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El cerebro es un colibrí cuántico


poema de Miriam Cairo
cairo367@hotmail.com 

 
 

El cerebro es un colibrí.

El cerebro es un receptor cuántico.

El cerebro es un pez de aguas profundas, forzado a vivir en la llanura, deseoso de volar.

El cerebro es un pájaro que quiere amor, amor compartido y cuando ya no sabe cómo alimentar su deseo, con el pico desgarra su propia carne nacarada y se la da de comer a las crías hambrientas de su imaginación.

El cerebro late como un corazón cuántico.

Todo comienza cuando el cerebro sale, por primera vez, como la viajera de un solo viaje.

Todos los viajes el viaje.

El cerebro festeja bajo la curva de un paréntesis y mira el interior del mundo.

Espía por la cerradura.

Encuentra insectos luminosos.

Encuentra un mundo adentro de otro mundo.

Lo que siente lo deja estremecido.

Si al cerrar los ojos no viera ese placer, se aterraría.

Con los pies en el suelo, señala más allá.

Señala el trópico.

Señala el iris blanco.

El cerebro toma el timón y queda el mundo boca arriba.

Naufraga Newton en su arca de Noé por los mares de la luna.

El corazón del átomo y el ensueño de las partículas son invisibles a los ojos.

El comportamiento.

En el mundo de los átomos y de la poesía siempre existe una incertidumbre que no puede ser superada.

El cerebro se pone la mano en el corazón.

Siente que está en celo.

El perfume del aire es cada vez más urgente.

Los humanos del mundo fornican como perros.

Hay un vaivén de juncos, de barcos, de cometas.

El cerebro entra y sale del mundo como un visitador indeciso.

Los fornicadores, como visitadores indecisos, indecisos, fuertemente indecisos, cada vez más indecisos, hasta que entran por fin, definitivamente, y se quedan allí dentro, fláccidos, rendidos.

Es una enfermedad del cerebro.

Los visitadores usan como termómetros los dedos.

El mundo es un asno que se alimenta de gramilla celeste.

El cerebro mete el dedo, sin dolor, en el ojo ulterior del universo.

Revuelve el cosmos.

La luna le acerca el pezón.

El cerebro es una cría que mama con devoción sin dejar de revolver el orificio del celeste.

El cosmos se pone en cuatro patas.

La luna no tiene miedo.

Al mundo no le importa nada.

El asno corcovea.

La luna sentada sobre el arpón del cerebro parece una estrella.

Newton saca la caña de pescar. Newton tiene miedo.

El cerebro es un semental.

La luna da a luz pequeños niños errantes que llevan en cada mano una flor, un durazno estelar, un verbo nuevo.

El cerebro es un pescador cuántico.

Mallarmé lanza los dados.

La bomba atómica nunca abolirá el azar.

Entra el cerebro como odalisca en el harem del tiempo.

La más mínima partícula del universo comprende que sería una torpeza no romper el velo y dejar que se derrame el polvo desnudo de la estrella desnuda.

El cerebro es un trapecista apto para saltar desde un átomo hasta el espejismo; desde una molécula hasta la esperanza.

El cerebro está harto del cliché de la dopamina.

Para los fotones es un hecho comprobado que los seres no están firmemente ligados a la realidad, como a otras sustancias.

Los fotones necesitan de una poética cuántica.

El cerebro caracol desata el pensamiento, pica con su aguijón, magnifica el desorden.

El caracol cuántico se excita ante todas las excepciones de la imaginación: le hace cuco a la metralleta lógica del uno más uno, dos más dos, y la metralleta lógica, muerta de miedo, dispara a mansalva, mata las mariposas, mata los caracoles, mata los poetas, para que no prospere el signo de interrogación.

El cerebro caracol es sensible a los estragos y a los besos.

El cerebro caracol se hace fuerte con los estragos y con los besos.

La metralleta lógica fumiga la gramilla celeste para que crezca la soja de la razón. Pa, pa, pa, pa, salen los proyectiles mata﷓gramilla﷓celeste.

Y el cerebro, que es un saltimbanqui cuántico, al ritmo de las balas inventa la danza del colibrí.

Mallarmé bate palmas.

Newton asa sus sardinas.

Noé reza.

La poesía canta.

 

por Miriam Cairo
cairo367@hotmail.com 
Originalmente en Página12 (Rosario) 

Sábado, 13 de febrero de 2016
Link a la nota: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-53255-2016-02-13.html

Autorizado por la autora

 

Los Colibries Preciosos mensajeros documentales

Los troquilinos (Trochilinae) son una subfamilia de aves apodiformes de la familia Trochilidae, conocidas comúnmente como colibríes, quindes, tucusitos, picaflores, chupamirtos, chuparrosas, huitsitsili (idioma nahuatl), mainumby (idioma guaraní) o guanumby. Conjuntamente con las ermitas, que pertenecen a la subfamilia Phaethornithinae, conforman la familia Trochilidae que, en la sistemática de Charles Sibley, se clasifica en un orden propio: Trochiliformes, independiente de los vencejos del orden Apodiformes. La subfamilia Trochilinae incluye más de 100 géneros que comprenden un total de 330 a 340 especies.

Estos pájaros son originarios del continente americano. Antaño se les mató por miles a fin de decorar los sombreros femeninos,1 lo que posiblemente llevó al exterminio de varias especies.2

Los colibríes están entre los pájaros más pequeños que existen. La especie de tamaño más reducido es el colibrí zunzuncito o elfo de las abejas (Mellisuga helenae), que con su pico y cola mide apenas unos 5,5 centímetros, exclusivo de Cuba.3 La especie más grande, el llamado colibrí gigante (Patagona gigas), mide unos 25 cm. La mayoría de los colibríes presenta un plumaje muy colorido, generalmente de color verde metálico. El cuello de los machos es frecuentemente rojo brillante, azul o verde esmeralda. Una característica especial de los colibríes es el pico, que diverge casi siempre de especie en especie. El colibrí pico espada (Ensifera ensifera), por ejemplo, tiene un pico casi tan largo como el cuerpo, de unos 10 cm de longitud.

 

 

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