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En tierras bajas, de Herta Müller (Punto de Lectura, Buenos Aires, 2010, 192 páginas)
por Germán Cáceres

Es el primer libro publicado por esta escritora que nació en Nitzkydorf, Rumania, en 1953 —desciende de suabos que emigraron a su país—,  pero escribe en lengua alemana. En 1987 se exilió en Berlín huyendo del régimen de Ceausescu (cuya política independiente de la URSS le valió el aliento del bloque occidental); su padre se incorporó durante la Segunda Guerra Mundial a las SS nazis y su madre padeció cinco años de cautiverio en un campamento de trabajo soviético.

En tierras bajas, de 1984, es una colección de relatos narrados por una niña asediada por ensoñaciones. Están ambientados en la zona rural donde Müller pasó la infancia y reflejan en cuerpo y alma sus íntimas vivencias. El primero, “La oración fúnebre”, puede entenderse como una sucesión de imágenes de la pesadilla que sufre la protagonista, en la cual hay muertos, violaciones y extrema sordidez, que anticipa la temática de los demás cuentos, quince en total.

Por ejemplo, en “El baño suabo”, una familia se lava en una bañera en cuya agua van dejando los fideos que tenían pegados a sus cuerpos. En “Mi familia”, una niña relata que “La otra gente dice que mi madre es hija de otro hombre y  mi tío es hijo de otro hombre, pero no del mismo hombre, sino de otro”. El absurdo (“Día laborable”), la fantasmagoría (“La crencha alemana  y el bigote alemán”) y una tónica surreal toman protagonismo mostrando situaciones enrarecidas pese a su cotidianeidad (“Papá, mamá y el pequeño”, “El coche de línea”; “Los barrenderos”, “El parque negro”). Hay una tono sumamente irónico en “Crónica del pueblo”, en donde se reitera el sentido de una oración dando explicaciones que apelan a sinónimos obvios.

Pero el aspecto que más llama la atención en la autora es su dominio del lenguaje literario, que se manifiesta en la inspirada musicalidad de su firme y suelta prosa poética (”Los barrenderos hacen un montón con las estrellas, las barren en sus palas y las vacían en el canal”). Con sus párrafos breves y un vocabulario riquísimo, su estilo toma vuelo en “Tango opresivo”, y no abandona esa exquisitez cuando en “Peras podridas” narra con crudeza descarnada el arribo de una familia a un pueblo, en el cual consideran que es propio de su naturaleza que los hombres beban.

Enlazan sus textos un cierto panteísmo alrededor de la temática rural, como se expone en “La ventana” y “El hombre de la caja de fósforos”.  

“En tierras bajas” se puede calificar como nouvelle (107 páginas), cuya escritura concisa se torna caudalosa y visceral, abundante en prosopopeyas (“las flores de escarcha devoran sus propios pétalos, te miran como ojos lechosos, ciegos”), y es propia de una documentalista por el detallismo de los paisajes que registra, los cuales, a tramos, adquieren tonalidades lunares. Sus descripciones comprenden la llanura rumana, la cría de animales, los trabajos agrícolas, el pueblo, la granja, los valles, los bosques, las huertas y los sucesos sencillos de la vida cotidiana. Y las privaciones provocan que la muerte sea una amenaza permanente (“Y dicen que el recién muerto cuida el cementerio hasta que muere el siguiente”). En esa misma frecuencia, el retrato de la mujer campesina es feroz: “El bigote les crece con la edad, por sus fosas nasales y sus verrugas asoman los pelos. Son velludas y no tienen senos. Y cuando terminan de envejecer, parecen hombres y se deciden a morir”.

Se trata de personajes muy tristes, que soportan una vida dura y primitiva, en medio de las carencias de sus viviendas que conducen irremediablemente a la falta de higiene (“Durante el día el orinal se quedaba bajo el taburete, entre las camas del matrimonio. Lo dejaban tapado por un periódico, y aunque no se veía, uno lo olía al entrar en la habitación”). El pueblo está compuesto por familias mal avenidas, con padres autoritarios que se no se llevan bien y maltratan a sus hijos. Los campesinos, además, desarrollan costumbres brutales, lindantes con el salvajismo, como por ejemplo el sacrificio de los patos: “el cuchillo penetra en la vena más gruesa y la incisión se alarga y amplía siempre más. La sangre brota a borbotones y gotea, cayendo en una cubeta blanca”.

No puede dejar de mencionarse la espléndida y solvente traducción de Juan José Solar.

Herta Müller ganó el Premio Nobel de Literatura 2009. Entre sus obras traducidas al español, además de este libro, se cuentan: El hombre es un gran faisán en el mundo, La piel del zorro y La bestia del corazón.

Germán Cáceres

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