Féretros tallados a mano
Truman Capote 

Prólogo

Aquí y allá, en prólogos, prefacios, entrevistas o raptos confesionales, Truman Capote (estadounidense, 1924-1984) dejó bien en claro quién había sido desde pequeño, o al menos quién iba a ser para nosotros. Cada vez que viene al caso, es decir todo el tiempo, recuerda que su memoria comienza con una evidencia: él quería ser escritor. Mientras los demás se perdían en el duro oficio de la infancia, Capote afinaba los lápices y se proyectaba en una página. Tenaz desde muchacho, este entrenamiento calificado lo puso en la pista bien temprano. Antes de cumplir veinte años publicaba sus cuentos en las mejores páginas norteamericanas, y ya a los veinticuatro aparecía su primera novela, Otras voces, otros ámbitos, bien recibida por el público y la crítica, un juicio calificado que el tiempo habría de perpetuar. A partir de entonces, con la certeza de estar en el lugar y en el destino correctos, comenzaría una producción que, como él también nos dice, tendría altos y bajos. Sin embargo seria tan equilibrada en sus alternancias que los picos que periódicamente alcanzó su obra sepultan en la memoria cualquier desfallecimiento o mal paso, y uno termina que ambos, altos y bajos, son fundamentales en el proceso de depuración y expansión a nuevos terrenos que constituye la escritura de Capote. Baste hacer una enumeración elocuente en cuanto a páginas ejemplares: Desayuno en Tiffany's, Un árbol de la noche, A sangre fría, Música para camaleones, cuatro libros que son cuatro tonos distintos, pacientemente diferenciados y llevados a su culminación, cuatro mundos para cuatro escritores que confluyen solo en él. Esto, por un lado, habla de un dotado. Aunque en cierta forma eso es lo de menos. Lo que cuenta quizás es el peso de haber descubierto muy tempranamente su verdad, la de ser escritor, y que ésta se manifestara en la forma de la inquietud permanente, de una pregunta que apremia: ¿qué es ser un escritor? ¿De cuántas formas puede alcanzar la maestría en su oficio? ¿Cómo se define su estilo? Queda claro que no es una pregunta sino varias, y Truman Capote va a ir respondiendo a sus propios interrogantes con una escritura y un mundo narrativo que no paran de corregirse a si mismos, buscando su lugar escalando cimas diversas y bajando de ellas abruptamente y volviendo a visitarlas con espíritu renovado y con una mirada impiadosa que extrae un aprendizaje y lo extiende a su próximo logro. Así desde Otras voces, otros ámbitos a Música para camaleones pasará del lirismo al despojamiento, de narradores que conceden y disfrutan la sensualidad a otros que hacen de la crudeza y la observación clínica una cuestión de principios literarios; de los paisajes sureños, con sus mitos decadentes y siempre un tanto hidalgos, al corazón de la locura norteamericana que se expurga en A sangre fría. Y sin duda A sangre fría es su monumento, una novela que divide sus aguas tanto en lo artístico como en lo personal, y que estrella su literatura contra la realidad. De ese encuentro, de ese matrimonio tormentoso entre la ficción y la no ficción, él tiene la licencia. Es absurdo discutir, como se hizo durante muchos años, la legitimidad ficcional de una novela basada puntillosamente en hechos reales y que relata paso a paso un crimen, sus antecedentes y consecuencias. No cabe duda que en el tema mismo Capote encontró un morbo seductor y un buen vehículo para retratar las debilidades monstruosas del patético sueño americano. Pero más cierto aún es que en ese pozo sin forma racional que uno sospecha es la mente de un asesino, había un abismo donde volcar al mismo tiempo los riesgos de la mirada psicológica (con sus excesos y tonterías) y poner en juego un estilo que debía narrar lo que parecía innarrable. Es decir, contar esa historia, escribir ese libro exigía un gusto especial por los emprendimientos temerarios y la sospecha de que para escribir la gran novela americana había que exponer la resistencia personal y olvidar todos los trucos aprendidos en años de escritura. Y él era la persona indicada para hacerlo.

Ese libro es su monumento por lo que es y por aquello que escribirlo le hizo aprender como escritor. Paradójicamente la salida airosa de esa pesadilla (airosa en lo literario, porque los efectos que tendría en su vida la convivencia de varios años con ese material y las largas visitas en la cárcel a los asesinos han sido más que complejos) lo dejó en un lugar privilegiado para fracasar en el futuro. Podría haber seguido usando una fórmula que se había inventado y con ella producir un par de novelas cómodas y exitosas. No fue el caso, y lo que siguió a esto fue la búsqueda obsesiva de nuevas formas de maestría. Metódico y leal a sus propias conquistas, tras eso seguirá trabajando en esa zona donde se encuentran, para mezclarse sin confundirse, la ficción, la no ficción y los terrenos menos explorados de la escritura periodística. Dentro de esta línea, puede ubicarse "Féretros tallados a mano", una pieza magistral, también basada en un hecho real, que muestra una manera diametralmente opuesta de enfrentarse a una atroz historia criminal. Es cierto que la lectura de esta obra no nos muestra a todo Capote, que no es un compendio de los diversos registros que abordó y consumó, y que al publicar solo esta nouvelle por una limitación de espacio nos perdemos de disfrutarlo ejerciendo su genio en otros ámbitos literarios. Pero este texto tiene un punto a su favor que lo defiende y libera de todos las ausencias a que su presencia obliga: es una pequeña obra maestra de principio a fin.

Fernando Fagnani

Féretros tallados a mano

Narración verídica de un crimen americano

Marzo de 1975

 

Un pueblo en un pequeño Estado del oeste. Un centro para las numerosas granjas y establecimientos de cría de ganado que rodeaban a este pueblo con una población de menos de diez mil, con doce iglesias y dos restaurantes. El cine, aunque no ha dado ni una película en diez años, todavía sigue en pie, austero e inhospitalario en la calle principal. Una vez también hubo un hotel, pero ha sido cerrado, y hoy en día el único lugar donde puede alojarse un viajero es el motel Prairie. El motel es limpio y los cuartos bien calefaccionados; más no puede decirse. Un hombre llamado Jake Pepper vive en él desde hace casi cinco años. Tiene cincuenta ocho años, y es un viudo con cuatro hijos grandes. Es más bien bajo, de muy buena salud y parece tener quince años menos. Un rostro común pero agradable, ojos azules y una boca fina que se contorsiona en muecas que a veces son sonrisas, a veces no. El secreto de su aspecto juvenil no es su pulcritud o su delgadez, ni se debe tampoco a sus mejillas, sonrosadas como manzanas, ni a sus traviesas y misteriosas sonrisas, sino a su pelo, que lo hace tan joven: es de un rubio oscuro, lo lleva muy corto, y tan lleno de remolinos que no puede peinarlo; lo alisa y lo moja, simplemente.

Jake Pepper es un detective empleado por el Departamento de Investigaciones del Estado. Nos conocimos por un amigo mutuo, otro detective de un Estado diferente. En 1972 escribió una carta diciendo que estaba trabajando en un caso de asesinato, en algo que él pensaba que podía interesarme. Lo llamé por teléfono y hablamos durante tres horas. Yo estaba muy interesado en lo que tenía que decirme, pero se alarmó cuando sugerí que viajaría hasta allí para ver la situación personalmente. Dijo que podía ser prematuro y llegar a hacer peligrar su investigación, pero prometió mantenerme informado. Los tres años siguientes intercambiamos llamadas telefónicas de vez en cuando. El caso, que seguía líneas tan intrincadas como un laberinto de ratas, parecía haber llegado a un punto muerto. Finalmente le dije: "Déjeme que vaya a echar un vistazo".

Así fue que me encontré, una fría noche de marzo, sentado con Jake Pepper en su habitación del motel en los alrededores invernales y ventosos de ese pequeño pueblo desolado del oeste. En realidad, la habitación era agradable, cómoda. Después de todo, con ciertas interrupciones, había sido su hogar por cinco años, y había puesto estantes donde exhibía fotos de su familia, hijos y nietos, y en los que descansaban cientos de libros, muchos acerca de la Guerra Civil, y todos propios de un hombre inteligente; prefería a Dickens, Melville, Trollope, MarkTwain.

Jake estaba sentado en el piso, con las piernas cruzadas, con un vaso de bourbon al lado. Tenía un tablero de ajedrez por delante, y abstraídamente movía las piezas.

TC: Lo sorprendente es que nadie parece saber nada acerca de este caso. Casi no ha tenido publicidad.

JAKE: Hay razones.

TC: Nunca he logrado ordenarlo en una secuencia. Es como un rompecabezas al que le faltan las piezas.

JAKE: ¿Dónde empezamos?

TC: Desde el comienzo.

JAKE: Vaya al escritorio. Abra el cajón de abajo. ¿Ve esa cajita de cartón? Mire lo que hay adentro.

(Adentro de la caja encontré un féretro en miniatura. Era un objeto hermoso, tallado en madera de bálsamo. No estaba ornamentado, pero cuando se levantaba la tapa, se veía que el cajón estaba vacío. Contenía una foto, una instantánea casual y cándida de dos personas de edad mediana, un hombre y una mujer, que cruzaban la calle. No era una foto para la que hubieran posado; uno se daba cuenta de que ellos no sabían que se les había sacado una foto.) Ese pequeño féretro. Supongo que ése es el comienzo.

TC: ¿Y la foto?

JAKE: George Roberts y su esposa, Amelia.

TC: Los esposos Roberts. Por supuesto. Las primeras víctimas. ¿Él era abogado?

JAKE: Él era abogado, y una mañana (para ser precisos, el 10 de agosto de 1970), recibió un regalo por correo. El pequeño féretro. Con la foto adentro. Roberts era un tipo feliz y despreocupado. Enseñó el obsequio a algunas personas, como si fuera una broma. Un mes después, George y Amelia estaban muertos.

TC: ¿Cuándo entró usted en el caso?

JAKE: Inmediatamente. Una hora después que los mataron yo ya estaba en camino con otros dos agentes del Departamento. Cuando llegamos aquí los cadáveres seguían en el auto. Y las víboras también. Eso es algo que no olvidaré nunca. Nunca.

TC: Recuerde. Descríbalo exactamente.

JAKE: Los Roberts no tenían hijos. Ni enemigos, tampoco. Todos tos querían. Amelia trabajaba para su marido. Era su secretaría. Tenían un solo auto, e iban juntos a la oficina. La mañana que sucedió hacía calor. Muchísimo calor. De modo que deben de haberse sorprendido cuando fueron a buscar el auto y vieron que las ventanillas estaban subidas. De todos modos, entraron en el auto por distintas puertas, y no bien estuvieron adentro, un montón de víboras de cascabel los picó. Inmediatamente. Encontramos nueve adentro de ese auto. A todas les habían inyectado anfetaminas. Estaban enloquecidas. Picaron a los Roberts en todas partes: en el cuello, en los brazos, orejas, mejillas, manos. Pobre gente. Tenían la cabeza inmensa, hinchada como un zapallo. Deben de haber muerto casi instantáneamente. Así espero. Es lo único que espero.

TC: Las víboras de cascabel no son tan comunes por aquí. No de ese tamaño. Deben de haberlas traído aquí.

JAKE: Así es. De un criadero de víboras en Nogales, Texas. Pero éste no es el momento de decirle cómo sé eso. (Afuera, la nieve cubría, como encaje, el suelo. Faltaba mucho para que llegara la primavera: un fuerte viento que hacía repiquetear la ventana anunciaba que el invierno seguía con nosotros. Pero el ruido del viento no era más que un murmullo en mi cabeza, bajo el sonido de las víboras de cascabel y de sus sibilantes lenguas. Vi el auto, oscuro bajo el sol ardiente, las enroscadas serpientes, las cabezas humanas que se volvían verdes, hinchándose de veneno. Me puse a escuchar el viento para que borrara la escena.)

JAKE: Por supuesto, no sabemos si los Baxter recibieron un féretro. Estoy seguro de que sí. No se adecuaría al rito, de lo contrario. Pero ellos nunca dijeron haberlo recibido, y nunca vimos rastros de él.

TC: Tal vez se perdió en el fuego. ¿No había otras personas con ellos, otra pareja?

JAKE: Los Hogan. De Tulsa. Eran amigos de los Baxter, y estaban de paso. El asesino no pensaba matarlos. Fue un accidente.

Lo que sucedió fue que los Baxter estaban haciendo una casa nueva, muy elegante, pero la única parte terminada era el subsuelo. El resto esta en construcción. Roy Baxter era un hombre rico; podría haber alquilado este motel entero mientras le hacían la casa. Pero prefirió vivir en el subsuelo. La única entrada era por una puerta trampa. Era diciembre, tres meses después de los asesinatos de las víboras de cascabel. Lo único que sabemos con seguridad es que los Baxter invitaron a esa pareja de Tulsa a que pasaran con ellos la noche en el subsuelo. Y en algún momento antes del amanecer se inició un tremendo incendio en ese subsuelo, y las cuatro personas murieron incineradas. Literalmente no quedaron más que cenizas.

TC: ¿No pudieron escapar por la puerta trampa?

JAKE: (haciendo una mueca y resoplando): Diablos, no. El incendiario, el asesino, la cerró con bloques de cemento. Ni King Kong podría haberlos sacado.

TC: Evidentemente, debe de haber alguna conexión entre el incendio y las víboras de cascabel.

JAKE: Es fácil decir eso ahora. Pero entonces, yo no hacía ninguna conexión. Había cinco tipos trabajando en el caso: sabíamos más de George y Amelia Roberts y de los Baxter y los Hogan que lo que ellos pudieron saber de sí mismos en vida. Apuesto a que George Roberts nunca se enteró de que su mujer tuvo un hijo a los quince años y lo dio para que lo adoptaran. Por supuesto, en un lugar cómo este, todos más o menos conocen a todos, por lo menos de vista. Pero no podíamos encontrar nada que relacionara a las víctima. Ni motivos. No había ninguna razón, que pudiéramos encontrar, para matar a esas personas. (Estudió el tablero de ajedrez, encendió la pipa y tomó un sorbo de bourbon.) Todas las víctimas me eran desconocidas. Nunca oí hablar de ellas antes de que murieran, pero el siguiente era amigo mío. Clem Anderson. Noruego, de segunda generación; había heredado de su padre un establecimiento de campo en este lugar. Bastante extenso. Fuimos al colegio en la misma época, aunque él estaba unos años antes que yo. Se casó con una ex novia mía, una chica maravillosa, la única que he visto con ojos azul lavanda. Como amatistas. Algunas veces, cuando tomaba un trago, me ponía a hablar de Amy y sus ojos de amatista, pero a mi mujer no le causaba nada de gracia. De cualquier manera, Clem y Amy se casaron, se establecieron aquí y tuvieron siete hijos. Yo comí en la casa de ellos la noche antes que lo mataran, y Amy dijo entonces que lo único que lamentaba en la vida era no haber tenido más hijos.

Yo veía a Clem muy seguido, desde que vine a ocuparme del caso. Tenía una debilidad: bebía demasiado. Pero era astuto y me enseñó muchas cosas acerca del pueblo. Una noche me llamó aquí, a este motel. Sonaba raro. Dijo que debía verme en seguida. De modo que le dije, ven. Pensé que estaba borracho, pero no era eso. Estaba asustado. ¿Sabe por qué?

TC: Había recibido un regalo de Papá Noel.

JAKE: Ahá. Pero no sabia qué era. Lo que significaba. El féretro, y su posible conexión con los asesinatos de las víboras, no habían sido dados a publicidad. Lo manteníamos en secreto. Yo nunca había mencionado el asunto a Clem. De modo que cuando llegó a este mismo cuarto y me mostró un féretro que era la réplica exacta del que habían recibido los Roberts, me di cuenta de que mi amigo estaba en un gran peligro. Se lo habían mandado por correo en una caja envuelta en papel madera, con el nombre y dirección escritos de forma anónima. Con tinta negra.

TC: ¿Había una foto de él?

JAKE: Sí. Y la describiré cuidadosamente porque tiene mucho que ver con la manera en que murió Clem. En realidad, creo que el asesino intentaba hacer una pequeña broma, indicando sutilmente a Clem la forma en que iba a morir. En la foto, Clem está sentado en una especie de jeep. Un vehículo excéntrico, inventado por él. No tenía techo ni parabrisas, nada que protegiera al conductor. No era más que un motor con cuatro ruedas. Dijo que nunca había visto esa foto en su vida, que no tenía idea de quién la había tomado, ni cuándo. Yo tenía ante mí una decisión difícil. ¿Debería decirle la verdad, reconocer que la familia Roberts había recibido un féretro parecido antes de morir, y que los Baxter probablemente también? En cierta manera, sería mejor no informárselo: de esa forma, si lo vigilábamos bien, podía conducirnos al asesino, mucho mejor si no se daba cuenta del peligro en que estaba.

TC: Pero usted decidió decírselo.

JAKE: Sí. Porque con este segundo féretro, me di cuenta de que los asesinatos estaban relacionados. Y pensé que Clem podía conocer la respuesta. Debía conocerla. Pero, después que le expliqué el significado del féretro entró en shock. Tuve que abofetearlo. Y empezó a portarse como un chico. Se acostó en la cama, y empezó a llorar. "Alguien me matará. ¿Por qué?" Yo le dije:"Nadie te matará. Te lo prometo. Pero piensa, Clem. ¿Qué tienes en común con estas personas que murieron? Debe de haber algo. Tal vez algo muy trivial".

Pero, lo único que podía decir era: "No lo sé, no lo sé". Lo obligué a beber hasta que estuvo tan borracho que se quedó dormido. Pasó la noche aquí. A la mañana estaba más tranquilo. Pero aún no se le ocurría qué podía relacionarlo con los crímenes, cómo encajaba él. Le dije que no discutiera lo del féretro con nadie, ni siquiera con su mujer, y que no se preocupara, pues había pedido la ayuda de dos agentes más para que lo cuidaran.

TC: ¿Cuánto pasó hasta que el fabricante de féretros cumplió su promesa?

JAKE: Oh, creo que debe de haber disfrutado mientras tanto. Jugaba como un pescador con una trucha atrapada en un acuario. El Departamento dio por terminada la tarea de los dos agentes, y finalmente hasta Clem empezó a despreocuparse. Pasaron seis meses. Amy llamó para invitarme a comer. Era unas noche cálida de verano. El aire estaba lleno de luciérnagas. Los chicos las perseguían y las metían en frascos. Cuando partía, Clem me acompañó al auto. Hay un riacho junto al sendero donde lo había estacionado, y Clem dijo: "Con respecto a la conexión. El otro día se me ocurrió algo de repente. El río". Le pregunté qué río y él dijo ése, el riacho. "Es una historia un tanto complicada. Y probablemente tonta. Pero te la contaré la próxima vez que nos veamos." Por supuesto, no lo vi más. Por lo menos, vivo.

TC: Como si lo hubiera oído.

JAKE: ¿Quién?

TC: Papá Noel. Quiero decir. ¿No es raro que después de tantos meses Clem Anderson menciona el río, y al día siguiente, antes que pueda decirle por qué se acordó del río de repente, el asesino cumpla su promesa?

JAKE: ¿Qué tal su estómago?

TC: Muy bien.

JAKE: Le mostraré algunas fotos. Pero es mejor que se sirva un trago. Lo necesitará.

(Las fotos, en blanco y negro, en papel brilloso, habían sido tomadas de noche, con flash. La primera era del jeep armado en casa de Clem Anderson en un estrecho camino de campo; estaba volcado sobre un costado, con los faros encendidos todavía. La segunda foto era un torso sin cabeza, tirado sobre el mismo camino: un hombre sin cabeza, con botas y jeans y una campera de piel de oveja. La última foto era de la cabeza de la víctima. No podían habérsela cortado más limpiamente ni con una guillotina, ni en manos de un cirujano maestro. Estaba sola, entre unas hojas, como si un bromista la hubiera arrojado allí. Los ojos de Clem Anderson estaban abiertos, pero no parecían muertos, simplemente serenos, y a excepción de una herida dentada en la frente, tenía la cara igualmente serena, tan ajena a la violencia como sus pálidos e inocentes ojos noruegos. Mientras examinaba las fotos, Jake, por sobre mi hombro, también las miraba.)

JAKE: Era alrededor del atardecer. Amy estaba esperando a Clem para la cena. Mandó a uno de los muchachos por el camino a su encuentro. Él lo halló.

Primero vio el auto volcado. Luego, a unos cien metros, el cuerpo. Corrió a su casa. y su madre me llamó. Yo me maldije todo el tiempo. Pero cuando llegamos al lugar, fue uno de mis agentes el que encontró la cabeza. Estaba bastante lejos del cuerpo. En realidad, yacía en el lugar donde golpeó contra el alambre.

TC: El alambre, claro. Nunca entendí bien lo del alambre. Es tan...

JAKE: ¿Ingenioso?

TC: Más que ingenioso. Absurdo.

JAKE: En absoluto absurdo. Nuestro amigo simplemente descubrió una buena manera de decapitar a Clem Anderson. De matarlo sin que existiera la posibilidad de testigos.

TC: Supongo que es el elemento matemático. Siempre me quedo perplejo ante algo en que interviene la matemática.

JAKE: Bueno, el caballero responsable de esto tiene ciertamente una mente matemática. Por lo menos tuvo que tomar medidas muy exactas.

TC: ¿Puso un alambre entre dos árboles?

JAKE: Entre un árbol y un poste de teléfono. Un fuerte alambre de acero, afilado como una navaja. Virtualmente invisible, hasta a pleno sol. Pero al atardecer, cuando Clem salió de la carretera y entró en su ridículo autito por ese camino estrecho, no pudo haberlo visto, de ninguna manera. Lo agarró en el lugar preciso: justo debajo de la barbilla. Y, como vio, le cortó la cabeza tan fácilmente como se arranca una margarita.

TC: Tantas cosas podrían haber salido mal.

JAKE: ¿Qué habría importado? ¿Qué es un fracaso? Hubiera vuelto a intentarlo. Hasta que lo consiguiera.

TC: Eso es lo absurdo. Que siempre lo consiga.

JAKE: Sí y no. Pero luego volveremos a eso.

(Jake metió las fotos en un sobre manila. Chupó su pipa y se pasó los dedos por el pelo enmarañado. Guardé silencio, pues sentí que lo embargaba la tristeza. Finalmente le pregunté si estaba cansado, si prefería que me fuera. Dijo que no, que recién eran las nueve, y que nunca se acostaba antes de la medianoche.)

TC: ¿Está solo aquí, ahora?

JAKE: No. Dios mío, me volvería loco. Me turno con otros dos agentes. Pero sigo siendo el principal encargado de este caso.

Lo quiero así. He invertido mucho en esto. Y voy a agarrar a nuestro tipo, aunque sea lo último que haga. Cometerá un error. En realidad, ya ha cometido algunos. Si bien no puedo decir la forma en que mató al doctor Parsons sea uno de ellos.

TC: ¿Al forense?

JAKE: Al forense. El bajito y jorobado forense.

TC: Veamos. Al principio usted pensó que se trataba de un suicidio.

JAKE: Si usted hubiera conocido al doctor Parsons, también habría pensado que era un suicidio. Tenia mil razones para matarse. O para que lo mataran. Estaba casado con una mujer hermosa. y la hizo adicta a la morfina. De esa manera consiguió que se casara con él. Era un usurero. Y practicaba abortos. Por lo menos una docena de viejas chifladas le dejaron todo en su testamento. Un pillo de siete suelas, el tal doctor Parsons.

TC: ¿A usted no le gustaba?

JAKE: A nadie le gustaba. Pero lo que dije antes no es así. Dije que Parsons era un tío con mil razones para suicidarse. En realidad, no tenía ningún motivo. Dios estaba en paz con él, y el sol brillaba todo el tiempo en el mundo de Ed Parsons. Lo único que lo molestaba era la úlcera. Y una especie de indigestión permanente. Llevaba a todas partes unas botellas enormes de Maalox. Se tomaba dos por día.

TC: De cualquier modo, todos se sorprendieron al enterarse de que el doctor Parsons se había matado, ¿no?

JAKE: Bueno, no. Porque nadie pensó que se había suicidado. Por lo menos, al principio.

TC: Perdón, Jake. Estoy confundido otra vez. (A Jake se le había apagado la pipa; vació el tabaco en un cenicero y desenvolvió un cigarro, que no encendió. Lo usaba para morder, no para fumar. Como un perro con un hueso.)

TC: Para empezar, ¿cuánto tiempo transcurrió entre los entierros?, ¿entre el de Clem Anderson y el del doctor Parsons?

JAKE: Cuatro meses. Más o menos.

TC: Y Papá Noel, ¿envió un obsequio al doctor?

JAKE: Espere. Espere. Va demasiado rápido. El día que murió Parsons, bueno, pensamos que era una muerte natural. Su enfermera lo encontró tirado sobre el piso del consultorio. Alfred Skinner, otro médico de esta ciudad, dijo que probablemente había tenido un ataque al corazón. Se necesitaría una autopsia para corroborarlo.

Esa misma noche recibí una llamada de la enfermera de Parsons. Dijo que Mrs. Parsons quería hablar conmigo, y le contesté que muy bien, que iría a su casa en seguida. Mrs. Parsons me recibió en su dormitorio, lugar que, según creo, nunca abandona. Está confinada allí, supongo, por los placeres de la morfina. No es una inválida, de ninguna manera por lo menos no en el sentido que generalmente se le da a esa palabra. Es una mujer encantadora, de aspecto muy saludable. Con buen color en la cara, aunque con una piel tan lisa y pálida como de perla. Pero tiene los ojos demasiado brillantes, con las pupilas dilatadas.

Estaba en cama, recostada sobre una pila de almohadas con fundas de encaje. Me fijé en sus uñas, largas y cuidadosamente pintadas, y en sus manos, tan elegantes. Pero lo que tenía en las manos no era muy elegante.

TC: ¿Un obsequio?

JAKE: Exactamente, igual que los otros.

TC: ¿Qué le dijo?

JAKE: Dijo: "Creo que a mi marido lo asesinaron". Pero estaba muy serena; no parecía preocupada, ni en tensión.

TC: La morfina.

JAKE: Más que eso. Es una mujer que ya ha dejado la vida. Mira hacia atrás, por una puerta. Sin pesar.

TC: ¿Conocía el significado del féretro?

JAKE: No, en realidad, no. Y su marido tampoco. A pesar de ser el forense del condado, y en teoría parte de nuestro equipo, nunca le dijimos nada. No sabía nada de los féretros.

TC: ¿Cómo sospechaba, entonces, que su marido podía haber sido asesinado?

JAKE (mordiendo el cigarro y frunciendo el entrecejo): Por el féretro. Dijo que su marido se lo había mostrado hacía unas semanas. No lo había tomado en serio; creía que era un gesto malévolo, algo que le había enviado algún enemigo. Pero ella dijo, ella dijo que no bien lo vio, con la foto de él adentro, sintió que una "sombra" se cernía sobre él. Aunque parezca extraño creo que lo amaba. Esa mujer hermosa. A ese jorobado hirsuto.

Me despedí y me llevé el féretro, diciéndole que era muy importante que no dijera nada a nadie. Después de eso, lo único que podíamos hacer era esperar el resultado de la autopsia, que fue: muerte por envenenamiento, probablemente administrado por él mismo.

TC: Pero usted sabía que era un asesinato.

JAKE: Yo sabía. Y Mrs. Parsons sabía. Pero todos los demás creían que se trataba de un suicidio. Muchos siguen creyéndolo.

TC: ¿Qué clase de veneno usó nuestro amigo?

JAKE: Nicotina liquida. Un veneno muy puro, rápido y poderoso, incoloro e inodoro. No sabemos exactamente cómo fue administrado, pero sospecho que lo mezclaron con un poco del Maalox que tanto amaba el médico. Un buen trago, y a la fosa.

TC: Nicotina liquida. No había oído hablar de eso.

JAKE: Bueno, no es tan conocido como el arsénico. Hablando de nuestro amigo, los otros días encontré algo escrito por Mark Twain, que me pareció muy apropiado. (Después de buscar entre los estantes, encontró el libro que buscaba. Jake caminó por el cuarto, leyendo en voz alta con una voz que no parecía la suya, una voz ronca, airada.) "De todas las criaturas, el hombre es la más detestable. De toda la especie es el único, absolutamente el único, en poseer malignidad. La más despreciable, la más aborrecible de todos los instintos, de todas las pasiones: es la única criatura que causa dolor para divertirse, sabiendo que es dolor. Además, en la lista, es la única criatura con una mente desagradable". (Jake cerró el libro de un golpe y lo tiró sobre la cama.) Detestable. Maligno. De mente desagradable. Sí, señor, la descripción exacta de Mr. Quinn. Aunque no completa. Mr Quinn posee otros talentos.

TC: Nunca había mencionado el nombre.

JAKE: Hace sólo seis meses que lo sé. Pero así se llama. Quinn.

(Una y otra vez Jake golpeaba el puño contra la mano ahuecada, como un prisionero furioso que hace demasiado que se siente frustrado, encerrado donde está. En realidad, hacía muchos años que estaba aprisionado en este caso: una gran furia, como el buen whisky, necesita una larga fermentación.)

JAKE: Robert Hawley Quinn. Un caballero muy apreciado.

TC: Pero un caballero que comete errores. De lo contrario no conocería su nombre. O, más bien, no sabría que se trataba de nuestro amigo.

JAKE: (Silencio; no me escucha.)

TC: ¿Fue por las víboras? Usted me dijo que provenían de un criadero de Texas. Si sabe eso, debe saber entonces quién las compró.

JAKE (ha desaparecido la ira. Bosteza): ¿Qué?

TC: A propósito, ¿por qué inyectaron anfetamina a las víboras?

JAKE: ¿Para qué cree usted? Para estimularlas. Para aumentar su ferocidad. Igual que arrojar un fósforo encendido en un tanque de nafta.

TC: No sé. Me pregunto cómo se las habrá arreglado para inyectarlas en el auto, sin que lo picaran a él.

JAKE: Le enseñaron cómo hacerlo.

TC: ¿Quién?

JAKE: La mujer que le vendió las víboras.

TC: ¿La mujer?

JAKE: La propietaria del criadero de Nogales es una mujer. ¿Le parece extraño? Mi hijo mayor se casó con una mujer que trabaja en el Departamento de Policía de Miami. Es un buzo de aguas profundas, profesional. El mejor mecánico de autos que conozco es una mujer...

(Nos interrumpió el teléfono. Jake miró su reloj de pulsera y sonrió. Su sonrisa, tan verdadera y tranquila, me hizo ver que no sólo sabía quién llamaba, sino que era una voz que esperaba oír.)

Hola. Addie. Sí, está aquí. Dice que en Nueva York es primavera; le dije que debería haberse quedado allí. No, nada. Tomando unos tragos y hablando ya sabes de qué. ¿Mañana es domingo? Creía que era jueves. Debo de estar perdiendo la cuenta. Seguro, con mucho gusto iremos a comer, Addie, no te aflijas por eso. Le gustará cualquier cosa que hagas. Eres la mejor cocinera de cualquiera de los dos lados de las Rocallosas, este u oeste. Así que no te preocupes. Sí, la tarta de pasas de uva, con manzanas. Cierra todas puertas con llave. Que duermas bien. Sí, sabes que sí. Buenas noches.

(Siguió sonriendo después de colgar. Por fin encendió un cigarro, y fumó con gusto. Indicando el teléfono, se rió entre dientes.)

Ése fue el error que cometió Mr. Quinn. Adelaide Mason, nos invitó a comer mañana.

TC: ¿Y quién es Mrs. Mason?

JAKE: Miss Mason. Una cocinera bárbara.

TC: Pero, ¿además de eso?

JAKE: Addie Mason era lo que yo estaba esperando. Alguien que me trajera suerte.

Sabe, el padre de mi mujer era un ministro metodista. Insistía en que toda la familia fuera a la iglesia. Yo me zafaba siempre que podía, y después que ella murió ya no fui más. Pero hace unos seis meses, el Departamento estuvo a punto de cerrar este caso. Habíamos gastado mucho tiempo y mucho dinero. Y no teníamos ningún resultado: no había caso. Ocho asesinatos, y ni una sola pista que relacionara a las víctimas o que produjera una sombra de motivación. Nada. Excepto esos tres féretros tallados a mano. Me dije: ¡No! ¡No! ¡No puede ser! Hay una mente detrás de todo esto. Empecé a ir a la iglesia. No hay otra cosa que hacer los domingos aquí, de todos modos. Ni siquiera un campo de golf. Y recé: "Por favor, Dios mío, no permitas que este hijo de perra se salga con la suya".

En la calle principal hay un café llamado Okay. Todos saben que allí pueden encontrarme todas las mañanas entre las ocho y las diez. Desayuno en el reservado del rincón, y me quedo leyendo los diarios y charlando con los comerciantes locales, que entran a tomar una taza de café. El Día de Acción de Gracias estaba desayunando, como siempre. Estaba solo, pues era feriado, y me sentía bastante deprimido. El Departamento estaba presionando para que cerrara el caso y me fuera. ¡Por Dios, no era porque no me alegrara de salir de este maldito pueblo! Nada hubiera querido más. Pero la idea de abandonar, de dejar que ese diablo bailara alrededor de las tumbas me enfermaba. Una vez, pensando en eso, vomité. De verdad.

Bueno, de repente Adelaide Mason entró en el café. Vino directamente a mi mesa. La había visto varias veces, pero nunca había hablado con ella, en realidad. Es maestra de escuela, de primer grado. Vive aquí con su hermana, Marylee, que es viuda. Addie Mason dijo: "Mr. Pepper, ¿no piensa pasar el Día de Acción de Gracias en el café Okay? Si no tiene otros planes, ¿por qué no come con nosotras? Con mi hermana y conmigo, nadie más". Addie no es una mujer nerviosa pero, a pesar de sus sonrisas y de su cordialidad, parecía, bueno, un tanto aturdida. Pensé: A lo mejor no considera propio que una mujer soltera invite a un hombre sin compromiso, que apenas conoce, a su casa. Pero antes de poder decir sí o no, ella dijo: "Para decirle la verdad, Mr. Pepper, tengo un problema. Algo que quiero hablar con usted. Esto nos dará la oportunidad. ¿Le viene bien al mediodía?".

Nunca comí mejor; en lugar del tradicional pavo, sirvieron pichones con arroz de la India y un buen champagne. Durante la comida, Addie mantuvo la conversación de manera muy entretenida. No parecía nerviosa, pero su hermana, sí. Después de comer nos sentamos en la sala a tomar café y cognac. Addie se excusó, y al volver traía...

TC: ¿Me permite dos adivinanzas?

JAKE: Me lo entregó y me dijo: "De esto quería hablar con usted".

(Con sus delgados labios, Jake hizo un anillo de humo, luego otro. Hasta que suspiró, el único ruido en el cuarto era el del viento, que golpeaba la ventana.)

Usted tuvo un largo viaje. Tal vez deberíamos interrumpir ahora.

TC: ¿Quiere decir que me va a dejar colgado aquí?

JAKE: (Muy serio, pero con una de sus sonrisitas traviesamente ambiguas.) Sólo hasta mañana. Creo que debería oír la historia de Addie de ella misma. Venga. Lo acompañaré a su habitación.

(Extraño, pero el sueño me tumbó como si me hubieran golpeado con la cachiporra de un ladrón. Había tenido un largo viaje, problemas de sinusitis, estaba cansado. Pero a los pocos minutos me desperté, o, más bien, entré en una esfera entre el sueño y la vigilia, en que mi mente era un losange de cristal, un instrumento suspendido que reflejaba imágenes que giraban: la cabeza de un hombre entre las hojas, las ventanillas de un auto veteadas de veneno, ojos de serpientes que se deslizaban en medio de vapor de calor, fuego que brotaba de la tierra, puños quemados que llamaban con fuerza a la puerta de un sótano, un alambre tenso que resplandecía al atardecer, un torso en el camino, una cabeza entre hojas, fuego, fuego, fuego que fluía como un río, un río, un río. Entonces suena el teléfono.)                                                

VOZ DE HOMBRE: ¿Qué pasa? ¿Va a dormir todo el día?

TC: (las cortinas están corridas, la habitación está a oscuras, no sé dónde estoy, quién soy) ¿Hola?

VOZ DE HOMBRE: Soy Jake Pepper. ¿Se acuerda? ¿Un mal tipo? ¿De ruines ojos azules?

TC: ¡Jake! ¿Qué hora es?

JAKE: Un poco más de las once. Addie Mason nos espera dentro de una hora. Vaya y dése una ducha. Y póngase algo abrigado. Afuera está nevando. Una nevada fuerte, de copos demasiado espesos para flotar. Caían y cubrían el suelo. Cuando salimos del motel en el auto de Jake, éste puso en funcionamiento los limpiaparabrisas. La calle principal estaba gris y blanca, y vacía, sin vida, excepto por un solitario semáforo que cambiaba de color. Todo estaba cerrado, hasta el café Okay. La lobreguez, el triste silencio de la nieve, nos influenció. Ninguno de los dos habló. Pero presentí que Jake estaba de buen humor, como si anticipara un acontecimiento agradable. Su cara saludable estaba brillosa, y olía, demasiado, a loción para después de afeitar. Aunque tenía el pelo enmarañado, como de costumbre, estaba vestido cuidadosamente, aunque como para ir a la iglesia. La corbata roja que llevaba era apropiada para una ocasión más festiva. ¿Un pretendiente camino a una cita? Anoche, al oírlo hablar con Miss Mason, se me había ocurrido esa posibilidad. Había cierto tono, cierto timbre, de intimidad. Pero al instante que vi a Adelaide Mason, borré ese pensamiento de mi mente. No importaba lo aburrido y solo que estuviera Jake; la mujer era, simplemente, demasiado fea. Esa fue, al menos mi impresión inicial. Era un poco más joven que su hermana, Marylee Connor, de cuarenta y tantos años, de rostro agradable, pero demasiado fuerte, masculino. El maquillaje sólo habría acentuado esa cualidad, pero, sabiamente, no se pintaba. La limpieza era su rasgo físico más atractivo: su corto pelo castaño, sus uñas, su piel; era como si se bañara con alguna lluvia especial de primavera. Ella y su hermana pertenecían a la cuarta generación de nativos del pueblo, y era maestra desde que terminó la universidad. Con su inteligencia, su carácter y refinamiento, era sorprendente que no hubiera buscado un auditorio más vasto para sus habilidades que un aula llena de niños de seis años. "No", me dijo, "soy muy feliz. Hago lo que me gusta, enseñar en primer grado. Me gusta estar allí, donde comienzan. Y en primer grado enseño todas las materias. Y eso incluye modales. Los modales son muy importantes. Muy pocos niños los aprenden en su casa".

La vieja casa, de construcción irregular, que compartían las hermanas y que habían heredado, reflejaba, en su tranquilidad y tibio confort, con sus civilizados colores lisos y sus "toques" atmosféricos, la personalidad de la más joven de las hermanas, pues Mrs. Connor, si bien era agradable, carecía de la visión selectiva de Adelaide Mason, de su imaginación. La sala, casi toda azul y blanca, estaba llena de plantas floridas y contenía una inmensa pajarera victoriana, en la que vivían una media docena de canarios cantores. El comedor era amarillo, blanco y verde, con piso de madera de pino, sin alfombras, lustrado como un espejo. Un fuego de leños ardía en el hogar. Las dotes de Miss Mason eran mayores aún de lo que sostenía Jake. Sirvió un guisado irlandés extraordinario, y una maravillosa tarta de pasas y manzanas. Para beber vino blanco, vino tinto y champagne. El marido de Mrs. Connor la había dejado en buena posición.

Fue durante la comida que mi impresión original de nuestra anfitriona más joven empezó a cambiar. Sí, era evidente que existía un entendimiento entre Jake y esta dama. Eran amantes. Observándola más atentamente, viéndola, como si fuera, por los ojos de Jake, empecé a apreciar su interés, innegablemente sensual. Era cierto que su rostro tenía defectos, pero su figura, en el ajustado vestido de jersey gris, era adecuada, lucía bastante bien, en realidad, y ella actuaba como si fuera sensacional, una rival de la estrella de cine más atractiva. El balanceo de sus caderas, el movimiento suelto de sus pechos como frutas, su voz de contralto, la fragilidad de sus gestos, todo era muy seductor, muy femenino sin ser afeminado. Su poder residía en su actitud: se comportaba como si creyera que era irresistible, y fueran cuales fuesen sus oportunidades, el estilo de la mujer implicaba una historia erótica completa, incluso con notas al pie de página. Al terminar la comida, Jake la miró como si quisiera llevarla directamente al dormitorio: la tensión entre ellos era tan fuerte como el alambre de acero que había decapitado a Clem Anderson. Sin embargo, Pepper desenvolvió un cigarro, que Miss Mason encendió. Me reí.

JAKE:¿Eh?

TC: Es como una novela de Edith Wharton, La casa de la alegría, donde las damas no hacen más que encender los cigarros de los caballeros.

MRS. CONNOR (a la defensiva): Es la costumbre local. Mi madre siempre encendía los cigarros de mi padre. Aunque le disgustaba el aroma. ¿No es verdad Addie?

ADDIE: Sí, Marylee. Jake, ¿quieres más café?

JAKE: Quédate quieta Addie. No quiero nada. Fue una comida maravillosa, y es hora de que te tranquilices. ¿Addie? ¿Qué te parece el aroma?

ADDIE (casi ruborizándose): Me gusta el aroma de un buen cigarro. Si fumara, elegiría cigarros.

JAKE: Addie, volvamos al Día de Acción de Gracias pasado. Estábamos sentados como ahora.

ADDIE: ¿Y te mostré el féretro?

JAKE: Quiero que cuentes la historia a mi amigo. Tal como me la contaste a mí.

MRS. CONNOR (echando hacia atrás la silla): ¡Por favor! ¿Debemos hablar de eso? ¡Siempre! ¡Siempre! Tengo pesadillas.

ADDIE (levantándose, abrazando a su hermana): Está bien Marylee. No hablaremos del asunto. Iremos a la sala y puedes tocar el piano para nosotros.

MRS. CONNOR: Es tan repugnante. (Mirándome.) Usted debe pensar que soy una tonta. No hay duda de ello. Y además, he tomado demasiado vino.

ADDIE: Necesitas un sueñecito, querida.

MRS. CONNOR: ¿Un sueñecito? Addie, ¿cuántas veces quieres que te lo diga? Tengo pesadillas. (Sobreponiéndose.) Por supuesto. Un sueñecito. Discúlpenme, por favor. (Al irse su hermana, Addie se sirvió otro vaso de vino tinto, lo levantó, dejando que el brillo del hogar destacara los destellos escarlatas. Sus ojos pasaron del fuego al vino, luego a mí. Tenía ojos pardos, pero las distintas iluminaciones —el fuego, las velas sobre la mesa— los colorearon, haciéndolos amarillo felino. A lo lejos, los canarios enjaulados cantaban, y la nieve, que se veía caer por las ventanas como si fuera encaje roto, acentuaba el bienestar interior, la tibieza del fuego, el rojo del vino.)

ADDIE: Mi historia.

Tengo cuarenta y cuatro años, nunca estuve casada. He recorrido el mundo dos veces, trato de ir a Europa verano por medio, pero es justo decir que con excepción de un marinero borracho que se enloqueció y trató de violarme en un barco sueco, nada extraño me ha sucedido hasta este año, la semana antes del Día de Acción de Gracias.

Mi hermana y yo tenemos una casilla de correos, no porque recibamos mucha correspondencia, sino porque estamos suscriptas a muchas revistas. De todos modos, de regreso a casa de la escuela me detuve a buscar la correspondencia, y encontré un paquete en la casilla, bastante grande, pero muy liviano. Estaba envuelto en un papel madera arrugado que tenía el aspecto de haber sido usado antes, y atado con cordel viejo. El sello era local. Estaba dirigido a mí. Mi nombre estaba claramente impreso en tinta negra, espesa. Aun antes de abrirlo, pensé: "Qué clase de porquería es esto?". Por supuesto, usted está enterado de los féretros, ¿no?

TC: He visto uno, sí.

ADDIE: Pues yo no sabía nada de ellos. Nadie sabía nada. Era un secreto entre Jake y sus agentes.

(Guiñó un ojo a Jake y, echando la cabeza hacia atrás, tomó el resto del vino de un trago, con gracia sorprendente y una agilidad que reveló una garganta encantadora. Jake, devolviéndole el guiño, echó un anillo de humo en su dirección, y el óvalo vacío, flotando por el aire, pareció llevar un mensaje erótico.)

En realidad, no abrí el paquete hasta esa noche, tarde. Porque cuando llegué a casa encontré a mi hermana al pie de la escalera. Se había caído y recalcado un tobillo. Vino el médico. Hubo un gran revuelo. Me olvidé del paquete hasta después de acostarme. Entonces pensé: Bueno, puede esperar hasta mañana. Ojalá hubiera respetado esa decisión. Por lo menos, no habría perdido una noche de sueño. Porque... porque fue un shock. Una vez recibí una carta anónima, realmente atroz, especialmente porque mucho de lo que decía era verdad. (Riendo, volvió a llenar su vaso.) No fue el féretro el que me impresionó. Fue la foto, muy reciente, tomada en los escalones del correo. Me pareció una intrusión, un robo, que me sacaran una foto sin que me diera cuenta. Comprendo a esos africanos que huyen de las cámaras, pues temen que el fotógrafo quiera robarles el espíritu. Estaba impresionada, pero no asustada. Mi hermana fue la que se asustó. Cuando le mostré el pequeño obsequio, dijo "¿No crees que tendrá algo que ver con lo otro?". "Lo otro" se refería a lo que ha pasado aquí estos últimos cinco años: asesinatos, accidentes, suicidios, lo que sea. Depende de con quién habla uno. Yo traté de no preocuparme, y lo puse en la misma categoría que la carta anónima, pero cuanto más pensaba en el asunto, se me ocurría que mi hermana había dado en la tecla. El paquete no me había sido enviado por alguna mujer celosa, alguien que simplemente me deseara el mal. Era obra de un hombre. Un hombre había tallado ese féretro. Un hombre de dedos fuertes había escrito mi nombre en ese paquete. Y se trataba de una amenaza. Pero, ¿por qué? Pensé: a lo mejor Mr. Pepper sabe por qué.

Yo conocía a Mr. Pepper. A Jake. En realidad estaba enamorada de él.

JAKE: No te apartes del tema.

ADDIE: No lo hago. Utilicé la historia para atraerte a mi cubil.

JAKE: Eso no es verdad.

ADDIE (tristemente, su voz en aburrido contrapunto con las serenatas de los canarios): No, no es verdad. Porque cuando decidí hablar con Jake, había llegado a la conclusión de que alguien, en realidad, intentaba matarme, y tenía idea de quién era, a pesar de que el motivo parecía tan improbable, tan trivial.

JAKE: No es improbable ni trivial, una vez que se ha estudiado el estilo de la bestia.

ADDIE (sin prestarle atención, e impersonalmente, como si estuviera recitando una tabla de multiplicación a sus alumnos): Todo el mundo conoce a todo el mundo. Eso es lo que dicen acerca de la gente de los pueblos. Yo nunca he visto a los padres de algunos de mis alumnos. Todos los días paso al lado de personas que son perfectos extraños. Soy bautista, y nuestra congregación no es grande, pero hay algunos miembros en ella cuyos nombres no podría decir aunque me apuntaran con un revólver a la cabeza.

Voy a esto: cuando empecé a pensar en la gente que había muerto, me di cuenta de que los conocía todos. Excepto a la pareja de Tulsa que se alojaba en lo de Ed Baxter y su mujer...

JAKE: Los Hogan.

ADDIE: Sí. Bueno no son parte del caso, de todos modos. Espectadores que quedaron atrapados en un infierno. Literalmente.

Aunque ninguna de las víctimas había sido un amigo íntimo, con la excepción tal vez de Clem y Amy Anderson. Sus hijos fueron alumnos míos.

Pero conocía a los otros: a George y Amelia Roberts, a los Baxter, al doctor Parsons. Los conocía bastante bien. Por una sola razón. (Miró su vino, observando sus fluctuaciones color rubí, como una gitana que consulta un brumoso cristal, un vidrio fantasmal.) El río. (Se llevó la copa a los labios, y nuevamente la vació de un solo trago, sin esfuerzo.) ¿Ha visto el río? ¿Todavía no? Bueno, ésta no es la mejor época del año, pero en verano es muy lindo. Lo más lindo de esta zona, de lejos. Lo llamamos río Azul. Es azul, no como el Caribe, pero igualmente límpido, con fondo de arena, muy sereno para nadar. Nace en esas montañas al norte y atraviesa las llanuras y estancias. Es nuestra fuente principal de irrigación, y tiene dos afluentes, ríos mucho más chicos, uno llamado Hermano Mayor, y el otro Hermano Menor.

El problema empezó por los afluentes. Muchos granjeros, que dependían de ellos, pensaban que se debería desviar el río Azul para aumentar el caudal de los afluentes. Naturalmente, los granjeros cuyas tierras eran irrigadas por el río Principal, se opusieron a esta propuesta. El que más se opuso fue Bob Quinn, propietario de la estancia B.Q., atravesada Por los brazos más anchos y profundos del río Azul.

JAKE (escupiendo en el hogar): Robert Hawley Quinn, el caballero.

ADDIE: Se trataba de una pelea que hacía décadas que estaba latente. Todos sabían que lo más lógico era alimentar los dos tributarios, incluso a expensas del río Azul (desde el punto de vista del aprovechamiento y de la belleza). Pero la familia Quinn y otros propietarios de la zona siempre se las habían ingeniado, mediante alguna treta, para impedir que se hiciera nada.

Luego tuvimos dos años de sequía, eso tornó crítica la situación. Los granjeros que dependían, para vivir, de los afluentes, estaban desesperados, y empezaron a gritar. La sequía los había perjudicado mucho, perdieron gran cantidad de ganado, de modo que empezaron a exigir una parte del río Azul. Finalmente el concejo municipal decidió designar una comisión especial para resolver el asunto. No sé cómo se eligieron los miembros de la comisión. Yo no tenía ninguna condición especial. Recuerdo que el viejo juez Hatfield —está retirado ahora y vive en Arizona— me llamó por teléfono para preguntarme si quería formar parte. Eso fue todo. Tuvimos nuestra primera reunión en la sala del concejo del palacio de justicia en enero de 1970. Los otros miembros de la comisión eran Clem Anderson, George y Amelia Roberts, el doctor Parsons, los Baxter, Tom Henry y Oliver Jaeger...

JAKE (a mí): Jaeger. El jefe de correos. Un loco hijo de puta.

ADDIE: No es loco en realidad. Dices eso porque...

JAKE: Porque es loco, en realidad.

(Addie estaba desconcertada. Miró su copa de vino, se dirigió a llenarla nuevamente, encontró la botella vacía, y luego sacó de una carterita, que convenientemente descansaba sobre su falda, una linda cajita de plata, llena de píldoras azules. Valium. Tomó una con un sorbo de agua. ¿Jake había dicho que Addie no era una mujer nerviosa?)

TC: ¿Quién es Tom Henry?

JAKE: Otro loco. Más loco que Oliver Jaeger. Es dueño de una estación de servicio.

ADDIE: Sí, éramos nueve. Nos reunimos una vez por semana durante dos meses. Ambas partes enviaron expertos para atestiguar. Vinieron muchos de los granjeros, para hablar con nosotros y presentar su propio caso. Pero Mr. Quinn no compareció. Nunca oímos ni una palabra de Bob Quinn, a pesar de que, como propietario de la estancia B.Q. tenía más que perder que nadie si decidíamos desviar "su" río. Yo pensé: Es demasiado importante para perder el tiempo con una comisión tan insignificante como la nuestra. Él, que sólo hablaba con el gobernador, los senadores, creyendo que se los había metido a todos en el bolsillo. Lo que nosotros decidiéramos no importaba. Sus amigos poderosos lo vetarían.

Pero no sucedió de esa manera. Decidimos desviar el río Azul exactamente en el lugar en que entraba en la propiedad de Quinn; eso no lo dejaba sin río, por supuesto, sólo que ya no lo tendría sólo para él.

La decisión habría sido unánime si Tom Henry no se hubiera opuesto. Tienes razón, Jake. Tom Henry es loco. El voto fue ocho a uno. Y fue una decisión tan popular, un veredicto que no perjudicaba a nadie, sino que beneficiaba a muchos, que los compinches políticos de Quinn no podían hacer nada al respecto, si es que querían seguir en el gobierno. Unos días después de la decisión encontré a Bob Quinn en la oficina de correos. Me saludó sacándose el sombrero exageradamente, sonriendo, y preguntándome cómo estaba. Yo no esperaba que me escupiera, pero nunca me había saludado con tanta cortesía. No era posible suponer que me guardaba rencor. Era un disparate pensarlo.

TC: ¿Cómo es este Mr. Quinn?

JAKE: ¡No se lo digas!

ADDIE: ¿Por qué no?

JAKE: Porque no.

(Poniéndose de pie caminó hasta el hogar y arrojó lo que quedaba de su cigarro al fuego. Se quedó de espaldas al fuego, con las piernas levemente separadas, los brazos cruzados. Nunca había pensado que Jake pudiera ser vano, pero era evidente que estaba posando, intentando parecer atractivo, cosa que lograba. Reí.)

JAKE: ¿Eh?

TC: Ahora es como una novela de Jane Austen. En sus novelas los caballeros atractivos siempre se calientan la cola de pie ante el hogar de leños.

ADDIE (riendo): ¡Oh Jake, es verdad, es verdad!

JAKE: Nunca leo literatura femenina. Nunca lo he hecho. Nunca lo haré.

ADDIE: Sólo por eso, abriré otra botella de vino, y me la beberé toda yo.

(Jake regresó a la mesa y se sentó al lado de Addie; tomó una de sus manos entre las de él y entrecruzó los dedos. Esto la turbó visiblemente: se ruborizó, y le salieron manchas rojas en el cuello. Él no pareció darse cuenta de la existencia de ella, ni de lo que hacía. Me miraba, como si estuviéramos solos.)

JAKE: Sí, lo sé. Ahora que ha oído todo esto está pensando; bueno, el caso está solucionado: Mr. Quinn es el autor. Eso es lo que yo pensé. El año pasado, después que Addie me dijo todo esto, salí de aquí enloquecido de alegría, como un oso picado por las avispas. Fui directamente a la ciudad. A pesar de que era el Día de Acción de Gracias, esa misma noche tuvimos una reunión plenaria en el Departamento. Expuse todo el caso: éste es el motivo, éste es el tipo. Nadie hizo ninguna objeción, excepto el jefe. Dijo: "No tan rápido, Pepper. El tipo que estás acusando tiene peso. Por otra parte, ¿qué pruebas tienes? Todas son especulaciones. Suposiciones". Todos estuvieron de acuerdo con él. Dijeron: "¿Dónde está la evidencia?".

Me puse tan furioso que empecé a gritar. Dije:"¿Para qué diablos creen que estoy aquí? Tenemos que colaborar todos juntos y fabricar la evidencia. Sé que Quinn es el asesino". El jefe dijo: "Yo tendría cuidado a quién diría eso. Podrían despedirnos a todos si empiezas a abrir la boca".

ADDIE: Al día siguiente Jake volvió a casa, y ojalá le hubiera sacado una foto. Como maestra he tenido que alentar a muchos niños, pero nunca he visto a nadie tan triste como tú, Jake.

JAKE: No tenía razones para estar contento. Eso es un hecho. El Departamento me respaldó. Empezamos a estudiar detalladamente la vida de Robert Hawley Quinn desde el año uno. Pero deberíamos movernos con muchísimo cuidado, pues el jefe se sobresaltaba por nada. Yo quería una orden de allanamiento para revisar la estancia B.Q., las casas, la propiedad entera. Denegada. Ni siquiera me permitía interrogar al hombre...

TC: ¿Sabía Quinn que sospechaban de él?

JAKE (con un resoplido): Inmediatamente. Alguien del despacho del gobernador se lo dijo. Probablemente, el gobernador mismo. O los tipos de nuestro Departamento. Ellos también se lo habrán dicho. No confío en nadie. En nadie relacionado con el caso.

ADDIE: El pueblo entero lo supo en seguida.

JAKE: Gracias a Oliver Jaeger. Y a Tom Henry. Ésa es culpa mía. Como los dos habían formado parte de la comisión del río, sentí que era mi responsabilidad advertirles, hablar de Quinn, ponerlos en aviso acerca de los féretros. Ambos me prometieron que lo considerarían un asunto confidencial. Fue lo mismo que reunir a todo el pueblo y hablarle del caso.

ADDIE: En la escuela, uno de mis alumnos levantó la mano y dijo: "Mi papá dijo a mi mamá que alguien le mandó un cajón, como para el cementerio. Dijo que fue Mr. Quinn". Yo le dije: "Oh, Bobby, tu papá le estaba haciendo una broma a tu mamá".

JAKE: ¡Una de las bromas de Oliver Jaeger! Ese hijo de puta llamó a todo el mundo. ¿Y dices que no está loco?

ADDIE: Tú crees que está loco porque él cree que tú estás loco. Cree, sinceramente, que estás equivocado. Que estás persiguiendo a un inocente. (Mirando a Jake, pero dirigiéndose a mí.) Oliver nunca ganaría un premio de belleza o de inteligencia. Pero es una persona racional. Un chismoso, pero de buen corazón. Está emparentado con la familia Quinn. Bob Quinn es primo segundo de él. Ésa puede ser la razón de su posición. Oliver dice, igual que muchos, que aun si existiera alguna relación entre la decisión de la comisión de río Azul y las muertes ocurridas aquí, eso no quiere decir que haya que acusar a Bob Quinn. Él no es el único propietario afectado. ¿Y Walter Forbes? ¿Jim Johanssen? La familia Throby. Los Miller. Los Riley. ¿Por qué acusar a Bob Quinn? ¿Qué circunstancias especiales lo señalan a él?

JAKE: Él lo hizo.

ADDIE: Sí, él lo hizo. Eso lo sabemos. Pero ni siquiera puedes probar que él compró las víboras de cascabel. Y aunque lo hicieras...

JAKE: ¿Puedo tomar un whisky?

ADDIE: Inmediatamente se lo sirvo, señor. ¿Algo más?

JAKE (Addie ha salido a servir la bebida): Tiene razón. No podemos probar que compró las serpientes, aunque sabemos que lo hizo. Yo siempre supuse que esas víboras provenían de un criadero, de esos lugares donde las crían por el veneno; lo venden a los laboratorios. La mayoría está en Florida y Texas, aunque hay criaderos de víboras en todo el país. Todos estos últimos años enviamos cartas a la mayoría, sin recibir una sola respuesta.

Pero yo tenía la sospecha que venían de Texas. Era lógico. ¿Para qué ir más lejos, cuando podía encontrar lo que necesitaba en el Estado vecino? Bueno, no bien entró Quinn en el caso, decidí volver a empezar desde cero con el asunto de las víboras, asunto en el que no nos habíamos concentrado lo suficiente, porque requería una investigación personal y viáticos. Cuando hay que convencer al jefe de que hay que gastar dinero, uno se estrella contra una pared. Pero yo conocía a un tipo, un investigador viejo, que trabaja en el Departamento en Texas; me debía un favor. Así que le mandé algunos materiales: unas fotos de Quinn que había juntado, y fotos de las víboras. Las nueve colgadas de una soga después que las matamos.

TC: ¿Cómo las mataron?

JAKE: A tiro. Les volamos la cabeza.

TC: Yo maté una vez una cascabel en una oportunidad. Con un rastrillo.

JAKE: No creo que hubiera podido matar a éstas con un rastrillo. Ni meterles un solo diente. La más pequeña medía más de dos metros.

TC: Eran nueve. Y nueve miembros los de la comisión del río Azul. Una interesante coincidencia.

JAKE: Bill, mi amigo de Texas, es un tipo decidido. Recorrió Texas de punta a punta; pasó sus vacaciones visitando criaderos de víboras, hablando con los criadores. Hace como un mes me llamó y me dijo que creía haber localizado a la persona: una señora de García, una texana-mexicana dueña de un criadero cerca de Nogales. Como a diez horas de auto desde aquí. Yendo a ciento veinte por hora. Bill me dijo que me esperaría allí.

Addie fue conmigo. Viajamos de noche, y desayunamos con Bill en el Hollyday Inn. Luego visitamos a la señora de García. Algunos de estos criaderos de víboras son atracciones turísticas, pero el de ella no era de ese tipo. Estaba lejos de la carretera, y era bastante pequeño, aunque tenía unos especimenes impresionantes. Mientras estuvimos allí, arrastraba esas enormes víboras, se las enroscaba en el cuello, a los brazos, y reía. Tenía dientes de oro macizo. Al principio pensé que era un hombre. Su físico parecía el de Pancho Villa, y llevaba breeches de vaquero, con bragueta.

Tenía cataratas en un ojo, y el otro no parecía en muy buen estado, pero no dudó en identificar a Quinn en las fotos. Dijo que visitó su casa en junio o julio de 1970 (los Roberts murieron el 5 de setiembre de 1970), acompañado por un mexicano joven. Llegaron en un camión pequeño, con patente de México. La señora García no habló con Quinn, ni él dijo una sola palabra, según ella. No hizo más que escuchar, mientras la mujer trataba con el mexicano. Dijo que no era su política interrogar a un cliente y preguntarle cuáles eran sus razones para comprar su mercadería, pero el mexicano le dio la información voluntariamente. Quería una docena de víboras adultas para usar en una ceremonia religiosa. Eso no la sorprendió, dijo que la gente a menudo compraba víboras para rituales. Pero el mexicano quería que le garantizara que las víboras que compraba atacarían y matarían a un toro de quinientos kilos. Ella dijo que sí, que era posible, si se les inyectaba alguna droga, algún estimulante anfetamínico, antes de ponerlas en contacto con el toro.

Le enseñó cómo hacerlo, mientras Quinn observaba. Nos enseñó también a nosotros. Usó un palo, el doble de largo que una fusta, y flexible como vara de sauce; tenía un lazo de cuero en la punta. Tomaba a la víbora de la cabeza, en el lazo, la alzaba en el aire, y con una jeringa las pinchaba en la panza. Permitió que el mexicano practicara un rato. Los hizo muy bien.

TC: ¿Había visto antes al mexicano?

JAKE: No. Le pedí que lo describiera, pero me hizo la descripción de cualquier mexicano típico entre veinte y treinta años. Le pagó. Ella metió las víboras en cajas separadas, y se marcharon.

La señora de García era una señora muy servicial y cooperadora. Hasta que le hicimos la pregunta importante: ¿juraría por escrito que Robert Hawley Quinn era uno de los dos hombres que le habían comprado una docena de víboras de cascabel un cierto día de verano de 1970? Entonces se tornó agria. Dijo que no firmaría nada.

Le dije que esas víboras habían sido usadas para matar a dos personas. Le hubiera visto la cara. Se metió en la casa, cerró las puertas y bajó las persianas.

TC: Una declaración jurada de la mujer. Eso no habría tenido mucho peso legal.

JAKE: Hubiera sido algo con qué carearlo: una apertura. Es casi seguro que fue el mexicano el que puso las víboras en el auto de los Roberts, contratado, naturalmente, por Quinn. ¿Sabe una cosa? Apuesto a que ese mexicano está muerto y enterrado en alguna llanura solitaria. Cortesía de Mr. Quinn.

TC: Pero debe de haber algo, en la vida de Mr. Quinn, que indique que era capaz de violencia psicótica. (Jake asintió un largo rato.)

JAKE: El caballero estaba muy familiarizado con el homicidio. (Addie volvió con el whisky. Él le agradeció, y le dio un beso en la mejilla. Ella se sentó a su lado, y volvieron a tomarse de la mano, entrecruzando los dedos.) Los Quinn son una de las familias más antiguas de aquí. Bob Quinn es el mayor de tres hermanos. Todos son propietarios del establecimiento B.Q., pero él es el jefe.

ADDIE: No, la jefa es su mujer. Se casó con su prima hermana, Juanita Quinn. Su madre era española, y tiene el genio de un tamal picante. El primer hijo murió al nacer, y se negó a tener otro. Se sabe, sin embargo, que Bob Quinn tiene hijos. Con otra mujer en otro pueblo.

JAKE: Fue héroe de guerra. Coronel de la infantería de Marina en la Segunda Guerra Mundial. Él nunca habla de eso, pero la gente dice que Bob Quinn solo mató más japoneses que la bomba de Hiroshima.

Pero justo después de guerra cometió unos asesinatos que no fueron tan patrióticos. Una noche, tarde, llamó al sheriff para que fuera a B.Q. a buscar un par de cadáveres. Adujo que encontró a dos hombres hurtando ganado, y los mató de un tiro. Ése fue su cuento, que nadie contradijo, por lo menos públicamente. Pero la verdad es que esos hombres no eran ladrones de ganado. Eran jugadores de Denver, y Quinn les debía un montón de dinero. Vinieron a cobrar, pues así se les había prometido. Pero recibieron el pago en plomo.

TC: ¿Lo ha interrogado al respecto alguna vez?

JAKE: ¿A quién?

TC: A Quinn.

JAKE: Hablando estrictamente, nunca lo he interrogado. (Su peculiar sonrisa cínica curvó sus labios; hizo tintinear el hielo en el vaso, bebió un poco, y rió entre dientes, como si quisiera aclararse la garganta.)

Últimamente, he hablado mucho con él. Pero en estos cinco años que hace que estoy en el caso, no lo había conocido. Lo había visto. Sabía quién era.

ADDIE: Pero ahora son íntimos. Buenos amigos.

JAKE: ¡Addie!

ADDIE: Es una broma, Jake.

JAKE: No es asunto de bromas. Ha sido una tortura para mi.

ADDIE (apretándole la mano): Lo sé. Perdón. (Jake terminó la bebida, y depositó el vaso con fuerza sobre la mesa.)

JAKE: Tener que mirarlo. Que escucharlo. Que reírme de sus cuentos groseros. Lo odio. Él me odia. Ambos lo sabemos.

ADDIE: Te traigo otro whisky.

JAKE: No te vayas.

ADDIE: Iré a ver a Marylee. Asegurarme de que está bien.

JAKE: No te vayas.

(Pero Addie quería alejarse del cuarto, pues estaba incómoda con la furia de Jake, la ira entumecida que se reflejaba en su rostro.)

ADDIE (mirando por la ventana): Ha dejado de nevar.

JAKE: El café Okay está siempre lleno de gente los lunes a la mañana. Después del fin de semana todo el mundo pasa para ponerse al día con las noticias. Los ganaderos, los hombres de negocios, el sheriff y su pandilla, gente del palacio de justicia. Pero ese lunes —el lunes después del Día de Acción de Gracias— el lugar estaba atestado, los tipos apeñuscados chismeando como un montón de mujeres. Se imagina de qué. Gracias a Tom Henry y a Oliver Jaeger, que se habían pasado todo el fin de semana desparramando la noticia, diciendo que el tipo del Departamento, el tal Jake Pepper, acusaba a Bob Quinn de asesinato. Yo estaba sentado en mi reservado, haciendo como que no me daba cuenta. Pero no pude seguir simulando cuando vi entrar a Bob Quinn en persona. Se pudo oír cómo todo el mundo contenía el aliento.

Se metió en un reservado junto al sheriff. El sheriff lo abrazó y rió, y gritó como vaquero. La mayoría de los presentes lo imitó, todos dieron un alarido de júbilo, vivando a Bob. Sí, señor, el café Okay, en un ciento por ciento, respaldaba a Bob Quinn. Tuve la impresión de que, aunque pudiera probar que este tipo era un criminal múltiple, me lincharían antes de que pudiera arrestarlo.

ADDIE (llevándose una mano a la frente, como si le doliera la cabeza): Tiene razón. Bob Quinn tiene al pueblo entero de su lado. Ésa es una de las razones por las que mi hermana no quiere que hablemos del asunto. Dice que Jake está equivocado. Que Mr. Quinn es un buen hombre. Su teoría es que el doctor Parsons fue el responsable de los crímenes, y que por eso se suicidó.

TC: Pero el doctor Parsons hacía mucho que estaba muerto cuando usted recibió el féretro.

JAKE: Marylee es un encanto, pero no es muy inteligente. Perdón, Addie, pero es así.

(Addie sacó la mano de la de Jake: un gesto admonitorio, aunque no severo. De todos modos, dejó libre a Jake, que se puso de pie y empezó a caminar. Sus pisadas hacían eco en las tablas del piso tan bien lustradas.)

Volvamos al café Okay. Cuando me iba, el sheriff me tomó de un brazo. Es un irlandés hijo de puta, bastante atrevido. Y torcido como los dedos de los pies del diablo. Me dijo: "Eh, Jake, quiero que conozca a Bob Quinn. Bob, te presento a Jake Pepper. Del Departamento". Estreché la mano de Quinn. Quinn dijo: "He oído mucho de usted. Me han dicho que juega al ajedrez. No tengo muchas oportunidades de jugar. ¿Qué le parece si nos reunimos?". Le dije que sí, seguro, y él dijo:"¿Le parece bien mañana? Venga como a las cinco. Tomaremos un trago y jugaremos un par de partidas". Así empezó. Fui a B.Q. a la tarde siguiente. Jugamos durante dos horas. Es mejor jugador que yo, pero le gané varias veces, como para que la cosa fuera interesante. Es parlanchín. Habla de cualquier cosa: política, mujeres, sexo, pesca de trucha, mover los intestinos, su viaje a Rusia, si es mejor criar ganado o plantar trigo, tomar gin o vodka, Johnny Carson, su safari al África, la religión, la Biblia, Shakespeare, el genio del general MacArthur, la caza del oso, las putas de Reno comparadas con las de las Vegas, la Bolsa de valores, enfermedades venéreas, si los copos de maíz son mejores que los de trigo, el oro que los diamantes; la pena capital (que aprueba con entusiasmo), fútbol, béisbol, básquetbol, de cualquier cosa. De cualquier cosa, excepto de la razón por la que estoy anclado en este pueblo.

TC: ¿Quiere decir que no discute el caso?

JAKE (deteniéndose): No sólo no discute el caso. Se porta como si no existiera. Yo hablo del caso pero él no reacciona. Le enseñé las fotos de Clem Anderson con la esperanza de causarle una impresión y obligarlo a reaccionar. De alguna forma. Pero no hizo más que mirar el tablero, hacer una jugada, y contar una historia subida de color. De modo que Mr. Quinn y yo jugamos una partida varias tardes a la semana desde hace meses. En realidad, hoy mismo iré más tarde. Y usted (me señala con el dedo) vendrá conmigo.

TC: ¿Soy bienvenido?

JAKE: Lo llamé esta mañana. Lo único que preguntó fue: "¿Juega al ajedrez?".

TC: Sí, pero preferiría observar.

(Se desmoronó un leño, y el chisporroteo hizo que fijara la atención en el hogar. Me puse a observar el ronroneo de las llamas y a pensar en por qué había prohibido que Addie describiera a Quinn, que me dijera cómo era. Traté de imaginario; no pude. Más bien, recordé el pasaje de Mark Twain que Jake me había leído en voz alta: "De todas las criaturas, el hombre es la más detestable... el único en poseer malignidad... la única criatura con una mente desagradable". La voz de Addie me rescató de mi arriesgado ensueño.)

ADDIE: Oh, vuelve a nevar. Pero no fuerte. Los copos flotan. (Entonces, como si la reanudación de la nieve le hubiera inspirado el tema de la mortalidad, de la evaporación del tiempo.) Sabe, han pasado casi cinco meses. Eso es mucho para él. Por lo general, no espera tanto.

JAKE (molesto): Addie, ¿qué es esto?

ADDIE: Mi féretro. Han pasado casi cinco meses. Y, como digo, nunca espera tanto.

JAKE: ¡Addie! Yo estoy aquí. No te pasará nada.

ADDIE: Por supuesto, Jake. Pienso en Oliver Jaeger. ¿Cuándo recibirá su féretro? Piensa que Oliver es el jefe de correos. Un día, clasificando la correspondencia... (De repente su voz, sorprendentemente, se vuelve temblorosa, vulnerable, añorante, de tal manera que acentúa el alegre trino de los canarios.) Bueno, no será muy pronto.

TC: ¿Por qué no?

ADDIE: Porque primero Quinn deberá llenar mi féretro.

Eran más de las cinco cuando partimos. El aire estaba quieto, sin nieve, resplandeciente por las brasas del ocaso y el primer pálido resplandor de la luna, una luna llena que subía por el horizonte como una blanca rueda redonda, o una máscara amenazante, blanca y sin facciones, que atisbaba por las ventanillas del auto. Al final de la calle principal, antes que la población se vuelva llanura, Jake indicó una estación de servicio: —La estación de Tom Henry. Tom Henry, Addie, Oliver Jaeger, son los únicos que quedan de la comisión del río Azul. Le dije que Tom Henry es loco. Es verdad. Pero un loco con suerte. Votó contra los demás. Eso lo exime. No habrá féretro para Tom Henry.

TC: Un féretro para Dimitrios.

JAKE: ¿Qué dice?

TC: Es un libro de Eric Ambler. Una novela de misterio.

JAKE: ¿Novela? (Asentí, él hizo una mueca.) ¿Usted lee esas porquerías?

TC: Graham Greene era un escritor de primera. Hasta que el Vaticano se apoderó de él. Después, ya no volvió a escribir nada tan bueno como Brighton Rock. Me gusta Agatha Christie, me encanta. Y Raymond Chandler es un gran estilista, un poeta. Aunque sus argumentos sean un lío.

JAKE: Porquerías. Esos tipos son soñadores. Se sientan ente una máquina de escribir y se masturban. No hacen otra cosa.

TC: De modo que no habrá féretro para Tom Henry. ¿Y para Oliver Jaeger?

JAKE: Recibirá el suyo. Una mañana, recorriendo la estafeta, lo encontrará. Un paquete envuelto en papel madera, con su propio nombre. Se olvidará de que son primos. Se olvidará de que ha puesto una aureola alrededor de la cabeza de Bob Quinn. San Bob no lo va a soltar después de unos pocos avemarías. Conozco a San Bob. Es posible que haya usado su cuchillo de tallar, y haya metido la foto de Oliver Jaeger dentro de un cajoncito...

(La voz de Jake cesó de hablar y, como si se tratara de una acción correlacionada, su pie presionó el pedal del freno: el auto patinó, viró bruscamente, se enderezó; seguimos camino. Me di cuenta de lo que había pasado. Se había acordado, igual que yo, del patético comentario de Addie: "...Primero Quinn deberá llenar mi féretro". Intenté no decir nada, pero se me soltó la lengua.)

TC: Pero eso significa...

JAKE: Mejor encender los faros.

TC: Eso significa que Addie morirá.

JAKE: ¡Diablos, no! ¡Sabía que iba a salirme con ésa! (Golpeó el volante con la palma de la mano.) He construido una pared alrededor de Addie. Le he dado una pistola reglamentaria, calibre 38, y le he enseñado a usarla. Puede darle a un hombre entre los ojos a cien metros. Ha aprendido karate. y sabe romper una madera con un golpe de la mano. Addie es lista; no la podrá engañar. Y yo estoy aquí. Vigilándola. Vigilo a Quinn, también. Y otras personas lo hacen.

(Una emoción fuerte, un temor rayano en el terror, puede demoler la lógica de un hombre tan lógico como Jake Pepper, cuyas precauciones no habían salvado la vida a Clem Anderson. Yo no estaba dispuesto a discutir el punto con él, especialmente dado su estado de ánimo irracional de ese momento, pero ¿por qué, si daba por sentado de Oliver Jaeger estaba condenado, tenía tanta seguridad de que Addie no lo estaba? ¿Que no sería atacada? Porque si Quinn seguía el plan, entonces debía despachar a Addie, sacarla de la escena antes de proceder al último paso, enviar un paquete a su primo segundo y firme defensor, jefe de la oficina local de correos.)

TC: Sé que Addie ha recorrido el mundo. Pero es hora de que haga otro viaje.

JAKE (truculento): No puede irse. No en este momento.

TC: ¿Eh? No me pareció una posible suicida.

JAKE: Por empezar, por la escuela. Recién termina en junio.

TC: ¡Jake! ¡Por Dios! ¿Cómo puede pensar en la escuela? (Por más oscuro que estaba, pude vislumbrar su expresión avergonzada. Al mismo tiempo, adelantó la mandíbula.)

JAKE: Hemos discutido el tema. Hablamos de la posibilidad de que ella y Marylee emprendieran un largo crucero. Pero ella no quiere ir a ningún lado. Dijo: "El tiburón necesita una carnada. Si queremos que muerda, la carnada deberá estar a mano".

TC:¿De modo que Addie es una trampa? ¿El cabrito que espera que el tigre le salte encima?

JAKE: Un momento. No sé si me gusta la manera en que lo dice.

TC: ¿Cómo lo diría usted?

JAKE: (Silencio.)

TC: (Silencio.)

JAKE: Quinn tiene a Addie en la mente. De eso no hay duda. Piensa cumplir su promesa. Y es entonces cuando lo agarraremos: en el intento. Con el telón subido y las luces encendidas. Hay riesgos, claro, pero hay que correrlos. Porque... para ser sincero, es probablemente la única oportunidad que tenemos. (Apoyé la cabeza contra la ventanilla, y vi la bonita garganta de Addie cuando echaba la cabeza hacia atrás para beber el vino tinto de un delicioso trago. Me sentí débil, ineficaz y enojado con Jake.)

TC: Me gusta Addie. Es real, y sin embargo tiene misterio. ¿Por qué no se habrá casado nunca?

JAKE: Guarde el secreto. Addie y yo nos casaremos.

TC (mentalmente mirando a otro lado; en realidad seguía viendo a Addie tomando vino): ¿Cuándo?

JAKE: El próximo verano. Cuando salga de vacaciones. No se lo hemos dicho a nadie. Excepto a Marylee. ¿Entiende ahora? Addie está a salvo. No permitiré que le pase nada. La amo. Me voy a casar con ella.

(El próximo verano: falta toda una vida. La luna llena, más alta, más blanca ahora, y festejada por los coyotes, flotaba encima de las llanuras brillantes de nieve. Había montones de ganado en los fríos campos nevados, agrupados para darse calor. Algunas parejas de animales. Vi dos terneros con pintas, acurrucados lado a lado, dándose protección, consuelo: como Jake, como Addie.)

TC: Bueno, felicitaciones. Es maravilloso. Sé que serán muy felices los dos.

Pronto vimos un impresionante alambre de púas, una cerca como las de los campos de concentración, a ambos lados del camino. Señalaba el comienzo de la estancia B.Q.: diez mil acres más o menos. Bajé la ventanilla. Entró una ráfaga de aire helado, punzante, con olor a nieve reciente y a heno viejo y dulce. "Entramos aquí", dijo Jake cuando salimos del camino y atravesamos una tranquera de madera abierta. A la entrada, nuestros faros iluminaron un letrero muy elegante: Establecimiento B.Q. / R. Quinn, propietario. Debajo del nombre del dueño había dos hachas de guerra cruzadas. Me pregunté si serían el logotipo del establecimiento o el blasón de la familia. De cualquier forma, las ominosas hachas resultaban apropiadas.

El sendero era angosto, bordeado de árboles sin hojas, oscuros excepto por el raro brillo de ojos de animales entre las ramas perfiladas. Cruzamos un puente de madera que hizo un ruido atronador bajo nuestro peso, y oí el rumor de agua, saltos de tonalidad profunda. Era el río Azul, aunque no llegué a verlo, pues estaba oculto por los árboles y los témpanos de nieve. Mientras seguíamos camino nos persiguió el rumor, porque el río corría al lado del sendero, por momentos extrañamente tranquilo, luego, de repente, burbujeante, con la música quebrada de las cascadas.

El camino se ensanchó. Unas lucecitas empezaron a aparecer entre los árboles. Un hermoso niño de rubio cabello al viento, montado en pelo sobre un caballo, nos saludó con la mano. Pasamos una hilera de casitas, iluminadas y vibrantes por el ruido de voces de televisión: allí vivían los que trabajaban en el establecimiento. Adelante, en distinguido aislamiento, se alzaba el edificio principal, la casa de Mr. Quinn. Era una estructura grande, de tablas de chilla, de dos pisos, con una galena cubierta en todo su perímetro. Parecía abandonada, pues todas las ventanas estaban a oscuras. Jake hizo sonar la bocina. De inmediato, como una fanfarria de trompetas de bienvenida, una cascada de luces inundó la galería y las ventanas de la planta baja se iluminaron. Se abrió la puerta principal. Un hombre se adelantó y esperó para saludarnos.

Mi primera presentación al propietario del establecimiento de campo B.Q. no resolvió la cuestión de por qué Jake no permitió que Addie me lo describiera. Si bien no era un hombre que pasara inadvertido, tenía un aspecto bastante común, pero, sin embargo, el verlo me sobresaltó: Yo conocía a Mr. Quinn. Estaba seguro, hubiera jurado que de alguna manera, sin duda hacia mucho tiempo, yo había conocido a Robert Hawley Quinn y que en realidad juntos habíamos compartido una experiencia alarmante, una aventura tan perturbadora, que la memoria bondadosamente la había sumergido en el olvido.

Lucía costosas botas de tacón alto, pero incluso sin ellas medía un metro ochenta y si se parara derecho, en lugar de adoptar una postura agachada, de hombros caídos, habría sido alto. Tenía brazos de simio; las manos le llegaban a las rodillas, y eran de dedos largos, hábiles, extrañamente aristocráticos. Me acordé de un concierto de Rachmaninoff. Las manos de Rachmaninoff eran como las de Quinn. El rostro era ancho pero delgado, de mejillas hundidas, curtido por la intemperie: era el rostro de un campesino medieval, de quien va detrás de un arado, con todos los males del mundo sobre su espalda. Pero Quinn no era un campesino torpe, tristemente cargado. Llevaba anteojos de finos aros de acero, y estos anteojos profesionales, y los ojos grises que asomaban indistintamente tras las gruesas lentes, lo traicionaban: eran unos ojos alertas, suspicaces, inteligentes, brillantes de malignidad, complacientemente superiores. Tenia una voz y una risa hospitalarias, falsamente afables. Pero no era un impostor. Era un idealista, un realizador. Se imponía metas, y estas metas eran una cruz, su religión, su identidad. No, no era un impostor, sino un fanático, y finalmente, mientras estábamos reunidos en la galería, recordé dónde y en qué forma había conocido a Mr. Quinn.

Extendió una de sus largas manos hacia Jake, mientras se pasaba la otra por la cabellera blanca y gris, al estilo pionero, de un largo que era popular entre los demás estancieros, que parecían visitar al peluquero todos los sábados para un corte pelo y un champú de talco. Matas de pelo canoso asomaban por las ventanas de su nariz y sus oídos. Me fijé en la hebilla de su cinturón; estaba decorada con dos hachas indias cruzadas, hechas de oro y esmalte rojo.

QUINN: Hola, Jake. Dije a Juanita: querida, ese pillo se va a echar atrás. Por la nieve.

JAKE: Esto no es nieve.

QUINN: Bromeaba, Jake. (A mí.) ¡Debería ver cómo nieva aquí! En 1952 hubo una semana entera en que la única forma de salir de casa era trepando a la ventana del altillo. Se me murieron setecientas cabezas de ganado, todas mis Santa Gertrudis. ¡Ja, ja! Fue terrible. ¿Juega ajedrez, señor?

TC: Como hablo francés. Un peu.

QUINN (riendo como un viejo y dándose un golpe en los muslos con alegría simulada): Sí, lo sé. Usted es el embaucador de la ciudad que viene a desplumar a los campesinos como nosotros. Apuesto a que puede jugar contra nosotros dos juntos y ganarnos con los ojos vendados. (Lo seguimos por un ancho vestíbulo de techo alto hasta un cuarto inmenso, una catedral con grandes muebles estilo español, muy pesados, armarios, sillas, mesas y espejos barrocos en armonía con el amplio ambiente. El piso estaba cubierto de mosaicos mexicanos, rojos como ladrillos, sobre los que había alfombras navajas. Toda una pared era de bloques de granito cortado de forma irregular, y esa pared, que parecía una caverna de granito, tenía un hogar de leños como para asar una yunta de bueyes. En consecuencia, el delicado fuego que ardía parecía tan insignificante como una ramita en un bosque.

Pero la persona sentada cerca del hogar no era insignificante. Quinn me la presentó: "Mi esposa, Juanita". La mujer bajó la cabeza, pero no quería ser distraída de la pantalla de televisión que tenía enfrente: el aparato estaba encendido, pero no tenía volumen; Juanita observaba las temblorosas payasadas e imágenes mudas, una especie de juego visualmente exuberante. El sillón en que estaba sentada bien podría haber engalanado el salón del trono de un castillo ibérico. Lo compartía con un tembloroso chihuahua y una guitarra amarilla, que descansaba sobre su falda.

Jake y nuestro anfitrión se acomodaron ante una mesa sobre la que había un espléndido juego de ajedrez de ébano y marfil. Observé el comienzo de la partida, escuchando los chistes despreocupados, y me pareció extraño: Addie tenía razón, parecían amigos íntimos, dos arvejas en una misma chaucha. Luego volví al lugar junto al hogar, decidido a seguir estudiando a la tranquila Juanita. Me senté cerca de ella y busqué algún tópico para iniciar una conversación. ¿La guitarra? ¿El tembloroso chihuahua, que ahora me gañía celosamente?)

JUANITA QUINN: ¡Pepe! ¡Estúpido mosquito!

TC: No se moleste. Me gustan los perros. (Me miró. Llevaba el pelo, partido al medio y demasiado negro para ser verdadero, pegado al cráneo angosto. La cara era como un puño: rasgos diminutos todos apretados. La cabeza demasiado grande para el cuerpo: no era gorda, pero pesaba más de lo que debía, y casi todo el exceso estaba distribuido entre los senos y el estómago. Las piernas, no obstante, eran esbeltas y bien formadas. Llevaba un par de mocasines indios muy bonitos. El mosquito siguió gañendo, pero ella lo ignoró ahora. Volvió a otorgar su atención a la televisión.) Yo me preguntaba: ¿Por qué mira sin el sonido? (Sus hastiados ojos de ónix regresaron a mí. Repetí la pregunta.)

JUANITA QUINN: ¿Bebe tequila?

TC: Hay un pequeño lugar en Palm Springs donde hacen unas margaritas excelentes.

JUANITA QUINN: Los hombres beben tequila solo. Sin limón. Solo. ¿Le gustaría tomar uno?

TC: Seguro.

JUANITA QUINN: A mí también. Qué lástima, no tenemos. No podemos guardar una botella en la casa. De hacerlo, me la tomaría; se me secaría el hígado...

(Chasqueó los dedos en señal de desastre. Luego acarició la guitarra amarilla, rasgueó las cuerdas, empezó a tocar una tonada, una melodía complicada y desconocida que durante un momento canturreó alegremente. Cuando se detuvo, su expresión volvió a endurecerse.)

Yo solía beber todas las noches. Todas las noches bebía una botella de tequila, me iba a la cama y dormía con un bebé. Nunca estaba enferma. Tenía buen aspecto, me sentía bien, dormía bien. Nada más. Ahora tengo un resfrío tras otro, dolores de cabeza, artritis, y no pego los ojos. Todo porque el médico dijo que debía dejar de beber tequila. Pero no se forme una impresión equivocada. No soy una borracha. Podría arrojar al Cañón del Colorado todo el vino y el whisky del mundo. Lo único que me gusta es la tequila. El amarillo oscuro. Ése me gusta más. (Indicó el televisor.) Usted me preguntó por qué miro sin el sonido. Subo el sonido únicamente para oír el pronóstico del tiempo. De lo contrario, observo y me imagino lo que dicen. Si escucho, me duermo. Cuando imagino, me mantengo despierta. Y debo mantenerme despierta, por lo menos hasta la medianoche. De lo contrario, no duermo nada. ¿Dónde vive?

TC: En Nueva York, la mayor parte del tiempo.

JUANITA QUINN: Nosotros solíamos ir a Nueva York todos los años, o año por medio. El Rainbow Room: ¡Qué vista maravillosa! Pero ya no sería divertido. Nada es divertido. Mi marido dice que usted es un viejo amigo de Jake Pepper.

TC: Hace diez años que lo conozco.

JUANITA QUINN: ¿Por qué supone que mi marido tiene algo que ver con todo esto?

TC: ¿Con todo esto?

JUANITA QUINN (sorprendida): Debe de haber oído algo. ¿Por qué piensa Jake Pepper que mi marido está implicado?

TC: ¿Jake Pepper piensa que su marido está implicado?

JUANITA QUINN: Eso dicen algunos. Mi hermana me dijo...

TC: Usted, ¿qué piensa?

JUANITA QUINN (levantando a su chihuahua y apretándolo contra el pecho): Siento lástima por Jake. Debe sentirse solo. Y está equivocado: aquí no hay nada. Todo debería olvidarse. Debería volver a su casa. (Con los ojos cerrados, totalmente fatigada.) Ah, ¿quién sabe? ¿A quién le importa? A mí no. A mí lo, dijo la Araña a la Mosca. A mi no.

Más allá, hubo una conmoción en la mesa de ajedrez. Quinn, celebrando una victoria sobre Jake, se felicitaba a gritos:

"¡Magnífico! Pensé que me tenía atrapado. Pero no bien movió la reina, se embromó el gran Pepper!". Su voz ronca de barítono resonaba en el recinto abovedado con el brío de un cantor de ópera. "Ahora usted, joven", me gritó. "Necesito otra partida. Un auténtico desafío. Este viejo Pepper no me llega a la suela de las botas." Empecé a excusarme, pues la perspectiva de una partida de ajedrez con Quinn era a la vez intimidante y aburrida. Me hubiera sentido de otra manera de pensar que podía derrotarlo, de invadir con éxito esa ciudadela de vanidad. En una oportunidad había ganado un campeonato de ajedrez en la preparatoria, pero hacía siglos de eso. Mi conocimiento del juego estaba ya alojado en algún desván de la mente. Sin embargo, cuando Jake me hizo una seña, se puso de pie y me ofreció su silla, accedí, y abandonando a Juanita Quinn a las oscilaciones de su pantalla de televisión, me senté enfrente de su marido. Jake se ubicó detrás de mi silla: una presencia alentadora. Pero Quinn, valorando mi vacilación, la indecisión de mis movimientos iniciales, me desechó como presa fácil, y reanudó una conversación que había mantenido con Jake, al parecer acerca de cámaras y fotografía.

QUINN: Las Kraut son buenas. Yo siempre he tenido cámaras Kraut. Leica. Rolliflex. Pero los japoneses se están rompiendo el culo. Compré una cámara japonesa nueva, del tamaño de un mazo de naipes, que saca quinientas fotos con un solo rollo de película.

TC: Conozco esa cámara. He trabajado con un montón de fotógrafos, y la he visto usar. Richard Avedon tiene una. Dice que no es buena.

QUINN: Para decir la verdad, todavía no he usado la mía. Espero que su amigo esté equivocado. Podría haber comprado un toro campeón con lo que me costó esa chuchería.

(Sentí de repente los dedos de Jake que me apretaban el hombro con urgencia, e interpreté que quería que siguiera con el tema.)

TC: ¿Es su hobby, la fotografía?

QUINN: Oh, va y viene. De vez en cuando. Empezó cuando me cansé de que los llamados profesionales sacaran fotos de mis campeones. Eran fotos que necesitaba enviar a varios criadores compradores. Pensé que yo podía hacerlo tan bien como ellos, y ahorrar algún dinero de paso. (Los dedos de Jake volvieron a alentarme.)

TC: ¿Saca muchos retratos?

QUINN: ¿Retratos?

TC: De gente.

QUINN (con burla): Yo no los llamaría retratos. Instantáneas, tal vez. Aparte del ganado, saco fotos de la naturaleza. Paisajes. Tormentas eléctricas. Las estaciones aquí en la estancia. El trigo cuando está verde y cuando está dorado. Mi río. Tengo hermosas fotos de mi río al desbordar. (El río. Me puse tenso al oír que Jake se aclaraba la garganta, como si fuera a hablar; en vez de eso, me hundió los dedos con más firmeza. Jugué un peón, para hacer tiempo.)

TC: Debe sacar muchas fotos en colores, entonces.

QUINN (asintiendo): Por eso yo mismo las revelo. Cuando se manda la película a los laboratorios, nunca se sabe qué le devolverán.

TC: Oh, ¿tiene cuarto oscuro?

QUINN: Si quiere llamarlo así. Nada extravagante. (Jake volvió a hacer sonar la garganta, esta vez con intención.)

JAKE: ¿Bob? ¿Recuerda esas fotos de que le hablé? Las dos de los féretros. Fueron hechas con una cámara de acción rápida.

QUINN: (silencio)

JAKE: Una Leica.

QUINN: Bueno, no era mía. Yo perdí mi vieja Leica en la espesura del África. Me la habrá robado algún negro. (Mirando fijamente el tablero, con una expresión de divertida consternación en el rostro.) ¡Cómo, sinvergüenza! Maldita sea su estampa. Fíjese, Jake. Su amigo casi me da jaque mate. Casi...

Era verdad. Con una habilidad resurgida inconscientemente, había dirigido mi ejército de ébano con considerable competencia, aunque no intencionada, y me las había arreglado para poner al rey de Quinn en una posición peligrosa. En cierto sentido, lamentaba mi éxito, pues Quinn lo utilizaba para desviar el ángulo de la investigación de Jake, para pasar del tema de la fotografía, repentinamente candente, al ajedrez; por otra parte, me sentía muy contento; si seguía jugando sin cometer errores, podía ganar. Quinn se rascó la barbilla, dedicando sus ojos grises a la religiosa tarea de rescatar a su rey. Pero para mí, el tablero era un borrón. Tenía la mente atrapada en una curvatura del tiempo, entumecida por recuerdos suspendidos durante casi medio siglo. Era verano, y yo tenía cinco años. Vivía con unos parientes en una ciudad de Alabama. Había un río junto a esta ciudad, también un río lento y lodoso que me desagradaba porque estaba lleno de culebras acuáticas y peces bigotudos. Sin embargo, por más que me disgustaban sus bocas peludas, me encantaban una vez capturados, fritos y cubiertos de ketchup; teníamos una cocinera que los servía a menudo. Se llamaba Lucy Joy. Era una negra corpulenta; reservada, muy seria. Parecía vivir de domingo en domingo, pues entonces cantaba en el coro de una iglesia de campo. Pero un día, Lucy Joy cambió notablemente. Estábamos solos en la cocina, y empezó a hablar de un reverendo Bobby Joe Snow, describiéndolo con un entusiasmo que encendió mi imaginación. Hacía milagros. Era un famoso evangelista, y pronto vendría a nuestro pueblo. El reverendo Snow venía a predicar la próxima semana, a bautizar y salvar almas. Supliqué a Lucy que me llevara a verlo, y la mujer sonrió y prometió que lo haría. Resultaba que ella necesitaba que la acompañara, pues el reverendo Snow era blanco, su feligresía practicaba la segregación, y Lucy había pensado que la única manera de que la admitirían sería llevando un niño blanco a bautizar. Naturalmente, Lucy no me hizo saber que lo tenía preparado. A la semana siguiente, cuando partimos para asistir a la reunión evangélica del reverendo, yo sólo imaginaba el suceso conmovedor de ver a un santo del Cielo que ayudaba a que los ciegos vieran y que los tullidos caminaran. Pero empecé a intranquilizarme cuando me di cuenta de que nos dirigíamos al río. Cuando llegamos vi a cientos de personas reunidas a la orilla. Eran campesinos, patanes que bailaban y daban alaridos. Vacilé. Lucy se puso furiosa, y me arrastró hacia la sudorosa muchedumbre. Campanillas y cascabeles, cuerpos haciendo cabriolas. Podía oír una voz que entonaba salmos. Lucy también se unió a los cantos, gimiendo, sacudiéndose. Mágicamente un extraño me subió a su hombro y logré ver al hombre de la voz dominante. Estaba metido en el río, vestía una túnica blanca y el agua le llegaba a la cintura. Tenía el pelo gris y blanco, una masa enmarañada y empapada y sus largas manos, extendidas hacia el cielo, imploraban al húmedo sol del mediodía. Traté de ver su cara, pues sabía que debía ser el reverendo Bobby Joe Snow, pero antes de lograrlo, mi benefactor me volvió a depositar en medio de la asquerosa mezcolanza de pies extáticos, ondulantes brazos y temblorosas panderetas. Supliqué volver a casa, pero Lucy borracha de gloria, no me soltaba. El sol quemaba. Sentí el vómito en la garganta. Pero no devolví. Empecé a chillar, a dar puñetazos y alaridos. Lucy me arrastraba en dirección al río, y la multitud se abría para hacernos paso. Luché hasta llegar a la orilla del río, luego me detuve, silenciado por la escena. El hombre de la túnica blanca, parado en el río, sostenía a una niña reclinada. Recitó las Escrituras antes de sumergirla rápidamente bajo el agua, y luego la sacó. Llorando, gritando, se dirigió, a los tropezones, hacia la orilla. Ahora los brazos de simio del reverendo se extendieron hacia mí. Mordí a Lucy en la mano, y me libré de su control, pero un muchachón me agarró y me arrastró al agua. Cerré los ojos. Podía oler el pelo, sentir los brazos del reverendo que me impulsaban hacia abajo, hacia la negrura sofocante y luego, horas después, me alzaban hacia la luz solar. Abrí los ojos y los fijé en los de él, grises, maníacos. Acercó la cara ancha y delgada, y me besó en los labios. Oí una risa fuerte, una erupción como dinamita: "¡Jaque mate!".

QUINN: ¡Jaque mate!

JAKE: Diablos, Bob. Lo hizo por cortesía. Dejó que usted ganara.

(El beso se esfumó. El rostro del reverendo, retrocediendo, fue reemplazado por un rostro virtualmente idéntico. De modo que había sido en Alabama, cincuenta años atrás, donde había visto por primera vez a Mr. Quinn, o por lo menos a su contraparte: Bobby Joe Snow, evangelista.)

QUINN: ¿Qué le parece, Jake? ¿Listo para perder otro dólar?

JAKE: Esta noche no. Salimos en auto para Denver mañana. Mi amigo tiene que tomar el avión.

QUINN (a mí): Eh, qué visita más corta. Vuelva pronto. Venga en verano y lo llevaré a pescar truchas. Aunque ya no es igual que antes. Antes podía estar seguro de pescar una trucha arco iris de tres kilos no bien tiraba la línea. Antes de que arruinaran mi río.

(Nos fuimos sin despedirnos de Juanita Quinn. Estaba profundamente dormida, roncando. Quinn nos acompañó hasta el auto. "¡Manejen con cuidado!", nos advirtió, mientras nos decía adiós con la mano y esperaba a que desaparecieran las luces traseras de nuestro auto.)

JAKE: Bueno, me enteré de una cosa, gracias a usted. Ahora sé que él mismo saca las fotos.

TC: ¿Por qué no quiso que Addie me dijera cómo era?

JAKE: Podría haber influenciado su primera impresión. Quería que lo viera sin prejuicios y me dijera qué veía.

TC: Vi aun hombre que había visto antes.

JAKE: ¿A Quinn?

TC: No, no a Quinn. Pero a alguien parecido. Su mellizo.

JAKE: Hable claro.

(Describí aquel día de verano, mi bautismo. El parecido entre Quinn y el reverendo Snow era tan claro para mí. Los caracteres afines. Pero hablé emotivamente, metafísicamente, y no logré comunicar lo que sentía. Me di cuenta de la desilusión de Jake: él esperaba una percepción sensata, una penetración prístina y pragmática que lo ayudara a aclarar su propio concepto del carácter de Quinn, y de sus motivaciones.

Guardé silencio, mortificado por haber fallado a Jake. Pero al llegar a la carretera, y cuando nos dirigíamos por ella a la ciudad, Jake me dijo que, a pesar de que el relato de mi recuerdo había sido un tanto confuso e inconexo, él había podido descifrar parcialmente lo que yo había expresado de forma tan pobre.)

Bueno, Bob Quinn cree que él es Dios Todopoderoso.

TC: No lo cree. Lo sabe.

JAKE: ¿Alguna duda?

TC: No, ninguna. Quinn es el hombre que talla los féretros.

JAKE: Y uno de estos días tallará el propio. O no me llamo Jake Pepper.

Durante los meses siguientes llamé a Jake por lo menos una vez a la semana, por lo general los domingos, cuando él estaba en casa de Addie, lo que me permitía hablar con ambos. Jake abría la conversación diciendo: "Lo siento, socio. Nada nuevo que informar". Pero un domingo, Jake me contó que él y Addie habían fijado la fecha de la boda: el 10 de agosto. Y Addie dijo: "Espero que pueda venir". Le prometí que lo haría, aunque el día coincidía con un viaje de tres semanas a Europa que había planeado. Bueno, combinaría las fechas. Sin embargo, fue la pareja la que tuvo que cambiar pues el agente del Departamento que reemplazaría a Jake mientras durara su luna de miel ("¡Vamos a Honolulú!") tuvo un ataque de hepatitis y la boda se pospuso hasta el primero de setiembre. "Qué mala suerte", dije a Addie. "Pero para entonces ya estaré de regreso, y podré ir".

De modo que a principios de agosto, volé por Swissair a Suiza, y holgazaneé varias semanas en una aldea alpina, tomando el sol entre las nieves eternas. Dormí, comí, releí a todo Proust, que es como sumergirse en una ola gigantesca, con destino desconocido. Pero mis pensamientos con demasiada frecuencia giraban en torno de Mr. Quinn. A veces, mientras dormía, llamaba a mi puerta y entraba a mis sueños, en ocasiones tal cual era, con los ojos grises brillándole tras los anteojos de aro de alambre, pero de vez en cuando aparecía ataviado como el reverendo Snow, con la túnica blanca. Aspirar durante un breve período el aire alpino es vivificante pero una larga vacación en las montañas puede tornarse claustrofóbica y provocar depresiones inexplicables. De todos modos, un día en un estado de ánimo negro, alquilé un auto y atravesando el paso Bernardo crucé a Italia y me dirigía Venecia. En Venecia uno vive disfrazado y con máscara, es decir uno no es uno mismo, y no es responsable de su comportamiento. No era mi yo verdadero el que llegó a Venecia a las cinco de la tarde y que antes de la medianoche tomó un tren con destino a Estambul. Todo empezó en el bar de Harry, como tantas aventuras venecianas. Acababa de pedir un martini, cuando justo entra por la puerta de vaivén Gianni Paoli, un enérgico periodista que había conocido en Moscú cuando él era corresponsal de un diario italiano. Juntos, con la ayuda de vodka, habíamos alegrado muchos aburridos restaurantes rusos. Gianni estaba en Venecia camino a Estambul. Tomaba el Expreso de Oriente a medianoche. Seis martinis más tarde me había convencido de que fuera con él. Fue un viaje de dos días y dos noches. El tren serpenteó a través de Yugoslavia y Bulgaria, pero nuestras impresiones de estos países se limitaron a lo que vimos por las ventanillas de nuestro iluminado compartimiento, que nunca abandonábamos excepto para renovar nuestra provisión de vino y vodka. El cuarto daba vueltas. Paraba. Daba vueltas. Bajé de la cama. Mi cerebro, una colección de vidrios rotos, tintineó dolorosamente dentro de mi cabeza. Podía ponerme de pie, sin embargo. Y caminar. Hasta recordaba dónde estaba: en el hotel Hilton, en Estambul. Cautelosamente, me dirigí a un balcón que daba al Bósforo. Gianni Paoli tomaba el sol, desayunaba y leía el Herald Tribune, edición parisiense. Parpadeando, miré la fecha del diario. Era el primero de setiembre. ¿Por qué la fecha me causaba una sensación tan desagradable? Náuseas. Culpa. Remordimiento. Por Dios, ¡me había perdido la boda! Gianni no comprendía por qué estaba tan perturbado (los italianos siempre están perturbados, pero no entienden por qué pueden estarlo otras personas). Sirvió vodka en su jugo de naranja, me lo ofreció, y me dijo que bebiera, que me emborrachara. "Primero envía un telegrama". Seguí su consejo, las dos partes. El telegrama decía.- Demorado inevitablemente pero les deseo muchas felicidades en este día maravilloso. Más tarde, cuando el descanso y la abstinencia volvieron firme mi mano, les escribí una carta breve. No mentí, simplemente no les expliqué por qué había sido "inevitablemente demorado". Dije que volvía a Nueva York en unos días y que los llamaría por teléfono tan pronto regresaran de su luna de miel. Dirigí la carta al matrimonio Pepper. y al dejarla en la recepción para que la despacharan me sentí aliviado, exonerado. Pensé en Addie, con una flor en el pelo, en Addie y Jake caminado al atardecer por una playa en Waikiki, con el mar junto a ellos bajo las estrellas. Me pregunté si Addie sería demasiado grande para tener hijos.

Pero no volvía casa. Sucedieron cosas. Encontré a un viejo amigo en Estambul. Un arqueólogo que estaba trabajando en una excavación en la costa de Anatolia, al sur de Turquía. Me invitó a que fuera con él, dijo que Anatolia me gustaría, y tenía razón, me gustó. Nadaba todos los días, aprendí a bailar bailes folklóricos de Turquía, bebí ouzo y bailé al aire libre todas las noches en el bar local. Me quedé dos semanas. Luego fui por barco a Atenas, y de allí volé a Londres, donde me hice hacer un traje a medida. Era octubre, casi otoño, cuando recién abrí la puerta de mi departamento de Nueva York. Un amigo, que durante mi ausencia iba a regar las plantas, había colocado la correspondencia en ordenadas pilas sobre la mesa de la biblioteca. Había algunos telegramas, que examiné antes de quitarme el abrigo. Abrí uno: era una invitación a una fiesta de Noche de Brujas. Abrí otro: llevaba la firma de Jake: Llámeme urgentemente. Estaba fechado agosto 29. Hacía seis semanas. Rápidamente, sin permitirme creer que lo que pensaba fuera verdad, encontré el número de Addie y disqué. No me respondieron. Luego hice una llamada, persona a persona, al motel Prairie: No Mr. Pepper no se alojaba allí en ese momento. Sí, la operadora creía que era posible comunicarse con él a través del Departamento de Investigaciones del Estado. Llamé. Un hombre —un hijo de puta intratable— me informó que el detective Pepper estaba de licencia, y no, no podía decirme por donde andaba ("Es contrario a los reglamentos"). Cuando le di mi nombre y le dije que llamaba desde Nueva York contestó ah, sí, y cuando le pedí por favor que me escuchara, porque es muy importante, el hijo de perra colgó.

Necesitaba orinar, pero la urgencia, insistente durante todo el viaje desde el aeropuerto Kennedy, desapareció cuando miré las cartas apiladas sobre la mesa de la biblioteca. La intuición me llevó a ellas. Revisé las pilas con la velocidad profesional de un clasificador de correspondencia, buscando la letra de Jake. La encontré. El sobre llevaba el matasello setiembre 10, pertenecía al Departamento de Investigaciones y provenía de la capital del Estado. Era una carta breve, pero la letra, firme y masculina, disfrazaba la angustia de su autor:

Su carta de Estambul llegó hoy. Cuando la leí estaba sobrio. Ahora no estoy sobrio. El día que murió Addie, en agosto, le envié un telegrama pidiéndole que me llamara. Supongo que estaba en el extranjero. Pero eso era lo que tenía que decirle. Addie ha muerto. Todavía no lo creo, nunca lo creeré, hasta que sepa qué pasó realmente. Dos días antes de la boda ella Y Marylee estaban nadando en el río Azul. Addie se ahogó, pero Marylee no la vio ahogarse. No puedo escribir de esto. Tengo que irme. No confío en mí. Vaya adonde vaya, Marylee Connor sabrá localizarme. Sinceramente...

MARYLEE CONNOR: ¡Hola! Por supuesto, reconocí su voz en seguida.

TC: La he llamado la tarde entera, cada media hora.

MARYLEE: ¿Adonde está?

TC: En Nueva York

MARYLEE: ¿Cómo está el tiempo?

TC: Está lloviendo.

MARYLEE: Aquí también está lloviendo. Pero hacía falta. Tuvimos un verano tan seco. Una tenía el pelo lleno de polvo. ¿Dice que me ha estado llamando?

TC: La tarde entera.

MARYLEE: Bueno, estaba en casa, pero me parece que no oigo muy bien. Y he estado en el sótano y también en el altillo. Empacando. Ahora que estoy sola, esta casa es demasiado grande para mí. Tenemos una prima, que es viuda, también, que compró un departamento en Florida. Me voy a vivir con ella. Bueno, ¿cómo está? ¿Ha hablado con Jake últimamente? (Le expliqué que acababa de regresar de Europa, y que no había podido localizar a Jake; me dijo que estaba con uno de sus hijos en Oregon, y me dio el número de teléfono.) Pobre Jake. Lo ha tomado tan mal. En cierto sentido, se culpa sí mismo. ¿Oh? ¡Oh, no lo sabía!

TC: Jake me escribió, pero recién hoy leí su carta. No puedo decirle cuánto lo siento...

MARYLEE (cierta dificultad en la voz): ¿No sabía nada de Addie?

TC: Recién hoy me enteré...

MARYLEE (suspicazmente): ¿Qué le dijo Jake?

TC: Dijo que se ahogó.

MARYLEE (a la defensiva, como si estuviéramos discutiendo): Bueno, así fue. Y no me importa lo que piensa Jake. Bob Quinn no estaba cerca. Es imposible que tuviera algo que ver...

(Oí que inspiraba hondo, luego una larga pausa, como si para controlar su genio, se hubiera puesto a contar hasta diez.) Si alguien tiene la culpa, soy yo. Yo tuve la idea de ir a Sandy Cove a nadar. Sandy Cove no pertenece a Quinn. Está en las tierras de Miller. Addie y yo siempre íbamos allí. Hay buena sombra. Es la parte más segura del río Azul. Tiene una laguna natural, y allí aprendimos a nadar de niñas. Ese día estábamos solas en Sandy Cove. Entramos en el agua juntas, y Addie me dijo que la semana próxima a esa misma hora estaría nadando en el Pacífico. Addie era muy buena nadadora, pero yo me canso en seguida. De modo que después de refrescarme, extendí una toalla bajo un árbol y empecé a hojear las revistas que había llevado. Addie se quedó en el agua. La oí decir: "Nadaré hasta la curva e iré a sentarme bajo la cascada". El río sale de Sandy Cove, hace una curva, y corre por un borde de rocas, formando una cascada. Es una bajada leve, de unos sesenta centímetros. Cuando éramos chicas era divertido sentarse en el borde de las rocas y sentir el agua entre las piernas.

Yo estaba leyendo, sin fijarme en la hora hasta que sentí frío y vi que el sol ya bajaba entre las montañas. No estaba preocupada: imaginé que Addie estaba disfrutando de la cascada. Pero después de un rato caminé río abajo y grité: "¡Addie! ¡Addie!". Pensé: Está bromeando. De modo que subí hasta la parte más alta de Sandy Cove. Desde allí podía ver la cascada y todo el río corriendo hacia el norte. No había nadie. Addie no se veía. Luego, justo debajo de la cascada, vi un nenúfar blanco que flotaba en el agua y se sacudía. Pero luego me di cuenta de que no era un nenúfar: era una mano, con un brillante: el anillo que le regaló Jake. Corrí hacia abajo, me metí en el río hasta llegar al borde de rocas de la cascada. El agua era transparente, y no muy honda. Alcancé a ver la cara de Addie bajo la superficie, con el pelo enredado en las ramas de un árbol hundido. No había nada que hacer. La tomé de la mano y tiré y tiré con todas mis fuerzas, pero no pude moverla. De alguna manera, nunca sabremos cómo, se había caído del reborde y se había enredado el pelo en las ramas, que le impidieron salir. Muerte accidental por asfixia. Tal fue el veredicto del forense. ¿Hola?

TC: Sí, aquí estoy.

MARYLEE: Mi abuela Mason nunca usaba la palabra "muerte". Cuando moría alguien, especialmente alguien a quien quería, decía que había sido "convocado". Quería significar que no habían sido enterrados, perdidos para siempre, sino "convocados" a algún lugar de la infancia, a un mundo de seres vivientes. Así me siento yo ahora. Addie ha sido convocada y vive con todo lo que ama. Con los niños. Los niños y las flores. Los pájaros. Las plantas silvestres que encontraba en la montaña.

TC: Lo siento tanto, Mrs. Connor. Yo...

MARYLEE: Está bien querido.

TC: Ojalá hubiera algo que yo...

MARYLEE: Bueno, me alegro de haber hablado con usted.

Cuando hable con Jake, déle mis cariños. No se olvide.

Me di una ducha, puse una botella de cognac junto a la cama, me metí entre las frazadas, tomé el teléfono, y disqué el número de Oregon que me había dado Marylee. Contestó el hijo de Jake. Me dijo que su padre había salido, no sabía adonde ni a qué hora volvería. Dejé un mensaje para que me llamara no bien volviera, a cualquier hora. Me llené la boca de cognac e hice un buche. Era un remedio para que no me castañearan los dientes. Dejé que la bebida corriera por la garganta. El sueño, con la forma curva de un río susurrante, fluyó en mi mente. Finalmente, todo era el; río, todo volvía al río. Quinn podía haber provisto las víboras de cascabel, el incendio, la nicotina, el alambre de acero, pero el río había inspirado los hechos, y ahora se había llevado también a Addie. Addie: con el pelo enredado en la maleza bajo la superficie, corría, en mi sueño, por encima de su rostro ahogado y tembloroso como un velo de novia. Estalló un terremoto. Era el teléfono, que atronaba sobre mi estómago, donde descansaba aún al quedarme dormido. Sabía que era Jake. Lo dejé sonar mientras me servía otro trago para despertarme.

TC: ¿Jake?

JAKE: ¿De modo que volvió por fin?

TC: Esta mañana.

JAKE: Bueno, no se perdió la boda, después de todo.

TC: Recibí su carta, Jake...

JAKE: No. No tiene por qué hacer un discurso.

TC: Llamé a Mrs. Connor, Marylee. Tuvimos una larga conversación...

JAKE (alerta): ¿Sí?

TC: Me contó todo lo que había pasado...

JAKE: ¡Oh, no! ¡Nada de eso!

TC (sorprendido por la dureza de la respuesta): Pero, Jake, me dijo...

JAKE: Si. ¿Qué le dijo?

TC: Que fue un accidente.

JAKE: ¿Usted le creyó?

(Su tono de voz tristemente burlón, trajo a mi mente la expresión de Jake: los ojos duros, la mueca en los labios delgados.)

TC: Por lo que ella me dijo, parece la única explicación.

JAKE: Ella no sabe cómo sucedió. No estaba presente. Estaba sentada leyendo revistas.

TC: Bueno, si fue Quinn...

JAKE: Escucho.

TC: Debe ser un mago.

JAKE: No, necesariamente. Pero ahora no puedo hablar del asunto. Pronto, tal vez. Ha sucedido algo que puede apurar las cosas. Papá Noel nos visitó temprano este año.

TC: ¿Estamos hablando de Jaeger?

JAKE: Sí. Señor. El jefe de correos ha recibido su encomienda.

TC: ¿Cuándo?

JAKE: Ayer. (Rió, no placenteramente, sino con excitación, con energía liberada.) Malas noticias para Jaeger, pero buenas para mí. Mi plan era quedarme aquí hasta después del Día de Acción de Gracias. Pero me estaba volviendo loco. No pensaba más que: ¿Y si no acosa a Jaeger? ¿Y si no me da esa última oportunidad? Bueno, puede llamarme al motel Prairie desde mañana a la noche. Allí estaré.

TC: Jake, espere un momento. Debe de haber sido un accidente. Lo de Addie, quiero decir.

JAKE (simulando ser paciente, como si hablara con un aborigen retardado): Le voy a decir algo para que medite mientras se duerme.

Sandy Cove, donde ocurrió el "accidente", está dentro de la propiedad de un hombre llamado A. J. Miller. Hay dos maneras de llegar. La más corta es por un camino de atrás que atraviesa las tierras de Quinn y lleva directamente a la propiedad de Miller. Eso es lo que hicieron las damas. Adiós, amigo.

Naturalmente, lo que me dejó para meditar me mantuvo despierto hasta el amanecer. Las imágenes se formaban, se desvanecían. Era como si mentalmente estuviera haciendo el montaje de una película de cine. Addie y su hermana van en su auto por la carretera. Salen para adentrarse en un camino de tierra que es parte de la propiedad del establecimiento de campo B.O. Quinn está de pie en la galería de su casa, o tal vez observando por una ventana. Sea como fuere, en algún momento ve el auto intruso, reconoce a sus ocupantes, y adivina que se dirigen a nadar a Sandy Cove. Decide seguirlas. ¿En auto? ¿A pie? De cualquier manera, se acerca a la zona donde se bañan las mujeres por una ruta indirecta. Una vez allí, se esconde entre los árboles encima de Sandy Cove. Marylee está descansando sobre una toalla, leyendo revistas. Addie está en el agua. Oye que Addie dice a su hermana: "Voy a nadar hasta la curva y me sentaré en la cascada". Ideal: Addie quedará sin protección, sola, fuera del alcance de su hermana. Quinn espera hasta asegurarse de que está distraída. Entonces se desliza terraplén abajo (el mismo que luego usará Marylee para buscar a su hermana). Addie no lo oye: la cascada cubre el ruido de los movimientos de Quinn. ¿Cómo evitar que lo vea? Pues no bien lo vea se dará cuenta del peligro, protestará, gritará. No, la hace callar con un revólver. Addie oye algo, levanta la vista, ve a Quinn que rápidamente se acerca al reborde, apuntándola con un revólver. La empuja de la cascada, la sumerge, la deja bajo el agua: un bautismo final.

Era posible. Pero el amanecer, y el comienzo del tráfico neoyorquino, disminuyeron mi entusiasmo por mi febril fantasear, hundiéndome rápidamente en la realidad, ese descorazonador abismo.

Jake no tenía alternativa: como Quinn, se había propuesto una tarea apasionada, y esta tarea, su deber humano, era demostrar que Quinn era culpable de diez muertes indecentes, en especial de la muerte de una mujer cálida y afable con la que quería casarse. Pero a menos que Jake desarrollara una teoría más convincente que la tramada por mi propia imaginación, preferiría olvidarla: me satisfacía, para quedarme dormido, el veredicto sensato del forense: Muerte accidental por asfixia.

Una hora después estaba totalmente despierto, víctima del cambio de horario. Despierto, pero cansado, preocupado, y muerto de hambre. Por supuesto, debido a mi prolongada ausencia, no había nada comestible en la heladera. Leche cortada, pan rancio, bananas negras, huevos podridos, naranjas arrugadas, manzanas secas, tomates podridos, una torta de chocolate cubierta de hongos. Me hice una taza de café, le agregué cognac, y con eso como fortificante, examiné mi correspondencia acumulada. Mi cumpleaños había sido el 30 de setiembre, y unos pocos habían enviado tarjetas de felicitaciones. Uno de ellos era Fred Wilson, el detective retirado y amigo mutuo que me había presentado a Jake Pepper. Sabía que estaba familiarizado con el caso de Jake, que Jake lo consultaba a menudo, pero por alguna razón nunca habíamos discutido el asunto, omisión que decidí rectificar llamándolo inmediatamente.

TC: ¿Hola? ¿Puedo hablar con Mr. Wilson, por favor?

FRED WILSON: Con él habla.

TC: ¿Fred? Suenas como si tuvieras un fuerte resfrío.

FRED: Así es. Una peste.

TC: Gracias por la felicitación de cumpleaños.

FRED: Ah. No tenías que gastar dinero en una comunicación para agradecérmela.

TC: Bueno, quería hablarte de Jake Pepper.

FRED: Debe de haber algo de verdad en esto de la telepatía. Estaba pensando en Jake cuando sonó el teléfono. Sabes que el Departamento le ha dado licencia. Están tratando de alejarlo del caso.

TC: Está de vuelta ahora.

(Después de repetirle la conversación que había tenido la noche anterior, Fred me hizo varias preguntas, la mayoría acerca de la muerte de Addie Mason y las opiniones de Jake al respecto.)

FRED: Me sorprende mucho que el Departamento le permitiera volver allí. Jake es el tipo de mente más clara que conozco.

No hay nadie en nuestro oficio que respete más que a Pepper. Pero ha perdido el juicio. Se ha estado golpeando la cabeza contra la pared todo este tiempo, hasta perder el sentido. Claro que es terrible lo que le pasó a la novia. Pero fue un accidente. Se ahogó. Jake no quiere aceptar eso, dice a los gritos que fue un asesinato. Y acusa al tal Quinn.

TC (con resentimiento): Jake puede tener razón. Es posible.

FRED: Y también es posible que el hombre sea ciento por ciento inocente. En realidad, ése es el consenso general. He hablado con tipos del Departamento de Jake, y dicen que no podrían aplastar ni a una mosca con la evidencia que tienen. Que era bastante embarazosa la situación. Y el mismo jefe de Jake me dijo que él no creía que Quinn hubiera matado a nadie.

TC: Mató a dos ladrones de ganado.

FRED (risitas, luego un ataque de tos): Bueno, señor. Eso no es matar en realidad. Por estas partes, por lo menos.

TC: Excepto que no eran ladrones, sino dos jugadores de Denver. Quinn les debía dinero. Y lo que es más no creo que la muerte de Addie haya sido accidental. (Desafiante, con sorprendente autoridad, le relaté el "asesinato" tal cual lo había imaginado. Las ideas descartadas con la primera luz del día me parecían ahora no sólo plausibles, sino vívidamente convincentes: Quinn había seguido a las hermanas hasta Sandy Cove, se había ocultado entre los árboles, debajo del terraplén, amenazado a Addie con un revólver y la había agarrado, ahogándola.)

FRED: Ésa es la historia de Jake.

TC: No.

FRED: ¿Es algo que imaginaste tú?

TC: Más o menos.

FRED: Igual, es la historia de Jake. Espera, tengo que sonarme la nariz.

TC: ¿Qué quieres decir con eso de que "es la historia de Jake"?

FRED: Como te dije, debe haber algo de verdad en esto de la telepatía. Con algún detalle más o menos, es la historia de Jake. Hizo un informe para el Departamento, y me mandó una copia. Y así es como reconstruyó los hechos. Quinn vio el auto, las siguió...

(Fred continuó. Sentí una oleada de vergüenza. Me sentí como un escolar al que descubren copiando en un examen. Irracionalmente, en lugar de echarme la culpa, se la endilgué a Jake. Estaba enojado con él por no haber provisto una solución coherente abatido porque sus conjeturas no fueran mejores que las mías. Confiaba en Jake, el profesional, y me sentía deprimido al ver fluctuar esa confianza. Pero era un invento tan descabellado, todo esto de Quinn, Addie y la cascada. Aun así, a pesar de los comentarios destructivos de Fred Wilson. yo sabía que la fe básica que yo tenía en Jake era justificada.) El Departamento está en una situación difícil. Tienen que sacar a Jake de este caso. Él se ha descalificado a sí mismo. ¡Oh, luchará contra ellos! Pero es por su propia reputación. Por seguridad también. Una noche, después que murió su novia, me llamó a las cuatro de la mañana. Más borracho que cien indios bailando en un maizal. Todo se reducía a que iba a desafiar a Quinn a un duelo. Lo llamé para ver cómo estaba al día siguiente. El hijo de puta ni siquiera se acordaba de que me había llamado.

La ansiedad, como dice cualquier psiquiatra costoso, es causada por la depresión, pero la depresión, como dirá el mismo psiquiatra en una segunda visita, después que se ha pagado otra sesión, es causada por la ansiedad. Toda esa tarde giré en  ese monótono círculo vicioso. Para la noche, los dos demonios se habían combinado. Mientras la ansiedad copulaba con la depresión, yo miraba la controvertida invención de Mr. Bell temiendo el momento de llamar al hotel Prairie y oír que Jake me decía que el Departamento lo había retirado del caso. Por supuesto, podría haberme sentido mejor después de una buena comida, pero ya había abolido el hambre comiendo la torta de chocolate con la cobertura de hongos. También podría haber ido a ver una película y fumado un cigarrillo de marihuana. Pero cuando uno se siente así, el único remedio es llevarle la corriente: aceptar la ansiedad, seguir deprimido, relajarse, dejarse llevar donde sea.

OPERADORA: Buenas noches, motel Prairie. ¿Mr. Pepper? Eh, Ralph, ¿has visto a Jake Pepper? ¿En el bar? Hola, la persona que llama está en el bar. Lo conecto.

TC: Gracias.

(Recordé el bar del Prairie; a diferencia del motel, tenia cierto encanto, propio de una tira cómica. Los clientes eran vaqueros, las paredes de cuero crudo, decoradas con posters de chicas y sombreros mexicanos; el baño de hombres era para TOROS, mientras que el de mujeres decía BELLAS. Había un tocadiscos automático con música del oeste. Al oír esa música, me di cuenta de que el barman me había contestado.)

BARMAN: ¡Jake Pepper! ¡Lo llaman por teléfono! Hola, señor, quiere saber quién es.

TC: Un amigo de Nueva York.

VOZ DE JAKE (lejana, cada vez más fuerte, a medida que se acerca al teléfono): Claro que tengo amigos en Nueva York. En Tokio, Bombay. ¡Hola, amigo de Nueva York!

TC: Parece alegre.

JAKE: Tan alegre como el mono de un mendigo.

TC: ¿Puede hablar? ¿O lo llamo más tarde?

JAKE: Está bien. Hay tanto ruido que nadie me oye.

TC (inciertamente, cuidando no abrir la herida): ¿Cómo van las cosas?

JAKE: No tan bien.

TC: ¿Por el Departamento?

JAKE (intrigado): ¿El Departamento?

TC: Bueno, se me ocurrió que le causaba dificultades.

JAKE: No me causa ninguna dificultad. Yo a ellos, sí. Un montón de imbéciles. No, es ese cabeza de alcornoque de Jaeger.

Nuestro adorado jefe de correos. Es un gallina. Quiere escapar del gallinero. Y no sé cómo detenerlo. Pero tengo que hacerlo.

TC:¿Porqué?

JAKE: "El tiburón necesita carnada".

TC: ¿Ha hablado con Jaeger?

JAKE: Durante horas. Está conmigo en este momento. Sentado en un rincón como un conejito blanco listo para meterse en el agujero.

TC: Bueno, lo comprendo.

JAKE: Yo no puedo darme ese lujo. Tengo que convencer a este timorato. ¿Cómo? Tiene sesenta y cuatro años, un montón de dinero, y está a punto de retirarse. Es soltero. ¡Su pariente más cercano es Bob Quinn! Por Dios. Y oiga esto: Todavía no cree que fue Quinn. Dice sí, tal vez alguien quiere hacerme daño, pero no puede ser Bob Quinn, que es de mi propia sangre. Hay una sola cosa que lo hace pensar.

TC: ¿Algo relacionado con el paquete?

JAKE: Ahá.

TC: ¿La letra? No, eso no puede ser. Debe ser la foto.

JAKE: Ha dado en el blanco. Esta foto es diferente. No es como las otras. Por empezar, tiene veinte años. Fue tomada en la Feria del Estado. Jaeger marcha en un desfile de kiwanis, y lleva un sombrero de kiwanis. Quinn sacó esa foto. Jaeger dice que él vio cuando se la tomaba. Se acuerda porque pidió a Quinn que le diera una copia, cosa que Quinn nunca hizo.

TC: Eso debería hacer cambiar de opinión al jefe de correos. Supongo que no impresionaría a un jurado.

JAKE: En realidad, no impresiona al jefe de correos.

TC: Pero, ¿está asustado como para querer irse del pueblo?

JAKE: Está asustado, seguro. Pero aunque no lo estuviera, no hay nada que lo detenga aquí. Dice que siempre planeó pasar los últimos años de su vida viajando. Mi trabajo es demorar ese viaje. Indefinidamente. Pero es mejor que no deje tanto tiempo solo a mi conejito. Deséeme suerte. Y manténgase en contacto.

Le deseé suerte, pero no la tuvo. A la semana, el detective y el jefe de correos se separaban: uno iniciaba un viaje por el mundo, al otro el Departamento le quitaba el caso. Las notas siguientes son extractos de mis diarios personales entre 1975 y 1979.

20 de octubre de 1975: Hablé con Jake. Muy amargado, desparrama veneno en todas direcciones. Dijo: "Por dos alfileres y un dólar de la Confederación", se iría del Departamento, renunciaría, se trasladaría a Oregon a trabajar en la granja de su hijo. "Pero mientras siga con el Departamento, siempre tendré un poco de influencia". Además, si renunciara ahora, perdería su jubilación, un beau geste que no puede permitirse el lujo de hacer.

6 de noviembre de 1975: Hablé con Jake. Me dijo que había una epidemia de robo de ganado en la zona noroeste del Estado. Roban el ganado de noche, lo cargan en camiones y lo llevan a las Dakotas. Dijo que él y otros agentes habían pasado estas últimas noches al sereno, escondidos entre el ganado, esperando a los ladrones, que no aparecieron. "¡Hace frío allí! Ya estoy viejo para estas cosas." Me dijo que Marylee Connor se mudó a Sarasota.

25 de noviembre de 1975: Día de Acción de Gracias. Me desperté esta mañana y pensé en Jake. Hace justo un año que descubrió su "suerte": fue a comer a lo de Addie, y ella le contó de Quinn y del río Azul. Decidí no llamarlo; podía agravar, en lugar de aliviar, las dolorosas ironías relacionadas con este aniversario. Llamé a Fred Wilson y a su esposa, Alice, para desearles bon appétit. Fred me preguntó por Jake. Le dije que la última vez que supe de él estaba atareado persiguiendo a los ladrones de ganado. Fred dijo: "Sí, lo hacen trabajar como loco. Tratan de que no piense en ese otro caso, el que los agentes del Departamento llama Víboras de cascabel'. Han nombrado a un tipo joven llamado Nelson, para guardar las apariencias. Legalmente, el caso sigue abierto, pero en la práctica, el Departamento lo ha cerrado".

5 de diciembre de 1975.- Hablé con Jake. Lo primero que me dijo fue: "Se alegrará de saber que el jefe de correos está sano y salvo en Honolulú. Ha enviado postales a todo el mundo. Estoy seguro de que le ha mandado una a Quinn. Bueno, él fue a Honolulú, yo no pude. Sí, la vida es extraña", dijo que seguía en el "caso de robo de ganado. Y harto. Debería unirme a los ladrones. Ganan cien veces más que yo".

Diciembre 20 de 1975. Recibí una tarjeta de Navidad de Marylee Connor. Dice: ¡Sarasota es maravilloso! Éste es el primer invierno que paso en un lugar cálido, y puedo decir con honestidad que no echo de menos mi hogar, ¿Sabía que Sarasota es famoso porque aquí pasa todo el invierno el circo de los hermanos Ringling? Mi prima y yo vamos a menudo a ver los ensayos. ¡Es divertidísimo! Nos hemos hecho amigas de una rusa que entrena acróbatas. Feliz Año Nuevo. Acompaño un pequeño regalo. El regalo era una instantánea, sacada por un aficionado, de Addie a los dieciséis años, en un jardín florido, luciendo un vestido blanco de verano, con una cinta en el pelo, haciendo juego y un gatito blanco entre los brazos. Lo acuna como si fuera tan frágil como el follaje que la rodea. El gatito está bostezando. En el reverso de la foto Marylee había escrito: Adelaide Minerva Mason. Nacida el 14 de junio de 1939. Convocada el 29 de agosto de 1975.

1° de enero de 1976: Llamó Jake: "¡Feliz Año Nuevo!". Sonaba como un sepulturero que se cava su propia fosa. Dijo que había pasado la víspera de Año Nuevo leyendo David Copperfield. "El Departamento organizó una gran fiesta. Pero yo no fui. Sabía que si iba me emborracharía y me pelearía con algunos. Borracho o sobrio, cuando estoy cerca del jefe tengo que contenerme para no tirarle con algo". Le conté que había recibido una tarjeta de Marylee para Navidad y describí la foto de Addie y Jake me dijo que Marylee le había mando otra igual a él:"Pero ¿qué quiere decir? Eso que escribió,'Convocada'". Cuando traté de interpretarlo, tal cual lo entendía yo. Me interrumpió con un gruñido: era demasiado imaginativo para él. Dijo: "Quiero a Marylee. Siempre he dicho que es muy buena. Pero simple. Un poquito simple".

5 de febrero de 1976: La semana pasada compré un marco para la foto de Addie. La puse en mi dormitorio, sobre una mesa. Ayer la metí en un cajón. Me perturbaba: estaba demasiado viva, en especial por el bostezo del gatito.

14 de febrero de 1976: Recibí tres tarjetas para el Día de San Valentín, una de una vieja maestra, Miss Wood, otra de mi contador, y la tercera que decía Cariños firmada por Bob Quinn. Una broma, por supuesto. ¿Será su idea de humor negro?

15 de febrero de 1976. Llamé a Jake, y me confesó que sí que él me había mandado una tarjeta. Le dije que estaría borracho. Él dijo: "Sí".

20 de abril de 1976: Una breve misiva de Jake escrita en papel del motel Prairie:

Hace dos días que estoy aquí, escuchando chismes, casi todos del café Okay. El jefe de correos sigue en Honolulú. Juanita Quinn tuvo un ataque bastante fuerte. Me gusta Juanita, de modo que lo sentí. Su marido sigue tan fuerte como un toro. Así me gusta. No quiero que le pase nada a Quinn hasta que yo le aseste el golpe final. El Departamento habrá olvidado el asunto, pero yo no. Nunca me olvidaré. Cordialmente...

10 de julio de 1976: Llamé a Jake anoche, pues hacía más de dos meses que no tenía noticias suyas. El hombre con quien hablé es una nueva persona o más bien, el viejo Jake Pepper, vigoroso, optimista, como si por fin hubiera emergido de un sopor alcohólico, con los músculos descansados, listos para actuar. Me enteré rápidamente de lo que lo había despertado: "Tengo un gran caso. Una maravilla". Si bien el caso contenía un elemento intrigante era, por otra parte, un asesinato común y corriente, o así me pareció a mí. Un hombre joven, de veintidós años, vivía solo en una granja modesta, con un abuelo anciano. Esa primavera el nieto mató al anciano para heredar la propiedad y robar el dinero que la víctima, un viejo avaro, había escondido en el colchón. Los vecinos se dieron cuenta de la desaparición del granjero y vieron que el joven se había comprado un auto flamante. Notificaron a la policía, y pronto se descubrió que el nieto, que no podía explicar la repentina y total desaparición de su pariente, había comprado el auto en efectivo, con billetes viejos. El sospechoso no admitía ni negaba haber matado a su abuelo, aunque las autoridades estaban seguras de que era culpable. La dificultad era que no se encontraba el cadáver. Sin el cuerpo, no podían arrestarlo. Por más que buscaban, la víctima seguía sin aparecer. La policía local pidió ayuda al Departamento de Investigaciones del Estado, y designaron a Jake para que se ocupara del caso. "Es fascinante. El chico es tan inteligente como el diablo. No sé qué le hizo al viejo, pero sí que es algo diabólico. Y si no encontramos el cuerpo, seguirá libre de culpa y cargo. Pero estoy seguro de que está en alguna parte de la granja. Sé, instintivamente, que cortó al abuelo en pedacitos y enterró las partes en distintos lugares. No necesito más que la cabeza. La encontraré aunque tenga que arar la granja entera. Hectárea por hectárea. Centímetro por centímetro". Después de cortar, sentí enojo, y celos, no un simple ataque, sino verdadera furia, como si me hubiera enterado de la traición de un amante. En verdad, no quiero que Jake esté interesado en ningún otro caso, sino en el que me interesa a mí.

20 de julio de 1976: Un telegrama de Jake: Tengo cabeza una mano dos pies punto me voy de pesca Jake. ¿Por qué me habrá enviado un telegrama, en lugar de llamarme por teléfono? ¿Se imaginará que me agravia su éxito? Estoy contento, porque sé que su orgullo ha sido parcialmente reparado. Espero que haya ido a pescar cerca del río Azul, nada más.

22 de julio de 1976: Escribí una carta de felicitación a Jake y le dije que me voy al extranjero por tres meses.

20 de diciembre de 1976: Una tarjeta de Navidad de Sarasota: "Si alguna vez anda por aquí, venga por favor a visitarme. Dios lo bendiga. Marylee Connor".

22 de febrero de 1977: Una nota de Marylee:"Sigo suscripta al diario local de mi ciudad, y he pensado que el recorte que acompaño podría interesarle. He escrito a su esposo. Me envió una carta tan hermosa para el accidente de Addie". El recorte era la necrología de Juanita Quinn. Había muerto mientras dormía. Sorprendentemente, no hubo funeral ni entierro porque la muerta había pedido que la cremaran y esparcieran sus cenizas en el río Azul.

23 de febrero de 1977: Llamé a Jake. Dijo, con cierta timidez: "¡Hola, socio! ¡Tanto tiempo!". En realidad le había enviado una carta desde Suiza, que no contestó, y lo había llamado por teléfono dos veces, sin encontrarlo, durante la temporada de Navidad. "Oh, sí, estaba en Oregon". Luego llegamos al tema: la muerte de Juanita Quinn. Como era de esperar, dijo: "Me huele mal". Cuando le pregunté por qué, agregó: "Las cremaciones siempre huelen mal". Hablamos un cuarto de hora más, pero noté que para él representaba un esfuerzo. Tal vez le hago acordar de cosas que, a pesar de su fortaleza moral, empieza a querer olvidar.

10 de julio de 1977: Llamó Jake, enloquecido de alegría. Sin preámbulo, me anunció: "Como le dije, las cremaciones siempre me huelen mal. ¡Bob Quinn se ha casado! Bueno, todo el mundo sabía que tenía otra familia, una mujer y cuatro hijos. Los mantenía escondidos en Appleton, un lugar a unos ciento cincuenta kilómetros al sudoeste. La semana pasada se casó con la dama. Ha traído a mujer y cría a la estancia, pavoneándose como un gallo. Juanita se revolvería en la tumba. De tener una tumba". Estúpidamente, aturdido por la historia de Jake, le pregunté: "¿Qué edad tienen los hijos". Me contestó: "La menor tiene diez y la mayor diecisiete. Todas mujeres. El pueblo está conmocionado. Los asesinatos no los escandalizan, un par de homicidios no les molesta. Pero que su caballero andante, su gran Héroe de Guerra, se aparezca con su descarada ramera y sus cuatro bastardas es demasiado para sus mentes presbiterianas". Yo le dije: "Las hijas me dan lástima. Y la mujer también". Jake me replicó: "Yo me guardo la lástima para Juanita. Si existiera el cuerpo, y pudiera exhumarse, apuesto a que el forense encontraría una buena dosis de nicotina en él". Yo dije: "Lo dudo. No haría daño a Juanita. Era una alcohólica. Él era su salvador. La amaba". Lentamente, Jake preguntó: "¿Supongo que pensará que no tuvo nada que ver con la muerte de Addie?". Respondí: "Era su intención matarla. Lo hubiera hecho. Pero ella se ahogó". Jake acotó: "Ahorrándole el trabajo. Está bien. Explique lo de Clem Anderson. Lo de los Baxter". "Sí, todo fue obra de Quinn", señalé. "Tuvo que hacerlo él. Es un mesías con un deber que cumplir". Jake dijo: "Entonces, ¿por qué permitió que el jefe de correos se le deslizara entre los dedos?". Repliqué: "¿Será así? Yo creo que el viejo Mr. Jaeger tiene una cita con la muerte. Quinn se le cruzará por el camino algún día. Quinn no puede descansar hasta que eso suceda. No es cuerdo, sabe". Jake colgó, pero no sin antes de preguntarme, con mordacidad: "Y usted, ¿lo es?".

15 de diciembre de 1977. Vi una billetera negra de cocodrilo en la vidriera de una casa de empeños. Estaba en muy buenas condiciones y llevaba las iniciales J.P. La compré, y como nuestra última conversación había terminado mal (él estaba enojado, aunque yo no), se la mandé como regalo de Navidad y ofrenda de paz al mismo tiempo.

22 de diciembre de 1977: Una tarjeta de Navidad de la fiel Mrs. Connor: ¡Estoy trabajando para el circo! No, no soy acróbata. Sino recepcionista. ¡Es divertidísimo! Mis mejores deseos para el Año Nuevo.

17 de enero de 1978: Un garrapateo de cuatro líneas, de Jake, agradeciéndome la billetera. Lacónica, inadecuadamente. Sé entender una indirecta. No volveré a escribir, ni a llamarlo.

20 de diciembre de 1978: Una tarjeta de Marylee Connor, nada más que la firma. Nada de Jake.

12 de setiembre de 1979: Fred Wilson y su mujer estuvieron en Nueva York la semana pasada, de paso para Europa (su primer viaje), felices como en su luna de miel. Los invité a comer afuera. La conversación giró en torno de los agitados preparativos del viaje inminente hasta que, mientras elegíamos el postre, Fred dijo: "No has mencionado a Jake". Simulé sorprenderme dije, con tono casual, que hacía más de un año que no tenía noticias suyas. Astutamente, Fred preguntó: "¿Se han disgustado?". Yo me encogí de hombros: "No hubo ninguna pelea, aunque no siempre hemos coincidido en nuestros puntos de vista". Luego Fred dijo: "Jake ha tenido problemas de salud últimamente. Enfisema. Se jubilará a fin de mes. No es que me meta, pero me parece que sería bueno que lo llamaras. Necesita que lo alienten".

14 de setiembre de 1979: Siempre estaré agradecido a Fred Wilson. Hizo que me tragara el orgullo y llamara a Jake. Hablamos esta mañana: era como si hubiéramos hablado ayer, y anteayer también. No parece que hubiera habido una interrupción en nuestra amistad. Confirmó la noticia de su jubilación:"¡Me faltan sólo dieciséis días!". Dijo que pensaba vivir en Oregon, con su hijo. "Pero antes pasaré un par de días en el motel Prairie. Tengo que terminar un trabajito en ese pueblo. Hay unos informes en los tribunales que quiero robar para mi fichero. ¡Escuche! ¿Por qué no vamos juntos? Volvemos a reunimos. Podría esperarlo en Denver, y seguiríamos viaje en auto". Jake no tuvo que obligarme. Si él no me hubiera invitado, yo le habría sugerido la idea: muchas veces, dormido o despierto había soñado con volver a ese melancólico pueblo, porque quería volver a ver a Quinn, quería conversar con él, los dos a solas. Era el dos de octubre.

Jake, que no aceptó mi invitación de que me acompañara, me prestó el auto, y después del almuerzo salí del motel Prairie para cumplir con mi cita en el establecimiento de campo B.Q. Recordé la última vez que recorrí esas tierras: la luna llena, los campos nevados, el frío cortante, el ganado apretujado, reunido en grupos, el aliento tibio que empañaba el aire ártico. Ahora, en octubre, el paisaje era, gloriosamente, diferente: la carretera de asfalto parecía un angosto mar negro que separaba un continente dorado. A cada lado, resplandecían los rastrojos, blanqueados por el sol, del trigo segado, con vetas de amarillo aquí y allá, como sombras oscuras bajo un cielo sin nubes. Había toros haciendo cabriolas entre el pasto, y vacas, entre ellas madres con terneritos, comiendo y dormitando.

A la entrada a la estancia vi a una jovencita recostada contra el letrero de las hachas cruzadas. Sonrió, y me indicó con la mano que parara.

JOVENCITA: ¡Buenas tardes! Soy Nancy Quinn. Mi papá me envió a que lo esperara.

TC: Bueno, gracias.

NANCY QUINN (abriendo la portezuela del auto y subiendo): Está pescando. Tendré que mostrarle dónde está. (Era un alegre marimacho de doce años, de dientes prominentes. Llevaba el pelo castaño rojizo bien corto, y tenía pecas por todas partes. Todo su atavío era un viejo traje de baño. Una de sus rodillas estaba envuelta en un vendaje sucio.)

TC (refiriéndose al vendaje): ¿Te lastimaste?

NANCY QUINN: No. Bueno, alguien me tiró.

TC: ¿Te tiró?

NANCY QUINN: Bad Boy me tiró. Es un caballo muy malo. Por eso se llama sí. Ha tirado a todos los chicos del campo. Y a la mayoría de los tipos grandes, también. Yo dije: Bueno, a que yo puedo montarlo. Y lo hice. Pero por dos segundos. ¿Ha estado antes aquí?

TC: Una vez. Hace años. Pero era de noche. Me acuerdo de un puente de madera...

NANCY: ¡Está allí, más adelante!

(Cruzamos el puente. Por fin pude ver el río Azul, aunque por muy poco tiempo, y de una manera tan borrosa como debe ver el picaflor en sus revoloteos. Lo tapaban los árboles con las ramas caídas hacia el agua. Los mismos que entonces no tenían hojas, ahora resplandecían de oscuro follaje otoñal.) ¿Ha estado en Appleton?

TC: No.

NANCY QUINN: ¿Nunca? Qué gracioso. No conozco a nadie que no haya estado en Appleton.

TC: ¿Me he perdido algo?

NANCY QUINN: Bueno, es muy lindo. Nosotros vivíamos allí antes. Pero me gusta más vivir aquí. Se puede andar sola y hacer lo que una quiere. Pescar. Matar coyotes. Papá me dijo que me daría un dólar por cada coyote que matara, pero después de pagarme más de doscientos dólares, lo ha rebajado a diez centavos. Bueno, no necesito dinero. No soy como mis hermanas, No hacen más que mirarse al espejo. Tengo tres hermanas, y le diré que no son felices aquí. No les gustan los caballos. Odian todo. No piensan más que en muchachos. Cuando vivíamos en Appleton, no veíamos muy seguido a papá. No más que una vez por semana. Se ponían perfume y se pintaban la boca, y tenían muchos novios. Mi mamá no decía nada. Le gusta arreglarse y parecer bonita. Pero mi papá es muy estricto. No quiere que tengan novios. Ni que se pinten la boca.

Una vez algunos amigos vinieron de Appleton, y mi papá los esperó en la puerta con una escopeta. Les dijo que la próxima vez que los vea en su propiedad les hará saltar la cabeza de un tiro. ¡Cómo dispararon esos tipos! Las chicas se enfermaron de tanto llorar. A mí me causó mucha gracia. ¿Ve esa bifurcación en el camino? Pare allí.

(Detuve el auto. Los dos nos bajamos. La jovencita señaló un claro entre los árboles: un sendero oscuro, cubierto de hojas, que bajaba.) Vaya por allí.

TC (de repente, con miedo de estar solo): ¿No vienes conmigo?

NANCY QUINN: Mi padre no quiere nadie cerca cuando habla de negocios.

TC: Bueno, gracias de nuevo.

NANCY QUINN: ¡El placer fue mío! Se alejó, silbando.

En partes, las ramas eran tan bajas que tenía que doblarlas, y protegerme la cara del roce de las hojas. Los pantalones se me enredaban en las zarzas y extrañas espinas. Por encima de los árboles se oía el graznido de los cuervos. Vi un búho. Es extraño ver un búho a la luz del día. Parpadeó, pero no se movió. En un momento dado casi tropiezo con un avispero: en un hueco del tronco de un árbol había un hervidero de avispas negras. Todo el tiempo oía el río, como un lento y suave rugido. De repente, en un recodo del sendero, lo vi. Vi a Quinn, también.

Tenia puesto un traje de goma, y sostenía en alto una flexible caña de pescar, como si fuera la varita de un director de orquesta. Estaba metido en el agua hasta la cintura. Se veía su cabeza, sin sombrero, de perfil. Su pelo ya no tenía vetas grises, sino que era totalmente blanco, como la espuma del agua que rodeaba su cintura. Tuve ganas de dar media vuelta y echar a correr, pues la escena era tan parecida a esa otra, le hacía mucho tiempo, cuando el doble de Quinn, el reverendo Billy Joe Snow, me esperaba, metido en el agua hasta la cintura. De repente oí mi nombre: era Quinn que me llamaba, haciéndome señas mientras vadeaba en dirección a la orilla, pensé en los toros jóvenes que había visto pavonearse en los pastos dorados. Quinn, resplandeciente en su traje de goma, me hacia acordar a ellos: vital, poderoso, peligros. Con excepción del pelo blanco, no había envejecido ni un ápice. En realidad, parecía varios años más joven, un hombre de cincuenta  años perfectamente saludable.

Sonriendo, se puso en cuclillas sobre una roca, y me indicó que me acercara. Me enseñó las truchas que había pescado:

-No muy grandes, pero son sabrosas.

Nombré a Nancy. Sonrió y dijo:

-Nancy. Oh, sí. Es una buena chica. —No agregó nada. No se refirió a la muerte de su mujer, ni al hecho de que se había vuelto a casar: pensaba que estaba al tanto de la historia reciente.—Me sorprendió que me llamara.

-¿Sí?

-No sé. Me sorprendí. ¿Dónde se aloja?

-En el motel Prairie. ¿En dónde más?

Después de un silencio, con cierta timidez, me preguntó: — ¿Jake Pepper está con usted?

Asentí.

-Alguien me dijo que dejaba el Departamento.

-Sí. Se va a vivir a Oregon.

-Bueno, supongo que ya no lo veré más. Qué lástima. Pudimos ser muy buenos amigos. De no ser por todas esas sospechas. Maldito sea, hasta pensó que había ahogado a Addie Mason -  Rió. Luego frunció el entrecejo. -Yo veo así, las cosas: fue la mano de Dios. -Levantó su propia mano, y el río, visto entre sus dedos separados, pareció entretejerse como una cinta oscura. -La obra de Dios. Su voluntad.

Truman Capote 

Ir a índice de América

Ir a índice de Capote, Truman

Ir a página inicio

Ir a mapa del sitio