Cómo hacerlo? Haciéndolo. Esto es lo que Cervantes propone barrocamente: realizar en la práctica el claro sueño, el firme ideal, el bien entre las tinieblas, en cada espacio en que deba hacerse y en cada circunstancia que así lo amerite. No se trata de renunciar al esfuerzo, sino de hacer el bien y reparar injusticias. Por supuesto esto es una locura. Pero,

¿qué nos dijeron nuestros padres, familiares o amigos cuando decidimos estudiar letras, o filosofía o historia? Eso mismo sin duda. Don Quijote fracasó porque no midió límites ni previo obstáculos que se interpondrían en sus acciones; pero heredó a Sancho, a Antonio Machado y a cada uno que se acerque a él, su idealismo generoso; nos legó la libertad de recoger sus valores y nos habló de sabiduría para poder gobernar cualquier ínsula; pero sobre todo nos dejó a Dulcinea y la posibilidad de inventar el amor en esa constante presencia de la ausencia del ser amado, porque “también la verdad se inventa”.

A pesar de aquel fracaso, Cervantes bien pudo haber dicho estas palabras de Antonio Machado:

Mas cada cual el rumbo siguió de su locura;

Agilizó su brazo, acreditó su brío;

Dejó como un espejo su armadura

Y dijo: “El hoy es malo, pero el mañana... es mío[2].

¿Qué dijo Antonio Machado a sus lectores sobre Cervantes o don Quijote?

Machado cita constantemente a Cervantes, en sus textos en prosa, y en lo que más insiste es en la calidad del arte literario de los Siglos de Oro y la necesidad de rescatar el ímpetu vital del pueblo español; expresa que el arte nuevo parece haber perdido la fe en su importancia, que tuvo en cen-112 tunas anteriores fe que sí la habían tenido Ariosto en Italia y Cervantes en España y en el mundo entero; además expresa que:

De toda la rica producción española, ¿cuántas obras han logrado la estimación universal? Las Coplas de don Jorge Manrique, la Celestina, El Quijote, La vida es sueño y El burlador de Sevilla; acaso la poesía de Góngora; seguramente la obra de nuestros místicos más excelsos. Todo lo demás es literatura para andar por casa; no puede pasar la frontera. Y es que los adornos, gracias a matices que pone en su obra el habla del poeta se amenguan, marchitan y corrompen cuando se los trasiega y vierte en otros moldes lingüísticos. Sólo si una obra contiene valores esenciales hondamente humanos y una sólida estructura interna, puede —aun disminuida por la traducción— ser admirada en lengua extranjera.

Recordad, sobre todo, a nuestro Cervantes, que hizo en su Quijote una parodia de los libros de caballerías, empresa literaria muy modesta para su tiempo y que en el nuestro sólo la habrían intentado los libretistas de zarzuelas bufas[3].

¿Qué enseñó Cervantes a Antonio Machado?

La ironía y la crítica de la realidad, el desengaño y la duda; la enajenación del alma, la vitalidad y fuerza de la palabra. La posibilidad de cortar el abismo entre lo real y lo imaginario, la capacidad de analizar y criticar a su sociedad, la necesidad de comprometerse con la realidad.

Pero también le enseñó a crear un maestro para sus discípulos, a educar a los sanchos a través de los quijotes, a evitar la grandilocuencia de “los consuetudinarios que suceden en la rúa”, para hablar de lo que “pasa en la calle”. Así, Machado crea, primero al filósofo existencialista Abel Martín y después al profesor, poeta, filósofo, retórico e inventor de una máquina de cantar, Juan de Mairena, y pone en sus sabios un cúmulo de sabiduría literaria y humanística, como lo hiciera don Miguel con don Quijote.

La presencia del Quijote en Antonio Machado Cito a Juan de Mairena:

Si algún día profesáis la literatura y dais en publicistas, prevenios contra la manía persecutoria que pudiera aquejaros. No penséis que cuanto se escribe sobre Homero o Cervantes es para daros a roer cebolla, como vulgarmente se dice, o para abrumaros y confundiros poniendo de relieve vuestra insignificancia literaria. Que no os atormenten enemigos imaginarios que os obliguen a escribir demasiadas tonterías[4].

Antonio Machado y, en general, los escritores y artistas de la Generación del 98 en su búsqueda de valores nacionales y universales que sirvieran de empuje a esa su España que dormitaba, buscaron la vuelta a los valores nacionales y universales que sirvieron de empuje a esa su España que dor- 113 mitaba, buscaron la vuelta a los valores y símbolos de la España de la reconquista y la conquistadora, la humanista, la hegemónica, á la Castilla y a las figuras del Cid Campeador, de los Reyes Católicos, de los místicos, del Quijote, del Critilo, de Segismundo y los hicieron necesariamente importantes.

Juan de Mairena no sólo expone esos valores, sino también evalúa la calidad de esa literatura; se pregunta sobre la estructura de la nueva novela y cómo ésta no ha encontrado su forma, la línea firme de su contorno. A lo que él mismo se contesta: “Acaso la culpa sea de nuestro gran Cervantes y de sus botas de siete leguas. ¿Quién camina a ese paso? La verdad es que, después del Quijote, el mundo espera otra gran novela que no acaba de llegar”[5].

Machado, en boca de Juan de Mairena, insiste en que la grandeza de Cervantes no ha sido igualada. En la novela actual está la anécdota boba; ausente la elaboración imaginativa, la reflexiva, la estética. De esta manera sintetiza la calidad expresiva de la ficción cervantina:

Nuestro Cervantes no mató, porque ya estaban muertos, los libros de caballerías, sino que los resucitó, alojándolos en las celdillas del cerebro de un loco, como espejismos del desierto manchego. Con esos mismos libros de caballerías, épica degenerada, novela propiamente dicha, creó la novela moderna. Del más humilde propósito literario, la parodia, surge —¡qué ironía!— la obra más original de todas las literaturas. Porque esta gloria no podrán arrebatamos a los españoles: el que lo nuestro, profundamente nuestro, no se parezca a nada [...]

Extraño y maravilloso mundo ese de la ficción cervantina con su doble tiempo y su doble espacio, con su doblada serie de figuras —las reales y las alucinato-rias—, con sus dos grandes mónadas de ventanas abiertas, sus dos conciencias integrales, y, no obstante, complementarias, que caminan y dialogan. Contra el solus ipse de la incurable sofística de la razón humana, no sólo Platón y el Cristo militan también en un libro de burlas y humos cervantino (sino también) todo un clima espiritual, que es todavía el nuestro. Se comprende que tarde tanto en llegar esa otra gran novela que todos esperamos. [Y concluye expresando:] Los periodos más fecundos de la historia son aquellos en que los modestos no se chupan el dedo[6].

Con base en lo anterior, Juan de Mairena aconseja a sus discípulos: “Huid del preciosismo literario, que es el mayor enemigo de la originalidad. Pensad que escribís en una lengua madura, repleta de folklore, de saber popular, y que ese fue el barro santo de donde sacó Cervantes la creación literaria más original de todos los tiempos”[7].

El barro santo, la estructura lingüística, la forma expresiva, la masa que será objeto del soplo del genio es el elemento primario de la elaboración literaria. La lengua de Cervantes es una lengua madura, de ciencia y conciencia popular. Antonio Machado, en boca de Juan de Mairena, insiste sobre esto, adelantándose a los estudios literarios, a los métodos de análisis literario que tanto han florecido en esta centuria:

Es muy posible que, sin libros de caballerías y sin romances viejos que parodiar, Cervantes no hubiese escrito su Quijote; pero nos habría dado, acaso, otra obra de idéntico valor. Sin la asimilación y el dominio de una lengua madura de ciencia y conciencia popular, ni la obra inmortal ni nada equivalente pudo escribirse. De esto que os digo estoy completamente seguro. Lo que los cervantinos nos dirán algún día, con relación a esos elementos del Quijote, es algo parecido a esto: hasta qué punto Cervantes los hace suyos; cómo los vive, cómo piensa y siente con ellos; cómo los utiliza y maneja; cómo los crea, a su vez cuántas veces son ellos molde del pensar cervantino. Fbr qué ese complejo de experiencia y juicio, de sentencia y gracia, que es el refrán, domina en Cervantes sobre el concepto escueto y revestido de artificio retórico. Cómo distribuye los refranes en esas conciencias complementarias de don Quijote y Sancho. Cuándo en ellos habla la tierra, cuándo la raza, cuándo el hombre, cuándo la lengua misma. Cuál es su valor sentencioso y su valor crítico y su valor dialéctico. Esto y muchas cosas más podrían decimos[8].

Sin duda, muchas de estas preguntas, y más, han sido ya o están siendo contestadas en las reuniones e investigaciones académicas que para esta celebración cervantina se han estado realizando en todo el mundo no sólo de habla hispana, sino también de otras lenguas y culturas.

Anteriormente comentaba sobre la figura simbólica del Quijote en la generación del 98. Machado la funde con la “España en paz", entre la Europa que se debate en la Primera Guerra Mundial, y expresa:

¿Y bien? el mundo en guerra y en paz España sola.

¡Salud, o buen Quijano! Por si este gesto tuyo,

yo te saludo. ¡Salve! Salud, paz española

si no eres paz cobarde, sino desdén y orgullo [...]

el buen manchego habla palabras de cordura,

parece que el hidalgo amojamado y seco

entró en razón, y tiene espada a la cintura [...]

entonces paz de España, también yo te saludo,    

y a ti, la España fuerte, si, en esta paz bendita,

en tu desdén esculpes, como sobre un escudo,

dos ojos que avizoran y un ceño que medita[9].

La presencia del Quijote[10] en este poema sirve como elemento de comparación no sólo por el desdén que el personaje cervantino tiene para luchar contra villanos, puesto que por la jerarquía de caballero, corresponde a Sancho enfrentarla: “[...] que no había de poner mano a la espada contra hombres que no fuesen armados caballeros, como yo:” (1, 15, 73) sino también en la aventura del rebuzno (11, 28, 438) cuando el narrador expone “es de varones prudentes guardarse para mejor ocasión”, y pone en boca de Don Quijote:

No huye el que se retira; porque has de saber, Sancho, que la valentía que no se funda sobre la base de la prudencia se llama temeridad, y las hazañas del temerario más se atribuyen a la buena fortuna que a su ánimo. Y así, yo confieso que me he retirado, pero no huido; y en esto he imitado a muchos valientes, que se han guardado para tiempos mejores, y desto están las historias llenas; las cuales, por no serte a ti de provecho, ni a mí de gusto, no te las refiero ahora (11,28,439).

De esta manera, la lucha se rehuye cuando es ilógica.

También como característica de la Generación del 98, en esa presencia constante del paisaje castellano, tan amado por Machado, se dibujan las sombras del caballero andante y la identificación con el paisaje de Cervantes, en el poema “Horizonte” del libro Soledades:

En una tarde clara y amplia como el hastío,

cuando su lanza blande el tórrido verano,

copiaba el fantasma de un grave sueño mío

mil sombras en teoría, enhiestas sobre el llano.

 

La gloria del ocaso era un purpúreo espejo,

era un cristal de llamas, que el infinito viejo

iba arrojando el grave soñar en la llanura.

 

Y yo sentí la espuela sonora de mi paso

repercutir lejana en el sangriento ocaso,

y más allá, la alegra canción de un alba pura[11].

Varios elementos del poema son ampliamente sugerentes de la figura de don Quijote. Veamos algunos. Las palabras: hastío, lanza, blandir, fantasma, sueño; las construcciones sustantivas: tórrido verano, sombras en teoría, infinito viejo (metáfora espléndida de ese infinito viejo que es don Quijote, o Cervantes, para el caso es lo mismo), grave soñar, espuela sonora de mi paso repercutir lejana en el sangriento ocaso.

Vemos aquí que el yo del poeta está manifiesto; el lenguaje de Machado, como el de don Quijote, es un lenguaje que al usarse se reproduce y se vuelve otro. Es una transparencia ambigua; el sentido deja ver otros posibles sentidos. “Las grandes obras se reproducen a sí mismas en sus distintos lectores y así cambian continuamente”, expresa Octavio Paz, en “La mirada interior”[12]. De la capacidad de producción se sigue la pluralidad de significados y de ésta la multiplicidad de las literaturas.

Por supuesto que una obra que dura es una obra que no cesa de producir nuevos significados. La figura del Quijote y sus significados siguen caminando por las páginas de Antonio Machado en boca también de su filósofo Abel Martín:

¿Un mundo muere? ¿Nace

un mundo? [...]

¿Es el mundo nacido en el pecado,

el mundo del trabajo y la fatiga?

¿Un mundo bueno para ser salvado

otra vez? ¡Otra vez! Que Dios lo diga.

Calló el poeta, el hombre solitario [...]

Desde la cumbre vio el desierto llano

Con sombras de gigantes con escudos[13]

Un mundo para ser salvado. Es lo que nuestro personaje busca, por eso dejó la comodidad o el aburrimiento en su casa. Don Quijote es la excepción de la historia humana; su cabalgar y su lucha no corresponden a la historia común del hombre; irónicamente es un solitario vagabundo extraviado que imagina lo real y ve lo que proyecta su imaginación.

Cito a Cervantes: “[...] porque ves allí donde se descubren treinta desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla [...] ellos son gigantes y si tienes miedo, quítate de allí” (i, 7, 39-40).

Y así en ese juego de realidad y fantasía, de locura y cordura donde la realidad castellana vacila y parece inexistente, la novela cervantina se convierte en un juicio implícito sobre esa misma sociedad. De manera que la ironía y el humor se convierten en la gran invención del espíritu moderno y el realismo-idealismo de la novela se convierte en una crítica de la realidad. Machado expresa esto en su poema “Un loco” del libro Campos de Castilla:

En una tarde mustia y desabrida

de un otoño sin frutos, en la tierra

estéril y raída

donde la sombra de un centauro yerra.

Por un camino en la árida llanura,

entre álamos marchitos,

a solas con su sombra y su locura,

colinas con malezas y cambrones,

y ruinas de viejos encinares,

coronando los agrios serrijones.

El loco vocifera

a solas con su sombra y su quimera.

Es horrible y grotesca su figura;

flaco, sucio, maltrecho y mal rapado [...]

por los campos de Dios el loco avanza.

Tras la tierra esquelética y sequiza

—rojo de herrumbre y pardo de ceniza—

hay un sueño de lirio en lontananza [...]

No fue por una trágica amargura

esta alma errante desgajada y rota;

purga un pecado ajeno: la cordura,

la terrible cordura del idiota[14].

También en boca de Juan de Mairena, reitera Machado este juego irónico de locura y cordura: “Y es que entre nosotros, lo endeble es el juicio, tal vez porque lo sano y lo viril es, como vio Cervantes, la locura”[15].

No puedo dejar de señalar el poema “La mujer manchega” del libro Campos de Castilla donde, al enlazar las cualidades de las mujeres, especifica la realidad de Dulcinea:

La Mancha y sus mujeres... Argamasilla, Infantes,

Esquivias, Valdepeñas. La novia de Cervantes,

y del manchego heroico, el ama y la sobrina [...]

la esposa de don Diego y la madre de Panza,

la hija del ventero y tantas como están

bajo la tierra, y tantas que son y que serán

encanto de manchegos y madres de españoles [...]

¿Hay más? Por estos campos hubo un amor de fuego,

dos ojos abrasaron un corazón manchego.

¿No tuvo en esta Mancha su cuna Dulcinea?

¿No es el Toboso patria de la mujer idea

del corazón, engendro e imán de corazones,

a quien varón no impregna y aun parirá varones? [...]

por esta tierra, lejos del mar y la montaña

el ancho reverbero del claro sol de España,

anduvo un pobre hidalgo ciego de amor un día

—amor nublóle el juicio; su corazón veía.

Y tú, la cerca y lejos, por el inmenso llano

Eterna compañera y estrella de Quijano,

Lozana labradora fincada en tus terrones

—oh madre de manchegos y numen de visiones—,

cuando tu amante erguía su lanza justiciera [...]

Aquel amor de fuego era por ti y contigo[16].

Verdad y ficción literaria se mezclan en la construcción de la realidad poética de Dulcinea y de otros personajes femeninos de la obra cervantina para sustentar una idealización general de la mujer manchega, y específica de la amada, “mujer idea”, “engendro e imán de corazones”, “la cerca y lejos”, la “eterna compañera y estrella de Quijano”, “numen de visiones” que produce un “amor de fuego” en un pobre hidalgo ciego, cuyo corazón abrazan dos ojos manchegos. Machado borda la realidad con el hilo de la ficción narrativa y proyecta un símbolo a la España que bosteza, a la que dormita, para deshielar su corazón.

Uno de los elementos cervantinos más importantes que Antonio Machado logra exponer con gran fuerza expresiva es la identificación con la constante presencia de la ausencia de la amada que don Quijote vive. La muerte temprana de su esposa, la de Machado, se convierte en un lugar común de su poesía: la afirmación de ese amor tan profundamente nacido y tan cortamente gozado; perdido, añorado y sufrido fue base de su temática constante: la soledad. Cito del poema XXXVII del libro Del camino.

[...] siempre desierto y desolado y solo

con mi fantasma dentro,

mi pobre sombra triste

sobre la estepa y bajo el sol de fuego,

o soñando amarguras

en las voces de todos los misterios[17].

Esta figura desierta, desolada, soñando amarguras, nos recuerda al Quijote sobre esa estepa castellana, vencido por el caballero de la Blanca Luna, y habiendo dejado a su señora Dulcinea encantada “[...] estuvo don Quijote marrido, triste, pensativo y mal acondicionado, yendo y viniendo con la imaginación en el desdichado suceso de su vencimiento [...] Con esto se partieron [...] don Quijote desarmado y de camino” (11, 65, 598 y 600) “[...] —¿Qué? —replicó don Quijote—. ¿No ves tú que [...] quiere significar que no tengo que ver más a Dulcinea” (n, 73, 623).

Su esposa muerta deja en el alma del poeta un vacío que llena con recuerdos que se convierten en la presencia de la amada: Cito el poema “Caminos” del libro Campos de Castilla.

Allá en las tierras altas

por donde traza el Duero

su curva de ballesta

en tomo a Soria, entre plomizos cerros

y manchas de raídos encinares,

mi corazón está vagando, en sueños...

¿No ves, Leonor, los álamos del río

con sus ramajes yertos?

Mira el Moncayo azul y blanco; dame

tu mano y paseemos.

Por estos campos de la tierra mía,

bordados de olivares polvorientos,

voy caminando solo,

triste, cansado, pensativo y viejo[18].

¿Qué cerca estamos de las palabras de don Quijote a Dulcinea ¿Cito a don Quijote: “Oíd las quejas deste desdichado amante, a quien una luenga ausencia han traído a lamentarse entre asperezas y a quejarse de la dura condición de aquella ingrata y bella, término y fin de toda humana hermosura. ¡Oh dulcinea del Toboso, día de mis noches, gloria de mi pena, norte de mis caminos, estrella de mi ventura” (i, 25, 115)

Más tiempo quisiera para hacer un paralelismo entre ambos textos. Sólo indicaré algunos de ellos: Por ejemplo, temáticamente, la queja amarga por la ausencia. Don Quijote dice: “oíd las quejas de este desdichado amante, a quien una luenga ausencia han traído a lamentarse entre asperezas y quejarse’’.

En Machado: “Entre plomizos cerros y manchas de raídos encinares, mi corazón está vagando [...] voy caminando solo, triste, cansado, pensativo y viejo”.

El uso del vocativo, en don Quijote: “Término y fin de toda humana hermosura. ¡Oh Dulcinea del Toboso!, día de mis noches, gloria de mi pena, norte de mis caminos...” .

En Machado: “¿No ves, Leonor, los álamos del río con sus ramajes yertos?, dame tu mano y paseemos”.

Justamente, la realidad de Dulcinea es su ausencia. La afirmación de esa ausencia va dibujando el perfil poético de Dulcinea. Y la conciencia de la ausencia va perfilando a los dos, al personaje y al poeta, a lo largo de sus lamentaciones. Ambas amadas son y se realizan ya sólo en la imaginación. Lo mismo ocurre con la dama a quien canta Antonio Machado.

En Abel Martín afirma esa realidad: “[...] la amada —explica Abel Martín— no acude a la cita; es en la cita ausencia [...] El amor mismo es aquí un sentimiento de ausencia. La amada no acompaña, es aquello que no se tiene y vanamente se espera”[19].

Don Quijote, por su parte, cuando se refiere a Dulcinea repite continuamente la palabra ausencia. Y así se nombra “el ferio de punta de ausencia” o se lamenta de “la larga ausencia que se ha hecho de la siempre señora mía Dulcinea”, “el lugar y el estado a que tu ausencia me ha conducido”. Y en sus plegarias y ayuno por Dulcinea en Sierra Morena, el estribillo de su ruego es “Aquí lloró don Quijote/ausencias de Dulcinea”.

Es la indefinida ausencia de la amada lo que producen las más bellas líneas de ambos escritores. En Cervantes: “[...] yo nací para ser de Dulcinea del Toboso, y los hados (si los hubiera) me dedicaron a ella; y pensar que otra alguna hermosura ha de ocupar el lugar que en mi alma tiene es penar lo imposible...” (11, 70, 519)

En Antonio Machado, a través de Juan de Mairena, expresa:

Todo amor es fantasía:

él inventa el año, el día,

la hora y su melodía,

inventa el amante y, más,

la amada. Contra el amor

no prueba nada, el que la amada

no haya existido jamás[20].

Y en Cervantes: “Dios sabe si hay Dulcinea o no, en el mundo, o si es fantástica; y éstas no son las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo” (ii, 322, 387).

De esta manera, el hecho de que Dulcinea no exista, no significa que don Quijote no la ame. El hecho de que Leonor o Guiomar no estén presentes en la realidad no significa que no lo estén en la imaginación o que Machado no ame:

Sólo tu figura

Como una centella blanca

Escrita en mi noche oscura [...]

Mírame en ti castigado,

Ya no te puedo olvidar[21].

Es el grito desgarrado del amante que ha creado a la amada. Pero el objeto del amor no existe. Dicho líricamente: la amada es imposible, pero es amada.

¿Qué nos dice o a qué nos invita Cervantes a nosotros impacientes e imprudentes lectores de literatura light y espectadores cotidianos de horrores televisivos?

¿A dignificar el amor, a valorarlo y acrecentarlo en la ausencia, a servir a la persona humana, a luchar por valores, a presenciar la magia de la literatura en la ironía, el análisis y la crítica de la realidad?

Bibliografía

Cervantes Saavedra, Miguel de, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Man-cha. Pról. y esquema biográfico de Américo Castro. México, Porrúa, 1960. (“Sepan cuantos...”, 6).

Machado, Antonio, Obra completa. Madrid, Grijalbo, 1962.

Machado, Antonio, Poesía completa. Madrid, Espasa-Calpe, 1971.

Paz, Octavio, “La mirada interior”, en Obras completas. Excursiones ¡incursiones, t. II. México, fce, 1991.

Sánchez Vázquez, Adolfo, “La utopía de don Quijote”, en La Jomada Semanal, México, 25 de noviembre de 1990.

Notas:

[1] Adolfo Sánchez Vázquez, “La utopía de don Quijote”, en La Jomada Semanal, p. 21.

[2] Antonio Machado, “Elogios”, en Obras completas, p. 845.

[3] “Sobre la literatura rusa”, ¡bid, p. 1209.

[4] “Juan de Mairena”, ibid, p. 1036.

[5] Ibid, pp. 1106-1107.

[6] Ibid., pp. 1107-1108.

[7] Ibid., p. 1027

[8] Ibid., pp. 1068-1069.

[9] “Elogios”, ibid., p. 845.

[10] Miguel de Cervantes Saavedra, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Cito por la edición de Porrúa, siguiendo el orden convencional: parte, capítulo, página.

[11] “Soledades”, ibid., p. 666.

[12] Octavio Paz, “La mirada interior", en Obra completa. Excursiones e incursiones, t II, p. 409.

[13] A. Machado, “Abel Martín”, en op. cit., p. 968.

[14] “Campos de Castilla”, ibid., p. 749.

[15] “Juan de Mairena”, ibid.., p. 1065.

[16] “Campos de Castilla”, en Poesía completa, pp. 150-152.

[17] “Del camino”, op. cit., p. 678.

[18] “Campo de Castilla", en Poesía completa, p. 133.

[19] “Abel Martín”, ibid., p. 942.

[20] "Juan de Mairena”, ibid, p. 1022.

[21] Ibid., p. 1021.

 

ensayo de Alicia Correa

 

Publicado, originalmente, en La Experiencia Literaria (1999): 111-122

Facultad de Filosofía y Letras, Colegio de Letras, Universidad Nacional Autónoma de México

Link del texto: http://ru.ffyl.unam.mx/handle/10391/2126

 

Ver, además:

Antonio Machado en Letras Uruguay

 

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