El papelote azul
Por: Álvaro Cálix

Desde el puente,

ya el día nuevo y la labor.

Me arrebata la mañana los pasos descalzos

y los ojos con sueño aún.

¡Soy un niño y a veces lo olvido!,

lo recuerdo a veces:

reminiscencia de juguetes en las tiendas

y volar de papelotes en noviembre.

 

Desde el puente me asomo a la hondonada,

el famélico espectro del río y sus áridas márgenes;

me veo en el espejo de las aguas,

aguas turbias y espesas,

reflejo de mis sueños y del quién sabe destino.

 

Alzo la mirada,

y encuentro la plaza y su iglesia

con la aureola de las aves negras,

aves de la ciudad enferma que rondan  su carroña.

 

Soy tan parte de esto...

que nadie se percata de mí,

ni los apretados transeúntes

ni los fieles de la misa dominical.

 

Tengo el color del barro,

y el sol se incendia en mi espalda desnuda.

Voy y vengo por estas calles como peregrino del alba,

ando en busca del mendrugo,

en pos de la migaja que cae del cielo,

del cielo gris que es mi yugo.

 

 

Soy huérfano de padres

pero más lo soy de la vida.

Mi nombre no es sino un número

que se pierde en estas calles de tedio,

en las que discurre mi tiempo, donde inevitablemente

-y así lo esperan ellos-,

tengo que perecer por el bien de la patria

y de los “hijos de su riqueza”.

 

Por de pronto,

desde aquí del puente volaré con mi fantasía,

lejos, hasta el confín en el que se pierde el cometa,

el que escapó de mis manos y ahora los cielos remonta,

tan libre como mi conciencia, tan ligero como la libertad,

allende de los hombres de saco y corbata

y de su entorno de humo y comedia.

             

¡Soy un niño y a veces lo olvido!,

sin embargo, aún tengo la sonrisa que me delata,

frágil inocencia que el llanto abreva

y al arco iris me muestra,

el que no todos ven,

tan solo...

los que entienden mi lamento,

los que divisan en el cielo la estela blanca

del papelote azul que llevóse mi alma.

 

 La calle fue mi cuna

y serán mañana, sus frías baldosas, mi lápida.

Junto a mí, otros miles,

salpicamos esta ciudad de miedo.

Desde el puente elevo mi silenciosa queja...

¿alguien allá... me escucha?

Álvaro Cálix

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