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Todo lo que hay, de James Salter (Salamandra, Barcelona, 2015, 384 páginas) - por Germán Cáceres

 

James Salter nació en Nueva York, en 1925, y publicó (entre otras) las novelas Pilotos de caza, Juego y distracción, Años luz, En solitario, los relatos de Anochecer y La última noche, y las memorias Quemar los días. Obtuvo numerosos premios, entre ellos el PEN/Faulkner, 1989; el Hadada, 2011; el PEN/Malamud, 2012, y el Windham Campbell, 2013.

Publicó Todo lo que hay después de treinta y cinco años de que apareciera su anterior libro. Es una obra mayor, extraordinaria, y sobre todo querible porque se sienten a sus personajes vívidos y cercanos. Se puede incluir dentro del realismo, pero sin embargo tiene un toque contemporáneo porque los secundarios en muchos capítulos adquieren papeles protagónicos y el autor les hace contar la historia. Además, hay escenas que se suceden como producto de un montaje cinematográfico veloz.

La novela tiene lugar después de finalizada la Segunda Guerra Mundial. El primer capítulo deslumbra con la descripción de una batalla naval cerca de Okinawa (Japón).

El protagonista es Philip Bowman, empleado como editor en una pequeña pero prestigiosa editorial neoyorquina. Su vida amorosa pasa por varios sinsabores, como dos matrimonios frustrados y algunos romances exultantes aunque de corta duración.

En las páginas de la novela desfila un pelotón de editores, escritores, periodistas, propietarios de editoriales: una bohemia adinerada que gusta de la sofisticación y el desprejuicio. El adulterio, la infidelidad y el abuso de alcohol forman parte de la aceptada cotidianeidad. También un actitud egoísta y brutalmente individualista. Los personajes solo puede pueden sostener relaciones superficiales, nada profundas ni sólidas. No llegan a conocer el amor.

La melancolía suele invadir la historia porque Bowman no ha logrado construir una vida feliz, sino apenas satisfactoria. Sin embargo, hacia el final, y con suma sutileza, piensa maduramente que su muerte está cada vez más cerca y no le teme.

Salter posee una prosa clara, serena y respira oficio (“De algún modo su rostro parecía inacabado: rasgos ardientes, una boca que no anhelaba la sonrisa, una cara magnética donde Dios había impreso la respuesta más sencilla ante la vida”.)

La traducción de Eduardo Jordá es excelente, pero utiliza un vocabulario propio del habla de España.

 

Germán Cáceres
germanc4@yahoo.com.ar

 

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