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Cuentos reunidos, de William Faulkner (Alfagurara, Buenos Aires, 2010, 816 páginas)
por Germán Cáceres

William Faukner (1897-1962), que nació en New Albany y se crío en Oxford (ambas ciudades del estado de Mississippi), es uno de los mayores exponentes de las letras del siglo XX, e influyó en autores latinoamericanos como Gabriel García Márquez, Juan José Saer, Mario Vargas Llosa y, principalmente, Juan Carlos Onetti. En 1950 le fue otorgado el premio Nobel de Literatura, y se lo valora sobre todo por sus numerosas novelas, entre las que sobresalen El sonido y la furia (1929), Mientras yo agonizo (1930), ¡Absalón, Absalón! (1936), Las palmeras salvajes (1939), Intruso en el polvo (1948) y Réquiem para una mujer (1951).

Asimismo, ha escrito numerosos cuentos y, en el país, son muy conocidos los policiales agrupados bajo el título de Gambito de caballo (1949). El presente texto reúne cuarenta y dos de sus relatos, pero según el prologuista y traductor, Miguel Martínez-Lage, su obra completa dentro del género demandaría otros dos libros tan voluminosos como éste.

Estos Cuentos reunidos (1950), galardonados con el National Book Award, fueron estrictamente seleccionados y agrupados por Faulkner en seis secciones (El campo, El pueblo, La tierra inexplorada, La tierra baldía, La tierra intermedia, Allén) con el fin de obtener una unidad y una complementación entre ellos. Así, varios de sus personajes figuran en distintos cuentos y las tramas y atmósferas de éstos se entrelazan,  conformando de esta manera la totalidad propia de una novela.

En esa unidad, como aparece en la cita de Vargas Llosa de la contratapa, “…la forma es algo tan visible, tan presente en la narración, que ella hace las veces de protagonista y actúa como un personaje…” Se podría decir que su excelsa escritura (como se palpa en “Incendiar  establos”) parece filmada en cámara lenta y con sucesivas fotos fijas. O un cuadro en sombras iluminado intermitentemente por el foco de una linterna. Sus frases son largas, laberínticas, y enhebran con destreza tanto imágenes de extrema belleza, como reiteraciones y elipsis que aluden a circunstancias del entorno que rodea al hecho narrado. Faulkner emplea una estructura literaria amplificada y barroca, así como técnicas evolucionadas para articular estos relatos, y su vocabulario es vasto y preciso. Además, su tempo es moroso y rompe con la linealidad. Se aclara que la excelente traducción del nombrado Miguel Martínez-Lage está dirigida al lector español.

También la temática exhibe una visión integradora. Como en toda la obra de Faulkner, el pasado de la región sureña —o sea la Confederación derrotada en la Guerra de Secesión— es un tema omnipresente (sólo algunos cuentos: “Falla”, “Todos los pilotos muertos” y “Honor”, se sitúan en la Primera Guerra Mundial), y aunque describe la crueldad e injusticia de ese pasado, a la vez lo percibe glorioso y mítico. En “No ha de perecer” señala que: “Sus antepasados lucharon por su patria y murieron por su patria, aun cuando lucharan por un sueño y perdieran por un sueño”. Es como si el presente se nutriera de las voces y acontecimientos de la historia, que está signada por la perversión y la decadencia, como se alude en “Una rosa para Emily” y  en “Mi abuela Millard”.

Muchos de estos relatos —y la mayoría de sus novelas— están situados en el Condado de Yoknapatawpha, un territorio ficticio que tomó como modelo al de Lafayette, Mississippi. En sus descripciones revela no sólo tener un sólido conocimiento geográfico del Sur de Estados Unidos, sino, además, de sus costumbres y tareas rurales, como se evidencia en “Un tejado para la casa del Señor” y en “La melena”. También intervienen indígenas de varias tribus (chickasaw, choctaw y natchez) en “Justicia” y en “Un noviazgo”. El problema del negro y de la esclavitud se muestra en toda su crudeza en “Wash”, uno de los mejores cuentos del libro, que, según el traductor, fue reescrito para la novela ¡Absalón, Abasalón!: “Le daba la sensación de que ese mundo en el que los negros, de los que la Biblia afirmaba que fueron creados y maldecidos por Dios, condenados a ser bestias de cargas y vasallos de todos los hombres de piel blanca (…) no era sino sueño e ilusión…” 

Cuentos reunidos es una estupenda antología de un gran maestro de la literatura.

por Germán Cáceres

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