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El gorila visto por dentro
por Patricio Canto

 

"Lo sincero, lo espontáneo en el hombre es, sin disputa, el gorila."
José Ortega y Gasset

 

Uno de los telegramas fechados en Madrid dando cuenta de los funerales de José Ortega y Gasset, añadía que los estudiantes liberales habían aprovechado la ocasión para proclamar revoltosamente su repudio al régimen del general Franco. Que los estudiantes hayan elegido tal circunstancia, que los telegramas se ocuparan en forma benévola de sus protestas. son pruebas de que el gesto no era peligroso o de que la agencia noticiosa deseaba demostrar la relativa tolerancia del gobierno español. ¿Se solidarizaban esos jóvenes con el laicismo (él escribía "acatolicismo") de Ortega?

De todos modos, el gesto resulta asombrosamente anacrónico. Dos moribundos —el liberalismo laico y el catolicismo totalitario— se empeñan en oponerse y en tratarse en serio, como si la realidad quisiera complacer a la revista Visión, aplacar sus temores y mostrar lo que debe ser un antagonismo social en un país subdesarrollado. Esta manifestación pintoresca, fuera del tiempo, se produce durante las exequias de un hombre que tuvo como nadie el prurito de estar a la altura de los tiempos, de un hombre que recomendaba "una hiperestesia atenta a los más sutiles signos del cambio histórico". Ningún intelectual eminente llevó a los extremos de Ortega el deseo de estar á la page. Cruelmente, el destino se burla de él, poniendo junto a su féretro un episodio digno del "estúpido siglo XIX", una agitada estampa que está solicitando la pluma de don Benito Pérez Galdós.

José Ortega y Gasset

Más cruel aún es haber vivido chasqueado los últimos veinte años de la vida. En su época de esplendor intelectual —desde la primera posguerra hasta el triunfo del Frente Popular en 1936— Ortega y Gasset formuló abundantes tesis y predicciones sobre el futuro inmediato del mundo, explicándonos que la política era "cáscara", "superficie", señalándonos "las corrientes más profundas" que circulaban bajo el suelo histórico de Europa, y que condicionaban las diversas formas del quehacer humano. Su exposición era clara, brillante, audaz, sabrosa: algunos lo hemos leído admirativamente en la adolescencia, muchos a todas las edades. Releyéndolo hoy, salta a la vista la razón de ese mal humor que parece haberlo habitado en sus últimos años: Ortega se equivocó en todo, absolutamente en todo lo que escribió sobre arte, política, ciencia, modas, religión, trabajo o amor. Si surgía un conflicto innegable entre la realidad y su pensamiento. Ortega no sólo elegía a este último sino que se enfurecía con la realidad, le daba la espalda con un gesto enfurruñado y se ponía a mirar la pared. Es la actitud en que lo sorprende la muerte, con su amargura de hombre frío entre apasionados, culto entre ignorantes, ateo entre creyentes, mezquino y lúcido entre ciegos magnánimos.

Para una mente joven o poco ejercitada, aun maravillada del simple proceso del pensamiento, Ortega es un autor fascinante. leerlo equivale a leer "cosas inteligentes" todo el tiempo, sin desperdicio. Después de los años nos damos cuenta que sus objetos de investigación tienen aristas tan netas .. porque no existen. Ortega desarticula la cosa real de la manera "que él ya se sabe", según su idea platónica de la anatomía, y como el bisturí es muy afilado y el cirujano un gran actor, no nos damos cuenta que no le interesa encontrar las articulaciones reales. Baudelaire decía que los desnudos femeninos de Ingres tienen poco que ver con un cuerpo real de mujer, con un cuerpo que se mueve y funciona: están hechos de la sustancia blanca, plena e inerte con que el pintor compone los sueños de su voluntad sensual. La anatomía de la mujer es violentada según los imperativos de una lascivia monótona e ideal: la de Ingres. Y el objeto, más que desarticulado es despedazado en las exposiciones de Ortega, es deformado según las exigencias de una voluntad teatral de lucimiento personal.

En 1939, desde la tribuna de Amigos del Arte, la mano en la cadera y un arrogante gesto de torero, Ortega intenta irritar al tardo novillo argentino. "Dicen que yo he venido a Buenos Aires a lucirme. No hay tal. Si yo quisiera lucirme, no habría venido aquí. Esto no me interesa. Porque estoy cansado, estoy harto de lucirme. En toda mi vida no he hecho más que lucirme, y si buscara ahora lucimiento, no habría venido a Buenos Aires". Un rumor afanoso, un cuchicheo que no se atreve a escandalizarse ... ¿nos estará insultando? ¿Está uno seguro de entender el exabrupto de un hombre tan inteligente? Esperemos... Y llega el bálsamo en seguida: los argentinos son tan refinados, tan cultos, tan cosmopolitas. Sus mujeres... etc., etc.

Ese año. Ortega se repetía a si mismo con exasperante lentitud. Su frase nítida, a veces obvia, se arrastraba machaconamente hasta la conclusión prevista. Lo cual no impedía echar de menos una "taquifonía", un sistema de signos orales que permitiera transmitir un máximo de pensamientos en un tiempo mínimo. (La elucidación de esta idea poco abstru sa le llevaba diez minutos en vez de dos.) La exposición era interrumpida a veces, teatralmente, por la llegada del público retardatario. Ortega se paraba, sonreía y hacía un saludo caluroso y vivaz con el brazo. El público quedaba olvidado... aunque no, no: "Perdonad: acabo de ver a un amigo muy querido a quien hacia la mar de tiempo que no veía." En una ocasión las notas de la conferencia se traspapelan. Ortega busca y no encuentra. Pasa un minuto, minuto y medio. El público se inquieta, respira nerviosamente. Ortega, impertérrito, sonriente, levanta la mano: "¡No sufráis por mí!" Suspiros y risas de alivio en el público, mientras don José busca (o finge buscar), sin apuros, y encuentra al fin. El sobra, saborea su dominio sobre el público, sobre ese traspiés tal vez inventado: es el torero que siente la obediencia del toro en la cornada que se cree ataque, es un domador, es el metteur en scène de su propio talento, el escenógrafo que conoce bien los gustos de un auditorio, y sobre todo sus debilidades. Como filósofo, Ortega tenía una actitud frívola ante la realidad, pero en tanto que gozador, en tanto que hombre de poder y de apetitos mundanales, sus raíces se hundían profundamente en lo real.

El dependía, ante todo, de ese público de carne y hueso a quien hablaba, y hasta sus libros más meditados —como La rebelión de las masas— están mechados de súbitas y espectaculares referencias del autor a sus lectores. Necesitaba confrontar sus palabras con las caras de quienes lo escuchaban, ver los ojos que brillan de comprensión repentina, la atención fervorosa de minorías multitudinarias. Lo cierto es que no escribía para el estudioso serio y olvidado de su propia persona. Escribía para esa encantadora juventud de las clases altas, que busca la cultura para embellecerse, que espera que el placer acompañe todas sus actividades, y que a un manual de filosofía prefiere la prosa tersa y narcisista de un autor que está en perpetua actitud teatral de inteligencia. Ortega tiene el arte insuperable de lograr que los secretos del mundo, revelados por él, sean sentidos por el lector como los secretos de su propia hondura intelectual. El nunca pudo escribir esa gran obra, la coronación de sus esfuerzos, que tantas veces prometió. Las mismas razones que lo convertían en un extraordinario didacta, le impedían realizar una obra de largo aliento. Intensamente consciente de la "cosa inteligente" que estaba por decir, el primero en admirarla, tenía que ponerla en una bandeja y prender la luz para que todos la vieran. De ahí esa fruición en el ejercicio del pensamiento, ese deleite que se contagia al lector y vuelve a sus libros tan apetecibles. De ahí también que fuera incapaz de entregarse a una disertación filosófica fluida y auténtica, a una progresión sostenida de pensamiento:¿Cómo iba Ortega a amontonar riquezas y dárnoslas? ¿Cómo podía él dejar pasar esas dos o tres ideas de sus ensayos sin circundar a cada una de la apropiada iluminación de las candilejas? Que Bergson o Cheler tiren sus riquezas a manos llenas, poseídos por ese demonio del intelecto que enceguece los ojos de la carne y no deja ver lo que está delante. El no es un profesor francés mal vestido ni un alemán de gestos zafios, que hace reír a las damas en los salones: es un hombre galante dotado de un gran cerebro filosófico. Es un hombre atento a la vida que sabe dosificar sus dones y medir sus maneras. Y sin duda le faltaba esa ingenuidad del hombre espiritual, que se sumerge en el tema que lo ocupa y se cierra a todo lo demás. Ortega tenía orgullo de su falta de candor, y en esto —como siempre— se equivocaba. No se puede dar gato por liebre todo el tiempo y a todo el mundo. Por ejemplo: si él tiene poco que decir, se las arregla para convencernos de que ha de mostrar —hoy y en esta ocasión— una parte minúscula de lo mucho que tiene que darnos. Lo poco que nos da, lo da en medio de recomendaciones y generosamente valorizado. Si es perogrullesco, lo es por cortesía al lector o por razones didácticas, no por limitación personal. Los descubrimientos son anunciados: "considerar esta idea"; "reflexionad sobre este tremendo concepto"; "este pensamiento no entró, que yo sepa, en ninguna cabeza hasta ahora", etc., etc.

A cada momento insiste Ortega en In novedad y la deliciosa modernidad de sus propias ideas. En esto participaba del estilo general de la primera posguerra, obsesionada por la moda. Europa descubre el jazz, el arte negro se desnuda en las playas, su jeunesse dorée practica un libertinaje elegante con gracia no siempre espontánea. Hasta los que ya no son jóvenes procuran escandalizar a la gente ñoña con su rutilante modernismo. Un viaje en avión, el cigarrillo que una mujer fuma en público, se convierten en actividades desafiantes y deliberadamente juveniles. Este es el ambiente en que surge La Revista de Occidente, que se llama a sí misma "la revista menos provinciana de Europa", perjudicando así, de hecho, lo que trata de alcanzar la palabra.

Las contradicciones lógicas de la obra de Ortega y Gasset, tan sometida a las influencias en boga, han sido señaladas alguna que otra vez. ¿Tiene esto importancia? Los espíritus más grandes están llenos de contradicciones. Lo malo es que Ortega se quejaba de ser incomprendido y al mismo tiempo tenía vital interés en que esto ocurriera. Racionalista, perspectivista, existencialista. relativista, realista, kantiano, vitalista... ¿qué revelan estas posturas sucesivas, a veces simultáneas, no siempre incompatibles? ¿La confusión o la riqueza intelectual? Sólo unos ojos de miope pueden ver a Ortega: el contorno de sus ¡deas, agrandado y muy nítido de cerca, se transforma en una nube cuando nos alejamos para abarcar el conjunto. Lo cierto es que él no tenía idea de nada y podía producir ideas a propósito de todo. El mundo es caos y conviene que así sea para que yo pueda lucirme con los juguetes que construyo. Es lógico que Ortega haya tenido simpatías por el nihilismo nazi (sin comprometerse, claro está) y haya despreciado en el catolicismo franquista su parte de fidelidad: el obtuso amor al pasado de España. La mente de Ortega es tabula rasa; su corazón, un desierto: él sólo entiende de poder y de soberbia. En uno de sus primeros ensayos hay una frase que traiciona su concepción secreta del hombre, una frase que sobrecoge por su insondable bestialidad: "En el momento en que seamos sinceros se erguirá en nosotros el gorila y reclamará sus derechos perentorios: sólo a fuerza de ficciones y fantasmagorías le mantendremos encadenado." (Mocedades, pág. 57). Esta luminosa grosería explica, entre otros cosas, la cursilería delirante de tantas páginas de Ortega y Gasset, las "filigranas" de Conversación en el golf y Musicalía, las "sutilezas" de Estudios sobre el amor, los malos humores de Buenos Aires en 1939. las reticencias durante la guerra civil: el gorila se escondía tras las fantasmagorías y las ficciones, pero el gorila se enfurecía unas veces, se asustaba otras, y sus robustas emociones traslucían bajo la tenue piel del hombre —ese ser destinado a la transparencia—.

 

Patricio Canto
Gaceta Literaria Nº 4 - mayo de 1956

Gentileza de Razón y Revolución - Centro de Estudios e Investigación en Ciencias Sociales
http://www.razonyrevolucion.org/ceics/GACETA1/gaceta/GL4.pdf (versión en .pdf)
Digitalizado como texto word, y procesado como htm, por el editor de Letras Uruguay

 

Nota del editor de Letras Uruguay: Los textos elaborados por prestigiosos escritores, periodista cultural, en este caso, permiten adosarle otros materiales para mayor conocimiento del tema tratado. En esta oportunidad son videos y audios disponibles en la web. Twitter @echinope

 

Creadores del siglo XX - José Ortega y Gasset, la filosofía como acción política
56:53 18 jun 2006


Documental sobre las dos vocaciones de Ortega, la filosófica y la política, siempre con la preocupación de encontrar una fórmula para transformar y modernizar España. El gran filosofo de la razón vital, el autor de La rebelión de las masas y La España invertebrada, aparece reflejado a través de sus propios textos y de la valoración de filósofos e historiadores que se acercan a su vida y obra.

'Fin de siglo': Ortega y Gasset - 29 ene 1999 - Audio

Programa dedicado al filósofo José Ortega y Gasset, uno de los grandes exponentes del pensamiento español del siglo XX.

Polvo eres - Ortega y Gasset - 12 abr 2010 - Audio

En 2010 se cumplen 55 años de la muerte del filósofo José Ortega y Gasset. Su funeral estuvo vigilado de cerca por el Régimen franquista, mientras los universitarios organizaban su propio homenaje laico.

130 años del nacimiento de Ortega y Gasset

 

 

 

 

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