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Un medallón para Osiris, de Carlos Schlaen (Amauta, Buenos Aires, 2012, 128 páginas)
por Germán Cáceres

En el acto de presentación del libro, Carlos Schlaen comentó que se vio obligado a imaginar a una detective, Jose –sin acento- Zack, en respuesta al desafío de una pequeña alumna que le preguntó por qué siempre hacía a los héroes varones: “¿no podía alguna vez ser una mujer?” Con suma convicción, Schlaen le contestó que, por supuesto, sólo conocía la conducta de los hombres. Y la alumna le replicó: “Sin embargo, Agatha Christie era mujer y creó un detective masculino”. Entonces el escritor –sin duda un temerario- aceptó el reto.

Y salió airoso.

En todo momento el lector tiene de Jose Zack la imagen de una mujer, sin necesidad de recurrir a la bella figura que dibujó el autor, a la vez ilustrador del libro. Ella es una joven que estudia en las oficinas abandonadas de la Agencia de Detectives Osiris, de propiedad de su padre, que se retiró a vivir a una chacra en Mendoza. El costado femenino de la protagonista se acentúa al contar con una “amiga del alma”: Valeria. Un dato simpático es que ambas se desviven por comer desaforadamente.

Se trata de una novela policial muy bien urdida que por momentos insinúa rozar lo fantástico. Jose debe viajar a Nueva York a pedido de su cliente, un tipo misterioso que parece un fantasma, y en esa ciudad, en la que ella permanece sólo unos días, ocurren dos asesinatos. Al regresar, su departamento es revisado –o destrozado- por unos desconocidos que buscan un medallón cuya importancia se ignora, y se suceden un sinnúmero de vaivenes y giros de la acción. Con suma precisión y cuidado, Schlaen logra hacer encajar todos los hechos dispersos que parecía imposible relacionar. Un medallón para Osiris es una narración ágil, ingeniosa, con ritmo, escrita en la primera persona de Jose, quien no ahorra comentarios burlones acerca de todo. A intervalos una sorpresa  o una cuota de suspenso deslizada al final de algún capítulo se encargan de dinamizar el relato.

La prosa es rica, trabajada, de gran vuelo poético por sus imágenes y sugerencias (“Era un aire pegajoso, cargado de fragancias maceradas por generaciones de malvones marchitos, jazmines pretéritos, glicinas tardías y otras variedades desconocidas para mi nariz urbana.”) Por otra parte, las descripciones de personajes son acertadas y desopilantes (“Un gordo, dividido en dos por un cinturón que se desesperaba por afirmar su identidad sobre una inexistente cintura, apareció en el centro de la escena. “/“Le hice señas al flaco para que me trajera un café, pero fue inútil, no me vio. Lo que estaba allí era sólo un envase. Su mente lo había abandonado  y flotaba a la deriva en un blues nostálgico como un tango.”)

Carlos Schlaen es un ilustrador influido por la estética de la historieta, circunstancia que se puede apreciar en la síntesis de su dibujo, en sus negros plenos contrastados por blancos surcados por rayas y, sobre todo, en la página digna de una viñeta que, a través de una picada (enfoque desde arriba hacia abajo), muestra a Jose durmiendo en la cama mientras Valeria trabaja en la computadora.

Esta atrapante historia puede disfrutarla cualquier lector, sin importar su edad. Además, resulta gratificante apreciar tanto su calidad literaria como su valor gráfico.

Carlos Schlaen

 

Germán Cáceres

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