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El horizonte, de Patrick Modiano (Anagrama, Barcelona, 2010, 160 páginas)
por Germán Cáceres

Patrick Modiano (Boulougne-Billancourt, 1945) es uno de los escritores franceses más prestigiosos de la actualidad y ha recibido numerosos premios.

En esta novela desarrolla una prosa cristalina, con frases cortas que fluyen con la magia propia del agua de manantial. Su mundo y su sensibilidad son muy particulares, plenos de connotaciones y sutilezas. La realidad que registra es totalmente brumosa e inasible: de tanto en tanto aparecen tenues fragmentos que resultan difíciles de relacionar. Como si los actos humanos no tuvieran sentido y cayeran en el olvido o navegaran para siempre a través del tiempo: “Lo que pasó una vez se repite hasta el infinito”. Mientras el objetivismo (Nathalie Sarraute y Alain Robbe-Grillet, entre otros) afirmaba que era imposible acceder tanto a la realidad como a la psicología de las personas, Modiano opta por representar a aquella como un fenómeno fantasmagórico, y, para que no se esfume por completo, el protagonista, Jean Bosmans, no cesa de mencionar calles, cafés y bistrós de París.

La memoria de Bosmans es imprecisa, esquiva y poco fiable. Se refiere a un tiempo circular, en el que los recuerdos sobre su juventud son vagos y difusos, cercanos a simples fantasías.

Cuando el autor se centra en Margaret Le Coz, la amiga de Bosmans, el registro da una vuelta de tuerca: la ambigüedad se desliza hacia la orientación que ella impone a su vida, en la que es seguida implacablemente por un presunto admirador, Boyaval, del que nada se sabe, y que la acosa desde Suiza hasta Francia sólo para solicitarle una mínima cita.

Bosmans se conecta también con otras personas (la extravagante familia Ferne, la insólita pareja formada por el doctor André Poutrel e Yvonne Gaucher, y una señora que lo aterroriza pidiéndole dinero –según  el registro civil es su madre-, siempre acompañada por un aparente ex sacerdote que lo mira con sumo desprecio), pero se tiene la impresión que todos ellas pudieron ser parte de una alucinación, ya que el protagonista sólo evoca zonas penumbrosas y huidizas del pasado (“encuentros sin futuro, como en un tren nocturno”). Mientras la narración zigzaguea y evade la linealidad,  los personajes se muestran como seres solitarios, dominados por la incertidumbre y las sensaciones engañosas.

Durante treinta años, Bosmans pierde el rastro de Margaret, pero al final de la novela se encamina hacia una librería de Berlín en donde tal vez la encuentre. Como si todavía existiera una esperanza:”Aquellas noches, las calles desiertas y silenciosas del barrio eran líneas de fuga que desembocaban todas en el porvenir y en EL HORIZONTE”.

La traducción de María Teresa Gallego Urrutia es impecable.

Germán Cáceres

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