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El mapa y el territorio, de Michel Houellebecq, (Editorial Anagrama, Barcelona, 2011, 384 páginas)
por Germán Cáceres

Este autor francés nacido en 1958 ha ganado con esta novela el prestigioso Premio Goncourt 2010. En ella comenta la sofisticación que envuelve el mundo del arte actual. También refiere que ese esnobismo se ramifica hacia los restaurantes refinados, el vestir a la moda con prendas de marca y el consumir comidas gourmet acompañadas de bebidas carísimas. Para ello recurre a minuciosas descripciones -como si fuera un cultor del objetivismo- y utiliza un amplio y variado vocabulario.

Al principio Jed Martin, el protagonista, es fotógrafo, luego se convierte en un pintor que retorna a la pintura de caballete y el realismo, y finalmente arriba a videogramas en los que despliega visiones de una vegetación exuberante. Sus fotos se inspiran en los mapas de la firma Michelin, y su primera exposición lleva por título “El mapa es más interesante que el territorio”. Juan Pablo Bertazza, en una nota en Ñ del 23.10.11, se refiere a Alfred Korzybski, psicólogo y lingüista norteamericano de origen polaco, responsable de la famosa frase “el mapa no es el territorio”. Y refiere una de sus afirmaciones: “Si el mapa que hacemos de la realidad y el territorio que pretende ser representado no coinciden, en algunas ocasiones todo lo que nos rodea parece una cosa y es, en realidad, otra”. Y esto conduce a la siguiente duda: ¿la producción de Jed puede considerarse arte?

Sus cuadros llevan títulos tan singulares como Bill Gates y Steve Jobs conversando sobre el futuro de la informática, El periodista Jean-Pierre Pernaut animando una conferencia de redacción, Michel Houellebecq, escritor. El protagonista sigue las pautas marketineras que le aconsejan los promotores, y el autor –que se introduce como personaje- no las desaprovecha y menciona sus libros. Tanto en éste como en Jed se manifiesta una sumisión al poder del dinero y el consumismo. Franz, un galerista, sostiene que “...desde hace mucho el mercado del arte está dominado por los hombres de negocios más ricos del planeta (...) estamos en un punto en que el éxito en términos comerciales justifica y valida lo que sea, sustituye todas las teorías, nadie es capaz de ver más allá, absolutamente nadie”. O sea, como se afirma en muchos ámbitos, ahora la valoración de un libro o de una obra de arte no depende de las academias o de los críticos, sino sencillamente del mercado.

En definitiva, la novela muestra cómo la vida ha sido reducida a un economicismo exacerbado y la especulación no sólo se ocupa de los instrumentos financieros, sino que ha invadido las transacciones inmobiliarias, los precios de las materias primas y de los alimentos y tiraniza las artes plásticas. Houellebecq parece alinearse con los cineastas alemanes Alexander Kluge y Harum Farocki, que de alguna manera en sus filmes Noticias de la antigüedad ideológica: Marx-Eisenstein-El Capital (2008) y Naturaleza muerta (1997), respectivamente, adhieren a las proposiciones marxistas acerca del fetichismo de la mercancía.

Pero más allá de las críticas e ironías sobre la creación artística de hoy en día, y de que en cierta forma el espíritu de la novela comparte las ideas que sobre las virtudes del artesanado expuso William Morris (1834-1896), es evidente que El mapa y el territorio aprueba el arte contemporáneo, de allí el respeto con que Jed se refiere al expresionismo abstracto de Jackson Pollock, al activismo vienés y a la plastinación de Von Hagens. El crítico Arthur Danto alude  a “la muerte del arte” y otros teóricos sugieren que, en la presente coyuntura, el artista, en lugar de buscar la belleza, intenta expresar la terrible incertidumbre que acosa nuestro paso por el planeta.

A partir de la tercera parte, donde sorpresivamente Houellebecq es asesinado en forma brutal, la  novela da un giro hacia un género policial nada convencional, e introduce al comisario Jasselin y a su ayudante Ferber, que están alejados de la pomposa frivolidad que abruma el universo de Jed. Aquí se vislumbra la influencia de Roberto Bolaño y su procedimiento de abrir en las novelas nuevas rutas de ficción e incluir en ellas a los mismos personajes, algunas veces como simples secundarios.

Se percibe un fuerte escepticismo en los protagonistas de la novela, pues Jed y su padre desgranan reflexiones amargas: “...ya no creía que se pudiese tener amigos, que esta relación de amistad pudiera tener verdadera importancia en la vida de un hombre”/”En general, la vida humana es poca cosa, puede resumirse en un número restringido de acontecimientos”. Ambos consideran que la profesión y el trabajo son los nervios motores de la existencia. Y el texto exhibe una sociedad francesa deshumanizada, en la cual la cosificación del hombre resulta alarmante. En suma, la narración respira tristeza porque tras esas vidas aparentemente espléndidas se oculta una profunda melancolía y un desamor  que impide formar sólidos vínculos entre las personas. Hay también en Houellebecq una preocupación obsesiva por la muerte, a tal punto que describe su asesinato como “jirones de carne dispersos por el suelo de la sala”.

Michel Houellebecq

La prosa del autor es concisa y austera, pero de gran precisión y belleza, a la vez que está poblada de agudas reflexiones y de innumerables referencias s escritores, a corrientes estéticas  y a artistas. Además, su escritura se destaca por ser original y cautivante, da la sensación de haber surgido espontáneamente, con prescindencia de un plan narrativo. Su deleite es posible gracias a la esmerada traducción de Jaime Zulaika.

Esta obra maestra que es El mapa y el territorio confirma a Michel Houellebecq como uno de los grandes escritores franceses contemporáneos.

Germán Cáceres

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