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Dijo: vuela |
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I Todos
tenemos predisposición al horror y a la belleza. Sin ellos el rumor de la
vida no se alza. II Mi
cuerpo no tiene un lugar siempre. No es una mano, más un cuello, más
otra mano, más la cintura. Suelo sentirlo como un latido y entonces me
digo que no voy a escribir más. A veces ninguna piel lo protege y es
preciso que las palabras lo ayuden a cicatrizar. Pero tampoco lo que
pienso es un lugar seguro.
Mi
cuerpo no tiene el mismo tamaño siempre. Puede ocultarse bajo el paladar
de un dios. No necesita sepultura. Puede bajar la cabeza para no chocar la
luna. Además, es múltiple aunque siga siendo uno.
A
veces mi cuerpo no es otra cosa más que la necesidad de volcarse. No mide
nada. Sale de sí con imprudencia.
También
se comprime como un significado y es posible que yo no esté de acuerdo
pero él alarga los dedos y escribe sus palabras sin importarle más.
Mi cuerpo va de un mar a otro, de un viento a otro, de un poema a otro. Va de boca en boca como un aire respirado con desesperación. Yo no me ahogo. Mi
cuerpo suele ser una terrible cosa verdadera. Fuera de él nada existe.
A veces se comporta como un morir. A veces la vida le llega en eco. |
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Mi
cuerpo suele ser también lo abrupto. Lo derretido. Lo contrario. Lo que
viene de todo venir. Lo que crece a la sombra de un sueño. III Ojos
de musgo, mirada de sombra. Detrás
del sueño ves el vuelo y la caída. Detrás
de lo perdido encuentras. No
hables todavía, no
hay ningún silencio por romper. IV Estos
poemas están llenos de rumores. Parece que vinieran de los huecos y de
las piedras. Percibo risas y quejidos. Por momentos dejo de pensar y sólo
escucho. Hay espacios en los que me llega el bullicio de una fiesta y me
acerco a ver cómo los pájaros serios pueden divertirse. Luego dejo de
verlos allí y los encuentro
en palabras desoladas. Dicen que los pájaros se cansan de estar alegres. Estos
poemas están llenos de perros y de ecos. Ya no me espantan. Están lleno
de gatos y avenidas. Ya no me pierdo. Pero no es mucha la gente que los
habita. Creo que sus voces salen de mis hendiduras y de las hendiduras del
silencio. Yo reconozco cada uno de sus quejidos y escribo lo que callan.
Aquí mismo, por ejemplo, encontré un grupo de mujeres. Una se me acercó
y me trajo clamores muy recientes. Si la hubieran escuchado suspirar
ustedes mismos la habrían reconocido, pero quiso marcharse y la dejé. En
estos poemas hay cosas por
venir. Si no vienen hoy vendrán cualquier otro día. Están llenos de
pasos y de sombras. Por todos los rincones brotan. V Seamos
honestos: no es preciso batir alas para ascender. No es preciso ser reales
para existir. VI En
las cosas acomodo mi vida
pensativa sin que yo deje de ser también, en mí misma, un lugar. Y no es
que el mundo me apremie, me expulse, me instigue a una consecuencia de
viento, de maraña, de autor. Sino que ya no creo que haya distancia entre
lo que es y lo que no es. Tampoco hay tiempo, ni duración, ni tamaño. Lo
único que veo es poesía. VII Cuando
no hablo. Cuando no digo nada y el silencio de la noche me proyecta como
una sombra. Cuando me quedo sin ojos para volverme ciega y me consumo en
iluminaciones y en oscuridad, escribo con la cabeza llena de proporciones,
llena de imaginación para encontrarme. Cuando
yo hablo con mi cuerpo, con mi noche, con mi soledad, no sólo las
palabras hacen sonar sus huesos. Los perros de la calle se hacen escuchar.
La agonía de los ausentes se hace escuchar. Las grietas de los muros y
las bestias desolladas se hacen escuchar. Cuando
cubro con las manos mi hendidura, cubro para alguien mi soledad.
Cubro los pájaros. Cubro los vientos. Cubro la vida que se
aleja tan suavemente. VIII La
frontera entre el girasol y la abeja se mide en un delgado hilo de libación. IX Todo
empezó como una ocurrencia. Perros, lobos en estado de indefensión,
jabalíes, se echaron entre mis piernas. La noche inmóvil como un
cadáver se echó entre mis piernas. Los libreros que dejaban amarillear
libros en el sótano se echaron entre mis piernas. Pero yo no resigné mi
vida solitaria por una vida literaria: me corté las piernas. X Dijo:
mata. Dijo:
vuela. Dijo:
ciñe. Dijo: aquel día existió. Aquellos pinos te nombraron. |
por Miriam Cairo
cairo367@hotmail.com
Originalmente en Página12 (Rosario)
Miércoles 6 de abril de 2005
Link a la nota: http://www.rosario-12.com.ar/2005/04/26/index.htm
Autorizado por la autora
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