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El cuento latinoamericano
Por Germán Cáceres

Se sabe que el cuento es una narración breve y concisa, cuyo sentido circular está presidido por la unidad de acción y por un proceso de concentración de todos sus elementos. Según Anderson Imbert su historia puede rastrearse hasta cuatro mil años atrás, pero a partir del siglo XIX adquiere un desarrollo y un afán de perfección en su construcción –sobre todo de la mano de Poe- que lo erigen en uno de los géneros más bellos y renovadores de la literatura universal.

En ese crecimiento conceptual y formal, el cuento latinoamericano ocupa tal lugar de privilegio que podría afirmarse -sin caer en ninguna exageración- que sus fulgores de creatividad y belleza iluminan el panorama literario internacional, y resultaría una tarea inabarcable mencionar en esta ponencia los innumerables cuentistas que enorgullecen las letras de nuestros países.

Fernando Aínsa ha dado de él una definición hermosa: “un vistoso pájaro, digamos un pájaro barroco, encerrado en una jaula de forma geométrica (...) espléndido en su plumaje multicolor, traspasando los barrotes con su canto; ceñido, sin embargo, su libre vuelo potencial, su cuerpo vivaz e inquieto, por la forma de la jaula que lo encierra”.

Hace décadas que la crítica no duda acerca de que las etiquetas de “ismos” sólo sirven para orientar una exposición, pues las grandes obras están más allá de los encasillamientos: son mundos con vida y leyes propias que se nutren de múltiples movimientos. Por ello sólo se apelará a las escuelas literarias para sistematizar los textos citados. 

Realismo y romanticismo

En “Teoría del figurón” (1882), el brasileño Machado de Assis deslumbra con un cuento totalmente dialogado, anticipándose formalmente a lo que explorarían en el siglo XX Ernest Hemingway en “Los asesinos” (1927) y Ross MacDonald en “Tratamiento de shock” (1953). A través de los consejos que un padre da a su hijo, revela un feroz sarcasmo contra las ridículas convenciones y la vulgaridad de la época (entre aquellos sorprende: “el adjetivo es el alma del idioma, su elemento idealista y metafísico. El sustantivo es la realidad cruda y desnuda, es el naturalismo del vocabulario”). O sea, el cuento puede enmarcarse dentro del realismo que inició el argentino Esteban Echeverría con su descripción cruda y minuciosa de las faenas en “El matadero” (escrito en 1838 y publicado en 1871), aunque algunos críticos lo encuadran dentro del movimiento romántico por su fervor expresivo. Otro aporte lo da el colombiano Tomás Carrasquilla con “San Antoñito” (escrito en 1899 y publicado en 1914), un cuadro de costumbres vivaz y gracioso, cuyo sorpresivo final linda con la picaresca.

Naturalismo

El realismo dio paso al naturalismo, un movimiento que presentaba los casos clínicos de personajes sumergidos en el submundo de los vicios, sobre todo del alcohol, de la prostitución y de otros padecimientos de las clases bajas. La influencia vino de Francia, más precisamente de Emilio Zola, cuya saga de veinte novelas que concluyó en 1893 (los “Rougon-Macquart”) intentó realizar un fresco de la sociedad a través de lo que llamó la novela fisiológica, en la que señala la ascendencia de la herencia y el medio ambiente sobre el individuo. Sin embargo, esta escuela no dejaba de bregar por el mejoramiento de las precarias condiciones en que vivía la clase obrera. En “Los amores de Bentos Sagrera” (1896), el uruguayo Javier de Viana describe la barbarie escabrosa de unos hombres de campo que conversan en el transcurso de una implacable noche de tormenta.

Este alegato por los desamparados remite a los textos provenientes del grupo Boedo, que actuó en Buenos Aires entre 1920 y 1930, y del que Elías Castelnuovo –uno de sus mayores representantes junto a Álvaro Yunque, Nicolás Olivari, Leonidas Barletta, César Tiempo y Roberto Mariani-, dice que tomar “como materia prima de sus inquietudes espirituales a la clase trabajadora, no se debió puramente a una determinación estética, sino a que la mayoría de sus componentes procedían de esa clase”. Los cuentos de la oficina (1925), de Roberto Mariani, en los que pululan empleados fracasados y aplastados por una tarea tan monótona como embrutecedora, constituyen un clásico de esta literatura comprometida. Junto a los nombrados escritores, se suele incluir a Roberto Arlt, pero él nunca se identificó con esta agrupación, aunque su temática de la ciudad y su estética indudablemente lo emparientan con ella. En “El jorobadito” (1933) registra las condiciones salvajes de la vida urbana, semillero de relaciones conflictivas, de torturas psicológicas, de humillaciones y de seres frustrados y sin salida. Para David Viñas, los personajes de Arlt anhelan “Irse, eludir mágicamente el trabajo y las miradas humillantes para remontar el vuelo heroico, solitario y asombroso (...) amar, liberarse, dejarse volar. Y caer, que es donde reside el peligro”.

En 1910 el escritor brasileño João do Rio da a conocer Dentro da noite, en el que figura el cuento “El bebé de gasa rosa”, cuyos componentes de sensualidad y lujuria están protagonizado por una calavera fantasmal que festeja el carnaval. Pero esta literatura fantástica es propia del siglo XIX y se diferencia del cosmopolitismo, que, según Seymour Menton, bucea en los aspectos filosóficos y metafísicos.

El modernismo

Por ello se debe proseguir con el modernismo, que fue una reacción contra el realismo y el naturalismo, y aunque rechazaban la exaltación de los románticos, los unía a ellos el desprecio hacia los valores de la sociedad burguesa. Defendían la belleza estética y el refinamiento del estilo, sus modelos eran la antigüedad clásica griega y el exotismo oriental. Fue un aporte renovador de lenguaje y estilo. Así, el mexicano Manuel Gutiérrez Nájera en “Después de las carreras” (1883) despliega una prosa primorosa impregnada de resplandecientes imágenes que apelan a la sinestesia, y que hacen exclamar a una de las protagonistas “¡Qué hermosa es la vida!”.

En “El rubí” (1888), Rubén Darío (Nicaragua) utiliza un lenguaje maravilloso y poético, en el cual la metáfora, la aliteración y el símil no excluyen la concisión, que adhiere plenamente a la estética modernista y, al incluir gnomos,  se introduce en el género fantástico.

Leopoldo Lugones –de quien dijo Borges que su literatura es una de las máximas aventuras del castellano- en “Los caballos de Abdera”, que forma parte de sus famosos cuentos Las fuerzas extrañas (1906), refiere una leyenda de una ciudad tracia del Egeo, cuyos habitantes sienten admiración por la raza equina, de la que poseen los más bellos ejemplares, hasta que los caballos adquieren hábitos y costumbres humanas y finalmente se transforman en asesinos feroces que matan a sus dueños.

“Justicia india” (1906), del boliviano Ricardo Jaimes Freyre, es un cuento ajustado, potente en su despojamiento. El vínculo con el modernismo se limita a la armonía del estilo, ya que su historia de violencia y justicia despiadada está más cerca del indigenismo.

El mexicano Amado Nervo,  aunque transmite devoción religiosa en “El ángel caído” (1921), se vuelca con lirismo al misterio y al ámbito fantástico.  

A veces el fervor estético da lugar a una actitud barroca, como lo testimonia “La signatura de la esfinge” (1933), del guatemalteco Rafael Arévalo Martínez, fuertemente inspirado por la poesía parnasiana. El cuento es una idealización a ultranza de la belleza femenina, que se torna fatal a los ojos del amante: “La mujer guarda el sagrado tesoro de la especie y posee artes mágicas para encadenar al hombre”. Como su escritura apela a comparaciones de los personajes con las fieras para fijar su carácter, sus cuentos se denominan psicozoológicos.

Regionalismo

Comprende el indigenismo, el indianismo y el criollismo. La intención del escritor era conocerse a sí mismo y a su tierra natal: ya no se miraba la Europa convulsionada por las crisis políticas y económicas y desgarrada por la Primera Guerra Mundial. La protesta social y la afirmación de la conciencia nacional formaron parte de esta corriente, que anhelaba por encima de todo captar el alma de América.

En Brasil, “Contrabandista” (1912), de José Simões Lopes Neto, muestra con sumo vigor un hecho violento en la frontera sur y aprovecha para reivindicar al gaucho: “¡Y fue un tiempo en que el guacho, su caballo y su facón, solos, conquistaron y defendieron estos pagos!”.

Ricardo Güiraldes aporta con “Trenzador” (1915) un canto al artista, encarnado en esta historia no por un pintor o un escultor, sino simplemente por un trenzador de riendas que vive en el campo argentino y cuya tarea lo ha conducido a una irrecuperable soledad.

“La nueva California” (1916), del brasileño Lima Barreto, sitúa la acción en la pequeña ciudad de Tubiacanga, a la que arriba un alquimista que logra obtener oro realizando una insólita experimentación con cadáveres. Un clima gótico anida en esta parábola sobre la codicia humana y la obsesión por la muerte: “La religión de la muerte precede a todas y, ciertamente, será la última en morir en las conciencias”.

El rioplatense Horacio Quiroga (nació en Uruguay pero desarrolló su carrera literaria en la Argentina) produjo, de acuerdo a Beatriz Sarlo, el primer gran viraje de la cuentística nacional por el carácter moderno de su producción, de su unidad y precisión, en la que late, como diría Unamuro, un sentimiento trágico, derivado de su vida signada por el suicidio. “El hombre muerto” (1920) desarrolla una tensión existencial, analiza el miedo elemental del ser humano (“su eliminación del escenario humano”), y enfrenta a los personajes con los peligros de la selva misionera.

El hambre el es protagonista indiscutible del cuento “El vaso de leche” (1929), del chileno nacido en Buenos Aires Manuel Rojas. Escenas contundentes testimonian la atroz realidad de un hombre sin destino, alejándose del criterio de señalar las peculiaridades regionales.

El dominicano Juan Bosch, que llegó a ser presidente de su país, pinta en “La mujer” (1933), un paisaje desolado y abrumador que aplasta a los personajes, sumergidos en un brutal salvajismo y devorados por la pobreza, el sol abrasador y el ámbito desértico.

“El pozo” (1936), de Augusto Céspedes (Bolivia), refiere un suceso que tiene lugar durante la Guerra del Chaco (entre paraguayos y bolivianos), en el cual el calor y la falta de agua motiva que los soldados padezcan un verdadero infierno. Una prosa de agenda se adapta plenamente a este diario de campaña que testimonia la lucha contra la sed: “un destino de aniquilación que me estrangula con las manos impalpables de la nada”.  

Cosmopolitismo

El cosmopolitismo se aleja de la temática social propuesta por el regionalismo y se adentra en los conflictos interiores del individuo, en los problemas que planteaba la vida en las ciudades y en cuestiones filosóficas. Dentro de este concepto integrador cabe comprender el surrealismo, el existencialismo y el realismo mágico. Como señala Beatriz Sarlo, por intermedio de la figura señera de Jorge Luis Borges, en este período se produce el otro gran viraje de la literatura argentina: “A partir de él es posible concebir un relato cuyo verosímil radica esencialmente en su calidad lingüística, en su textura verbal y en los juegos –paralelismos, duplicaciones, simetrías, anticipaciones- cuya retórica constituye lo esencial de la trama”. Borges confesó que quería desarrollar literariamente algunos sistemas filosóficos. “El jardín de senderos que se bifurcan” (1941) introduce –como es habitual en el autor- una inquietud metafísica. “Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros.” Y expone la idea del tiempo cíclico y circular, jamás lineal.

“La tierra estaba seca como una piel áspera, seca hasta el extremo de las raíces, ya como huesos; se sentía flotar sobre ella una fiebre de sed, un jadeo, que torturaba a los hombres”, comenta el venezolano Arturo Uslar Pietri en “Lluvia” (1935), en un estilo áspero y descarnado que se aleja del regionalismo al asimilar  la aridez de la zona al estado anímico de un matrimonio que languidece.

En 1936, el argentino Eduardo Mallea sacude con un cuento que se puede tildar de existencialista: “Conversación”. Con técnica depurada, presenta a una pareja que en su diálogo refleja el desaliento y el cansancio de no esperar ninguna sorpresa importante en su relación ni tampoco de la vida. Leyendo un diario de la tarde que trae noticias sobre una guerra inminente él dice: “Nadie se entiende. Tampoco se entiende nada” (...) “Ninguna cantidad de odio saciará el odio del hombre por el hombre”, y ella se pregunta: “Si uno pudiera dar a su vida un fin”.

En 1939 la chilena María Luisa Bombal presenta “El árbol”, cuya honda emoción refleja un espíritu femenino que no tolera la medianía de su entorno porque le impide verter sus sentimientos  y la lleva a confesar con amargura: “Puede que la verdadera felicidad esté en la convicción de que se ha perdido irremediablemente la felicidad”. El cuento –de exquisita musicalidad- prorrumpe en una cascada de imágenes que comparan la crisis de la protagonista con la de un árbol que da a la ventana de su cuarto y que finalmente es derribado de un hachazo. 

Juan Carlos Onetti, de Uruguay, es uno de los más importantes escritores latinoamericanos, cuya obra puede considerarse una pesadilla de sexo, depresión, desvarío y condena metafísica, cincelada por un oficio deslumbrante y la influencia indudable del maestro William Faulkner. “Un sueño realizado” (1941) menciona constantemente la vejez y la muerte, que acechan sin pausa. Y en una actitud amarga y pesimista alude a un personaje citando su “juventud impura que estaba a punto de deshacerse podrida”. La escritura magnífica anuncia que algo terrible está por suceder y hace referencia constante al fracaso.

El cubano Lino Novás Calvo (que nació en Galicia) es conocido por su novela El negrero (1933). El cuento “La noche de Ramón Yendía” (escrito en 1933 y publicado en 1942) propone, a través de una prosa nerviosa y un ritmo cinematográfico colmado de suspenso, narrar el acoso que sufre el protagonista, un fugitivo acorralado en medio de caóticas luchas políticas, y que no cesa de bucear en su desasosiego: “sabía que en alguna parte y a alguna hora, ojos que acaso no hubiese visto lo buscaban”.

“El pavo navideño” (1947), del brasileño Mario de Andrade, refleja a la vez el conflicto generacional entre un padre muerto y su hijo y las transformaciones de costumbres que estaban sacudiendo la sociedad de su país después de la Segunda Guerra Mundial. María Antonieta Pereira opina sobre este relato que “Tensionada entre luto, alegría, llanto y placer, la familia acepta el combate entre la vida y la muerte, en el que devorar el pavo funciona como un canibalismo metafórico...”

“Mi primer concierto” (1947), del uruguayo Felisberto Hernández, propone con un humorismo personal, de tintes surreales y absurdos, cómo un dubitativo y tímido músico se prepara, en un teatro, para tocar “un piano viejo, negro”, y al mismo tiempo ironiza sobre la mediocre sociedad de la época.

En “El centavo” (1948), el gran poeta dominicano Manuel del Cabral presenta un cuento breve con una moraleja: la condena del usurero Sequía, cuyo nombre denuncia su sed insaciable de dinero y, además, la aridez de su alma. De paso, subraya el mercantilismo que domina la sociedad contemporánea.

Adolfo Bioy Casares, esposo de Silvina Ocampo y compañero de Borges en numerosas aventuras literarias, pergeña con concisión y ritmo trepidante un cuento fantástico de final abierto, “Las vísperas de Fausto” (1949), impregnado de alusiones literarias que indican que la tan anhelada inmortalidad es una suerte de infierno.

Confabulario (1952) contiene “El guardagujas”, del mexicano Juan José Arreola, portador de una veta de humor absurdo que sugiere una locura planetaria basada en el transporte ferroviario. Este cuento de tintes fantásticos puede entenderse como una palpable alusión a la desquiciada sociedad de su país.

Un lenguaje sobrio, como distante, transmite los últimos momentos de la vida de Juvencio Nava en “¡Diles que no me disparen!”, que forma parte del clásico El llano en llamas (1953), de Juan Rulfo, un escritor atormentado por la idea de la muerte -o de los muertos- y de la desolación de las tierras yermas. El relato es de un realismo desgarrador y su espíritu, que describe el soplar del viento sobre campos áridos, logra despegarse del regionalismo por su óptica moderna que transfigura al protagonista en un hombre universal.

Carlos Fuentes (México) siempre ha afirmado que la visión de su país es a la vez internacional. Uno de sus tantos rasgos notables es su manejo fascinante de la forma del cuento. En “El que inventó la pólvora” (1954) pronostica un futuro apocalíptico derivado del consumismo y de la obsolescencia planificada –efecto y causa de aquél-, dos principios que rigen esta economía de mercado que asegura que aportará bienestar y felicidad. El lema que provocará la destrucción del planeta es: “Usen, usen, consuman, consuman, ¡todo, todo!”.  

“Cartas de mamá” (1959), de Julio Cortázar, argentino (nacido en Bélgica), es indudablemente una joya literaria. En ella el autor realiza una escritura impecable, pletórica de creativas imágenes trabajadas al máximo, y busca una literatura excepcional, es decir fuera de la normalidad. Una expresión de Luis da sentido al tono melancólico del cuento: “Si se pudiera romper y tirar el pasado como el borrador de una carta o de un libro. Pero ahí queda siempre, manchando la copia en limpio, y yo creo que eso es el verdadero futuro”. Su construcción perfecta paulatinamente va urdiendo el costado oculto de la historia. Sucede en París, pero el matrimonio de Luis y Laura evocan con nostalgia Buenos Aires, especialmente el barrio de Flores. No puede dejarse de mencionar el estupendo filme La cifra impar (1962), de Manuel Antín, basado en este cuento.   

Con su primer libro, Los jefes (1959), el peruano Mario Vargas Llosa ganó el premio Leopoldo Alas. De él forma parte “El abuelo”, de gran sencillez pero prolija ejecución, en el que se relata cómo un anciano rebelde marginado por su familia comete una travesura macabra, que da lugar a la presencia de la muerte. Son característicos en Vargas Llosa su poder de observación, su profesionalismo y su talento para forjar estructuras literarias.

Silvina Ocampo, una de las mejores cuentistas argentinas,  en “El vástago” (1959), un cuento de rara perfección, se exhiben las sórdidas relaciones familiares alimentadas por el odio, que, inevitablemente, llevan al incesto y al crimen.

La escritora brasileña (nacida en Ucrania) Clarise Lispector propone una narrativa de sugerencias, tonalidades y experimentos lingüísticos para indagar en la subjetividad femenina y en los atolladeros psicológicos del individuo contemporáneo. En “Amor” (1960) es rotundamente introspectiva y con una prosa bella y armoniosa se sumerge en ese mar incomprensible, a tramos aterrador, del alma humana.

El cultivo del cuerpo como objeto de goce aparece en “La fuerza humana” (1965), del brasileño Rubem Fonseca, ya sea a través de relaciones sexuales frenéticas o de las intensas prácticas gimnásticas. Además, refleja la soledad de los habitantes de las grandes urbes y capta el mundo de los desclasados: el protagonista trabaja en un gimnasio y su novia en una casa de citas.

Andrés Rivera (Argentina) en “La suerte de un hombre viejo” (1965) expone –con una escritura desapasionada y objetiva- una suerte de tregua inesperada en la vida de un hombre de negocios acosado por una desamparada soledad. De improviso, una mujer que trabaja en un local nocturno, consigue que alcance unos momentos de felicidad.

 “Esa mujer” (1965), del desaparecido escritor Rodoldo Walsh, está considerado como una de las cuentos cumbres de la literatura argentina del siglo XX, y tan importante como “El matadero”, de Echeverría. Centrado en el caso del cadáver de Eva Perón, Walsh articula un relato que abreva en la historia, en la técnica periodística y en el género policial. 

En “Los indios” (1968), del argentino Héctor Tizón, un adolescente de catorce años lee con ahínco Cartas de la conquista y al mismo tiempo contempla a unos chicos que juegan a los indios y caras pálidas, hasta que la diversión se transforma en una cruenta batalla con disparos de artillería. Queda en la ambigüedad si lo acontecido fue una pesadilla del muchacho o si misteriosamente se trastocó la realidad.

El realismo mágico

El concepto de realismo mágico lo dio el crítico de arte alemán Franz Roh en 1925, cuando presentaba una nueva corriente pictórica que reaccionaba contra el expresionismo y proponía “reconstruir el objeto partiendo exclusivamente de nuestra interioridad” y agregaba que “La humanidad parece indefectiblemente destinada a oscilar de continuo entre la devoción al mundo de la realidad y a un mundo imaginado, y en verdad que, si alguna vez se detiene este ritmo respiratorio de la historia, no parece quedar otra cosa que la muerte del espíritu”.

Respecto al realismo mágico en su vertiente latinoamericana, se lo puede intentar describir como el relato de un hecho inexplicable que asoma dentro de la cotidianeidad y que no causa mayor sorpresa en los personajes, pero sí en el lector. Asimismo, el tiempo transcurre cíclicamente y  no en forma lineal. Hay en sus narraciones un ámbito como de inasible sortilegio. Según Anderson Imbert, “La estrategia del escritor consiste en sugerir un clima sobrenatural sin apartarse de la naturaleza”. Y para Luis Harss: “En Latinoamérica todo es desmesurado: montañas y cascadas gigantescas, llanuras infinitas, selvas impenetrables. La anarquía urbana echa tentáculos tierra adentro, donde soplan los vendavales. Lo antiguo se codea con lo moderno, lo arcaico con lo futurístico, lo tecnológico con lo feudal, lo prehistórico con lo utópico”. Entre sus mayores exponentes figuran Miguel Ángel Asturias, Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, Arturo Uslar Pietri y Juan Rulfo, pero corresponde incluir entre ellos a João Guimarães Rosa. No hay que confundir el realismo mágico con lo maravilloso, pues según Todorov este género requiere “admitir nuevas leyes de la naturaleza mediante las cuales el fenómeno pueda ser explicado”, y tampoco con la noción propuesta por Carpentier de “real maravilloso”, dado que éste se enlaza con los mitos indígenas de Latinoamérica.

En “Leyenda del sombrerón” (1930), el premio Nóbel guatemalteco Miguel Ángel Asturias ofrece un poético aluvión de imágenes para describir un juego de pelota, que según el autor “simboliza a veces las luchas, las victorias y las derrotas de la vida terrestre, celeste, astronómica, subterrestre”. El cuento respira calidez y alegría y registra un paisaje exuberante y vital. Este cuento forma parte de las Leyendas de Guatemala, fruto de los estudios sobre la cultura maya realizados por Asturias en París.

“El prisionero” (1953) plantea  acontecimientos que fluctúan entre lo cíclico y lo eterno porque con un estilo medido y a la vez brillante presenta temas caros al paraguayo Augusto Roa Bastos: la lucha política y la guerra en la selva, que recorren toda la historia de su país como si se repitieran desde el principio de los tiempos.  

Una prosa llana y límpida que discurre como agua de manantial es la que utiliza el Premio Nóbel colombiano García Márquez para su cuento “La prodigiosa tarde de Baltazar” (1962), que capta un ámbito diáfano en torno a la jaula que fabrica el protagonista: una atmósfera de encantamiento permite que el cuento se abra a múltiples interpretaciones. Es como si el pueblo de Macondo y el paisaje que lo circunda tuvieran una inasible vida interior.

En “La tercera orilla del río” (1962), de Guimarães Rosa, uno de los grandes de la literatura brasileña junto a Euclides da Cunha y Clarice Lispector, el narrador comenta que “Nuestro padre no volvió. No iba a ninguna parte”, y refleja, así, que la problemática metafísica carece de respuestas: es la tercera orilla del río a la que jamás se arriba. “Para llegar allí sólo se necesita rasgar el velo, o dar el traspié”, afirma Luis Harss. Se desliza la incertidumbre de si el padre, que permanece en una canoa en medio del río, podría haberse convertido en un fantasma después de morir, y el hijo haber ocupado su lugar como una alegoría del eterno retorno.

Para Ricardo Piglia, Juan José Saer no sólo es el más grande escritor argentino actual, sino uno de los mejores en cualquier lengua. En “Sombras sobre un vidrio esmerilado” (1966), registra el fluir de conciencia de una mujer que, hamacándose en un living, observa con detenimiento a su alrededor –entre otras cosas la sombra de la silueta de su cuñado duchándose en el baño- y recuerda con ritmo moroso y pausado sucesos del pasado que la marcaron para siempre. En ese tiempo detenido respira su hastío y su tormento: “Odiamos la vida porque no pude vivirse. Y queremos vivir porque sabemos que vamos a morir”, medita.

En “Los advertidos” (1967), del cubano Alejo Carpentier, un lenguaje exultante y barroco, tributario del indigenismo, narra la historia del diluvio universal en un contexto circular que descansa en mitos y leyendas. Para Gregory Zambrano “interactúan bajo el mismo rol actancial de ser ´salvadores de la humanidad´, figuras como Noe, El hombre de Sin, Deucalión, Out-Napishtim y Amalivaca”. No obstante, en el relato de Carpentier hay una cosmovisión sombría sobre el destino de la humanidad, pues “en eso, una oscura historia de rapto de hembra, dividió a la multitud en dos bandos, y fue la guerra. Amaliwak regresó rápidamente a la Enorme-Canoa, viendo cómo los hombres, recién salvados, se mataban unos a otros”.

Se debe aclarar que la célebre década del “Boom” (1960-1970) fue marcada por la novela. Entre ellas se destacan Hijo de Hombre (1960), de Roa Bastos, Rayuela (1963), de Cortázar, La casa verde (1967), de Mario Vargas Llosa y Cien años de soledad (1967), de García Márquez. Sólo esta última puede enrolarse dentro del realismo mágico, del que es sin duda su máxima expresión. Más tarde, en 1975, Carlos Fuentes publica Terra Nostra, otra cumbre de la novelística latinoamericana.

Desde 1970

Graciela Tomassini y Stella Maris Colombo apuntan que: “A partir de los 70, los grandes relatos apoyados en el mito, las ideologías, la promesa o amenaza del avance tecnológico, ceden paso a los pequeños relatos de la cotidianeidad, la exploración de los repliegues íntimos de la existencia individual o grupal, el costado privado o menos conocido de la Historia y sus personajes”.

“Tarde en la noche” (1970), del brasileño Luiz Vilela, retrata con oficio y pericia técnica a un hombre harto de su matrimonio que espera un milagro para liberarse. En una casual  conversación telefónica mantenida a las dos de la mañana entre él  y una joven que no conoce se refleja la melancolía y soledad de los habitantes de las metrópolis. Y la joven que está al borde de suicidarse rememora la frase que Vincent Van Gogh dijo a su hermano Theo: “La tristeza jamás me abandonaría”.

Según Claudia Morero y Mariela Grosso, Virgilio Piñera (Cuba) presenta “una visión extrañada del mundo que permite develar el carácter ilógico de las leyes humanas”, característica que se muestra en la brevedad del cuento “La boda” (1970), en el cual –a la manera del objetivismo- registra ese estar ahí de las cosas al describir las ondulaciones del vestido y los movimientos del cuerpo de la novia.

Un lugar especial por su originalidad y su sentido lúdico lo representa el guatemalteco Augusto Monterroso con sus minicuentos, esa narrativa que se nutre de la poesía y asombra con sus epifanías. Para Graciela Bucci “Con agudeza acude en sus textos a la ironía, la cual es en su obra no un recurso del lenguaje sino una astuta forma de intertexto que surge en el proceso de la asimilación lectora”. Un ejemplo es “El paraíso imperfecto” (1969), que afirma lo siguiente: “-Es cierto –dijo mecánicamente el hombre, sin quitar la vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella noche de invierno-; en el Paraíso hay amigos, música, algunos libros; lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve”.

“Muerte de un rebelde” pertenece a Rajatabla (1970), de Luis Britto García, de Venezuela, libro con el cual obtuvo la fama y el Premio Casa de las Américas. Es un cuento que relata con distanciamiento cómo un combatiente enfermo muere en la casa de un compañero, que no sabe quién era ni qué tareas realizaba. Nadie comunica ese fallecimiento, ni la guerrilla ni las fuentes del gobierno. Así, señala cómo estas guerras internas ocasionan la clausura obligada de los sentimientos.

En 1972, el argentino Daniel Moyano publica “La fábrica”, en la que imperan una atmósfera enrarecida y una sensación de irrealidad: pareciera que todo fue un sueño, que la fábrica sólo existió en la fantasía de los habitantes insatisfechos de un lejano pueblo de provincia.

El brasileño Murilo Rubião imprime un clima opresivo en “El bloqueo” (1974), cuento de sentido abierto que oscila entre el absurdo y lo fantástico y evoca “Casa tomada”, de Cortázar. Para María Antonia Pereira “es una buena imagen del ciudadano brasileño perseguido en los años del autoritarismo”.

La argentina Luisa Valenzuela ensaya en tono chispeante un cuento entre absurdo y onírico en “Aquí pasan cosas raras” (1975), en el que demuestra dominar la prosa a su antojo. El lector queda perplejo porque duda si todo lo acontecido no fue otra cosa que un sueño de Mario, uno de los protagonistas. El terror de la represión policial como parte de la vida cotidiana bajo un régimen militar está continuamente recalcado.

Con un lenguaje soberbio, Abelardo Castillo, de Argentina, cincela un cuento circular de raíz borgiana, “Las panteras y el templo” (1976), aunque con indudable voz propia al exponer una rara circunstancia acerca de un escritor que urde un relato sobre alguien que está a punto de asesinar a su esposa con un hacha y, a la vez, repite ese hecho como un sonámbulo con su mujer al lado.

Un mismo protagonista desfila en los cuentos de Trafalgar (1979), de Angélica Gorodischer: se trata de Trafalgar Medrano, que se reúne con la autora en el bar Burgundy, de la ciudad argentina Rosario, para contarle a ella  –mientras toma litros de café y fuma cigarrillos negros sin filtro- los viajes que realiza a bordo de su cacharro a Veroboar, Seskundrea, Karperp, Belanius III y demás mundos de extrañas y lejanas galaxias, con el fin de concretar insólitos negocios. Es un tipo de ciencia ficción a la latinoamericana, en los cuales no hay supertecnologías, sino simples charlas repletas de humor.

1980 es el año de “Algo urgentemente”, de João Gilberto Noll, que alude con trazo duro y descarnado a una realidad despiadada: la de los marginados sociales brasileños.

María Amélia Mello (brasileña) en “Flor de desierto” (1984) desarrolla una relación sadomasoquista que nace entre una mujer adulta y un jovencito mientras éste la asalta. Pese al lenguaje desinhibido y crudo que utiliza, la autora forja bellas e inesperadas imágenes. Él es un delincuente menor, un perdedor, y ella una burguesa descontenta. María Antonieta Pereira opina que este tipo de narrativa aborda “la desintegración de la vida urbana”.

 “Un discurso sobre el método” (1989), de Sérgio Sant´Anna, de Brasil, expone un desgarramiento social patético, en el cual todos los valores tambalean. El limpiador de vidrios que protagoniza el cuento está acuciado por un desasosiego que lo induce a pensar en el suicidio como camino para “no sufrir”. El autor lo describe de esta manera: “Él era un hombre que vivía en las inmediaciones del presente, ya que el pasado no le traía ningún recuerdo agradable en especial, y el futuro era mejor no preverlo, de tan previsible”.

“La pregunta” (1998), del panameño Justo Arroyo, es un breve cuento que refiere la voluntad de un viejo que se impone a los parroquianos de un restaurante en un final impactante. Logra su tensión mediante un estilo suelto y fluido, de frases cortas.

Guillermo Cabrera Infante (Cuba) ganó el Premio Cervantes en 1997 y, aunque es muy conocido por sus novelas y ensayos, también dio en 1999 su Todo está con espejos, que el subtituló Cuentos casi completos, en los que vuelve a deleitar con sus juegos de palabras y giros idiomáticos, que sugieren el swing del jazz.

En estos años se puso de moda la novela histórica, y tuvo su repercusión en el cuento. “El conde de Ovando” (2000), del puertorriqueño José López Nieves, titular de la famosa página ciudadseva.com, compone una obra cercana a una nouvelle, en la que flota un aura de misterio. El autor registra el horror de la tortura y las arbitrariedades del poder, tanto por parte de la Iglesia como de las autoridades civiles. En ambos bandos confrontados reina el oscurantismo y la ignorancia. El relato se desarrolla en Puerto Rico y en la segunda mitad del siglo XVI.

“Borrón” (2002), de Silviano Santiago, proclama una impactante definición (“Un buen cuento es un campo minado”) para rememorar en tono melancólico un hecho traumático olvidado que fue protagonizado por un brasileño en los EE.UU., y establece un paralelo entre ambos países respecto a los padecimientos sufridos por el flagelo de la esclavitud.

“La soledad de Fidel Castro” (2004), de Andrés Sant´Anna (Brasil), marca las vacilaciones ideológicas y la confusión que sufre un individuo nacido en 1964 que presenció la dictadura militar brasileña, la caída del muro de Berlín, la descomposición de la URSS, la trayectoria del “Che” Guevara y los discursos de Fidel Castro. La decepción se apodera de este personaje que carece de conciencia política y sólo absorbe datos de los diarios y de la TV. 

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Germán Cáceres
Ponencia pronunciada el 30 de setiembre de 2007 en  congreso literario denominado FLIPORTO, que tuvo lugar en Porto de Galinhas, Pernambuco, Brasil.

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