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El lector de Julio Verne, de Almudena Grandes (Tusquets Editores, Buenos Aires, 2012, 424 páginas)
por Germán Cáceres

Esta notable novela lleva como subtítulo “La guerrilla de Cencerro y el Trienio del Terror (Jaén, Sierra Sur, 1947-1949). Es la segunda de una serie de seis, cuyo primer volumen Inés y la alegría (2010) trata sobre la invasión al Valle de Arán (Lérida) realizada por la resistencia antifranquista en octubre de 1944. La saga, que se llama Episodios de una Guerra Interminable, según la narradora está inspirada en los Episodios Nacionales, de su admirado Benito Pérez Galdós.

El lector de Julio Verne discurre sobre los recuerdos de Nino -que en ese trienio sólo contaba entre nueve y once años- acerca del accionar guerrillero que tenía en jaque a los guardias civiles españoles en el pueblo Fuensanta de Martos, en la Sierra Sur, Jaén, Andalucía. Al final del libro una Nota de la autora explica las fuentes orales y escritas en que basó su ficción, ya que si bien la historia contada es producto de su fantasía, la misma está punteada por hechos verídicos. Uno de ellos es la presencia del mítico líder guerrillero Cencerro, así apodado durante ese período, y cuyo verdadero nombre era Tomás Villén Roldán, que murió en 1947 en Valdepeñas de Jaén.

La escritora asume sin titubeos la tradición de la novela realista decimonónica para retratar entrañablemente a los numerosos personajes que, de una u otra forma, padecieron la pesadilla del franquismo: “la regla de oro consistía en acatar la voluntad del terror, reducir la vida al mínimo y no hacer nada, no saber nada, no decir nada, mirar sin ver, escuchar sin oír, y no comprender”. Como ya es una marca de estilo en su literatura, esa cantidad de personajes puede abrumar, pero si el lector necesita volver algunas páginas hacia atrás gozará aún más de la carnadura humana que los habita.

 

Es también un homenaje a la literatura de aventuras a través de la emoción que anega a Nino leyendo las obras completas de Julio Verne, como también La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson. Pero asimismo es una apelación a la sensibilidad y a la vida interior despertada por la imaginación literaria, un arma imprescindible para soportar el horror de esos años, que tanto degradaba la condición humana (“...era una vida de mierda, una vida fea, áspera, pestilente, en la que sin embargo yo sabía vivir, porque desde que nací, no había hecho otra cosa que aprender a vivir en mi mierda de vida”.

La prosa de Almaduna Grandes opera por amplificación y hace malabarismos con sus frases extensas de períodos perfectos y colmadas de ritmo y de sonoridad. Sus descripciones de paisajes, de interiores y de personas son, además de bellas, precisas y minuciosas,. Los diálogos exhiben convicción y vigor. Y los apodos con que designa a los personajes resultan un hallazgo de simpatía y vitalidad (Saltacharquitos, Mediamujer, Pirulete, Fingenegocios, Cuelloduro, Cabezalarga, Regalito y hay muchos más). 

Almaduna Grandes

Al principio de la novela, Almudena Grandes (Madrid, 1960) exhibe el plan de sus Episodios de una Guerra Interminable con breves comentarios sobre su contenido. Como lectores no podemos menos que esperar con ansiedad la pronta aparición de los cuatro libros restantes para devorarlos con fervor.

 

Germán Cáceres
germanc4@yahoo.com.ar

 

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